Capítulo 21
Azucena mantenía los puños apoyados sobre la mesa del despacho, con los ojos fijos en los trazos de tinta del mapa. La luz de la mañana iluminaba el pergamino, revelando cada pasadizo con una precisión casi insultante.
¿Por qué alguien les enviaría información tan valiosa?
«Porque quizá hay personas que sí quieren huir de ese lugar» susurró una vocecilla en su cabeza y tragó con fuerza. En contra de su voluntad, el rostro del hijo de Steve llegó a su memoria y ladeó el rostro, abrumada.
—Debemos hacer copias de esto —sentenció, sin levantar la vista—. Necesitamos que cada uno de nuestros líderes estudie estas rutas hasta que se las aprendan de memoria.
Iba a confiar.
Hortensia, de pie a su lado con los brazos cruzados, soltó un bufido escéptico.
—Suenas demasiado confiada, Azucena. Te recuerdo que esto cayó del cielo atado a una flecha que venía directo hacia mí. Huele a emboscada.
—Es lo único que tenemos —replicó Azucena, clavando una mirada inquebrantable en la castaña—.
Si es una trampa, lo descubriremos y estaremos en el mismo lugar de siempre; pero si es real, no conocer esta información sería una negligencia imperdonable.
—Todos intercambiaron una rápida mirada—.
Prefiero arriesgarme con datos en la mano.
La practicidad de sus palabras no dejó espacio a la réplica. De inmediato, dieron la orden a los jóvenes copistas y cartógrafos del pueblo para que replicaran el mapa minuciosamente. En pocas horas, cada rincón de Gloucester contaría con un plano exacto del criadero que estaba en Salem.
***
Mientras tanto, en el sótano de la casa comunal, el ambiente era asfixiante. Max y Lucifer permanecían de pie ante Alan, quien se encontraba atado a una silla de madera, temblando y con el rostro desfigurado por las lágrimas y el dolor de su herida que ya había sido tratada.
—¡No sé nada, lo juro por Dios! —sollozó el carpintero, encogiéndose ante la imponente figura de Lucifer—. Yo no quería traicionarlos...
—Filtraste información por años —siseó Max, con una frialdad militar que cortaba el aire—. Danos una sola razón para no colgarte en la plaza ahora mismo.
—¡Mi hermana! —gritó Alan, desesperado—. Tienen a mi hermana. Me prometieron que, si les daba detalles de lo que pasaba aquí, ella se mantendría viva. Me dijeron que no le harían daño... ¡Sólo quería salvarla!
Max tensó la mandíbula, pero no hubo sorpresa en sus ojos. Ambos entendían a la perfección cómo funcionaba el engranaje de la extorsión de Steve Richman y su gente: sabían usar el amor y los lazos de sangre como grilletes para corromper a hombres buenos.
—No vamos a matarte, Alan —declaró Lucifer en un susurro imperioso que hizo que el prisionero levantara la vista, atónito—. Pero permanecerás encerrado bajo vigilancia estricta.
Al salir al patio, la frustración era palpable en sus rostros. No habían obtenido nombres de lugartenientes ni posiciones de ataque; seguían exactamente en el mismo lugar con un mapa que ni siquiera sabían si era real.
***
En Salem, la atmósfera en el despacho principal no era más ligera.
Silas caminaba de un lado a otro frente a su escritorio, sosteniendo una copa de licor con los dedos tensos.
Por primera vez, Salazar pudo detectar un atisbo de nerviosismo en la postura del hombre, la información que trajo desde Boston no fue de su total agrado.
—Las hijas de Lucifer... —murmuró Silas, saboreando el nombre con un deje de asco y evidente tensión—. Parecen mujeres malditamente peligrosas. No comprendo por qué Steve nunca nos habló de ellas si eran una amenaza de tal magnitud.
Salazar permaneció en silencio cerca de la puerta, manteniendo la cabeza baja para ocultar el brillo de satisfacción y esperanza que se encendió en su pecho al notar el temor de Silas.
—Escúchame bien, Salazar —ordenó Silas, deteniéndose en seco—.
Nos mantendremos al margen. No haremos ningún movimiento ofensivo contra Gloucester hasta que Steve y Sean regresen.
—Al parecer, su padre no era el único cobarde del grupo—.
Quizá alterarlas ahora, sin conocer el alcance de sus recursos, no sería una buena idea.
—Entendido, señor —respondió Salazar con tono neutro.
Al salir del despacho, sintió que el aire entraba a sus pulmones con más facilidad. El miedo de Silas era el primer indicio de que Salem no era invencible y sus muros podrían caer en cualquier momento.
La emoción lo carcomió por dentro, pero se obligó a mantener la compostura.
