La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

Cuando Maggie volvió en sí, lo primero que quiso saber es dónde se encontraba su nana. Por suerte, Nancy no demoró mucho en llamarla por su nombre, lo cual la ayudó a regularizar los latidos de su corazón.

—Nana… —musitó, y la visión se le cristalizó—. Me diste un susto de muerte, ¿cómo te encuentras?

—¿Cómo se te ocurre preguntarme eso a mí? ¿En qué estuviste pensando al salir de nuestro escondite?

—Pensé que la explosión fue en la casa del señor Delgadillo y sólo quería que alguien me ayudara a sacarte de ahí —confesó, abrumada—. ¿Dónde estamos?

—En la casa del señor Williams, quemaron la casa que pensábamos alquilar.

Maggie posó una mano en su vientre e inhaló profundamente antes de plantear su siguiente pregunta:

—Él está aquí, ¿no es así?

Nancy asintió, llevándola a juntar los ojos con fuerza.

—Impidió que te llevaran, cariño, trata de tomar su regreso con calma.

¿Acaso podría tomarlo de otra manera?

Ante Lucifer, ella no era nadie.

La puerta de la habitación se abrió, prendiendo todas sus alarmas, y por un momento se planteó la idea de fingir que aún dormía; no obstante, sólo necesitó escuchar su voz para saber que no podría engañarlo.

—¿Despertó?

—Sí, su excelencia —respondió su nana, abandonando su lugar junto a ella para volverse hacia Lucifer.

Maggie lo buscó con la mirada.

No podía decir que estuviera más delgado, pero su barba insipiente y sus ojeras le advertían que no la estuvo pasando tan bien en los últimos meses. Como de costumbre, su rostro no expresaba emoción alguna, él estaba serio mientras le pedía a su nana que los dejara solos.

La puerta se cerró, preparándola para aquella discusión que no estaba segura de querer tener, y muy lentamente se sentó sobre su lugar. No esperó que él la ayudara, pero sí le generó una gran decepción que no lo hiciera.

—¿Cómo te sientes? —se cruzó de brazos, estudiándola con pericia.

—¿Tú qué crees? —siseó, molesta.

Él enarcó una ceja, mirándola con cierto asombro.

—Tú decidiste estar embarazada, no me eches la culpa de tu sufrimiento.

La garganta se le cerró.

—¿Estás aquí para pedirme que interrumpa mi embarazo? —la voz le tembló, y no supo qué pensar cuando él negó con la cabeza.

—Eso ya no es posible, Maggie.

—¿Ah no? —frunció el ceño, confundida.

—Llevas casi tres meses de gestación, eso podría matarte. —Avanzó por la habitación, rodeando la cama como un felino salvaje.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó con frustración—. No me mires de esa manera, deja de odiarme porque yo… no te obligaré a quedarte a mi lado.

—Como si pudieras hacerlo —soltó con sorna, helándole las venas—.

Estoy aquí porque no puedo abandonar mi misión: juré que destruiría a Steve Richman y no me parece justo dejarles toda esa tarea a tus hermanas.

—Asintió, al menos era muy consciente de que él las metió en ese embrollo—. ¿No preguntarás nada más?

Lo cierto era que no tenía intensión de seguir con su interrogatorio, menos cuando él estaba siendo tan duro con sus respuestas.

—No.

—No vine aquí para ser tu esposo, Margarite. —Un puñal habría dolido menos—. No tengo intención alguna de jugar a la familia feliz, sabes lo que pienso de ese bebé y no he cambiado de parecer.

—Entiendo —logró articular, a pesar del dolor que sentía en el pecho.

Su respuesta pareció irritarlo, porque respingó en su lugar.

—Cuando todo esto termine, regresaré a Londres sin ustedes.

—Está bien —conectó sus miradas, decidida a enfrentarlo—.

Es lo mejor, no vine hasta Boston porque te quisiera en nuestras vidas, ¿sabes?

—Su esposo apretó la mandíbula, furioso—.

¿Ahora podrías dejarme descansar? Si tus intenciones no tienen nada que ver conmigo y mi bebé, visitarme debería ser lo de menos para ti.

—Sólo quería que lo tengas presente.

Pudo percibir el temblor en el cuerpo masculino, pero ni siquiera así le brindó más tiempo del necesario. Volvió a recostarse, dándole la espalda, y agradeció en silencio que abandonara su habitación.

Siempre lo supo. Él no estaba ahí por ellos, desde un principio Randolph fue muy claro respecto a su posición en cuanto su embarazo.

***

Cuando regresaron a la casa de Teodoro, Azucena decidió quedarse en el recibidor. No había razón alguna para que siguiera a Hortensia y Gardenia, quienes habían sido muy pacientes a la hora de reunirse con su hermana más pequeña.

Se acercó a la ventana y no pudo evitar sonreír al ver como la gente de Gloucester se movía para limpiar todo el desastre. Era un trabajo pesado, pero todo lo hacían con un brillo especial en los ojos: la esperanza había vuelto.

—¿Cómo les fue? —inquirió Max a su espalda y se volvió hacia él con lentitud.

Se tensó, ¿cómo hizo para acercarse tanto sin que ella lo notara?

—Mejor de lo esperado, ellos están dispuestos a pelear. —La piel se le erizó cuando él acarició su mejilla, y respingó al sentir un leve ardor.

—Te lastimaste.

—Acabo de notarlo —admitió, nerviosa, y dio un paso hacia atrás.

