Capítulo 20
Cuando el día llegó a su fin y todos estuvieron reunidos en su casa, Max se movió por el lugar en silencio para reunir a Gardenia, Hortensia y Lucifer en uno de los salones.
El caos en el comedor había sido tan grande debido a la traición de Alan que al final decidieron guardar una parte de lo acontecido únicamente para ellos, dado que no querían que su gente se asustara o alterara más de lo debido.
—¿Qué sucedió? ¿Qué es lo que no contaron? —Hortensia fue directa y se cruzó de brazos, mientras recargaba su peso en el marco de la puerta.
—Primero, baja la voz —pidió Azucena—. No queremos que Maggie se entere, está algo delicada y no considero que esta sea una buena noticia.
Esa observación hizo que Lucifer terminara de meter a Hortensia al salón y cerrara la puerta tras de ellos.
Mejor, necesitaban privacidad.
—¿Y bien? —inquirió Lucifer, impaciente.
Azucena y Max intercambiaron una rápida mirada y ella asintió, brindándole la palabra. Decidió ser directo y conciso, les narró todo lo ocurrido desde que decidieron seguir a Alan y sus amigos pasaron del aburrimiento, a la preocupación y finalmente a la incredulidad.
—¿Un hijo? —la voz de Gardenia, aunque baja, arrastraba un deje de recelo absoluto—. ¿Steve Richman tiene un hijo de más de veinte años trabajando en sus filas y nunca nos enteramos?
—Tiene su maldito rostro —siseó Max, apoyado contra el marco de la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula rígida—. El bastardo que atacó a Azucena... es su viva imagen. No hay duda genética posible.
Hortensia paseó la mirada de un lado a otro, golpeando rítmicamente el pomo de su daga contra la mesa de madera. Su expresión era indescifrable, una mezcla de asco y profunda sospecha.
—Lo que no logro procesar —intervino Hortensia, entornando los ojos hacia la rubia— es por qué no te lastimó, Azucena.
—No lo sé —ladeó el rostro, haciéndose esa misma pregunta una y otra vez.
—Percival peleaba muy bien, estaba muy armado y es mucho más pequeño que él. Me rehúso a creer que es un inútil como su padre, pero… ¿Un Richman teniendo piedad en medio de un combate? Eso no existe. Es una contradicción biológica.
—Si lo pensamos detenidamente —Lucifer decidió unirse a la conversación—. En el criadero debe haber muchos hijos de Steve, niños que él nunca quiso y encerró sin darles oportunidad alguna de elegir.
—¿Insinúas que podría no ser como su padre? —inquirió Gardenia, tan tensa como una vara.
—Insinúo que no sólo salvaremos mujeres.
—Su postura era imponente, pero la fatiga en sus ojos delataba que su mente seguía dividida entre la seguridad de la frontera y la mujer que dormía en su alcoba—.
Debe haber recién nacidos, niños, adolescentes o personas como ese joven.
Recuerden que las mujeres no son las únicas víctimas aquí —pidió, frustrado, y Azucena asintió.
Era verdad, no podían dejar de pensar en los hombres que estaban sometidos a la voluntad de Steve.
—No sé qué esperar de él —admitió de pronto, cruzándose de brazos mientras revivía su extraña pelea con el joven—.
No parecía estar buscando mi cabeza. Esquivaba, medía la distancia.
.. parecía más empeñado en contener el daño que en causarlo.
Cuando le advertí que iríamos a liberar a las mujeres del criadero, decidió retirarse.
Todos se miraron entre sí, sin poder procesar la información, y Max dio un paso hacia adelante.
—Un Richman sigue siendo una víbora, no importa si se viste de cordero —sentenció en un susurro imperioso—. Puede ser una estrategia psicológica para desestabilizarnos, o una forma de hacernos bajar la guardia.
Azucena hizo una mueca, él tenía razón. No podían confiarse, ni mucho menos bajar la guardia ante un hijo de Steve.
—Él dijo que Silas quiere matarnos —añadió, recordando ese punto de suma importancia, y Lucifer asintió.
—Mañana duplicaremos las patrullas en el perímetro del lago y Alan será interrogado bajo mis términos. No podemos permitirnos un solo soplón más.
El asentimiento fue general y minutos después Azucena ingresó a su habitación, seguida de Max. Tenía la leve sospecha de que muy pronto todo estallaría y la angustia no dejaba de carcomerla por dentro.
Ese chico mencionó a Silas, pero no a Steve.
