Capítulo 13
¿Qué diantres estaba haciendo?
Azucena apenas y podía creer que hubiera llevado a Max hacia su habitación, para ofrecerle su cuerpo a cambio de su concentración en el combate.
Era una excusa tan estúpida, pero a la vez convincente, que sentía vergüenza de sí misma por haber caído tan bajo con tal de acostarse con él. No obstante… no se arrepentía.
Haber hablado con él de sus padres, haber recibido su consuelo y abrazo, le hizo sentir muchas cosas que llevaba años sin sentir. Podía haberse retirado a su alcoba después de bañarse, pero no… ella sabía lo que quería y por esa razón lo citó en la cocina.
Se acurrucó contra el pecho masculino, disfrutando del calor que emanaba, y acarició su fornido pecho con curiosidad.
¿Qué era lo que él sentía? ¿Se acostaba con ella por culpa o porque aún albergaba sentimientos hacia su persona?
Imposible. Max amó a la dulce, inocente y tierna Eleonor; jamás sentiría afinidad con la aguerrida Azucena.
Aunque… recordar sus besos, sus embistes y la manera tan apasionada en la que gemía su nombre la llevó a estremecerse en su lugar.
Por un momento pensó que nunca más volvería a sentir ese tipo de placer y comodidad en la cama, pero ahí estaba él…
demostrándole que Steve no le arrebató todo lo que había dado por perdido.
Giró sobre su costado, dándole la espalda para darse su espacio, y trató de recuperar la compostura que claramente la abandonó la noche anterior.
Inhaló profundamente, cerró los ojos con fuerza, y un suspiro se escapó de su garganta cuando él se volvió en su dirección y su fuerte mano rodeó su cintura hasta posarse en su vientre.
—¿Por qué te alejas? —preguntó con aspereza.
—Deberías volver a tu habitación, pronto amanecerá y ah… —gimió al sentir como su mano se deslizaba por su vientre bajo y se perdía en la fuente de su placer—. Max… —se mordió el labio inferior, inquieta.
—Joder, estás tan lista para mí —gruñó y no puso objeción alguna cuando le levantó la pierna y la instó a ponerla sobre su cadera.
Cedió y pronto se aferró a sus almohadas para no gritar mientras él la penetraba con firmeza, aferrando uno de sus pechos con dureza.
La almohada contuvo sus gemidos, su cuerpo se sacudió con brío en respuesta, pero ni siquiera eso fue suficiente para él.
Salió de ella, robándole un gemido lastimero, y como si fuera una muñeca sin voluntad, la ayudó a apoyarse sobre sus rodillas y manos, encontrando la posición perfecta para hundirse más profundamente en su interior.
—Max —gimió por lo bajo, ansiosa—. Acaba rápido, por favor —suplicó, y utilizó todo su ingenio para no gritar mientras él la poseía con vehemencia.
No podían olvidar que Maggie y Nancy estaban cerca.
—Mmm… —suspiró cuando empuñó su cabellera y tiró de ella hacia atrás para obligarla a enderezarse—. ¿Qué haces? —se movió contra él, robándole un gemido.
—Quiero que me beses.
No se hizo de rogar, giró el rostro y sus lenguas se entrelazaron con necesidad.
—Cometiste un error al permitirme entrar en tu habitación —admitió él, entre besos, y ella jadeó por sus firmes embistes—. Te haré mi esposa, quiero ser sólo tuyo, Azucena.
Sus paredes vaginales se contrajeron alrededor del gran falo y él debió sentirlo porque la besó con fuerza, tragándose su gemido, al tiempo que todo su cuerpo se sacudía y derramaba su simiente en su interior.
Terminaron tumbados en la cama, con los pulsos disparados, y Azucena no pudo rechazar el abrazo masculino, ese que le informaba que había conseguido uno de sus objetivos.
Max se familiarizó con su cercanía.
***
A varios kilómetros de Gloucester, en una lujosa oficina de roble y terciopelo en Salem, Silas Vane observaba el horizonte con una furia contenida que hacía temblar a sus subordinados.
Sobre su escritorio descansaban los informes de los últimos acontecimientos en Boston, algo insólito de creer y que se estaba suscitando ahora mismo.
—Propiedades quemadas, hombres asesinados, muchas verdades expuestas en el periódico y ni una sola pista —rugió Silas, rompiendo una copa de cristal contra el suelo—. ¿Y Steve? ¿Sigue sin dar señales de vida?
No lo entendía, ¿qué diablos sucedió en Londres que su amigo desapareció por completo?
Se suponía que Steve mataría al duque de Marlborough y a su gemelo, y una vez que se hiciera de todo el negocio de venta de esclavos y los barcos, regresaría a Salem para seguir alimentando su criadero.
¿Podría ser que las cosas no hubieran salido como esperaban?
—Ya enviamos a alguien a Londres para investigar qué sucedió, pero aún no recibimos ningún telegrama. Es probable que el barco siga en altamar —respondió un hombre flaco y de aspecto aceitoso—. Lastimosamente el señor Richman no nos dio ninguna dirección a la cual podamos buscarlo.
Porque su alianza y criadero era un secreto, algo que ellos crearon hace muchos años y funcionaba bastante bien.
«¿Dónde diablos te metiste, Steve?»
—Quemaron la mayoría de nuestras casas —farfulló, rojo de la cólera—. Son pérdidas millonarias, necesito encontrar a los responsables.
