Capítulo 19
Decir que Lucifer se sentía frustrado era poco para explicar lo que estaba sintiendo.
Por esa razón, durante años hizo hasta lo imposible para no acercarse a Maggie y tomar todo lo que quería de ella, porque siempre supo que tarde o temprano se terminaría convirtiendo en su punto débil y aunque renegara ante la idea de convertirse en padre, era inevitable no sentirse preocupado por su esposa e hijo.
Maldición, su corazón no dejaba de martillear mientras subía a la habitación de la rubia, con ella aún en brazos, y casi y podía sentir que sus ojos palpitaban de la pura impotencia que albergaba en su pecho.
La evitó por meses, pero en ningún momento dejó de observarla.
Ver su cansancio, su fatiga y su entusiasmo por trabajar con Douglas no hizo más que llenarlo de culpa y remordimiento.
Ella creía que estaba sola, que él nunca velaría por su bienestar ni el de su hijo, pero lo cierto era que nunca sería capaz de dejarlos; menos cuando era tan consciente de lo cruel que podía llegar a ser el mundo real.
—Ya me siento mejor —susurró ella ni bien la recostó en la cama y Lucifer salió de la habitación para ir por sus cosas—. No es necesario —dijo nada más verlo con su maletín de utensilios y él la observó con dureza.
Odió ver como se encogía, como el miedo destellaba en sus ojos.
¿Cuándo dejó de ser su esposo y se convirtió en una amenaza?
Maldición, ¡estaba ahí por ella!
—Quiero escuchar sus latidos —tiró de una silla para sentarse junto a la cama—. Te ves pálida y…
—Está bien, no deja de moverse —le cortó, provocándole un escalofrío en la espina dorsal—.
Sólo estoy cansada porque estuve trabajando hasta tarde en las últimas semanas, una vez que duerma estaré mejor.
—Protegió su vientre con sus dos manos, como si él fuera el enemigo, y Lucifer conectó sus miradas.
—Aparta tus manos.
—Gardenia me revisó la anterior semana, yo… ¡¿qué haces?! —chilló cuando sujetó sus muñecas y la instó a ponerlas a cada lado de su cuerpo—. Suéltame, lo que suceda conmigo o mi bebé no es tu problema —percibió el pánico en su voz.
Hizo el ademán de tocar su vientre, pero de un manotazo ella apartó su mano.
—¡No quiero que me toques! —chilló, perdiendo los estribos, y por primera vez en mucho tiempo la miró con los ojos muy abiertos.
¿Quién era esa mujer y por qué estaba tan fuera de sus cabales?
—Por favor —logró recuperar la compostura y se deslizó por el mullido colchón para quedar fuera de su alcance—. En serio estoy bien —pudo ver cómo su piel se perlaba—. Si quieres decirme algo, sólo hazlo y vete.
—Creo que no te estoy entendiendo —arrastró sus palabras, afectado—. Dije que te revisaría, en ningún momento dije que quería hablar contigo.
—¿No vas a regañarme por nada? —lo miró, anonadada, y él se tensó—. Eso es bueno —musitó más tranquila, y llevó sus bucles dorados tras su oreja—. ¿Sabes? No me siento cómoda contigo tratando mi embarazo, ambos sabemos que mi bebé no es de tu interés y…
—También es mi hijo —farfulló, repentinamente furioso, y ella se estremeció en respuesta.
—Te irás a Londres cuando todo termine, nosotros…
—Y si no me dejas atenderte, me iré con mi hijo —amenazó, generando un horrible silencio en el lugar, y se odió a sí mismo por ser el responsable de la lágrima que se deslizó por la mejilla femenina.
—¿Tanto me odias que serías capaz de quitarme un hijo que no te importa en lo más mínimo?
—Estoy harto —dejó caer su maletín y antes de que ella pudiera salir de la cama, se abalanzó sobre ella y la inmovilizó con su cuerpo—.
¿De dónde diablos sacas que te odio? —gruñó, y se asustó al verla tan agitada—.
Eres la única mujer que he amado en mi vida y estoy harto de fingir que no me importas, que esta situación no me disgusta y preocupa a muerte —se incorporó un poco y posó la vista en su vientre—.
Yo… —se atrevió a tocarlo y todo su cuerpo se sacudió al percibir un leve movimiento—.
Estoy muerto de miedo —confesó finalmente, angustiado—.
Quisiera tener un túnel, una guarida o un lugar secreto, lejos de estos lares, para esconderlos ahí el tiempo que sea necesario.
—Apártate, por favor —rogó con voz rota, indicándole que sus acciones tuvieron graves consecuencias—. Dejaré que me revises, pero por favor no invadas mi espacio.
—Eres mi esposa —se incorporó con lentitud, recogiendo su maletín con elegancia—. Tu espacio es tan mío como tuyo, así que yo decidiré cómo manejarlo.
Gracias a los santos, no hubo una respuesta y durante la siguiente hora —mientras ella dormía—, él se quedó en la habitación porque escuchar los latidos del corazón de su hijo lo había pegado a esa silla, indicándole que no había marcha atrás.
Pronto tendría la familia que siempre le aterrorizó formar. Él… se había jurado que nunca sería como su difunto padre, pero ¿lo que le hizo a Maggie no lo convertía en alguien como él?
