Capítulo 18
Dos meses y medio después
Bristol, Inglaterra.
El viaje a Inglaterra fue un verdadero dolor de cabeza, debía reconocer Sean. El clima lo retuvo más semanas de las deseadas en altamar y eso lo tenía frustrado. Sin embargo, después de una semana recaudando información, por fin sabía a quienes se estaban enfrentando.
Hortensia y Gardenia eran las hijas de Lucifer, asesinas de renombre que al parecer estuvieron truncando mucho de los proyectos de Steve, quien ahora estaba siendo buscado por la guardia real por el asesinato del duque de Marlborough.
No le sorprendía que su amigo estuviera oculto y atrapado en ese país, estaba a un paso de la horca y encontrarlo no sería una tarea tan sencilla.
Sólo necesitó llegar a Bristol para darse cuenta que el lugar estaba siendo custodiado por la guardia real, por lo que eso quería decir que su amigo ya no estaba en Bristol.
Sean conocía a Steve, él jamás dejaría que las cosas escalaran hasta ese nivel.
Su amigo era un cobarde y por ende era muy bueno escabulléndose, así que empezó a evaluar todas sus opciones.
Dejarse ver y empezar a llamar la atención de los lugareños podría atraer a uno de sus hombres, alguien que seguramente estaría vigilando el escenario, pero también terminaría captando la atención de aquellos que lo buscaban con tanto ahínco.
Se encogió de hombros, era un forastero que tenía todo el derecho de viajar, en ese lugar él —curiosamente— tenía las manos limpias.
***
Azucena abrió los ojos con lentitud, comprendiendo que era momento de empezar su día, y esbozó una débil sonrisa cuando Max dejó un suave beso en su mejilla antes de abandonar la cama.
Desde hace más de dos meses que él empezó a quedarse en su alcoba y no precisamente para intimar con ella, ellos sólo dormían y amanecían juntos, algo que le generaba una gran calma en el pecho y le permitía dormir mucho más temprano que antes.
¿Por qué?
No tenía la menor idea, pero le gustaba.
—Es hora de despertar, hoy tenemos que entrenar a las mujeres.
Desde la noche que él entró a su alcoba para pedirle perdón y llorar en silencio, Azucena había empezado a entender mejor el por qué estaba tan reticente.
La culpa no lo dejaba tranquilo y suponía que era algo con lo que debía dejarlo lidiar totalmente solo, por mucho que dijera o hiciera, era su mente la que le estaba jugando en contra y no quería interferir. Eso podía ser agotador.
—Tengo que reunirme con Maggie y Douglas —se vio obligada a decirle, y él asintió mientras terminaba de ponerse sus botas.
—¿Sucedió algo importante?
—No lo sé —se ató el cabello en un moño alto y sonrió cuando él la abrazó por detrás y dejó un casto beso en su cuello—. Hoy estás muy amoroso, ¿te sientes bien?
Los ojos color cielo la miraron con intensidad, pero Max se limitó a asentir.
¿Cuánto tiempo más pensaba contenerse?
Ellos… ¿acaso no estaban en medio de una relación?
Es decir, compartían alcoba y eso no era un secreto para nadie de la casa. Aunque, por supuesto, tampoco era de la incumbencia de nadie.
—¿Nos vamos? —intentó abandonar su habitación, pero ella lo sujetó del brazo con firmeza—. ¿Qué sucede?
—¿Por qué no quieres intimar conmigo? —inquirió en voz alta, aunque conocía la respuesta—. ¿Te sientes culpable? Ya te dije que tú no tienes la culpa de nada.
—Azucena…
—Dormimos juntos, me tratas como si fuera tu mujer, pero…
—Estamos en medio de una guerra, no podemos distraernos.
—Eso no te importó cuando me tomaste en los alrededores del campamento, ni en la primera casa que ocupamos.
Para su sorpresa, él se zafó de su agarre con suavidad.
—Me adelantaré, creo que estás algo nerviosa.
¡¿Qué tipo de relación o tregua le estaba ofreciendo?!
Ella… no quería un matrimonio por conveniencia, ni honor.
Si iba a casarse y volver a confiar en un hombre, sería porque ese hombre estaba dispuesto a amarla de verdad.
Se quedó estática en medio de la alcoba, apretando los puños con una mezcla de frustración y coraje contenido mientras escuchaba los pasos de Max alejarse por el pasillo.
¿Nerviosa ella? ¡Él era el que huía como un cobarde utilizando la guerra como escudo!
Soltó un bufido, obligándose a calmar los latidos de su corazón. No tenía tiempo para descifrar los laberintos mentales de Max; Maggie y Douglas la estaban esperando. Arregló sus pantalones, se aseguró de que su cabello estuviera firmemente recogido y salió a su encuentro.
Cuando llegó a la casa de Douglas, sólo necesitó bordear el jardín para verlos junto a la mesa de trabajo del hombre.
Maggie se veía alegre, pero la fatiga en su rostro era evidente y no era para menos, su vientre creció a escalas alarmantes y lo mejor sería que estuviera en reposo.