Sólo esperaba que Sean tuviera algo de suerte en su búsqueda. Al final de todo, su amigo tuvo que partir a Boston, la tierra que no debían pisar, para descubrir quién diablos estaba atacando sus propiedades y a sus socios.
Steve nunca le dijo que tuviera enemigos. Según su amigo: contaba con tantas alianzas que nadie era capaz de odiarlo y atacarlo, pero si lo pensaba detenidamente, hace mucho que no habían recibido noticias de él.
Sonrió con malicia, Sean ya estaba en Boston y sólo era cuestión de tiempo para que su amigo matara a esos idiotas que se creían lo suficientemente fuertes como para derrotarlos.
—Quiero que refuercen la seguridad en el pueblo, alerta a los lugareños para que se nos informe cualquier movimiento que pueda considerarse extraño.
Salem era suyo, por lo que su territorio no sería fácil de atacar. Sin embargo, prefería prevenir antes que lamentar. Después de todo, no tenía la menor idea de a quienes se estaban enfrentando.
Jamás se imaginó que aceptar las condiciones de Steve, esas que pedían que Sean y él estuvieran al margen de todo en Boston, para que nadie dudara de sus muertes, podría generarles tantos inconvenientes ahora mismo.
Llevaba meses sin saber de él. En la última carta que recibió, Steve le informaba que explotaría un barco de la naviera Gardener para conseguir un nuevo lugar en el puerto.
Después de ese suceso, no volvió a saber más de su amigo.
—Como usted ordene.
—Déjame solo —le hizo un gesto para que saliera de su despacho, pero el hombre no siguió su orden—. ¿Qué quieres? —escupió.
—Tenemos buenas noticias desde el norte —El hombre se acercó con una sonrisa servil—. Mis recolectores de información dicen que han llegado caras nuevas a Gloucester
—¿Ah sí? —enarcó una ceja.
—Pero no están solas, un hombre las protege.
—¿Y se supone que eso es un problema? —se mofó—. Tal vez hemos sido muy condescendientes al ser tan pacientes con ellos y es hora de tomar a todas las mujeres de ese pueblo.
Después de todo, ¿qué daño podrían hacerles esos campesinos?
Ni siquiera tenían el armamento indicado para revelarse.
—Estoy de acuerdo, señor —dijo el muchacho, entusiasmado—. Dicen que las dos mujeres más jóvenes son preciosas, que nadie podría pasarlas por alto y sería un desperdicio no ir por ellas.
Silas enarcó una ceja.
¿Hace cuanto que sus hombres no se emocionaban así por un par de féminas?
¿Tan hermosas eran?
—¿Te dijeron cómo lucen? —frunció el ceño.
—Ambas son rubias, de cuerpos bonitos y movimientos elegantes. —Enarcó una ceja, sonaban a mercancía legendaria—. Y eso no es lo mejor, una de ellas está embarazada.
Los ojos de Silas brillaron con satisfacción depredadora. Se lamió los labios, imaginando el valor de una pieza así para su colección, y una enorme y diabólica sonrisa se dibujó en su rostro.
—Qué bendición —exclamó, emocionado—. El criadero ha estado demasiado tranquilo en los últimos meses. Necesitamos añadir nueva mercancía.
Se volvió hacia su lugarteniente con una mirada gélida.
—¿Qué esperan? —gruñó—. Preparen todo para esta noche y vayan por todas las mujeres que viven en ese pueblo.
—¿Y si ellos se rebelan, señor? —inquirió el hombre y Silas analizó la situación con más calma.
—Enfóquense en las recién llegadas y traigan a las que puedan. Si tienen que disparar, no lo duden. Después de todo, no estaría mal expandirnos a nuevos terrenos —canturreó con malicia.
—Como usted ordene.
—Quiero a esa mujer en Salem antes de que el día de mañana llegue a su fin. Si el esposo se interpone, mátenlo, pero a ella... a ella la quiero intacta —dio la orden sin darse cuenta que, al emitir esas palabras, acababa de meterse con la esposa del mismísimo demonio.
***
—Necesitamos quedarnos una noche más —informó Max, con seriedad—. Mi esposa aún está delicada, señor Williams —empleó el apellido de Teodoro ahora que lo conocía, y el hombre alborotó su cabellera con inquietud.
—Le aseguro que su mujer estará mejor en un carruaje que aquí —espetó con una mueca—. Corren un gran peligro, si esa gente se entera de la existencia de las mujeres que están bajo su cuidado no dudarán en venir por ellas.
Max comprendía su inquietud, tanto Maggie como Azucena eran muy hermosas, pero él jamás dejaría que nadie las llevara a ningún lado.
—Tengo escoltas, le aseguro que estaremos bien —insistió y cuando el hombre negó con la cabeza, y dio la batalla por perdida, alguien intervino en la conversación.
—Deja al pobre hombre y su mujer en paz, Teodoro —bramó su vecino, el herrero —un hombre alto y regordete de cabellera oscura y mirada penetrante—, avanzando en su dirección—.
Ahora tengo el armamento adecuado para defendernos de esos hombres, te aseguro que no podrán cruzar esa puerta —señaló la casa que quería arrendar.
—No es tan fácil y lo sabes, Douglas. Tus inventos han traído más problemas que soluciones a este pueblo.