La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Suéltame, por favor —suplicó, angustiada, y gracias a los santos la liberó de su cautiverio.

—No me rechaces, sólo piénsalo con calma —pidió con cautela, percatándose de su inquietud y lo mucho que sus palabras la habían afectado.

¿Pensarlo?

¿Qué se suponía que debía pensar?

No podía aceptar su propuesta y quedarse a su lado, menos cuando en el fondo sabía que él estaba diciendo todo eso por compromiso.

Es decir, ningún hombre aceptaría a una mujer como ella en su vida: todos querían hijos, y ella estaba rota, incompleta, y tarde o temprano, Max terminaría arrepintiéndose de su precipitada decisión.

—Iré a ayudar a la gente del pueblo.

Decidió huir, eligió ser cobarde, y durante las siguientes horas se dedicó a conocer a los lugareños. Quienes de vez en cuando, dejaban que la esperanza se fuera y empezaban a dudar de sus posibilidades de salir victoriosos de esa guerra.

No los juzgó.

En el fondo, cuando ella fue capturada por las hijas de Lucifer y la Tríada infernal, sólo deseó huir para volver con su verdugo.

Su cerebro se había acostumbrado a seguirlo y servirle, y le tomó más de dos semanas entender y aceptar que por fin era libre, y sólo le quedaba luchar para que toda la gente que Steve lastimaba y sometía, también lo fuera.

Recuperar la esencia, cuando uno ya la creía perdida, era complicado; mas no imposible. Con el tiempo, la gente de Gloucester entendería que su vida por fin había cambiado y el miedo ya no era su pan de cada día.

***

Salazar observó el patio del criadero con fijeza, para después centrarse en los grandes muros de piedra y los hombres que custodiaban el lugar desde las cuatro torres que conectaban los cuatro muros de su hogar, una eterna prisión de la cual dudaba poder escapar algún día.

—¡Muévete! —el chasquido del látigo hizo que sus ojos se posaran en los jóvenes de quince a dieciocho años que estaban siendo entrenados para el combate.

Eran sus hermanos. Así solía llamarlos, dado que todos nacieron y crecieron ahí. Eran más de veinte jóvenes, casi el número de bajas que presentaron después de ir a Gloucester.

Desde sus quince años, Salazar se la pasó estudiando cómo funcionaban el criadero y Salem.

La fortaleza de piedra era gobernada por Steve Richman, Silas Vane y Sean Kensington; tres hombres crueles, hambrientos de dinero y poder.

Sus guardias y gente de confianza superaban las cien personas, aunque…

después de las bajas, estaba obligado a contar de nuevo.

Su rebaño —como ellos solían llamarlos—, aún no eran del todo gente de confianza.

Según Silas: aún no estaban doblegados.

Sin embargo, para él, Salazar era la excepción, por esa razón siempre lo ponía de cabecilla en cada una de sus cacerías. Nunca le había fallado, siempre hizo todo lo que se le pidió, y quizá por eso dejó de recibir fieros castigos hace muchos años.

Odiaba su trabajo, a veces consideraba que su vida no era tan valiosa y la gente estaría mejor si él no estuviera, pero… ¿su muerte cambiaría ese infierno de alguna manera?

«Claro que no».

Porque ahí, no era alguien valioso. Sólo era un número más que podría ser reemplazado con bastante facilidad.

—Salazar… —la voz de Silas lo obligó a salir de su letargo y se volvió hacia su jefe sin expresión alguna en el rostro, temiendo lo peor al ver como el rubio le sonreía con malicia.

Sean estaba junto a él, pero el hombre siempre parecía estar ensimismado en sus propios pensamientos, por lo que ni siquiera le prestó atención.

—¿Sí, señor?

—Tengo una tarea muy importante para ti —le dio una palmadita en el hombro y lo instó a avanzar por el largo pasillo—. Has demostrado ser un hombre leal que apoya a nuestras causas. —Eso jamás sucedería—. Por lo que he decidido ponerte una nueva prueba para ver si por fin serás uno de nosotros.

Silas hablaba con tanto entusiasmo que era imposible no sentirse angustiado.

