Capítulo 14 #2
—Pero ¿qué mierda…? —ante sus ojos, todo sucedió con demasiada prontitud, y lastimosamente estaba lo suficientemente lejos como para alertar a su gente.
***
Teodoro no se equivocó.
Ellos estaban ahí, y no tenían ni la menor idea de lo que les esperaba.
Azucena se acercó a la ventana de la casa, viendo como la gente de la colonia trepaba los techos con habilidad, cargando las carabinas que Douglas les confió, y rezó en silencio para que el caos no hiciera que Maggie y Nancy abandonaran el lugar donde decidieron ocultarlas.
—No me siento cómoda con esta decisión —musitó Maggie, observando el taller de Douglas, y Azucena le sonrió con parsimonia—. Es un lugar muy cerrado, ¿qué haremos si las cosas empeoran o se ponen feas?
—Te aseguro que no hay lugar más seguro que este taller —le dio una palmadita en el hombro—. Si el caos se desata, no sabremos si luchar o cuidar de ustedes —observó a Nancy, buscando su apoyo, y la mujer asintió.
—Ella tiene razón, cariño. Además, si sus sospechas son ciertas, vienen por ti y Azucena.
La rubia se estremeció en respuesta y posó una mano en su vientre con inquietud.
—¿Les escribiste a mis hermanas? —su voz apenas y fue un susurro.
—Sí, con suerte llegaran esta noche.
—¿Dónde está Max?
—Con Douglas y los hombres de la colonia, deben aprender a utilizar las carabinas.
La rubia hizo una mueca.
—¿Existe la posibilidad de que nadie venga? —quiso saber, y Azucena suspiró.
—Quisiera decirte que sí, pero dudo que las personas como ellos dejen pasar este tipo de oportunidades.
—Entiendo —bajó los hombros, derrotada—. Por favor, ni bien termine todo ven por nosotras —barrió el lugar con la mirada—. Este lugar me parece asfixiante.
Azucena se rio por lo bajo.
—Y eso que no entraste cuando estaba lleno de armas.
Ahora el taller de Douglas estaba casi vacío, puesto que el hombre se mostró muy ansioso ante la idea de hacer funcionar sus inventos.
—Estaremos bien, Azucena —espetó Nancy, dándole la oportunidad para volver con los hombres—. Te prometo que no saldremos de aquí por nada del mundo.
—Perfecto.
Max estaba abajo, coordinando los últimos detalles con Douglas, y Azucena entrecerró los ojos al captar el movimiento de las sombras cerca del bosque.
Los hombres de Silas Vane cabalgaban sin antorchas, como fantasmas oscuros sedientos de presas, pero su confianza muy pronto se convertiría en su punto débil.
Ninguno estaba lo suficientemente alerta como para percatarse de que el aire en Gloucester era diferente. Dejaron que se adentraran al pueblo, que demostraran sus verdaderas intenciones, y pronto el grito desgarrador de una mujer rompió la noche en el corazón del pueblo.
Las ventanas de las casas se iluminaron, el rugido de los hombres se alzó desde las penumbras y más disparos de los esperados empezaron a retumbar por el lugar.
¿Qué diablos estaba pasando?
¿No se suponía que sólo tomaban a las mujeres desprotegidas?
—¡Max! —salió por la ventana, preocupada, y desde abajo la buscó con la mirada—. ¡Vendrán junto a nuevas rehenes! Debemos tener cuidado.
—Qué bueno que usarás tus cuchillas —lo escuchó refunfuñar y se rio por lo bajo.
Él odiaba los cambios de planes. Con una precisión que revelaba sus años de experiencia, los carruajes negros, escoltados de sus jinetes, pronto estuvieron avanzando en su dirección.
Tenían que encontrar al soplón, ellos estaban muy al tanto de cuál era la casa que estaban ocupando y eso los convertía en rivales peligrosos. Achicó los ojos, viendo que algunos hombres del pueblo los seguían con sus antorchas y palas.
¿Qué había sucedido?
¿A cuántas mujeres lograron captar esa noche?
«Muy pronto lo sabremos» pensó, viendo como Douglas recibía la seña de Max y salía de su escondite, posicionándose en medio de la calle, y no dudó un solo segundo a la hora de tirar de la palanca de su cañón de órgano.
El estallido retumbó por todo el lugar, una sola detonación masiva iluminó la noche con un fogonazo naranja.
Quince balas de fusil salieron disparadas en un abanico letal, barriendo instantáneamente a los jinetes que iban al frente y alterando totalmente a los animales.
Los caballos relincharon, despavoridos, y los hombres de Salem gritaron confundidos ante el ataque de fuego que jamás esperaron de un pueblo abandonado a su suerte.
Su gente, desde los techos, empezó a disparar y eso provocó que los caballos impactaran contra los carruajes, buscando su libertad y un lugar más seguro. Azucena arrugó el entrecejo, ellos no se veían nada diestros a la hora de guiar a sus sementales, a decir verdad… parecían novatos.