Mientras avanzaba por el pasillo de la planta baja con dirección a su habitación, divisó a un pelinegro de hombros caídos que caminaba en dirección opuesta. Era Gideon, otro de los jóvenes nacidos y criados bajo la doctrina del criadero.
—Gideon —lo detuvo, colocándole una mano en el hombro—. ¿Cómo están las cosas? ¿Tu hijo ya nació?
El aludido dio un leve respingo, visiblemente nervioso, y se frotó la nuca con torpeza.
—Aún no.
—¿Te sientes bien? —inquirió con cautela, buscando calibrar lo que el otro ocultaba.
Gideon barrió el pasillo con la mirada antes de soltar un suspiro cargado de amargura y honestidad reprimida.
—A decir verdad... habría preferido que me enviaran a la frontera a matar a diez hombres antes que tener que embarazar a una mujer por obligación. Esto es un maldito dolor de cabeza, ella llora todo el tiempo y no soporta mi compañía.
Salazar lo observó en silencio, confirmando sus sospechas: Gideon estaba exactamente en la misma posición que él. No eran monstruos por elección, sino peones atrapados.
—Si tan sólo ellas pudieran salir de aquí... —comentó Salazar en un susurro cargado de intención, dejando la frase flotando en el aire.
Gideon se congeló y lo miró con fijeza, con los ojos muy abiertos, debatiéndose entre el pánico y el reconocimiento.
Salazar no esperó una respuesta; lo pasó de largo con paso firme, dejando sembrada la semilla de la duda en su cabeza.
En Salem, un paso en falso significaba la muerte, y aún no sabía en quién podía confiar realmente.
Sin embargo, algo le decía que en ese lugar había más personas como él; dispuestas a todo con tal de encontrar su libertad.
***
Lejos de allí, en medio de un mar rebelde que no les permitía llegar a su destino con la rapidez que ellos hubieran querido, el navío se encontraba luchando con las olas y el mal clima.
En el interior de un camarote lujoso pero asfixiante, Steve Richman permanecía sentado frente a un espejo, observando las cicatrices de su rostro.
Debería sentirse feliz de haber sido rescatado por Sean y de estar en camino a recuperar sus tierras, pero la amargura y el rencor le corroían las entrañas.
La puerta del camarote se abrió y su amigo ingresó, sirviendo dos copas de vino antes de sentarse frente a él.
—¿Estás seguro de lo que quieres hacer, Steve?
—inquirió Sean, estudiando la rigidez de su compañero, sin poder apartar la vista de las quemaduras que tenía en la mitad del rostro—.
El criadero está bajo el control de Silas, pero lo que planeas en Boston cambiará las reglas del juego y pondrá a todos en alerta.
Steve apretó los puños sobre la mesa de madera, con los ojos encendidos en una furia sociópata y ponzoñosa.
—Completamente seguro —escupió, con una sonrisa maliciosa que deformaba sus facciones—. Así como esas malditas perras ventilaron mis secretos en Boston y me destruyeron... yo ventilaré los suyos.
Sean asintió lentamente, comprendiendo el alcance de la jugada.
—Boston pronto sabrá la verdadera identidad de las hijas de Lucifer —sentenció, saboreando cada palabra con un rencor desbordante—.
Sabrán quiénes son, de dónde vienen y qué leyes han quebrantado.
La justicia se encargará de hacer su trabajo.
.. y Hortensia y Gardenia terminarán colgadas en la plaza antes de que se den cuenta.
—¿Cuál es el plan? —inquirió Sean, con los ánimos renovados.
—Ellos creen que tienen ventaja, pero aún no han visto lo crueles que podemos llegar a ser cuando estamos juntos —arrastró sus palabras y el castaño asintió—. Le escribiremos a Silas ni bien pisemos Boston, muy pronto me vengaré de toda esa gente y Lucifer no será la excepción.
Su mujer estaba encinta, por la información que Sean le dio, estaba seguro que la rubia que todos protegían era Margarite Gardener.
Nada le dará más gusto que hacerse del hijo de ese imbécil.
—Te han ganado muchas peleas, ¿de verdad crees que en esta ocasión será diferente? —cuestionó su amigo, ahora que conocía toda la historia, ya no veía con sorna a sus enemigos.
—Confíe en la mujer equivocada, por eso perdí todos mis combates —mintió.
Lo cierto era que todos sus problemas iniciaron cuando ellos se robaron a su esposa, por lo que cada vez estaba más seguro de que quería recuperar a Azucena cuanto antes.
Ella siempre lo protegió, por esa razón no murió en el muelle durante el primer combate que tuvo con esa gente, así que aún no estaba seguro qué haría con ella.