La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—No querrá verme y lo sabes —susurró con una mezcla de duda y vulnerabilidad—.

Cuando se trata de mí, es tosco y demasiado rudo.

—Ese hombre era un idiota—. Temo que ver mi estado y darse cuenta que ya tengo siete meses de gestación, lo ponga en contra del proyecto.

Podría pensar que es una ridiculez de mujeres o que mi condición me tiene delirando.

No quiero que mi vientre arruine nuestra única oportunidad de conseguir el presupuesto.

Azucena se acercó a ella, colocándole una mano firme en el hombro, transmitiéndole toda la seguridad que a ella misma le había faltado minutos antes en su alcoba.

—Iremos juntos —zanjó con seguridad—. Lucifer tendrá que escuchar a la mente detrás de estas armas le guste o no, ¿me entiendes? —Ella hizo una mueca—. Y si él no quiere darnos dinero, se lo pediremos a tus hermanas o Max.

Maggie debía vencer ese absurdo miedo que sentía hacia Lucifer, el hombre no era una amenaza, solo un imbécil sin el más mínimo de delicadeza.

***

Max observó con curiosidad como Douglas, Azucena y Maggie bajaban la calle con paso resuelto y se acercó a ellos al ver que tenían varias cosas en manos.

—Les ayudo —se hizo de las cosas que tenía Maggie consigo. Por el como Azucena lo ignoró, dedujo que seguía molesta con él—. ¿Adónde van? Se ven muy serios.

—Con Lucifer, Maggie y Douglas crearon obras maestras y necesitamos su autorización para empezar a producirlas.

Enarcó una ceja.

—¿Y por qué no hablan con Hortensia o conmigo?

Lucifer no era el único que daba dinero en ese lugar.

—Él tiene razón, Azucena —musitó Maggie, nerviosa, y la rubia gruñó.

—Iremos con Lucifer.

Así que ahí estaba el problema. Azucena quería que Maggie enfrentara sus miedos y le hiciera frente a su esposo, quien claramente llevaba meses huyendo de su mujer y enorme vientre.

Llegaron al campo de entrenamiento, donde Lucifer conversaba con Teodoro, y el hombre sólo necesitó verlos para acercarse a ellos con paso resuelto.

—¿Qué hacen aquí? ¿No tienen nada mejor que hacer? —gruñó y Azucena se acercó a la mesa que estaba en uno de los laterales del gran patio.

—Queremos que veas esto. —Dejó las cosas en la mesa, al igual que ellos—. Maggie los hizo. —Le hizo una seña para que se acercara.

—No estoy para juegos.

—Son armas, no juegos —espetó Maggie, levemente molesta, y Lucifer estudió la peineta que ella tenía en manos.

Esto era malo, ¿ellos pensaban gastarle una broma a Lucifer?

—Aquí no se juega a las muñecas, Maggie —farfulló y la rubia se encogió en su lugar, lo cual provocó que Azucena se hiciera de la peineta y sin previo aviso, la dirigiera hacia el rostro de Lucifer.

—¡No! —chilló Maggie, pero ella se detuvo a varios centímetros de distancia y Max se tensó cuando unas cuchillas rígidas salieron en dirección del rostro del hombre.

Lucifer retrocedió, y Azucena le regaló una sonrisa retorcida.

—Es evidente que, si jugaras a las muñecas, perderías, duque —espetó con sorna y le devolvió la peineta a Maggie.

—¿Qué diablos es eso? —gruñó Lucifer, ofuscado, y Max miró de reojo como Hortensia y Gardenia caminaban en su dirección.

—Son armas diseñadas para las mujeres del pueblo —espetó Maggie, con mayor confianza, y les enseñó el abanico.

Uno a uno, ella expuso sus diseños y tanto Hortensia como Gardenia miraron todo con fascinación. Por supuesto, Maggie sugirió que, si querían que las armas fueran más letales, podrían impregnar las cuchillas con sedantes o diferentes venenos.

Max nunca utilizaría un abanico para pelear, pero debía reconocer que las peinetas incluso podrían ser útiles para ellos.

—El corsé es un chaleco de protección, diseñaremos uno para los hombres también —dijo Douglas, corroborando a Maggie en su exposición, y un tenso silencio cayó sobre ellos cuando dieron por terminada su conversación.

—Me gusta el abanico —dijo Gardenia, haciéndose del accesorio antes que Hortensia.

—Podemos hacer más, pero… —Maggie observó a Lucifer, esperando su aprobación, pero el castaño sólo la miró con fijeza—. Necesitamos presupuesto.

—Haz lo que quieras, Maggie —espetó Hortensia, indiferente—. Yo financiaré tu proyecto, tú…

—Hagan un listado con todo el material que se requiere —le cortó Lucifer en tono autoritario—. Quiero que todas las mujeres del pueblo tengan estas armas bajo su poder.

La sonrisa de Maggie creció y por fin pudo liberar todo el aire que tenía retenido en sus pulmones.

Su proyecto había sido aceptado y todo gracias a Douglas, quien pudo materializar cada una de sus ideas.

Compartió un abrazo con su amigo, agradeciendo su arduo trabajo, y todo su cuerpo se estremeció cuando una firme punzada atravesó su vientre bajo.

—Maggie… —musitó el hombre, sintiendo como se encogía en su lugar, y ella forzó una sonrisa.

—Estoy bien, sólo necesito descansar un poco. —Aferró su vientre y cuando Max se acercó con toda la intención de levantarla, Lucifer bloqueó su camino.

—Sigue con el entrenamiento, Azucena te ayudará —espetó con arrogancia, haciéndose de ella con bastante facilidad—. Ustedes interrumpieron todo, así que háganse responsables.

—Iré contigo, quiero revisarla —espetó Gardenia, y Hortensia hizo el ademán de seguirlos.

—Yo me encargo —el tono de voz fue tan gélido que todos se quedaron inmóviles en su lugar—. Ustedes sigan con lo suyo.

Maggie sabía que él no iba a lastimarla, pero el hecho de que quisiera hablar con ella a solas después de la presentación de las armas no era demasiado alentador.

¿Iba a recibir algún tipo de reprimenda?