La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

Seis semanas después

Azucena observó con fascinación como las mujeres del pueblo empezaban a portar las armas que Maggie diseñó y ladeó el rostro, orgullosa, viendo su propio corsé.

Esa tarde lograron entregar diez unidades y si bien no era mucho, era suficiente para que Hortensia, Gardenia y ella tuvieran el suyo.

Lastimosamente, por obviar razones, Maggie aún no podía portar una protección de ese tipo, pero ella siempre llevaba su peineta consigo.

—¿Cuándo tendrán más de estos? —inquirió Hortensia, probando la palanca retráctil que permitía que un brazo de metal emergiera de la parte baja del chaleco hacia su torso, y sus ojos castaños brillaron con diversión.

Era algo sanguinaria.

—Me encanta —espetó Gardenia, observando lo que su hermana hacía—. Pero me gusta más mi abanico —presumió el artefacto que Maggie le entregó, dado que, por petición suya, el abanico de Gardenia poseía cuchillas más largas y letales.

—No hicimos mucho porque decidimos hacer diez parecidos, pero para hombres —comentó Maggie, posando una mano en su espalda. Se veía muy cansada.

—Son muy útiles —espetó Douglas, presumiendo su armadura, y señaló los que estaban en la mesa—. Teodoro, Max y Lucifer también tendrán los suyos.

Azucena asintió con satisfacción, le gustaba que ellos no hubieran olvidado que los hombres también necesitaban de una herramienta que protegiera su torso y espalda de los disparos.

—Pero… —la voz de Gardenia captó su atención y vio como se acercaba a la mesa—, aquí solo hay seis —susurró y tanto Maggie como Douglas palidecieron.

—Imposible —susurró la rubia y Azucena se tensó—. Eran diez —las miró con preocupación.

—¿Crees que alguien del pueblo los tomó? —preguntó con cautela y Hortensia negó con la cabeza.

—Ellos nunca nos robarían, pero… ¿están seguros que eran diez? —miró a Douglas.

—Trabajamos en ellos por días, te aseguro que eran diez —soltó el hombre, alborotando su cabellera—. ¿Qué pudo haber pasado?

Dudaba mucho que alguien hubiera entrado a Gloucester sólo para robarse cuatro armaduras. En el peor de los casos, se habrían llevado todo, incluidas las carabinas. Se cruzó de brazos, y determinó que sólo existía una manera de relajar a Douglas.

—Esta noche revisaré casa por casa, quizá algún grupo quiso pasarse de listo y ya no pudo devolverlos.

—De acuerdo —susurró Maggie, preocupada—. Saben, como aún falta una hora para la cena, creo que iré a recostarme.

—Sí, te ves muy cansada. —Gardenia avanzó en su dirección para ayudarla—. Creo que a partir de ahora empezarás a hacer reposo —susurró.

Todos asintieron, sólo era cuestión de días o semanas para que ella diera a luz.

—¿Qué sucede? —la voz de Max la hizo girar sobre su eje y sonrió cuando él la abrazó por la cintura y evaluó su corsé—. Te queda maravilloso.

Azucena iba a responderle, pero se quedó mirando como Lucifer se acercaba a su esposa para tomarla en brazos y llevarla hacia su casa.

—¿Hay avances? —quiso saber—. En las últimas semanas mostró cambios, pero Maggie…

—No confía en él —suspiró Gardenia, observando el atardecer—. Y no la culpo, él no puede solucionar en pocas semanas el daño que causó por meses.

Las hermanas Gardener eran bastante rencorosas, pero ¿podía culparlas?

Ellas eran bastante jóvenes y no tenían la menor idea de lo valioso que era el tiempo.

—¿Dónde está Nancy? —inquirió de pronto, quería darle la sombrilla y una peineta.

—En el comedor, le gusta permanecer ahí.

Lo sabía, la mujer amaba cocinar y alimentar a todos los lugareños.

—Iré a verla —rompió el abrazo y Max entrelazó sus manos.

—Te acompaño.

No puso objeción, después de todo, todos estaban al tanto de que estaban juntos.

***

Maggie no estaba molesta con Lucifer, pero incluso así, no hacía nada por disipar la inquietud de su esposo, quien llevaba varias semanas cuidando de ella y su bebé.

Sin embargo, tenía miedo que esa amabilidad o desborde de preocupación se esfumase cuando diera a luz, no estaba segura si tendría una niña o un varón, pero suponía que existía un género que podría generar más problemas e incertidumbre que otro.

—¿Es mucho pedir que empieces a hacer reposo? —preguntó él, acunando su vientre desde varios puntos, y ella tragó con fuerza.

—Creemos que el bebé está en una buena posición, Maggie —explicó Gardenia, con suavidad—. Debes moverte lo menos posible.

—Lo cierto es que cada vez me parece más difícil caminar. —Por eso agradecía que Lucifer fuera quien la bajara y subiera todos los días por las escaleras—. El peso de mi vientre es insoportable —lo acarició, ¿cómo era posible que estuviera tan grande?

—Ya entregaste las primeras armas e hiciste un gran trabajo, pero ahora deja que Douglas se encargue —pidió Lucifer, sentándose junto a ella—. Puedes irte, Gardenia, yo me quedaré y la llevaré al comedor cuando sea hora.

Su hermana dudó, pero ella terminó asintiendo.

Era momento de tener una seria conversación con él. Después de todo, pronto daría a luz y ambos necesitaban hablar con la verdad. No tenía la menor idea de qué era lo que Lucifer esperaba de ella y, a decir verdad, tampoco sabía que quería recibir de él.