Ladeó el rostro, sea como sea, el grito de uno de los rufianes le dijo que era momento de actuar.
—¡Es una emboscada! ¡Debemos retirarnos! —gritó uno, y trataron de avanzar en medio del caos.
—¡Escóndete, Douglas! —ordenó, abandonando su escondite, y el hombre se retiró justo a tiempo antes de ser arrollado por el único carruaje que logró avanzar.
Esperó, aguardó apenas unos segundos y, sin pensarlo, saltó desde el segundo piso.
Cayó sobre el techo del vehículo, amortiguando el impacto, y se deslizó de inmediato hacia el pescante.
Clavó su cuchilla en el cuello del cochero y tiró con fuerza de las riendas para detener el trote de los caballos, alertando a los jinetes que iban por delante.
No lo pensó, cortó las riendas y con la fusta en manos se bajó del vehículo e hizo que los caballos huyeran, dejando el cargamento atrás.
—¡No! ¡Agarren a los caballos! —dijo uno de los hombres, desesperado de que las cosas no estuvieran saliendo bien, y ella sonrió con cinismo en medio de la noche—. Voy a matarte, maldita zorra —bramó el hombre, pero no la intimidó.
—¡Auxilio! —escuchó el grito de las jóvenes que lograron secuestrar en el pueblo, pero aún no les abrió la puerta.
No era seguro.
—¡Ya verás! —rugió uno de los jinetes y espoleó al animal en su dirección.
Como no quería lastimar al animal, Azucena se trepó nuevamente al techo del carruaje y cuando él estuvo lo suficientemente cerca, se lanzó contra el hombre y con una firme patada lo instó a caer de su montura.
El caballo huyó, y el sujeto que se atrevió a insultarla se incorporó con nerviosismo.
—¿Qué diablos eres? ¿Cómo es esto posible?
—Lo siento —le sonrió con malicia—. No tengo tiempo para lidiar contigo. —Se movió con tal precisión que pronto su cuchilla atravesó su corazón, enviándolo al infierno en el que debía estar.
—¡Azucena! —la voz de Max la puso alerta y lo vio correr en su dirección—. Tenemos que sacarlas de aquí, entraron a la casa en busca de Maggie.
—Debemos ponerlas en un lugar seguro —se acercó a la puerta del carruaje y Max rompió el candado con la culata de su arma—. No se separen —dijo nada más abrir la puerta y las cuatro mujeres, quienes lloraban desconsoladamente, asintieron sin duda alguna.
Las ayudaron a bajar y cuando fueron calle abajo, ambos detuvieron su marcha al ver como varios hombres los rodeaban.
—Entreguen a las mujeres o quemaremos el pueblo —advirtió uno, furioso, y Azucena los miró con sorna.
¿Dónde estaban sus armas? ¿Podría ser que sus disparos se hubieran acabado con la gente del pueblo?
Esta gente… era un completo desastre.
«Igual que Steve» pensó, entretenida.
—Lárguense ahora o no vivirán para contarlo —amenazó, pero ellos se rieron, como si ella no fuera nadie importante, y sin duda alguna iniciaron una pelea cuerpo a cuerpo.
Azucena logró apuñalar a tres de los hombres, pero la preocupación la distrajo al ver como uno de ellos arrastraba a una de las mujeres hacia el segundo carruaje.
—¡No!
Antes de poder ir tras ellos, un ruido sordo, más la caída del vándalo, le advirtió que la joven estaba a salvo y no supo qué pensar al ver a Teodoro ahí, junto a otros dos hombres, armados únicamente con palos.
—Ustedes sigan, nosotros las llevaremos a un lugar seguro —espetó el hombre, atónito por el giro de los acontecimientos, y ella asintió, más tranquila, viendo como las mujeres eran alejadas del caos.
—Los hombres de la colonia necesitan mejorar su puntería —siseó Max, jadeante, ya había lidiado con dos hombres.
—Eso parece —soltó, entretenida, y cuando Douglas se unió al ataque con más armas, uno de los vándalos rugió por lo alto, desesperado y furioso, y lanzó una botella cargada de fluido incendiario hacia la casa en la que ellos estaban hospedados.
La explosión fue abrumadora. Una onda de choque de fuego y madera astillada sacudió los cimientos del lugar. Las ventanas de la casa se rompieron en mil pedazos y el lugar se llenó de un humo asfixiante.
Azucena tosió y se abrió paso hacia la casa de Douglas con desespero. Nadie en su sano juicio se quedaría encerrado después de semejante detonación y solo era cuestión de tiempo para que Maggie, presa del pánico, rompiera la regla y saliera al exterior junto a Nancy.
A través de la cortina de humo, vio la silueta de Maggie tambalearse hacia el exterior, cubriéndose el vientre con una mano mientras empleaba todo su esfuerzo para mantenerse de pie.
—¡Maggie, no! —gritó, desesperada, y aceleró su marcha.
