La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

La última casa de Steve Richman estaba reducida en cenizas y contra todo pronóstico, ni Gardenia ni Hortensia se sentían del todo contentas. Ambas habrían preferido encontrar a un cómplice o algo que les permitiera llegar a Salem sin llamar la atención.

—¿Nos vamos? —inquirió Hortensia, escondiendo con esfuerzo su agotamiento físico, y Gardenia asintió.

—No hay más que hacer en Boston. —Barrió el lugar con la mirada, Ismael y Clover aún no habían vuelto—. Esta es la última propiedad, Richman no tiene un techo seguro en esta ciudad.

«Al menos no uno que ellas conocieran».

Sin embargo, Gardenia no podía dejar de cuestionarse qué pudo haber sucedido con el hombre. Nadie sabía nada de él, era como si la tierra —o el mar— se lo hubiera tragado.

—¿Qué tal si murió en la explosión? —inquirió de pronto, y la castaña frunció el ceño—. Sólo piénsalo, nadie sabe nada de él.

—Hierba mala nunca muere, Gardenia. Él sólo se está escondiendo para recobrar sus energías.

Asintió, no podía olvidar que Steve Richman era un cobarde, por lo que probablemente en sus planes no estuviera dar la cara por el momento.

Una extraña presencia hizo que su espina dorsal se enderezara e inmediatamente giró sobre su eje, en posición de ataque, al igual que Hortensia, para ver como un enorme hombre emergía desde las sombras.

—¿Quién eres? —preguntó con frialdad, aferrándose a sus cuchillas con firmeza.

El recién llegado detuvo su marcha, protegiendo su identidad entre las sombras, pero lo escuchó reír por lo bajo con una ironía escalofriante.

—¿Ustedes son las responsables de todo este desastre? —señaló la casa que ardía en llamas a sus espaldas y Gardenia sonrió con descaro—. Esperé encontrarme con todo, menos con dos mujeres tan bonitas —soltó con mofa, poniéndole los nervios de punta.

—Si no quieres morir, regresa por donde viniste —farfulló Hortensia, ofendida.

—Son algo arrogantes para ser dos simples mujeres —avanzó hacia ellas, y Gardenia achicó los ojos al ver el curtido rostro del castaño. Era un hombre atractivo, de rasgos firmes y una enorme cicatriz cruzaba su mejilla—. Será agradable llevarlas conmigo a mi humilde hogar.

El sujeto se dispuso a sacar un arma, pero Gardenia tiró su primera cuchilla y este jadeó adolorido porque la hoja metálica logró rozar su muñeca, provocando que este soltara el revólver.

—Mierda —quiso recuperar su arma, pero Hortensia se abalanzó sobre él para darle una firme patada en el pecho y enviarlo hacia atrás.

—No tan rápido, cretino. —Su hermana levantó el revólver, y el hombre carcajeó por lo alto.

—Esto será divertido —susurró el hombre antes de iniciar una pelea cuerpo a cuerpo con Hortensia.

Gardenia se alarmó al percatarse de que las habilidades del castaño no podían tomarse a la ligera.

El revólver salió disparado hacia los setos tras un violento desvío, y supo que era momento de intervenir.

Corrió hacia ellos y, usando la verja de hierro, tomó impulso para subirse a la espalda del hombre.

Rodeó su cuello con el brazo y tiró de él hacia atrás con todo su peso.

Logró tumbarlo, pero el hombre no se quedó en el suelo. Rodó sobre sí mismo con una agilidad sorprendente para su tamaño, barriendo las piernas de Hortensia en el proceso. La castaña cayó con un quejido sordo, lejos de su alcance.

—¿Te hizo daño? —exclamó Gardenia, recuperando el equilibrio.

—Es rápido —siseó Hortensia, sujetándose el costado. Ellas nunca serían más fuertes que un hombre, por lo que su tarea era ser más ágiles e inteligentes—. ¡Cuidado!

Gardenia reaccionó por puro instinto. Se agachó justo cuando el puño del castaño pasaba rozando su mejilla con la fuerza de un mazo; el aire silbó cerca de su oído. El hombre sonreía abiertamente, con los ojos llenos de placer salvaje ante la resistencia que estaba encontrando.

Gardenia no retrocedió. Aprovechando su postura baja, lanzó un golpe ascendente directo a la mandíbula del hombre. La cabeza del castaño se fue hacia atrás, pero apenas parpadeó. Con un movimiento felino, él la tomó del hombro y la estampó de espaldas contra la verja de hierro.

El impacto le sacó el aire de los pulmones.

—Pegas duro, muñeca —gruñó él, su rostro a centímetros del de ella, destilando un olor a tabaco y pólvora—. Pero te falta peso.

Antes de que él pudiera someterla, Gardenia levantó la rodilla con violencia implacable hacia su entrepierna.

El hombre anticipó el movimiento, bloqueándolo con el muslo, pero esa distracción le dio a Gardenia el segundo que necesitaba: sacó una pequeña daga oculta en su bota y la hundió en el hombro de su agresor.

El castaño rugió de dolor y furia. La soltó, dando un paso hacia atrás mientras la sangre comenzaba a manchar su camisa. En lugar de amedrentarse, sus ojos brillaron con una fascinación oscura. Con un movimiento brusco, se arrancó la daga y la arrojó al suelo.

