Capítulo 17 #2
Estaba usando todo su ingenio y autocontrol para dejarla tranquila, pero su paciencia estaba llegando a su límite.
—Te ves abrumado, Max —espetó Douglas, avanzando en su dirección. Eran prácticamente vecinos, por lo que era normal que tomaran el mismo camino de regreso—. ¿Tienes problemas con Azucena?
—¿Por qué lo preguntas? —inquirió, pensativo—. Nosotros no somos nada.
—Pero siempre se vigilan y tratan de tenerse en la mira. —Se tensó—. A mis ojos, son muy obvios y es evidente que algo no anda bien.
—Le hice mucho daño, por mi culpa nuestro hijo está con ese imbécil y ella… —la garganta se le cerró—. No pude protegerla, siento que no la merezco.
—Eso es estúpido —gruñó, ofuscado—, yo tampoco pude proteger a mi hija, pero no por eso me daré por vencido y olvidaré que soy padre, ¿verdad?
—Es diferente, ella no me ama.
—El amor se expresa de muchas maneras, muchacho —le dio una palmadita en el hombro—. Y creo que perder el tiempo en época de guerra es absurdo —suspiró—. Después de todo, nunca sabes si serás el siguiente en morir.
La piel se le erizó, lo último que deseaba era morir, puesto que quería recuperar a su hijo y convivir con él, como también con Azucena y sus hijas, él… quería ser parte de esa familia.
—Duerme bien, mañana será un nuevo día —dijo Douglas animadamente y se dirigió hacia su casa, dando por terminada su conversación.
Max se quedó ahí, mirando como su amigo se alejaba, y finalmente negó con la cabeza.
—Es irritante —respingó en su lugar al ver como Lucifer se ponía a la par suya—, pero tiene mucha razón —arrastró sus palabras, pensativo.
—¿Hoy entrenarás con Gardenia?
—No, está algo cansada y decidimos dejarlo para mañana.
Sabía que ellos entrenaban a mitad de la noche, su cuñada estaba empeñada en hacerse más fuerte y hábil. No obstante, cuando le pidió ayuda, Max se rehusó a golpear a la esposa de su hermano, no quería que Thomas lo asesinara al volver.
—¿Adónde vas? —quiso saber y Lucifer lo miró con obviedad.
—Vivimos en la misma casa, ¿no?
—Sí, pero tú nunca vuelves temprano —achicó los ojos—. ¿Quieres hablar con Maggie?
No era estúpido, pasar mucho tiempo con Lucifer le había permitido notar como siempre la seguía con la mirada y se preocupaba por ella. Su orgullo lo convertía en un idiota, pero no quería juzgarlo porque en el pasado él hizo exactamente lo mismo.
—¿Por qué me hablas con ese tono? Soy un duque —siseó y él blanqueó los ojos, antes de seguir con su camino—. Deberías decirme su excelencia, su gracia o milord.
—No estamos en Londres —se encogió de hombros, y evitó reírse al escuchar la cátedra que él decidió darle respecto a la etiqueta social.
Después de todo, él también podía sonar como un idiota sin cerebro.
***
¿Cómo era posible que una mujer hubiera inventado todas esas maravillas?
Maggie no podía dejar de leer y hojear el cuaderno de la difunta esposa de Douglas.
Los rayones y la exorbitante cantidad de notas —sobre técnicas de diseños y materiales que funcionan bien en equipo— dejaban claro que Amelie estudió y dedicó muchos años de vida a ese proyecto.
Sin embargo, cuando llegó a la última página, dedujo que Douglas no lo leyó por completo, puesto que había una nota bastante interesante al final del cuaderno.
“Las mujeres también necesitan su propio armamento”.
Frunció el ceño. Era un boceto, pero en la hoja había tres dibujos.
El primero era un corsé, el segundo un abanico y finalmente una sombrilla.
Siguió hojeando, pero el resto de las hojas estaban en blanco.
Volvió a la hoja donde estaban los tres accesorios femeninos y se mordió la uña con nerviosismo.
¿Sería capaz de inventar algo tan bueno como la difunta esposa de Douglas?
¿Por qué no intentarlo? Después de todo, no tenía nada que perder.
Ella le estaba dando la información, los materiales y las técnicas, por lo que ahora sólo quedaba ensamblar las ideas. Quizá…
—¿Por qué sigues despierta? —respingó en su lugar, llevándose una mano al pecho con rapidez, y contuvo el aliento cuando vio a Lucifer en su habitación.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí y por qué no tocó la puerta?
—Me diste un gran susto —admitió, inquieta, y empezó a respirar con pesadez.
—¿Qué sucede? —él intentó acercarse a la cama, pero ella alzó la mano para que se detuviera.
—Estoy bien —susurró aceleradamente y cuando intentó moverse, hizo una mueca. Llevaba tanto tiempo en el mismo lugar que tenía la espalda entumecida—. ¿Sucedió algo? —evitó que la voz se le quebrara y fingió demencia.
Ya luego vería como lidiar con su malestar.
Lucifer la estudió con la mirada y clavó la vista en el cuaderno.
—¿Qué es eso? Ya son las dos de la mañana, deberías estar dormida y no leyendo.
La punzada en su espalda baja la hizo cuadrar los hombros y forzó una sonrisa.
—¿Podemos hablar más tarde? Acaba de darme mucho sueño y… —su voz fue muriendo al ver como se acercaba—. Espera, yo…
—Estás pálida —susurró y apartó el cuaderno con delicadeza antes de apartar el cubrecama y pasar las manos por debajo de sus rodillas y espalda.
—Con cuidado —suplicó y por inercia rodeó su vientre, provocando que su camisola rodeara su abultado vientre.