—A mí no me mires —espetó Sean cuando le dirigió una mirada inquisidora—. Él siempre tiene ideas estúpidas.

—Dudo que el señor Richman llegue a considerarme uno de ustedes —se vio obligado a decir y Silas hizo que se detuvieran frente a una puerta.

—Sobre eso, Sean partirá a Londres para buscarlo.

—Salazar asintió, ellos habían tardado mucho en tomar la decisión más sensata.

Era evidente que algo había salido mal por esos lares—.

Por lo que tú y yo nos quedaremos a cargo del criadero.

—Él hablaba como un padre orgulloso, y eso era escalofriante.

—Ya veo… —trató de liberarse de su agarre, pero todos sus músculos se tensaron cuando el rubio presionó su mano sobre su brazo—. ¿Cuál es la tarea? —se vio obligado a decir.

—Cómo ya sabes, nuestras víctimas siempre pasan por protocolos cuando llegan al criadero.

Evitó hacer una mueca.

Las mujeres siempre eran encerradas por semanas en las celdas del calabozo. Pasaban hambre, frío y finalmente perdían toda su vitalidad y voluntad, para después ser sometidas a los deseos de Silas y su gente.

—Así es —arrastró sus palabras, y la piel se le erizó cuando le entregó una llave.

—La elegí especialmente para ti, quiero que tú te encargues de preñarla —soltó con frialdad y su sonrisa se esfumó cuando él negó con la cabeza—. Es tu deber, tú sabes que nosotros nos encargamos de que… —hizo un gesto con la mano, buscando las palabras correctas— el criadero crezca.

La bilis trepó por su garganta. Él no quería violar a nadie, ni mucho menos traer un hijo al mundo en esas condiciones.

«Quieren someterte» le dijo una vocecilla y tragó con fuerza.

Una vez que ese niño o niña naciera, harían que él y la joven que estaba detrás de la puerta hicieran todo lo que quisieran para decidir su futuro.

—No quiero, el señor Richman…

—Steve no está aquí para decidir nada —farfulló Silas, repentinamente molesto—. Ya te dije que en este lugar no hay lugar para los sentimientos, si tú no entras y cumples tu tarea, Sean y yo la torturaremos por horas.

La piel se le erizó y utilizó todo su ingenio para que la rabia no lo hiciera tiritar en su lugar.

—¿Entendido? —volvió a sonreírle.

Ese hombre estaba demente.

—Sí, señor.

—Perfecto, atiende a Amy. —Le indicó la puerta—. Si en tres meses no la embarazas, te enviaré con otra y ella pagará las consecuencias.

Amy… ese era el nombre de la primera mujer que tendría que forzar para poder salvarla de alguna manera.

—Yo…

Sean soltó una ronca carcajada.

—Descuida, muchacho, hacer hijos es más fácil de lo que te imaginas. —Empezó a sudar frío—. Estás muy pálido, no me digas que nunca…

Lo miró con desprecio.

Claro que nunca se había acostado con una mujer, él jamás habría tocado a una mujer del criadero por voluntad propia y las veces que lo dejaban salir, en lo último que pensaba era en… esas cosas.

—Esto será divertido —musitó Silas, con un destello malvado en los ojos—. Siempre hay una primera vez para todo —le dio un fuerte golpe en la espalda—. Entra y hazlo, haré que los vigilen, así que no me falles.

¿Acaso no había una manera de librarse de esa tarea?

—Si no cumples, yo lo haré por ti.

Claro que no. Quizá la mujer que respondía al nombre de Amy lo odiaría por atreverse a tomarla, pero lo mejor para ella era que Silas nunca le pusiera una mano encima.

No le dio una respuesta y se volvió hacia la puerta para incrustar la llave que se le entregó hace unos minutos. Abrió el cerrojo, sintiendo como su corazón martilleaba en sus sienes, y se coló en la habitación para después encerrarse en la misma.

¿Cómo diablos habían llegado a esto?

¿Por qué nunca lo vio venir?

Silas Vane estaba loco y su sadismo era escalofriante.

—¿Quién es usted? —la suave voz hizo que los vellos se le pusieran de punta y se giró muy lentamente hacia la cama, quedando como piedra al ver a una hermosa joven detrás del mueble, vestida únicamente en una bata de seda.

