Capítulo 13 #2
El herrero contuvo el aliento y miró al hombre con enojo.
—Al menos yo estoy haciendo algo para luchar por nuestra libertad. —Sus palabras captaron su atención—. Con simples lanzas no conseguiremos nada, necesitamos armas de verdad.
—Eso no nos devolverá a nuestras mujeres —rugió Teodoro, con voz rota, y el herrero suspiró.
—Pero anunciará una guerra y esos malditos sabrán que pensamos ir por ellas.
Max esbozó una pequeña sonrisa. Azucena no se equivocó al decirle que ese hombre sería de mucha ayuda. Era evidente que el señor Douglas no pensaba renunciar a su libertad, ni mucho menos a su hija.
—¡Jamás les ganaremos! —explotó Teodoro, sulfúrico—. Ellos son más fuertes.
—¿Y por esa razón seguirá permitiendo que destruyan su pueblo? —Max se tensó y observó con inquietud como Azucena se unía a la conversación.
—No pienso discutir de estos temas con usted, señorita —expresó el hombre, molesto—. Yo sólo velo por su bienestar y el de su señora.
—Y se lo agradezco —admitió ella, conmovida—. Pero sería bueno que, así como piensa en los forasteros, piense en su gente.
Teodoro observó su pueblo con inquietud, no muy seguro de cómo proseguir, y finalmente negó con la cabeza.
—Les advertí, les pedí que se fueran y no puedo hacer más por ustedes. Si quieren quedarse, la decisión es sólo suya. —Lo miró con enojo—. Sólo no venga a llorar a mi puerta cuando se lleven a su esposa.
—No lo haré —susurró y observó en silencio como el hombre se iba con paso apresurado, como si quisiera huir de esa verdad que acababan de decirle.
El miedo no lo llevaría a ningún lugar.
—No solía ser así —comentó el herrero, y luego les sonrió—. Mi nombre es Douglas Delgadillo, soy su vecino.
—Un placer, señor Delgadillo —respondió Azucena, con ánimos renovados—. Él es Maximiliano y mi nombre es Azucena —los presentó, empleando sus verdaderos nombres—. No sé si es muy impertinente de mi parte, pero podría mostrarnos ese armamento que mencionó hace poco.
El hombre chasqueó la lengua, entretenido.
—Las damas deben estar lejos de mis armas.
—Considerando la situación, ¿no cree que las damas necesitan estar muy armadas, dado que ellas son el objetivo?
Douglas miró a Azucena con los ojos muy abiertos, y esta se rio por lo alto.
—Qué mujer más lista —reconoció el adulto, y Max asintió con orgullo—. Síganme, por favor, les mostraré mis mejores inventos y les explicaré por qué nadie podrá atacarlos durante la noche.
Douglas los llevó a la parte trasera de su casa, un área que desde el exterior parecía un simple almacén de madera vieja y chatarra.
Sin embargo, al cruzar una pesada puerta reforzada con tres cerrojos de hierro, el ambiente cambió drásticamente.
El aire se volvió espeso, cargado con el olor del carbón, el aceite de ballena usado para lubricar engranajes y la inconfundible acidez de la pólvora negra.
Max agudizó la mirada. Aquello no era el taller de un loco; era la armería secreta de un gran inventor.
—Bienvenidos a mi santuario —dijo Douglas, encendiendo un par de lámparas de gas que colgaban del techo, iluminando el lugar.
—¿Puedo saber por qué Williams dijo que usted siempre causa problemas cuando intenta ayudar? —inquirió de pronto, con verdadera curiosidad.
—Bueno, hay armas que aún no he podido calibrar del todo —soltó con diversión, restándole importancia con un gesto de mano.
Max evitó reírse y cuando siguió con su camino, paró en seco al ver todo lo que estaba frente a ellos. Sobre las mesas de trabajo y los soportes de madera no había herraduras ni arados, sino relucientes piezas de ingeniería militar que parecían adelantadas a su tiempo.
—Teodoro cree que he perdido la cabeza —comentó Douglas, acariciando con rudeza el cañón de una estructura masiva en el centro de la habitación—.
Pero la locura es quedarse de brazos cruzados mientras esos demonios de Salem se llevan lo que más amas.
Ni se imaginan la cantidad de hombres dolidos, familias desesperadas y lugareños se fueron de Gloucester con el pasar de los años.
Azucena lo observó con tristeza.
—¿Cómo sucedió? —inquirió con cautela y el hombre sonrió con amargura.
—No lo sé, salió por pan cuando nadie se lo pidió y no he vuelto a saber de ella —respondió—. No me importa encontrarme con la muerte, haré hasta lo imposible por recuperar a mi hija.