Era la primera vez que Lucifer lo veía, dado que ella siempre iba con su abrigo y una capa encima, por lo que era normal que se hubiera puesto tan tenso ante la visión—.
Me duele la espalda, debí sentarme en la mesa y…
ah… —se estremeció cuando la ayudó a recostarse—.
Gracias —inhaló con pesadez, posando una mano en su cadera con una mueca adolorida.
Para su sorpresa, él volvió a cubrirla y en esta ocasión se hizo del cuaderno y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, para leerlo en silencio.
—Era de la esposa de Douglas, fue ella quien inventó todo —le contó con entusiasmo, olvidando sus problemas por breves minutos—. Pero no pudo terminarlo —susurró con pesar.
—¿Y desde cuándo te gustan las armas? —Él estaba dispuesto a entablar una conversación con ella.
—Voy a su taller todos los días, he tratado de convencerlo para que me enseñe a disparar dado que nadie en esta casa quiere ayudarme —rodó los ojos, como si él la estuviera mirando, y siguió observando el techo del dosel de la cama—.
Esta tarde, de camino al comedor con Azucena, comenté que el armamento es muy pesado para las mujeres y ella me dijo que por eso prefería sus cuchillas.
—Bostezó—. En la última página, Amelie comenta exactamente lo mismo, quizá podamos trabajar en algo nuevo que se adecue a las mujeres del pueblo —los párpados empezaron a pesarle.
—¿Por qué simplemente no ignoras todo y llevas tu embarazo con tranquilidad? —arrastró sus palabras, ¿era impresión suya o se oía molesto?
—No lo sé —musitó, agotada—, supongo que quiero algo que me ayude a defenderme. —Finalmente el sueño la derrotó, enviándola a los brazos de Morfeo, y no pudo ver como él se volvió en su dirección con toda la intención de decirle algo.
Lucifer, quien hasta ese momento se había mantenido tenso y en silencio, selló los labios en una fina línea al ver como Maggie caía rendida.
—Tú no necesitas nada de eso —siseó y dejó el cuaderno sobre la mesa de noche—. Me sentiría más tranquilo si te quedaras en casa, junto a todos tus escoltas —soltó con impotencia, deslizando su vista hacia el vientre de su mujer.
¿En qué momento había crecido tanto y por qué ese hecho lo asustaba tanto?
***
Esto no estaba bien y lo sabía, pero Max ya no podía seguir soportando ese silencio y distancia que él mismo impuso en las últimas semanas. Al parecer nunca dejaría de ser un miserable, ni mucho menos dejaría de amar a Azucena.
Ingresó a su habitación con sigilo, observando el pequeño bulto en la cama, y avivó el fuego al darse cuenta que la alcoba estaba algo fría.
¿Estaba listo para despertarla?
¿Qué diantres le diría para disculparse por su actitud?
Se acercó a la cama, ella tenía el pelo suelto y dormía de costado, aferrada al cubrecama como si de eso dependiera su vida. Parecía tensa, pero su ceño no estaba fruncido. Pronto serían las cinco, por lo que era normal que ya estuviera profundamente dormida.
Estiró la mano, dispuesto a despertarla, pero luego recordó que tuvo horas para visitarla durante la madrugada y no tuvo el valor de hacerlo. ¿Por qué estropear su sueño justo ahora?
Dio un paso hacia atrás, lo mejor sería reunirse con ella más tarde.
«¿Volverás a abandonarla? ¿Cuándo dejarás de ser un cobarde?» le reprendió una voz y, armándose de valor, se deslizó bajo las sábanas para envolverla en sus brazos.
—Perdóname, mi amor —la voz se le quebró y una lágrima se deslizó por su mejilla—.
Yo… daría lo que fuera con tal de volver en el tiempo y evitarte todo ese dolor.
—Sollozó, angustiado, y rodeó su vientre con delicadeza—.
Te amo tanto, Azucena. —Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando la mano femenina se posó sobre la suya, brindándole un suave apretón.
—Si vuelves a alejarte, te mataré —musitó entre sueño, y giró sobre su lugar para acurrucarse contra su pecho—. Tengo frío, ¿podrías abrazarme?
Así lo hizo, le entregó su calor, y durante las siguientes horas la escuchó dormir, acurrucada contra su pecho, más tranquila que nunca.
Ella… ¿lo estaba perdonando y aceptando en su vida de nuevo?
«Aún es muy pronto, no la presiones» se dijo a sí mismo, y tragó con fuerza.
***
Silas sonrió con satisfacción cuando Salazar le informó que trajeron a ocho mujeres consigo y le dio una fuerte palmada en el hombro con orgullo.
—Veo que Amy está siendo una gran motivación —comentó con descaro, incapaz de esconder su satisfacción, sólo era cuestión de tiempo para que él terminara convirtiéndose en su mano derecha.
—Dijiste que, si aumentaba el número de víctimas, la dejarías vivir en mis aposentos.
Era un idiota.
¿Quién diablos se enamoraba de su primera amante?
«Eso es lo de menos, mataré a la mujer una vez que dé a luz para que deje de distraerlo».
—¿Sabes si ya está encinta?
—Me temo que no —hizo una mueca—, pero… —hizo un gesto con la mano para indicar que lo seguían intentando.
—Lo sé, lo sé —fingió orgullo—. Jamás me fallarías, Salazar, sabes que eres muy importante para mí, ¿verdad?
Era el único muchacho que realmente le importaba de ese criadero y por esa razón necesitaba forjarlo, sólo así Steve lo valoraría y no lo vería como un número más.
—Sí, señor.
—Ahora puedes retirarte, fue una noche larga y te dejaré descansar el día de hoy.
Lo miró significativamente, tal vez no lo dejaría trabajar, pero en su alcoba tenía una tarea muy importante.
—Está bien.