Capítulo 19 #2
Max fue por el hombre más robusto, ese que parecía dispuesto a apretar el cuello de su mujer, y la pelea cuerpo a cuerpo no le resultó tan satisfactoria.
A diferencia del primer ataque, este sujeto parecía más preparado, al igual que el hijo de Richman, quien ahora peleaba ávidamente con Azucena, pero evitaba golpearla.
Frunció el ceño.
¿Por qué?
Azucena no podía decir que ese joven fuera un digno rival, parecía estar más en medio de una danza que una pelea, dado que él sólo esquivaba sus golpes y buscaba implementar una gran distancia entre ellos.
—Por un momento... —siseó, ofuscada—, ¡pensé que se habían olvidado de nosotros!
El joven retrocedió, mostrando una mueca de frustración en el rostro, como si la sola idea de olvidarlos fuera una locura.
—Eso es imposible —respondió con tono neutro—. Silas no descansará hasta matarlos.
Sus sospechas eran ciertas, Silas y Sean estaban más vivos que nunca.
—Tarde o temprano iremos por las mujeres del criadero y las liberaremos a todas —sentenció, haciéndolo retroceder con la fuerza de sus palabras—. Y en cuanto a tus jefes, no te preocupes porque muy pronto todos se irán al infierno —escupió, furiosa.
Al escuchar esto, el joven le habló a su acompañante y le dijo que era hora de retirarse.
Ambos se subieron al semental y huyeron como los cobardes que eran.
Lo dejó irse, de alguna manera no sentía que debiera matarlo, dado que él ni siquiera intentó lastimarla, algo bastante curioso si se consideraba quién era su padre.
—¡Azucena! —Max la alcanzó y la sujetó de los brazos, abrumado—. ¿Estás bien? Te hizo algo.
—Curiosamente, no me hizo nada —soltó, mirando la espalda de ese muchacho.
El sonido de unos cascos los puso alerta y el alivio se extendió por sus extremidades al ver que se trataba de su gente.
—¿Qué sucedió? ¿Lastimaron a Alan? —inquirió Teodoro, nervioso, y ella miró al joven que se retorcía de dolor en el piso por la herida de bala que tenía en la pierna.
—Tenemos al soplón.
Y ahora debían pensar qué harían con él a partir de ahora.
***
Silas era muy consciente de que Sean le había pedido que se olvidara de la gente de Gloucester, pero odiaba que le quitaran lo que era suyo y por esa razón estuvo enviando a sus hombres a vigilar la zona y solicitar algo de información.
No obstante, nunca se imaginó que su terquedad terminaría dejándolo sin espía.
—¿Logró decirte algo? —inquirió con frustración y Salazar negó con la cabeza.
—Me temo que no, dispararon ni bien abrí la boca.
—¿Lo dejaron vivo? —Él asintió—. Debieron matarlo, ¿qué tal si dice algo de nosotros?
—No es como si él contara con información importante —respondió el mocoso con descaro, poniendo las manos en jarras—. Nos atacaron dos personas, un hombre y una mujer.
Otra mujer…
—Háblame de la mujer.
—Es mayor, tiene el cabello rubio y un rostro hermoso. —Achicó los ojos, como si quisiera recordar todos los detalles—. Parecía ser muy buena en el combate a pesar de ser baja de estatura.
—¿Te dijo algo?
—Que nos enviará al infierno.
Silas se rio por lo alto, tal vez cometió un error al no ir con Salazar.
—Parece divertida, y estúpida —soltó lo último con frialdad.
—¿Eso es todo? —inquirió Salazar, ansioso, y él sonrió con malicia.
—¿Ansioso por ver a tu mujercita?
—¿Cómo está?
—Embarazada —soltó con satisfacción y pudo percibir su palidez—. Tardaste mucho, pero sabía que lo lograrías —le dio una palmada en el brazo.
Salazar iba a decir algo, pero James ingresó a su despacho con paso apresurado y los ojos muy abiertos.
—Lamento no haber tocado, señor, pero llegaron noticias de Londres.
Ambos se pusieron alertas y Silas sujetó el telegrama con rapidez para leer el contenido. Muy lentamente, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
—Perfecto.
—¿Sucedió algo?
—Muy pronto tu padre estará de regreso en Salem —soltó con regocijo—, Sean dio con él y están en camino.
Por fin podría destruir a esas mujeres sin remordimiento alguno.
—Las hijas de Lucifer… —leyó el resto de la carta con curiosidad—. ¿Oíste hablar de ellas?
—No, señor.
—Quiero que mañana mismo vayan a Boston y recauden información —se dirigió a su lugarteniente y este asintió—. Yo empezaré a idear el plan perfecto para recuperar mis tierras. —Le hizo un gesto al pelinegro para que saliera de su despacho.
Ahora que sus amigos estaban de regreso, Salazar no era necesario.
Por fin dejaría de sentirse malditamente aburrido.
***
«Tarde o temprano iremos por las mujeres del criadero y las liberaremos a todas. Y en cuanto a tus jefes, no te preocupes porque muy pronto todos se irán al infierno».
Salazar no podía dejar de reproducir las palabras de esa mujer en su cabeza.
¿Sería eso posible? ¿Realmente ellos podrían destruir el horrible imperio que su progenitor creó junto a sus amigos?
Él… no tenía la menor idea de qué pensar respecto al tema.
Siempre pensó que moriría en ese lugar, que tarde o temprano lo matarían y la verdad ese hecho nunca le generó angustia ni miedo.
Durante muchos años vivió porque no tenía más opción, pero ahora…
miró la coronilla de Amy, quien estaba plácidamente dormida en su pecho, y acunó su vientre plano con preocupación.
Estaba embarazada.
Era un hecho que no le sorprendía porque si bien su primera vez fue un acto forzado y doloroso para ambos, tanto Amy como él decidieron aceptarse y cuidarse mutuamente, haciendo que sus encuentros ya no fueran un castigo, sino lo mejor de su día a día.
Quería sacarla de ese lugar, a ella y a su hijo, pero también quería irse con ellos y tener una vida normal; una familia real.
«Esa mujer te miró con odio, nunca confiará en ti» le dijo una vocecilla y él tragó con fuerza. Era la viva imagen de Steve Richman, pero jamás sería tan cruel y déspota como ese hombre.
La piel se le erizó de sólo pensar que pronto él estaría en el criadero y temió por Amy.
¿Qué tal si quería torturarlo? ¿Qué tal si intentaba abusar de ella? ¿Silas lo defendería o disfrutaría del espectáculo?
La sola idea de que esos hombres tocaran a Amy hizo que empezara a ver todo en tonalidad rojiza e inhaló con pesadez, presionando su abrazo.
¿Por qué tuvo que enamorarse? ¿Por qué no pudo resistirse a su sonrisa, a sus palabras de aliento y ese absurdo optimismo a pesar de su encierro?
Todo habría sido más fácil si ella no se hubiera acercado tanto a él, aunque en el fondo se lo agradecía, por fin tenía un motivo para luchar.
Siempre pensó que el día que pasara algo así, él terminaría doblegándose, pero esa gente de Gloucester…
parecían ser su única esperanza e hizo muy bien al nunca hablarle de su armamento especial a Silas.