«¿Dónde estás, Percival?»
¿Por qué tenía la leve sospecha de que su esposo aún estaba en Inglaterra?
Necesitaba saber qué fue lo que sucedió el día de la explosión, ¿por qué sentía que les faltaba información de suma importancia?
Se despojó de sus botas y pantalón con parsimonia, recordando nuevamente a ese joven que le generaba un sinfín de contradicciones, y ladeó el rostro una vez que estuvo ataviada con su camisola.
Lucifer tenía razón, en el criadero no sólo había víctimas mujeres, sino muchos niños y jóvenes retenidos en contra de su voluntad. Tal vez y los hombres que mataron en su primer encuentro eran jóvenes que sólo siguieron órdenes y por eso le parecieron tan inexpertos.
Dio un respingo en su lugar cuando los brazos de Max la rodearon y muy lentamente giró sobre su eje. Se veía cansado, pero no era eso lo que llamaba su atención, sino la angustia que brillaba en sus ojos. No era la única que sentía el peligro.
—¿Todo bien? —acunó su mejilla y le sonrió con ternura—. Te ves…
—Odio verte en combate —confesó, helándole las venas.
—Lo sé, prefieres a las mujeres más femeninas —se vio obligada a decir y él negó con la cabeza.
—Detesto con cada fibra de mi ser verte expuesta al peligro, me enerva no poder darte una vida tranquila.
—Todo terminará muy pronto —musitó, y él cuadró los hombros—. Tengo el presentimiento de que Steve volverá en cualquier momento, que sólo es cuestión de tiempo para que la verdadera guerra se desate.
—¿Tienes miedo?
Nunca nadie le había hecho esa pregunta en el pasado, por lo que decidió responder con la verdad.
—Todo el tiempo —la piel se le erizó cuando él la abrazó con fuerza—. La idea de morir en combate y no poder volver con mis hijas, ni salvar a Percival, no me dejan vivir en paz.
—Eso no sucederá, te protegeré hasta el final, mi amor.
En esta ocasión, respondió a su abrazo sin prejuicio alguno.
—Y ahora también me preocupa que te pase algo a ti —confesó, percibiendo la tensión en su cuerpo—. La idea de ser los siete, teniendo un nuevo inicio, ya no me disgusta —la voz se le quebró—. Yo…
Él rompió levemente el abrazo para buscarla con la mirada.
—¿Te importo? —inquirió, cauteloso, evitando plantear una pregunta muy incómoda.
—Más de lo que quisiera reconocer —confesó, y armándose de valor se puso de puntillas para unir sus labios con suavidad—.
Así que te prohíbo morir, Max —lo abrazó por el cuello, agradeciendo en silencio que él respondiera a su beso con avidez, y un suave gemido brotó de su garganta cuando él se inclinó para tomarla en brazos y llevarla hacia la cama.
—Perdóname —pidió entre besos—. Fue un estúpido al levantar un muro entre nosotros, es sólo que quería darte tu espacio.
Sonrió contra sus labios, en el fondo él hizo lo correcto.
—Creo que es momento de que tú y yo dejemos de levantar muros y empecemos a concentrarnos en los de Salem.
Se querían, estaban dispuestos a luchar hasta el final por sus hijos, por lo que ya no había razón para seguir siendo adversarios. La resistencia no los llevaría a ningún sitio.
—Hazme el amor, Max —le pidió en un hilo de voz, pero con una claridad absoluta—. Esta noche, por favor. No quiero honor, no quiero deudas del pasado, ni quiero que pienses en la maldita guerra. Te quiero a ti. Ahora.
El ruego rompió las últimas cadenas del autocontrol de Max y la noche de Gloucester se transformó, por fin, en el refugio de entrega, pasión y sanación que ambos se habían negado durante meses.
***
En la madrugada, cuando las calles de Gloucester apenas y empezaron a recibir la luz del alba, Hortensia abandonó su casa para dirigirse al centro del pueblo.
Aún había mucho por hacer, casas que construir y refaccionar, pero ese lugar no era ni la sombra de lo que fue hace más de cuatro meses, antes de que ellas llegaran.
La gente de la colonia estaba feliz y conforme con el cambio, los lugareños los recibieron con gran aceptación, y a pesar de que por fin su gente tenía una sonrisa en el rostro y veían la luz al final de túnel, ella no podía sentirse realmente contenta.
¿Y cómo lo haría?