¿Qué diantres le estaba pasando?

Se suponía que el de ese problema era Max, ¡no ella!

—Los cabecillas del pueblo aceptaron la propuesta, quieren ser entrenados y empezar a luchar.

—¿De verdad? —lo miró con sorpresa—. ¿Teodoro…?

—Sí —le sonrió—. Lucifer salió hacia Boston con su gente para que toda la colonia se mude de manera segura, vamos a financiar los inventos de Douglas y muy pronto el pueblo estará protegido por diferentes cañones desde puntos estratégicos.

—Suena a un trabajo complejo —comentó, entretenida, y él se rio.

—Bueno, supongo que no todos serán excelentes peleadores.

—No te entiendo.

—Habrá gente que podrá trabajar con Douglas, otros que tendrán que aprender de medicina, algunos preferirán dedicarse a la cocina y otros al puerto.

—Me sorprende que tú, Maximiliano Frensby, no quieras que todos se dediquen al combate.

—Todos aprenderán a defenderse —aclaró, entretenido—, pero también a vivir como les gusta. Ya vivieron muchos años de angustia, ¿no crees que merecen un suspiro? —se acercó a la ventana, dejándola con el corazón en la garganta.

Siempre pensó que era un hombre egoísta, que su única prioridad eran sus amigos y él, pero ahora… Max acababa de dejarla sin palabras porque para él la pelea no lo era todo, estaba pensando en los sentimientos de esas personas.

—Siento que cambiaste mucho —se sinceró y ahora él se giró hacia ella—. Tú… no solías pensar en nada ni en nadie.

—Te seré sincero —suspiró—. Siento que he vivido la mayor parte de mi vida, viendo todo desde la ignorancia.

—Azucena arrugó el entrecejo, confundida, y él continuó—.

Me da vergüenza haber sido tan ajeno al dolor ajeno, haber sido tan cruel y apático.

Nunca valoré la suerte que tuve de que un conde nos cuidara junto a mi hermano cuando quedamos huérfanos, para mí…

todo era normal, pero ahora me doy cuenta que estuve muy equivocado.

—¿A dónde quieres llegar?

—No puedo dejar de pensar en todas las mujeres, jóvenes y niños que Richman y su gente tienen bajo su poder —conectó sus miradas—. El tipo de vida que tienen, y todo lo que deben hacer para poder sobrevivir. En Londres… él tenía muchas niñas enjauladas.

Azucena tiritó y se abrazó a sí misma, inquieta.

—Sé que lo que nos espera en Salem no es agradable —arrastró sus palabras—, es posible que el día que decidamos atacar muchos seamos dados de baja, pero… prefiero luchar hasta el final antes de permitir que él siga haciendo más daño.

—No podemos morir, Azucena —estiró su mano, rodeó su cintura con delicadeza y tiró de ella en su dirección para abrazarla—. Nuestro hijo sigue esperando por nosotros —besó su sien con ternura.

—Una vez que esto termine, sólo quiero que ellos tengan una vida feliz y tranquila.

—La tendrán, mi amor, te doy mi palabra que así será.

El apelativo y la fuerza de su abrazo, tiempo atrás habrían hecho que se apartase, pero ahora mismo necesitaba que él le diera su apoyo.

—Si algo me sucede, prométeme que los cuidarás. —Él se tensó y el abrazo se hizo opresivo—. Steve me odia, vendrá por mí y ambos lo sabemos.

—No te hará nada —sus ojos celestes la observaron con intensidad—, primero tendría que matarme.

—Cualquiera que te oyera, pensaría que me amas locamente —comentó con diversión, apretando sus brazos para que le diera su libertad, pero contuvo el aliento cuando él juntó sus cuerpos.

—Te amo como no tienes idea, Azucena —confesó sin previo aviso, helándole las venas—.

Al principio no pude darle un nombre a los locos sentimientos que me invadieron cuando nuestros caminos se encontraron, pero ahora sé perfectamente lo que siento por ti y no pienso cometer el mismo error dos veces.

—No te entiendo…

—Ya dejé que Richman matara a Eleonor, no permitiré que Azucena también muera en sus manos.

—Yo… —la visión se le cristalizó—. No puedo corresponderte.

Él sonrió con tristeza.

—No me importa, sólo permíteme quedarme a tu lado y cuidar de nuestra familia —acarició su mejilla, brindándole algo de tranquilidad—. Tengo toda una vida para luchar por tu amor.

¿Sería prudente dejar que se quede?

¿Acaso él no merecía saber toda la verdad en cuanto a ella?

Max era un hombre joven, apuesto y adinerado, armar su propia familia no sería difícil para él.

—Mereces más.

Él se rio por lo alto.

—¿Eso crees? Yo siento que estoy pidiendo mucho.

—Max…

—¿Por qué me miras con tanta inquietud? ¿Qué te atormenta?

—Después de que Harper naciera, Steve hizo que me operaran para que no pudiera tener más hijos —confesó con un hilo de voz, agradeciendo en silencio que él no la soltara justo cuando sus lágrimas bajaron por sus mejillas—.

Estuve de acuerdo, no quería traer más vida a este mundo si su destino sería terminar en una jaula.

—Quiero matarlo —escupió, rojo de la furia, y ella esbozó una débil sonrisa.

—No puedo casarme contigo porque tú mereces una familia. Mereces tener más hijos y…

—Ya tengo cinco hijos. —Su corazón se encogió, él… ¿realmente aceptaría a sus hijas?