Pero ya era tarde. Uno de los vándalos, un hombre corpulento y con el rostro cubierto de hollín, divisó los cabellos rubios y la silueta de la joven a través del humo. Sus ojos brillaron con la codicia de quien encuentra oro puro.
—¡Es ella! ¡Es la mujer que el jefe quiere! —bramó el hombre, arremetiendo a zancadas hacia Maggie.
Maggie intentó huir, pero tropezó con los escombros.
El hombre la tomó bruscamente del brazo, levantándola del suelo con una sonrisa salvaje mientras ella ahogaba un grito de dolor.
Max intentó abrirse paso entre tres enemigos para llegar a ella, pero estaba demasiado lejos, primero debía deshacerse de ellos.
Azucena sacó su revólver.
—¡Suéltala, bastardo! —lo amenazó, pero él se cubrió con el cuerpo de la rubia.
Maldición, ¿en qué momento las cosas se complicaron tanto?
—Baja el arma o la mato —se mofó el hombre con una cuchilla contra el cuello de la rubia, arrastrando a Maggie hacia su caballo mientras la joven luchaba con las pocas fuerzas que le quedaban—.
Mataron a la mayoría de mis hombres, esto no se quedará así —escupió, rojo de la cólera al darse cuenta que estaban rodeados.
Su pequeño ejercito había caído, pero si se llevaban a Maggie, la victoria sería suya. Entonces, sin previo aviso, a pesar del incendio la temperatura de la noche pareció descender hasta el punto de congelación.
Un eco profundo, el galope rítmico y pesado de un imponente caballo negro, resonó por encima del caos que se suscitó en los últimos minutos.
No venía del bosque, ni del pueblo; parecía emerger de las mismas entrañas de la tierra.
Los caballos que quedaban de los hombres de Salem comenzaron a agitarse, relinchando de pánico, negándose a obedecer a sus jinetes, como si presintieran la llegada de un depredador.
Desde la densa neblina y el humo del incendio, la silueta de un jinete se materializó. Vestía de negro, su capa ondeaba como las alas de un cuervo gigante y sus ojos, fijos en el hombre que sostenía a Maggie, destilaban una promesa de sufrimiento eterno.
Azucena se tensó, odiando sentirse tan intimidada como todas las personas de Gloucester, pero agradeció que el mismísimo demonio por fin estuviera en el campo de batalla.
El captor de Maggie se congeló, y el color abandonó su rostro al sentir la opresión de esa mirada. La sonrisa se le borró de golpe, reemplazada por un terror primitivo.
—Si se acerca, la mato —logró articular el hombre, apretando a Maggie contra su pecho.
Lucifer ni siquiera descendió del caballo. Con una parsimonia aterradora, levantó su arma, calculó el ángulo en un parpadeo y disparó.
No hubo advertencias, ni demandas. El silencio se hizo en la calle, roto únicamente por el crujido de las llamas, mientras todos los presentes entendían que su jefe no los envió de cacería... sino al matadero.
El hombre que tenía a Maggie cayó de espaldas con un agujero en la frente y la rubia no pudo seguir lidiando con la presión.
—¡Maggie! —Azucena logró alcanzarla, pero no pudo impedir su caída.
Ella se había desmayado.
—Si aman su vida —espetó Lucifer de pronto, elevando la voz, y los vándalos que aún quedaban hicieron que sus sementales retrocedieran—.
Vayan donde su jefe y díganle que, si quiere volver a Gloucester, lo haga bajo su propia responsabilidad.
Esta tierra ya no es suya. Si deciden volver, se encontrarán con la muerte. ¡¿Me entienden?!
Azucena observó cómo los hombres salían huyendo de Gloucester, comprendiendo que no eran enemigos que pudieran tomarse a la ligera, y el pánico la invadió al darse cuenta que Maggie seguía aspirando más humo del que realmente necesitaba.
—¡Max, ayúdame!
Max se acercó con toda la intención de levantar a Maggie, pero como era de esperarse fue Lucifer quien tomó a la rubia en brazos.
—¿Por qué no la cuidaron? —los miró con desprecio, acusándolos de la situación, y Azucena apretó la mandíbula.
—Ella estaba junto a Nancy en la casa de Douglas, salió por su propia cuenta —farfulló, y recordó a Nancy—. ¿Dónde está? —miró a Max, asustada.
El pelinegro entendió el mensaje y fue en busca de la mujer.
Todo indicaba que se había desmayado y Maggie sólo salió en busca de ayuda.
Gracias a los santos, Teodoro no demoró mucho en abrirles la puerta de su casa, para que ambas mujeres pudieran ser atendidas por Lucifer. Según tenía entendido, el único médico del pueblo estaba atendiendo a los hombres que fueron heridos en combate.
No tenía la menor idea de cuánto tiempo pasó, pero agradeció en silencio que Hortensia y Gardenia aparecieran en su campo de visión, aunque por las heridas que vio en sus rostros, dedujo que a ellas no les fue del todo bien.