Max se sorprendió al ver como Azucena lo abrazaba por los hombros. Ella mejor que nadie comprendía el dolor de Douglas, y por esa razón decidió no interferir.
—Le aseguro que las cosas empezarán a mejorar a partir de ahora —musitó la rubia, con los ánimos renovados, y el hombre se rio por lo alto.
—Eso espero.
No se metió en su conversación, prefirió caminar por el lugar y estudiar todos los artefactos que estaban ahí.
Se acercó al arma central. Era un cañón, pero no como los que había visto en los barcos o en los fuertes del ejército.
La recámara trasera tenía una enorme manivela de bronce y un cerrojo de rosca que le recordaba a la puerta de una caja fuerte.
—¿Esto es... —susurró— retrocarga? —logró articular, asombrado, pasando los dedos por el metal frío—. Casi toda la artillería se carga por la boca, señor Delgadillo. Esto es una genialidad.
—¿Cómo lo notaste? —lo observó con fascinación, sus ojos brillaban con un fervor peligroso.
—Fui criado por un hombre de combate, él se sorprendería mucho si viera sus inventos.
—Mis piezas no necesitan que un artillero se asome al frente arriesgando la vida para empujar la pólvora con una baqueta.
Se abre por detrás, se mete el proyectil, se sella y listo.
Puedo disparar tres veces más rápido que cualquier cañón del gobierno.
Una vez que lo termine, esa gente no volverá a entrar al pueblo por el camino principal.
Azucena, lejos de asustarse, se acercó a otra sección del taller, donde descansaba un carro de madera reforzado con picos de hierro. Sobre él, alineados horizontalmente en una fila perfecta, había quince cañones de fusil pulidos.
—¿Y esto? —preguntó ella, señalando el mecanismo.
—Se llama Cañón de órgano —respondió el herrero con una sonrisa torcida—.
Un arma que sirve para crear una cortina de humo.
—Ambos fruncieron el ceño, sin entender su punto—.
Diseñé un sistema de percusión central. Con solo tirar de esta palanca, los quince cañones disparan al mismo tiempo.
Una sola línea de fuego destruye un pelotón entero en un parpadeo.
Es mi respuesta a la superioridad numérica de Salem.
—Increíble… —susurró Azucena, y él asintió.
Douglas no planeaba defenderse; planeaba masacrar a cualquiera que amenazara Gloucester.
—Tiene suficiente poder aquí para iniciar una revolución —murmuró, impresionado, fijando la vista ahora en unas carabinas largas apoyadas contra la pared, las cuales tenían un tambor giratorio en el centro, similar a los nuevos inventos de Samuel Colt pero a una escala mucho mayor y robusta—. Fusiles de repetición...
—Seis disparos seguidos sin detenerse a recargar —confirmó Douglas, tomando una de las carabinas para ofrecérsela—.
Siente el peso. Esos malditos creen que este pueblo está lleno de campesinos indefensos.
No saben que he pasado cada noche, desde que se llevaron a mi niña, fundiendo hierro y perfeccionando el plomo.
He analizado cada uno de sus ataques y nuestras desventajas.
Azucena miró de reojo hacia el fondo del taller, donde unos tubos de hierro inclinados apuntaban hacia el techo, cargados con cohetes de puntas afiladas.
—Esos cohetes... —comenzó Azucena.
—Modificados —interrumpió Douglas, con la voz rota por un instante, revelando el dolor de un padre—.
Tienen estabilizadores de hierro para que no pierdan el rumbo, y las puntas están cargadas con metralla y alquitrán incendiario.
Si tocan Salem, el pueblo arderá en llamas, pero no he podido perfeccionar su puntería.
Max sopesó la carabina en sus manos. El clic del tambor al girar sonó mecánico, frío y letal en el silencio del taller.
Sabía perfectamente de lo que eran capaces los hombres como Silas Vane, y ahora que sabía que el criadero de Salem buscaba expandirse, la presencia de estas armas cambiaba por completo el juego.
—Señor Delgadillo —dijo de pronto, con una voz gélida que hizo que el herrero lo mirara con renovado respeto—, ¿qué armas están listas para utilizarse esta noche?
—Confío en las carabinas y el cañón de órgano—admitió.
—Esos bastardos vendrán —fue sincero, y Douglas se tensó—. Y me gustaría saber si puede prestarme una de estas.
—Una carabina no será suficiente, la última vez eran más de diez hombres.
—¿Le gustaría participar? —preguntó Azucena, con una sonrisa fría en el rostro, y el hombre asintió—. Perfecto, porque si les soy sincera, prefiero luchar con mis cuchillas.
—¿Qué? —el hombre abrió los ojos de hito a hito, atónito, y Azucena y Max decidieron hablar con la verdad.
Después de todo, acababan de encontrar a su primer aliado en Gloucester.