La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Tres semanas después

Azucena aún no sabía si la ausencia de un nuevo ataque era algo bueno o malo; no obstante, no podía negar que al menos las cosas en Gloucester se estaban dando mejor de lo esperado.

La gente de la colonia se adaptó con bastante facilidad a los lugareños, y viceversa, y ahora no sólo estaban refaccionando y construyendo nuevas casas, sino que eran una fortaleza donde todos tenían una función.

En la plaza del pueblo se habilitó un gran comedor para todos, donde tanto hombres como mujeres trabajaban, y los barcos Gardener ya estaban en el muelle, generando nuevos ingresos para el pueblo.

Hortensia, Lucifer y Max se encargaban de entrenar a las personas —mientras Gardenia compartía sus conocimientos medicinales junto a Nancy—, de vez en cuando ella ayudaba, pero…

prefería mantenerse al margen para no incomodar a nadie.

Desde la tarde que Max y ella hablaron hace más de veinte días, las cosas se habían sentido extrañas. No era tonta, él la estaba evitando y no podía juzgarlo. Después de todo, no era el tipo de mujer que ningún hombre querría como esposa. Aunque… si era sincera, su rechazo le hería levemente.

¿Por qué?

No tenía la menor idea.

Quizá su orgullo estaba herido, tal vez pensó que sólo ella sería suficiente para cambiar a ese hombre, pero no… se equivocó y ahora no podía hacer más que seguir con su vida y la búsqueda de su hijo.

—¿Qué opinas? —la voz de Douglas la instó a abandonar su letargo y volvió el rostro hacia el hombre que estaba junto a Maggie—. Son ocho cañones, los pondremos en puntos estratégicos de la colina para atacar a cualquiera que pretenda entrar al pueblo.

La energía del hombre era motivadora. En las últimas semanas, Douglas apenas y había dormido porque estaba empeñado en armar a todos los habitantes de Gloucester. Debía admitir que su trabajo era admirable, incluso Lucifer se había quedado sin palabras ante los inventos de Douglas.

—Vas rápido —sonrió.

—Debo admitir que los hombres que trajeron consigo son muy habilidosos —miró con orgullo a sus ayudantes, quienes fundían el hierro y movían los materiales sin temor alguno.

—¿No creen que deberíamos equipar el muelle con algunos de estos? —sugirió Maggie, animada, demandando su atención.

No tenía la menor idea de cómo sucedió, pero Maggie y Douglas se hicieron muy amigos.

Tal vez se debía el hecho de que la rubia le recordaba a su hija y la veía muy desprotegida, puesto que el hombre siempre la mantenía a su lado, mientras sus hermanas cumplían con sus labores y se llevaban a Nancy con ellas.

—¿El muelle? —preguntó Douglas, ceñudo.

—Es un punto de ataque —musitó Azucena—. Creo que no estaría de más.

—Igual unos cuantos cañones de órgano —añadió, y tanto ella como Douglas miraron el muelle—. No sabemos si ellos nos superan en número, lo mejor es ser precavidos.

¿Desde cuándo ella se involucraba tanto en los temas de combate?

Por un momento pensó que Maggie preferiría ayudar en el comedor, o simplemente quedarse en casa, dado que Hortensia y Gardenia nunca la pondrían a trabajar en ese estado.

Sonrió con orgullo, tal vez estaba encinta y su embarazo era cada vez más notorio, pero incluso así la rubia quería ser de ayuda.

—De acuerdo, revisaré los materiales y veré qué más puedo hacer —comentó Douglas, ensimismado, y se dirigió a su taller sin decir más.

—Iré con él —susurró Maggie y Azucena decidió seguirlos.

—¿No crees que necesitas descansar un poco? —inquirió una vez que estuvieron junto a él, en su mesa de trabajo, y el castaño removió sus planos—. Hiciste grandes avances, pero te necesitamos sano, Douglas —posó una mano en su brazo, demandando su atención.

—Descuida, me siento bien.

—Nunca nos dijiste cómo inventaste todo esto —espetó Maggie de pronto, sujetando el plano de los cañones con fascinación—. Eres herrero, no un inventor.

—Bueno… —Douglas se acercó a un gran estante y extrajo de uno de los cajones un cuaderno enorme, hecho a mano—. No son mis inventos —sonrió con melancolía—, sino de mi amada y difunta esposa.

Tanto Maggie como ella abrieron los ojos con sorpresa.

—Sí, Amelie estaba obsesionada con las armas y las guerras, siempre comentaba que existía un error, que el manejo de las armas debía ser más simple, y por esa razón empezó a estudiar y recaudar información.

—Puso el cuaderno sobre la mesa, enseñándoles que no había logrado reproducir ni la mitad de los inventos de su difunta esposa—.

Nunca estuve de acuerdo con sus ideas, pero cuando se llevaron a mi hija, soñé con ella y este cuaderno.

Ahí lo entendí todo, Amelie me prohibió rendirme.

Azucena se estremeció y agradeció no ser tan sensible como Maggie, quien dejó caer una lágrima rebelde por su mejilla.

—¿Qué edad tiene tu hija? —musitó Maggie.

—Diecisiete. —Era solo una niña—. Es igual de tozuda e inteligente que su madre, sé que será fuerte y tenaz.

Esperaba que así fuera, aunque no quería hacerse muchas esperanzas. La gente de Steve era buen arrebatando la vitalidad y esperanza.

