Capítulo 15 #2
Azucena permanecía de pie, a unos metros de distancia, vigilando las sombras del bosque. Llevaba el sobretodo negro cerrado hasta el cuello, pero su presencia era magnética para las mujeres del pueblo que empezaban a rodearlas.
—Va a estar bien —dijo Gardenia con voz suave pero clara, mirando al padre del muchacho, que era el panadero del pueblo—. La herida está limpia. Has sido muy valiente.
El muchacho apartó el rostro, molesto.
—¿De qué sirve ser valiente si mañana intentarán atacarnos de nuevo?
—No digas eso, muchacho, tu hermana sigue con nosotros —espetó su padre, contento de tener a sus dos hijos con él—. Hiciste un buen trabajo.
La joven de cabellos oscuros se arrodilló junto a su hermano y lo abrazó con fuerza.
—Tal vez sólo necesitan un poco de ayuda para poder enfrentarlos correctamente —comentó Azucena en voz alta, haciendo que muchos pares de ojos se centraran en ellas.
—Somos hombres de mar, no soldados —gruñó un hombre desde el otro extremo de la plaza—. No podemos luchar contra fantasmas que vienen en carruajes negros y tienen armas de fuego.
Hortensia dio un paso al frente, apagando la linterna y dejando que la luz grisácea del amanecer revelara su rostro decidido.
—No son fantasmas —sentenció Hortensia, y su voz resonó en toda la plaza—. Son hombres de carne y hueso. Hombres que sangran, que sienten miedo y que, esta noche, han huido de Gloucester como ratas.
—Ustedes son forasteras —murmuró una mujer desde el fondo—. Mañana se irán y nos dejarán con las consecuencias.
Azucena se giró entonces, caminando lentamente hacia el centro del grupo. El roce de sus botas contra el suelo era lo único que se escuchaba.
—Yo no me iré a ninguna parte —dijo, mirando fijamente a la mujer—. Yo sé lo que es que te arrebaten a tus hijos. Sé lo que es vivir contando las horas para que la oscuridad no te encuentre. Pero también sé que el miedo solo se cura de una forma y es devolviéndolo.
Desenvainó su daga y la clavó con fuerza en un poste de madera cercano.
—A partir de hoy, Gloucester ya no será un coto de caza —continuó—.
Nosotros les enseñaremos a defenderse. Les daremos armas de verdad y les enseñaremos a utilizarlas.
No les prometemos que será fácil, pero les prometemos que no volverán a bajar la cabeza cuando un carruaje negro intente atacarlos de nuevo.
Hortensia asintió, colocándose junto a ella.
—Si quieren recuperar a sus hijas, si quieren que sus esposas puedan caminar hacia el muelle sin mirar atrás, tienen que decidirlo ahora. Nosotras tenemos las armas y el conocimiento, pero necesitamos su voluntad. ¿Quieren seguir siendo corderos o quieren ser los lobos que cuidan esta costa?
El panadero miró a Azucena, luego a Hortensia y finalmente a su hijo, a quien Gardenia acababa de curar. Lentamente, apretó el palo que tenía en la mano y dio un paso al frente.
—Quiero proteger a mi familia —dijo con la voz rota—. Díganme qué tengo que hacer para proteger mi tierra.
Uno a uno, los hombres y mujeres de Gloucester empezaron a cerrar el círculo alrededor de las tres mujeres. El miedo, que durante meses había sido su carcelero, empezó a transformarse en un deseo de libertad ardiente.
—Mañana empezaremos —concluyó Gardenia, poniéndose de pie y limpiándose las manos—. Gloucester ya no es un pueblo de pescadores. Desde hoy, es la primera línea de nuestra guerra.
—Pero ellos nos superan en números —comentó la hija del panadero y Hortensia y Gardenia intercambiaron una rápida mirada.
—Eso cambiará muy pronto.
Llamarían a su gente de la colonia.
Ambas tenían la leve sospecha de que acababan de encontrar el lugar perfecto para iniciar de cero, incluso había un puerto vacío para sus barcos. Ahí construirían nuevos cimientos y surgirían desde las cenizas.
***
Silas escuchó todo lo que Sean vivió en Boston la noche anterior y apenas y pudo procesar la información, dado que su amigo se veía muy excitado y emocionado con el giro de los acontecimientos.
—¿Quieres decirme que las responsables de la ruina de Steve en Boston son dos mujeres? —se apoyó sobre su escritorio, incrédulo, y su amigo le dio un largo sorbo a su copa de brandy.
—Mujeres exquisitas, fuertes e interesantes —acotó, sonriente, y Silas golpeó su escritorio.
—¡¿Crees que esto es gracioso?! —Nada le parecía más humillante que perder parte de sus propiedades por culpa de dos simples mujeres—. ¿Por qué no las trajiste contigo?