—Eso es —espetó él, limpiándose un hilo de sangre que ahora corría por su labio debido al golpe anterior—. Muéstrame qué más tienes.

Gardenia se puso en guardia con el corazón latiéndole en las orejas. Él no era un rival común y corriente.

Hortensia intentó flanquearlo por la izquierda, pero el hombre, demostrando una visión periférica letal, lanzó una patada lateral que interceptó a Hortensia en el estómago, enviándola sobre la hierba.

—¡Hortensia! —gritó.

La distracción le costó cara. El hombre arremetió como un toro.

Gardenia lanzó su última cuchilla a corta distancia, pero el horror la invadió al ver lo rápido que fue él: ladeó el torso, permitiendo que la hoja solo le abriera un tajo sangriento en el brazo, y usó ese mismo impulso para embestirla.

Ambos rodaron por el suelo cubierto de cenizas y lodo.

Él la atrapó por las muñecas, inmovilizándola contra la tierra húmeda.

Forcejeó, arqueando la espalda, jadeando, clavándole la mirada fija con una furia asesina que rivalizaba con la de él.

Por unos segundos, atrapados en ese violento forcejeo donde las fuerzas se nivelaban por pura resistencia, se midieron.

No había miedo en Gardenia, solo una promesa de muerte; y en él, no había condescendencia, sino el respeto que se le tiene a un enemigo digno.

Odiaba admitirlo, pero sus habilidades y su letalidad fría le recordaban a Lucifer.

No obstante, Lucifer siempre fue cuidadoso y les enseñó un combate limpio; este hombre estaba dispuesto a romperle los huesos con tal de ganar.

—Eres una maldita delicia —susurró él, apretando el agarre hasta hacerle daño—. Casi me da lástima tener que entregarte.

—Vas a tener que matarme primero, bastardo —le escupió ella directamente a la cara.

Justo cuando Gardenia se preparaba para morderle la mano o usar la cabeza como arma, el eco de unos pasos apresurados rompió la burbuja de violencia.

—¡Hortensia, Gardenia! —la voz de Clover resonó en el callejón, seguida por el sonido metálico de un arma siendo amartillada.

El hombre se tensó de inmediato. Sintió la desventaja numérica y, con una maldición entre dientes, usó su peso para empujar a Gardenia una última vez antes de levantarse de un salto.

Dio tres pasos hacia atrás, manteniéndose en las sombras del seto alto, sin quitarle los ojos de encima.

Se puso de pie con el rostro manchado de cenizas y la mirada encendida.

El castaño se llevó una mano al hombro herido, presionando la hemorragia, pero su sonrisa diabólica no desapareció.

—Nos volveremos a ver, Gardenia —se limitó a decir, revelando que había escuchado su nombre, antes de dar media vuelta y perderse en la oscuridad de la noche con una velocidad pasmosa.

—¡¿A dónde vas, cobarde?! —bramó Hortensia, quien intentó seguirlo, pero Gardenia corrió en su dirección para sostenerla del brazo.

—Deja que se marche, no tenemos las armas necesarias para vencerlo en este estado —fue sincera, limpiándose la sangre de un raspón en su propia mejilla.

Cometieron un terrible error al confiarse de esa manera. Ese hombre no era como Richman; él no necesitaba de una Azucena o su gente para defenderse. Es más, Gardenia tenía la firme e incómoda certeza de que, de no haber llegado Clover, esa pelea habría terminado en una masacre para ambas.

El tipo era un monstruo.

Un monstruo que ahora conocía sus rostros y nombres.

—¿Crees que trabaja para Richman? —preguntó Hortensia, recuperando el aliento.

Gardenia asintió, mirando fijamente el lugar por donde el castaño había desaparecido. El dolor en su espalda y el pulso acelerado le recordaban que había encontrado a su igual en el campo de batalla. La próxima vez que se cruzaran, no habría espacio para errores.

—Debemos irnos, llegaron nuevas noticias —espetó Clover a su espalda, demandando su atención, y ambas se alarmaron al entender el mensaje.

Azucena les envió una misiva.

—Maggie —musitaron al unísono y olvidaron a su contrincante por el momento, puesto que ambas sabían que solo era cuestión de tiempo para volver a reunirse con él.

***

Cada vez que atacaban Gloucester, Salazar estaba a cargo del grupo. No obstante, él nunca se manchaba las manos con sangre, ni atacaba a sus rehenes, para eso tenía a su gente, ¿verdad?

Además, si era sincero, ese pueblo era malditamente aburrido, por lo que siempre se quedaba en el acantilado más cercano, estudiando los movimientos de su gente mientras se hacían de las mujeres con demasiada facilidad.

Era como robarle un dulce a un bebé.

—Pero hoy podría ser diferente —reconoció, pensativo—. Hay un forastero —recordó las palabras de James, el lugarteniente, y ladeó el rostro con curiosidad.

¿Ese hombre lucharía por su mujer o la dejaría marchar como la mayoría de los cobardes que se cruzaron en su camino?

Agudizó la mirada, viendo cómo los dos carruajes ingresaban al pueblo escoltados por diez jinetes, y todas sus alarmas se encendieron al percatarse de unas siluetas extrañas recortadas sobre los techos.