Capítulo 22 #2
—Quizá se quedó en Londres para solucionar los estragos de Steve —consideró—. Sé que él jamás nos habría abandonado.
—Lo sé, por eso me preocupa que la muerte de Sheldon no le haya sentado nada bien.
Lo abrazó con fuerza, con todo lo sucedido él ni siquiera pudo llorar la muerte de su amigo.
—Creo que… —El sonido de unos cascos los puso alerta, obligándolos a romper el abrazo, y en vez de rodear la construcción, estiraron el cuello al oír unos gritos masculinos.
—¡Abran paso en nombre de la ley de la Mancomunidad de Massachusetts! —rugió una voz ronca y autoritaria que resonó con eco en todo el lugar.
Azucena y Max intercambiaron una mirada alarmada, pero permanecieron en su lugar.
Del comedor ya comenzaba a salir la gente en tropel, interrumpiendo la cena.
Hortensia y Gardenia flanqueaban la salida con las manos puestas sobre sus armas ocultas, mientras Lucifer avanzaba a paso firme, colocándose de inmediato delante de una asustada Maggie, quien se sostenía el vientre con ambas manos.
No eran personas de Gloucester y eso provocaba que la tensión en el ambiente fuera mayor.
¿Qué estaba pasando?
Por esos lares nunca sucedía nada malo.
En medio de la plaza, un contingente de hombres armados a caballo bloqueaba el paso.
Vestían casacas oscuras y portaban insignias de bronce que relucían bajo la luz de las antorchas del pueblo.
A la cabeza del grupo, un hombre de mediana edad, rostro adusto y mirada de granito sostenía un pergamino oficial con el sello del Tribunal de Boston.
Era el Alguacil Mayor del estado.
«No puede ser» siseó para sí misma, aturdida.
—Vamos… —susurró Max y ella lo sujetó del brazo.
—Espera.
Algo le decía que se quedara allí, lejos del caos.
—¿Qué significa este alboroto? —demandó Lucifer. Su voz, gélida y cargada de esa altanería aristocrática que tanto intimidaba—. Están irrumpiendo la paz del pueblo bajo el amparo de la oscuridad. Den un paso atrás si no quieren que considere esto una agresión.
El Alguacil Mayor no se inmutó ante el porte del castaño, aunque refrenó a su caballo con firmeza.
—No venimos a causar disturbios, señor, sino a hacer cumplir una orden judicial perentoria emitida en Boston —declaró el oficial, desenrollando el pergamino con un movimiento seco—.
Tenemos información fidedigna de que en este asentamiento se refugian dos prófugas de la justicia colonial.
Exijo que entreguen de inmediato a las llamadas Hortensia y Gardenia Gardener.
Un murmullo de indignación y pánico corrió entre los lugareños de Gloucester, y Azucena se tensó.
Steve estaba en Boston y así como ellas ventilaron sus secretos, él hizo exactamente lo mismo.
Douglas y Teodoro dieron un paso al frente, pero Lucifer los contuvo con una señal sutil; intervenir con violencia frente a la ley oficial del estado los convertiría a todos en criminales ante los ojos de América.
—¿Bajo qué cargos? —inquirió Lucifer, cruzándose de brazos, sin dar un solo indicio de flaqueza. Sus ojos castaños se clavaron en el oficial como dos dagas—. Conozco las leyes de esta colonia mejor que usted, Alguacil. Así que mida muy bien sus palabras antes de acusar a miembros de mi familia.
Muy bien, fingirían demencia. El oficial aclaró su garganta y leyó el documento en voz alta, para que todo el pueblo escuchara:
—Se las acusa formalmente de alta traición, sedición, conspiración criminal y de operar una red clandestina para el quebrantamiento de contratos de servidumbre legítimos —escupió el Alguacil Mayor, clavando la vista en las hermanas—.
Además, existen testimonios firmados que las señalan como las líderes de una banda extremista autodenominada "Las hijas de Lucifer" , responsables de la destrucción de propiedades y el asalto a ciudadanos respetables en Boston.
Si no se entregan por las buenas para ser trasladadas y juzgadas, seremos obligados a usar la fuerza y a procesar a este pueblo entero por complicidad.
Esto era malo, ¿cómo era posible que esa gente tuviera ese tipo de información si ellas siempre fueron muy discretas en cada uno de sus ataques? ¿Qué tipo de juego era este? ¿Podría ser que Steve aún tuviera más aliados en Boston?
«Claramente, no matamos a todos» pensó con impotencia.
—¡No! —chilló Maggie, ahogando un sollozo al ver cómo los guardias avanzaban para atar las muñecas de sus hermanas con gruesas sogas de cáñamo—.
Haz algo, Lucifer... debes ir con ellas y demostrar su inocencia —rogó con lágrimas en los ojos, y de inmediato empezó a respirar con dificultad, abrumada por el dolor.
—Tranquila, esto se solucionará —espetó Hortensia, manteniéndose tan recta y tensa como una vara mientras los hombres la escoltaban—. Nosotras somos inocentes. ¿Cómo simples mujeres podrían causar todos esos daños?
Oculta entre las estructuras, Azucena tragó con fuerza. ¿Qué se suponía que debían hacer en un momento tan crítico?
—Tienes que ir con ellos —le dijo de pronto a Max, girándose hacia él.
—¿Qué? Pero si Lucifer y yo nos vamos...
—Yo me quedaré a cuidar de Maggie, no podemos dejar a Gardenia y a Hortensia solas en una celda de Boston —soltó con desesperación—. Lucifer usará su influencia, pero te necesitan allí.
—¿Te quedarás aquí escondida? —musitó él, profundamente preocupado por su seguridad, y ella asintió con determinación.
—Mientras menos personas me vean, mejor.
¿Por qué tenía la leve sospecha de que esto no era más que un juego sucio de su esposo?
En el silencio de la noche y con la impotencia a flor de piel, todos vieron como Hortensia y Gardenia eran llevadas en un carruaje, junto a Max y Lucifer, a Boston.
Debía escribirle a Regina lo antes posible.