No obstante, ella se rehusaba a hacerlo porque había encontrado algo para entretenerse junto a Douglas, dado que llevaban más de dos meses trabajando en un nuevo proyecto.
—Llegas justo a tiempo —dijo su amigo, limpiándose las manos engrasadas con un trapo viejo, dedicándole una sonrisa cansada pero cargada de orgullo.
—¿Qué tienen para mí? —sonrió con entusiasmo y Maggie se acercó a una lona de lino que cubría sus creaciones.
—Están listos —anunció, entusiasmada, mientras apartaba la tela—. Después de meses de trabajo los prototipos finales están terminados.
Azucena se acercó a la mesa, no muy segura de qué decir al respecto.
—¿Están diseñando accesorios? —su sonrisa tembló—. Son lindos, pero estamos en medio de una guerra. —Empezó a preocuparse, lo más sensato sería seguir fabricando cañones. Tanto Maggie como Douglas se rieron por lo alto—. ¿Qué es tan gracioso? —rezongó y puso las manos en jarras.
—Mira esto —indicó Maggie, tomando el primer objeto.
Era un abanico. Al abrirlo con un movimiento lento, las varillas lucieron un hermoso labrado, pero con un sutil giro de muñeca, un mecanismo oculto siseó y de los bordes brotaron cuchillas milimétricas, delgadas como hojas de afeitar y letalmente afiladas.
Azucena abrió los ojos con sorpresa.
—Por todos los cielos —sujetó el abanico, fascinada—. Es hermoso y parece letal a corta distancia —añadió con satisfacción, realizando los mismos movimientos de Maggie para entender el mecanismo.
—Lo más importante es que es fácil de portar y un hombre nunca lo vería como una amenaza —explicó Douglas, maravillado—. Y no es todo.
A estas alturas, Azucena estudió con más detalle los accesorios.
Maggie dejó el abanico y acarició la superficie de una sombrilla de paseo fina, cuyo mango de metal ocultaba un sistema que transformaba el eje en una lanza corta.
—Se parece al bastón de Lucifer —recordó el arma que Thomas tenía consigo—. Pero… —Se acercó más y notó que las puntas del tejido terminaban en estiletes triangulares—. Esto será de mucha ayuda para las mujeres del pueblo —susurró, encantada.
—Estas peinetas de filigrana también son muy útiles —musitó Maggie, sujetando la misma y posándolo en su cabello.
Era un adorno bonito, pero se moría de ganas por saber qué hacía—.
Sólo necesitas tocar el punto correcto. —La tendió en su dirección y antes de que Azucena pudiera tomarla, apretó un punto específico y se liberaron unas garras rígidas, ideales para un ataque sorpresa en el cuello.
—Me siento en el paraíso —se vio obligada a decir.
¡Esas armas eran perfectas!
Maggie giró la peineta y encajó la misma entre sus dedos —como si fuera un conjunto de anillos—, indicándole que ahora sus puños no volverían a ser los mismos que antes.
—Quiero dos —espetó con entusiasmo y Maggie se rio, dejando la pieza en su sitio.
—Y, por último, la pieza más importante —señaló el corsé bellamente estructurado en cuero y láminas de acero templado—.
El corsé de láminas flexibles —murmuró, accionando un broche ornamental en el costado.
Al instante, un brazo mecánico articulado saltó hacia el frente, bloqueándose con un chasquido firme que dejó suspendidas dos hojas curvas en el aire—.
El sistema se traba mecánicamente para que las cuchillas no cedan ante el impacto, distribuyendo la fuerza por todo el torso de la portadora.
Sirve de armadura y de arma al mismo tiempo.
Azucena pasó las yemas de sus dedos por el metal frío, asombrada.
—Es una genialidad —los miró, idiotizada—. ¿Cómo… en qué momento se les ocurrió?
—Fueron sus ideas —espetó Douglas, felicitando a Maggie con la mirada y esta se ruborizó.
—Vi los últimos apuntes de su esposa, sin ellos no lo habría logrado —dijo aceleradamente y tanto ella como Douglas negaron con la cabeza—. Yo… sólo quería que las mujeres tengan armas que se adecuen a ellas —añadió, apenada.
—Han hecho un trabajo increíble —se vio obligada a decir—. Las mujeres del pueblo finalmente tendrán una oportunidad real para defenderse sin depender de la fuerza bruta.
—Pero… —miró a Douglas ante su suave susurro, confundida.
—¿Qué sucede?
—Los prototipos funcionan a la perfección y son fáciles de hacer, pero ahora necesitamos presupuesto. Materiales, acero de calidad, carbón para la forja y…
—¿Y cuál es el problema?
El dinero lo tenían de sobra.
—Maggie y yo creemos que sería de mucha ayuda que me acompañes a hablar con Lucifer para presentarle el proyecto y conseguir su financiamiento.
Claro… el hombre no soltaba su dinero si no era por un buen fin, pero… miró a Maggie con curiosidad.
—No iré. —Ambos se tensaron—. Son tus ideas, Maggie, es tu ingeniería. Eres tú quien debería presentarlos ante él.
Maggie desvió la mirada, maximizando de pronto la incomodidad en su postura. De manera inconsciente, llevó una de sus manos hacia su vientre.