—Ahora que lo pienso, nunca nos dijiste su nombre.

—Nunca preguntaron —añadió, sonriente, y le entregó el cuaderno a Maggie, quien parecía estar fascinada con toda la información que había en él—. Su nombre es Amy.

—Es un nombre muy bonito —esbozó una débil sonrisa—. ¿Crees que ella estaría orgullosa de todo esto? —miró el taller con la mirada.

—Oh sí, será un rebosar de alegría cuando vea que por fin me atreví a recrear los inventos de su adorada madre.

No había que ser un genio para saber que ese hombre adoraba a su familia, pero lo que realmente le sorprendía era que el odio y el resentimiento no hubieran consumido su corazón después del secuestro de Amy.

A pesar de todo el dolor que él debía sentir internamente, era optimista, sonreía y era capaz de apoyar a su gente.

«Debemos recuperar a todas las víctimas de Steve» determinó, más motivada que nunca. La campana que instalaron en el centro del pueblo empezó a sonar y todos giraron el rostro hacia la puerta, los estaban llamando para cenar.

—¿Podrías prestarme tu cuaderno? —inquirió Maggie de pronto, tomando a Douglas por sorpresa—. Por favor —suplicó —, te lo devolveré mañana. —Hizo un mohín con los labios y el hombre carcajeó por lo alto.

—Está bien, pero cuídalo porque es un gran tesoro para mí.

Maggie sonrió con emoción contenida y juntos bajaron al pueblo, aunque Azucena se encargó de acompañar a Maggie a su casa para que dejara el cuaderno en un lugar seguro.

—¿Para qué lo quieres? —curioseó, de camino al comedor principal, y la rubia le sonrió con picardía.

—Me gustaría aprender, he visto como Douglas y los hombres crean y arman todo, me parece fascinante.

—En tu estado, no podrás ayudarlos —advirtió, temerosa, y ella suspiró.

—Lo sé, sólo me dejan mirar. —La miró de reojo.

—¿En qué piensas? Tienes el ceño fruncido.

—Son armas muy pesadas, parecen pensadas únicamente para hombres, ¿no crees?

Azucena asintió, en un principio no le resultó nada fácil calibrar su puntería debido a eso.

—Por eso prefiero mis cuchillas —musitó en voz baja y ambas rieron.

Cuando llegaron a su destino, no demoraron mucho en localizar a Hortensia y Gardenia, todo indicaba que Nancy decidió ayudar en la cocina y por esa razón su lugar aún seguía vacío.

—¿Cómo estuvo su día? —se sentó frente a ellas y discretamente buscó a Max con la mirada. Él aún no había llegado—. ¿Ven avances?

—Sí, aprenden rápido —Hortensia se encogió de hombros—. ¿Ustedes qué hicieron?

—Estuvimos con Douglas, viendo sus avances —respondió Maggie y Azucena frunció el ceño al ver el plato de comida de Gardenia.

—Demasiada proteína, ¿no crees? —hizo una mueca.

—Desde que peleamos con ese sujeto en Boston, está obsesionada con su dieta y técnicas de pelea —refunfuñó la castaña y Azucena conectó su mirada con la de Gardenia.

—¿Tan duro fue?

—Era demasiado fuerte —respondió con preocupación—. Sé que tarde o temprano nos volveremos a ver y no dejaré que vuelva a sacarme ventaja.

—Le fue bien porque estábamos cansadas y no comimos bien, debíamos quemar muchas casas y teníamos poco tiempo.

Todo indicaba que uno de los socios de Steve no era tan inútil como el pelinegro, lo que quería decir que la batalla no sería tan sencilla como en ocasiones pasadas.

—Reconoce que perdieron y necesitan entrenar más —la voz de Lucifer hizo que Maggie cuadrara los hombros y, como de costumbre, el hombre se sentó junto a su esposa y Max ocupó el otro extremo de la mesa.

Quería golpearlo, la evitaba como si ella fuera una plaga.

—Nadie te preguntó —siseó Hortensia, recelosa, y Lucifer sujetó un trozo de pan para alimentar su estómago vacío.

—Al menos Gardenia es sensata y entrena conmigo durante las noches.

—¿Que tú qué? —chilló la castaña y Gardenia le suplicó con la mirada.

—Hoy no, Hortensia.

Azucena evitó reírse al ver como la hermana más explosiva debía morderse la lengua para que todos tuvieran una cena tranquila. Le parecía increíble lo paciente que ella estaba siendo, estaba segura que unos meses atrás no se hubiera callado por nada en el mundo.

***

«Después de que Harper naciera, Steve hizo que me operaran para que no pudiera tener más hijos. Estuve de acuerdo, no quería traer más vida a este mundo si su destino sería terminar en una jaula».

Max aún no podía apagar la voz de Azucena en su cabeza, no había día que no pensara en lo mucho que ella sufrió en el pasado, ni noche que no tuviera pesadillas respecto al tema. Por todos los cielos, no estuvo ahí, pero casi y podía escuchar sus gritos, ver sus lágrimas y sentir su dolor.

¿Con qué cara le rogaría que se quedara a su lado si no estuvo ahí para protegerla de la maldad de Richman?

«No puedo casarme contigo porque tú mereces una familia. Mereces tener más hijos».

Ella estaba muy equivocada. Max no merecía nada, en realidad lo correcto era que se quedara solo con su miseria, pero… Se frotó el rostro, abatido.

¿Cuánto tiempo más podría lidiar con su lejanía?