Hizo una mueca. Se veía demasiado joven e inocente, no quería lastimarla.

Por su aspecto, claramente la habían bañado y preparado para el momento, aunque estaba demasiado delgada y demacrada, eso la hacía parecer más frágil.

—Mi nombre es Salazar —respondió con esfuerzo y no supo qué pensar cuando ella se acercó a él.

—Las mujeres que me alistaron me dijeron que usted… —juntó los ojos con fuerza, indeciso, y ella dejó de hablar—. No quiere lastimarme, ¿verdad? —su voz bajó una octava y él negó con la cabeza—. ¿Acaso no puede ayudarme a salir de aquí?

Conectó sus miradas, Amy era una mujer castaña, de piel pálida y grandes ojos almendrados. Su futuro habría sido muy prometedor de no haber sido secuestrada.

—Ni siquiera yo puedo salir de aquí —musitó con voz ronca, angustiado, y ella lo miró con pesar.

¿Tan evidente era que no quería lastimarla que ella tuvo el valor de acariciar su mejilla?

—Si no quieres lastimarme, ¿por qué estás aquí? —se acercó a su cuerpo, invadiendo su espacio.

—Si no soy yo, será alguien peor —confesó y no le gustó ver la angustia en sus ojos—. De verdad lo siento, Amy, pero en este lugar nadie puede elegir.

Después de un largo silencio, ella asintió y caminó hacia la cama.

Todo indicaba que las mujeres que la alistaron —personas que perdieron la empatía y esperanza hace mucho tiempo— se tomaron la molestia de informarle como funcionaban las cosas en ese lugar.

—Sólo… no me hagas mucho daño, ¿sí? —pidió con voz rota, rompiéndolo en mil fragmentos.

¿Por qué tuvo que tocarle esa vida?

Él… ni siquiera pidió nacer, ni tener el padre que tenía.

***

Hortensia no necesitaba ser un genio para saber que Lucifer había vuelto a lastimar a su hermana, dado que no importaba cuan feliz tratara de verse Maggie ante la noticia de que por fin tenían un lugar donde quedarse, sus ojos verdes aún brillaban con tristeza.

A veces sentía la imperiosa necesidad de enfrentar a Lucifer, de castigarlo por herir a su hermana, pero…

no podía meterse en su matrimonio, menos si Maggie no se lo pedía.

Ella… por fin entendía lo difícil que podía ser tener una relación.

—¿Entrenarán a las personas? ¿Creen que será fácil? —Maggie las miró, ceñuda.

—No fácil —Gardenia se rio—, pero tenemos que hacerlo si queremos aumentar nuestras posibilidades de ganar.

La rubia asintió, y por el cómo miró a Nancy, Hortensia enarcó una ceja.

—¿Quieres preguntarnos algo en específico, Maggie?

—¿Yo también puedo entrenar? —las miró con timidez y ambas se tensaron.

—Por tu estado, no es muy conveniente —musitó Gardenia, con cautela.

—Pero… quiero aprender. No quiero ser un estorbo.

—Recupérate y lo negociaremos —dijo de pronto, captando la atención de todas las mujeres—. Hay muchas cosas que no podrás hacer, pero tienes razón: no podemos dejarte fuera de esto.

—Muchas gracias, Hortensia.

—Sin embargo, si Lucifer se opone…

—Él no puede opinar —espetó con firmeza, tomándolas por sorpresa—. Él está aquí porque se juró destruir el imperio de Richman, me lo dijo esta mañana, por lo que la manera en la que yo decida protegerme y proteger a mi hijo no es su problema.

La rabia que sintió hacia el castaño fue inmensa, pero el orgullo que la determinación de Maggie le provocó logró opacarla.

—Bien —suspiró y puso las manos en jarras—. Pronto la gente de la colonia llegará y tendremos mucho que hacer —posó la vista en la ventana—. Creo que a partir de ahora las cosas empezarán a ponerse interesantes.

Intercambió una rápida mirada con Gardenia y ambas asintieron con determinación. Esa guerra apenas y estaba empezando.