Le pidió que abortara a su hijo, la abandonó a su suerte para que viera lo dura que era la vida y ahora… pretendía volver a su lado como si nada malo hubiera pasado.
«Soy un duque» se dijo con arrogancia. «Y ella es mi mujer».
Él podía renunciar a su herencia, a su título y apellido, pero jamás a Margarite Gardener y su hijo.
Ellos eran solamente suyos.
***
A una hora de la cena, Max observó cómo Azucena se acercaba al acantilado para apreciar el paisaje. Durante el entrenamiento pudo notarla algo distraída, por lo que dedujo que seguía pensando en lo que sucedió esa mañana.
Se acercó a ella con paso lento, permitiendo que el viento marino opacara el eco de sus botas.
Cuando estuvo a su lado, Azucena ni siquiera se movió; mantenía la mirada fija en el horizonte, donde las olas rompían con furia contra las rocas, un reflejo exacto de la tormenta que ambos llevaban por dentro.
—¿Estás molesta? —rompió el silencio, un poco inquieto.
—Simplemente no te entiendo —fue sincera y él tragó con fuerza, se oía bastante cansada.
—¿Qué es lo que no entiendes?
—Dijiste que me amabas, pero desde que te enteraste de mi secreto ya no sientes deseo por mí.
—Eso no es cierto —soltó con frustración y ella lo buscó con la mirada—.
Te amo tanto que la culpa me está carcomiendo por dentro.
No estuve ahí cuando me necesitabas, no pude evitar que Richman te hiciera daño ni que se quedara con nuestro hijo.
Estás vulnerable y estamos en medio de una guerra.
.. por eso esperaré a que todo esto termine para escuchar tu respuesta.
No quiero presionarte, ni mucho menos aprovecharme de tu vulnerabilidad.
La deseaba, jamás dejaría de hacerlo, pero la amaba tanto que quería brindarle su espacio.
—¿Y podrás liberarte de esa culpa, Max? —decidió encararlo—. Porque déjame decirte que, si sigues así, jamás podré casarme ni aceptarte en mi vida de regreso.
—Azucena…
—A pesar de todo lo que viví, estoy bastante segura que si le doy otra oportunidad al amor, será porque quiero y no porque necesite a alguien o quiera cobrar una deuda de honor —la voz femenina se quebró—.
Tú me buscaste, me atosigaste y ahora que lograste confundirme, levantaste un muro invisible entre nosotros.
—¿Qué sientes por mí? —quiso saber.
Ella… se veía angustiada.
—No lo sé —soltó con un hilo de voz y él la abrazó con fuerza.
—Entonces aún tengo mucho por hacer —besó su coronilla, no muy seguro de cómo seguirán las cosas a partir de ahora—. Yo… —su voz fue muriendo al detectar un movimiento extraño abajo, cerca de la cerca del pueblo.
—¿Qué sucede? —La rubia rompió el abrazo al sentir la tensión en su cuerpo y le hizo una seña para que mirara sobre su hombro.
Alan, uno de los jóvenes carpinteros del pueblo, avanzaba de manera errática, mirando hacia los lados con un nerviosismo evidente, antes de deslizarse apresuradamente hacia la carretera que salía de Gloucester.
La mandíbula de Max se tensó al instante.
Las piezas encajaron en su mente en un segundo.
—El soplón... —siseó.
¿Qué otra razón más que vender información lo llevaría a salir de su pueblo?
—No podemos dejar que filtre la información de las nuevas armas de Maggie —siseó Azucena y sin decir una palabra más, ambos se movieron por puro instinto.
Se adentraron en el bosque bordeando la carretera, siguiendo a Alan en un silencio sepulcral, camuflados por los grandes árboles.
Tras unos minutos de persecución, el carpintero se detuvo en el lago, donde un hombre lo esperaba junto a su semental.
—¿Estará solo? —inquirió él, desconfiado, y barrió el lugar con la mirada.
—No lo sé, pero no podemos permitir que Alan hable.
—¿Será el soplón o está en medio de una cita? —dudó, no quería atacar a nadie sin tener pruebas.
Cuando el individuo se volvió para recibir a Alan, Max y Azucena dejaron de respirar.
El impacto los estremeció de la cabeza a los pies, todo indicaba que ya no necesitaban pruebas.
El rostro, las facciones e incluso la postura…
ese muchacho era idéntico a Steve Richman y no podía tener más de veinte años.
La rabia lo carcomió por dentro, era como si el mismísimo demonio se hubiera puesto de pie frente a ellos. Antes de que el hijo de Richman pudiera formular pregunta alguna, el instinto protector y la furia de Max tomaron el control.
Su disparo retumbó por el lugar, seguido del aullido adolorido de Alan y su caída. El hombre empezó a gritar por el dolor, totalmente desesperado, y Azucena salió de su escondite al ver que ese hombre pensaba escapar.
Al parecer, en ese momento, ninguno de los dos podía pensar con claridad.
—¡Espera! —se alarmó al ver como un segundo individuo aparecía en su campo de visión—. Maldición —salió tras de ella, ahora tendrían que pelear.
Sólo esperaba que su disparo hubiera alertado a la gente del pueblo.