Lo único que deseaba era que toda esta guerra terminara y su bebé naciera en un lugar seguro.

—No logro entenderte —confesó y juntó los ojos cuando besó su coronilla.

—Perdóname, Maggie —posó una mano en su vientre—. Perdóname por todo, fui un verdadero patán al pedirte que abortaras a nuestro hijo y fingir que te daba la espalda.

—¿Fingir? —frunció el ceño.

—Nunca te dejé, me subí al mismo barco que ustedes y te vigilé todo ese tiempo.

—Así que fue su presencia la que la alteró durante el tiempo que se escondieron en un campamento—.

Odio decirlo en voz alta, pero tengo miedo —la voz masculina se quebró—.

No quiero que ni tú, ni nuestro bebé sigan corriendo tanto peligro.

Me aterra que, en algún punto, todo lo que sé no sirva de nada para protegerlos.

—¿De verdad te importa? —su voz tembló y las lágrimas bajaron por sus mejillas—. ¿No lo odiarás si nace varón? Tú no querías un legado.

—Lo amaré, sea lo que sea, Maggie, porque es el fruto de nuestro amor. —La abrazó con fuerza, permitiéndole sentir un poco de paz—. Perdóname por hacerte sentir lo contrario, estaba tan empeñado en no tener un punto débil que pensé que ignorándolos eso no sucedería.

Le aliviaba saber que estaba dispuesto a amar a su hijo, pero…

—Necesito tiempo —suplicó.

Muchas cosas habían cambiado en los últimos meses, él dejó que hiciera cosas por sí misma y ahora quería conocerse más, saber cómo sería su vida si no dependiera todo el tiempo de sus hermanas o esposo.

Una hora más tarde, cuando ingresaron al comedor, Maggie sonrió al ver a la gente tan animada. Incluso sus hermanas se veían tranquilas, gastándole bromas pesadas a Max mientras Azucena conversaba animadamente con su nana.

—¿Cómo te sientes, cariño? —preguntó Nancy una vez que se sentó junto a ella.

—Mejor, pero mi bebé pesa mucho —bromeó y su nana acunó su vientre.

—Será un bebé muy fuerte y sano, parece que llegará lleno de vitalidad.

—Eso espero —admitió, contenta, y recibió su abrazo en silencio, bajo la atenta mirada de su esposo.

***

—¿Cómo lo ves? —Gardenia le dio un mordisco a su pan, con mirada inquisidora, y Hortensia bebió de su zumo.

—Su relación mejorará con el tiempo —se encogió de hombros—. ¿Ya tienes pensado qué harás cuando toda esta guerra termine? —sus miradas se encontraron—. Maggie se irá a Londres con Lucifer, podrías ir a buscarlo.

—Tal vez —reconoció, cabizbaja—. Pero nuestra gente nos necesita, sabes que la colonia es muy importante para mí.

—Lo sé, darías la vida por ellos —sonrió, orgullosa—. Pero tu felicidad es importante, ¿no crees?

—¿Y si me rechaza? —decidió emitir la pregunta que llevaba meses atorada en su garganta—. No hemos sabido nada de él, ni siquiera ha intentado escribirme, es como si la tierra se lo hubiera tragado.

—Él se lo pierde, ¿no? —respondió con sencillez, tomándola por sorpresa—. Si quieres buscarlo, si quieres golpearlo o matarlo, solo hazlo, ¿qué es lo peor que puede pasar?

—No es tan sencillo —suspiró—. ¿Y tú? —la pregunta fue hecha con cautela—. Siempre dijiste que algún día viajarías por el mundo, e irías a un sitio donde nadie te conociera y pudieras empezar de cero.

—Antes de llegar, nadie me conocía en Gloucester —comentó, entretenida, y Gardenia le dio un golpe en el brazo.

—¿No piensas irte? Ahora eres rica, podrías…

—Pienso tomar la vida con calma, Gardenia, haré lo que el tiempo y las circunstancias dicten.

La pelinegra le regaló una sonrisa fraternal, rezando en silencio para que su hermana pudiera encontrar nuevamente el amor y la verdadera felicidad. Si alguien merecía un final feliz, esa era Hortensia.

***

Azucena salió del comedor para tomar un poco de aire fresco y decidió rodear la construcción para refugiarse en la parte de atrás.

Cuando regresó a Boston, pensó que una vez que tuviera a sus hijos lo único que querría sería volver con sus padres, pero después de escuchar la conversación de Hortensia y Gardenia, no podía dejar de considerar lo feliz que era en Gloucester y lo mucho que sus hijos podrían amar ese lugar y a su gente.

¿Era normal sentirse tan confundida respecto al futuro?

Se abrazó a sí misma, indecisa, y sonrió por lo bajo al sentir como Max la rodeaba por detrás.

—¿Qué sucede?

—¿Te gustaría vivir en Essex? —Él se tensó—. Nunca te pregunté qué planeas hacer después de que esta guerra termine.

—Seguirte hasta el fin del mundo si es necesario —soltó, y ambos rieron por lo bajo.

—¿Y te molestaría volver con Percival por mis hijas y…?

—Nuestras —le corrigió, generándole una gran ternura en el pecho.

—¿Nuestras hijas —se corrigió—, visitar a tus suegros y luego volver a esta tierra?

—Me encantaría —reconoció con voz ronca y la besó con ternura—. Aunque también quisiera encontrar a Thomas, esta situación empieza a preocuparme.