El hombre al que decidió perdonar y amar ya no estaba, una vez más la dejó sola y todo por protegerla, por querer ser una mejor persona para ella. La visión se le cristalizó y como de costumbre parpadeó varias veces para lidiar con el picor de sus ojos.
No quería llorar, no quería derrumbarse, ella debía ser fuerte por su familia. Gardenia, Maggie y Nancy la necesitaban más lúcida que nunca. Al menos tenía el consuelo de que Max se unió a ellas de manera pacífica, demostrando ser un gran guardián y pareja para Azucena.
—Hortensia… —cuadró los hombros, obligándose a recuperar la compostura, y muy lentamente se volvió hacia Lucifer, el hombre que seguía vivo por pura suerte porque jamás lastimaría al hombre que su hermana amaba.
—¿Qué quieres? —masticó sus palabras.
—Tenemos que hablar.
—¿De los entrenamientos o una nueva estrategia de ataque? —Él la miró con fijeza—. Es de lo único que tú y yo vamos a hablar, no me interesa seguir relacionándome con alguien como tú.
—Sé que estás molesta, en los últimos meses he actuado de manera ruin y déspota, pero…
—Hiciste que todo el embarazo de mi hermana sea un infierno —escupió, roja de la cólera, y utilizó todo su ingenio para no gritar.
No quería despertar a nadie—. La culpaste por quedar encinta, pero eras tú quien debía evitarlo —posó el dedo índice en su pecho, empujándolo con torpeza—.
¿De qué quieres hablar si no es de la guerra? —lo miró con altanería.
—Maggie y mi hijo se mudarán a Londres conmigo una vez que todo esto termine. Ella es mi duquesa, su deber es estar a mi lado.
Lo miró con incredulidad.
—¿Tú quieres llevarte a la mujer que abandonaste y al hijo que querías matar a Londres? —se rio por lo alto—. Eres una amenaza, Lucifer, jamás te confiaría la tarea de cuidarlos.
—Es mi heredero, la justicia te condenaría si intentas separarme de él.
—Aún no sabemos si será un niño —farfulló, y él respingó en su lugar—. Lo ves, aún existe la posibilidad de que te liberes de esa tarea.
—Amo a tu hermana y lo sabes —aseveró, presentando su primer quiebre—. Tú mejor que nadie sabe que nunca quise tener hijos. Mi hermano nació enfermo, mi padre nos torturó por años y…
—Sí, y tu difunto hermano perdió la cabeza e hizo mucho daño, pero tú trabajaste desde las sombras para detenerlo. ¿Te preocupa que tus hijos sean como él? —Lucifer asintió—. ¿No sería más lógico que se parecieran a su padre?
El castaño se tensó, permitiéndole ver nuevas emociones, y negó lentamente con la cabeza.
—No conseguirás nada con tu altanería, Lucifer —susurró—. Si quieres imponerte ante Maggie, prepárate para perderla de verdad.
—Maldición, la ignoré por meses, ¿qué me sugieres hacer?
—Sé un buen esposo —zanjó, elevando la voz—. En menos de dos meses ella dará a luz a tu primer bebé, al menos durante ese breve tiempo, demuéstrale que puedes ser su lugar seguro.
—No sé cómo hacerlo —farfulló—. Nunca he sido romántico y ella lo sabe, yo…
—Entonces déjalos tranquilos —le cortó y cuando él abrió la boca para hablar, terminó respingando y abalanzándose sobre ella para tirarla al piso—. Mierda —ambos cayeron sobre la tierra y cuando intentó golpearlo, el silbido de una flecha la hizo despabilar.
¿Los estaban atacando?
Lucifer se incorporó con rapidez, estudiando las colinas, pero el silencio sepulcral lo llevó a lanzar una maldición. Hortensia, en cambio, se deslizó hacia la flecha que se clavó en la tierra al notar que había una nota amarrada a la misma.
—¿Qué es eso? —tiró de la misma y desató la hoja.
El castaño se acuclilló junto a ella cuando desdobló la hoja y ambos se quedaron petrificados en su lugar, no muy seguros de qué pensar al respecto.
¿Por qué alguien les haría llegar un mapa muy exacto con toda la información respecto a ingresos, salidas, pasadizos, túneles y distribución de cuartos del criadero de Steve Richman?
—Esto es… —musitó, sorprendida.
—Demasiado bueno como para ser real —siseó Lucifer, y ambos se encaminaron de regreso a su casa.
Era hora de levantar a su gente y determinar qué harían a partir de ahora.