—No negaré que pude sacarles ventaja durante nuestra pelea, pero… —El castaño se frotó el mentón, pensativo—. Algo me dice que haberlas traído nos habría generado muchos problemas. Son como dos animales salvajes, es evidente que no saben cuando parar.
El rubio siseó un juramento y le dio fin a su copa de brandy con disgusto.
—Cuando llegué noté que los carruajes negros no estaban, ¿enviaste a nuestra gente a Gloucester por carne fresca?
—Quiero a todas las mujeres de ese pueblo —farfulló, y Sean enarcó una ceja—. Al diablo los lugareños, vamos a expandir nuestros dominios.
—¿Por esa razón enviaste a más de veinte hombres?
Silas asintió con orgullo, como si su plan hubiera sido el mejor de todos.
—Tengo entendido que al pueblo llegaron forasteros y dos mujeres muy interesantes, una está encinta.
—Ya veo… —susurró Sean, indiferente.
—No te oyes entusiasmado —frunció el ceño—. ¿Podría ser que las heridas que esas mujeres te dejaron te dejaron sin neuronas?
Sean sonrió, acariciando su hombro y posteriormente su brazo vendado.
Silas frunció el ceño, él estaba actuando muy extraño.
Escuchó como el galope violento de los caballos se acercaban a su fortaleza y se acercó a la ventana, frunciendo el ceño con inmediatez al ver que los carruajes no entraban por el portón, y sólo había cinco jinetes en el patio.
—¿Qué sucedió? —su voz bajó una octava y Sean se incorporó—. ¿Dónde diantres están mis carruajes?
Abandonó su despacho como alma que lleva el diablo y su amigo, en paños menores, lo siguió sin reparo alguno para recibir la información que su gente tenía para ellos.
—¡¿Dónde están los carruajes?! —bramó nada más llegar al patio, su voz cortó el aire como un látigo, y caminó hacia Salazar—. ¡¿Dónde están los demás?!
El joven de cabello y ojos oscuros negó con la cabeza, y Silas contuvo el aliento.
—Los forasteros no son personas común y corrientes, señor.
—¿Qué? —su voz bajó una octava.
—Nos hicieron una emboscada, mataron a la mayoría de nuestros hombres y se quedaron con los carruajes y más de seis caballos; los demás huyeron debido a los disparos y las explosiones.
Silas se rio sin humor alguno, y miró a Salazar con frialdad.
—Imposible… ¡ellos jamás podrían ganarles! ¡Son simples campesinos!
—No eran campesinos, señor —dijo otro hombre, magullado, captando su atención—. Eran dos hombres y una mujer.
Se tensó y miró a Sean de reojo, quien enarcó una ceja, entretenido.
—¿Una mujer?
—¡Estaba loca! —exclamó, aún asustado—. Mató a más de ocho con sus dagas, saltó desde un segundo piso y ni siquiera llegamos a golpearla.
¿Qué diablos estaba pasando?
¡¿Cómo era posible que algo así les estuviera pasando?!
¡Ellos siempre ganaban, siempre tenían el control!
—¿Y qué me dices de los otros dos hombres?
—Uno lidió con los hombres con un arma que disparaba más de dos veces. —Silas se tensó, ¿cómo diablos consiguieron ese armamento?—. Y el otro… —se estremeció—. Él nos perdonó la vida, y envió un mensaje para usted.
—¿Un mensaje? —bufó.
—Dijo que Gloucester ya no nos pertenece y que, si queremos volver, lo único que encontraremos será la muerte.
—Retírense, me reuniré con ustedes más tarde —escupió y regresó a su despacho, furioso.
—Así que Gloucester ya no es nuestro —espetó Sean, pensativo—. Generaron todo un alboroto en Boston para distraernos, mientras se adueñaban de nuestro coto de caza. —Se rio—. Unos recién llegados se creen lo suficientemente fuertes como para quitarnos nuestras tierras.
Silas negó con la cabeza.
—Son personas que tienen problemas con Steve —musitó, inquieto—. Y ahora nos encontraron, saben que estamos en Salem.
—No nos atacarán, el pueblo es nuestro. —Sean se reclinó en su lugar, tranquilo.
—¿Qué sugieres? Te ves muy tranquilo pese a que, por primera vez en años, tenemos unos cuantos enemigos.
—Ellos piensan que ganaron, pero Gloucester no es el único pueblo que está en los alrededores. —Hizo un gesto con la mano para restarle importancia—. Sólo busquemos nuevas víctimas, o enfoquémonos en las que tenemos aquí.
—No haré nada por el momento. —Si lo pensaba detenidamente, tenía varias mujeres que llevaban meses sin hacer nada útil en el criadero—. Sin embargo, no me quedaré de brazos cruzados, ¡Gloucester nos pertenece!
Y tarde o temprano recuperaría esa tierra.