La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Max dejó de escuchar la voz de su hermano, quien hablaba sin descanso alguno, y estudió el delicado rostro con pericia.

Ella era tan blanca como la leche, pero lo que más le gustaba eran las pecas que decoraban sus mejillas y la punta de su nariz.

La boca se le hizo agua y se imaginó cómo sería tocarlas y besarlas.

Le dio un sorbo a su vaso de agua, preguntándose qué tan difícil sería conquistarla.

—¿De dónde la sacaron? —la voz de Ronald hizo que abandonara su letargo y su hermano dejara de hablar abruptamente.

Sí, tanto él como sus amigos despreciaban a ese idiota.

—No es tu problema, Ronald —siseó Thomas y el castaño estudió a Eleonor con la mirada.

—¿No me la presentarán?

—Lárgate o las cosas terminarán mal —habló por primera vez en toda la noche y pudo percibir cómo Eleonor se encogió en su lugar.

Esto era malo, no quería que ella le temiera.

—Lo averiguaré por mí mismo —decretó Ronald con malicia y se alejó de su mesa en silencio.

—Las señales siempre estuvieron ahí y no quise verlas —se frotó el rostro, abatido, y negó lentamente con la cabeza—. ¿En qué estuve pensando al creer que ella se entregaría a él por voluntad propia?

—¿Por qué volvió? —inquirió ella, somnolienta, y Max besó su hombro desnudo con ternura—. Pensé que no era de su agrado, usted…

—Maximiliano, mi nombre es Maximiliano —musitó con voz ronca, y la instó a girar sobre su lugar para conectar sus miradas—. Me gustaste desde el primer momento, pero no soy tan sociable como mi hermano y amigo.

—Ya veo —se acurrucó contra su pecho, robándole una pequeña sonrisa—. Espero no haberlo… haberte defraudado —se corrigió—. Yo… no tengo experiencia con los hombres.

Max evitó mencionar lo mucho que eso le gustaba.

Saberla únicamente suya era como tocar el cielo con las manos.

—Yo te enseñaré, no tienes que recurrir a nadie más, ¿me entiendes?

Ella lo abrazó por la cintura, nerviosa, y Max se rio por lo alto.

—¿Qué sucede? —rompió el abrazo.

—Deja de sentir vergüenza, ahora eres mía y puedes tocarme tanto como quieras, Eleonor.

Un tierno rubor cubrió sus mejillas y finalmente asintió, haciendo que Max tomara sus labios con hambre voraz, y ansiara tomarla nuevamente. Sin embargo, ella aún estaba adolorida y él no pensaba torturarla de esa manera.

Ya tendría tiempo de sobra para hacerle el amor por horas.

—¡Max, reacciona! —Dio un respingo en su lugar al ver como la mano de Azucena se sacudía cerca de su rostro y retrocedió dos pasos, horrorizado, al verla únicamente en su bata de dormir—.

¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te fuiste a dormir?

—puso las manos en jarras y él sólo pudo observar las gotas que se deslizaban por sus hebras doradas.

—Yo… quiero tomar un baño. —La pasó de largo e ingresó al cuarto que ella estuvo ocupando con rapidez—. Vete a dormir, yo limpiaré todo —espetó desde adentro, regularizando las pulsaciones de su corazón, e inhaló profundamente al reconocer su olor.

«Esto es malo» pensó con amargura y se frotó el rostro, angustiado. «Se supone que ya no debo sentir nada por ti».

Estaba perdido, lo último que quería era que el amor lo debilitara.

—Te traeré un par de toallas y un cambio de ropa —escuchó que decía desde el otro lado de la puerta, y empezó a desnudarse.

¿En qué mundo vivía?

¡¿Cómo pudo olvidar el hecho de que necesitaba un cambio de ropa y algo con qué secarse?!

—Está bien, muchas gracias —susurró y se metió a la bañera con rapidez.

Quizá un baño con agua fría habría sido más efectivo en ese momento.

Max esperó que Azucena trajera todo y lo dejara en el pasillo, pero nada lo preparó para ver como la puerta se abría y ella ingresaba con todas sus cosas para dejarlas sobre la pequeña mesa del cuarto.

—¡¿Qué haces?! —rugió, furioso, y no pudo evitar observar sus hermosas piernas—. ¿Por qué no te cambias? No deberías caminar por la casa en ese estado —farfulló y ella lo miró por encima del hombro.

—¿Por qué te enojas? —se volvió hacia él, molesta. Max se cubrió el tórax, más nervioso y ansioso que nunca—. Por favor, como si no nos conociéramos lo suficiente —lo miró con diversión y él ahogó un juramento.

¿Se estaba burlando de él?

—Gracias por traer mis cosas, ahora puedes irte —farfulló.

—¿Y qué si no quiero? —decidió provocarlo y él apretó la mandíbula.

—Si la situación fuera al revés, ya me habrías apuñalado, ¿verdad?

—Quizás —decidió jugar con fuego—, dado que yo nunca bajo la guardia y siempre llevo un arma conmigo. —Sacó una daga del bolsillo de su bata de dormir.

—Bien, lección aprendida, ahora por favor déjame solo —farfulló y no supo cómo reaccionar cuando ella se rio por lo alto.

—Al fin volviste a ser el malhumorado de siempre.

—Azucena…

—Te esperaré en la cocina, siento que tú y yo aún tenemos mucho de qué hablar.

El aire regresó a sus pulmones cuando se supo totalmente solo y le resultó imposible asimilar la situación, ¿por qué de repente ella le hablaba con tanta amabilidad?

Terminó de bañarse con movimientos mecánicos, sintiendo que el agua caliente no lograba disipar la tensión de sus músculos.

Se vistió con la ropa limpia que Azucena le había dejado —una camisa de lino y unos pantalones de trabajo—, sintiéndose más como un humilde habitante de Gloucester que como el hombre que solía frecuentar los clubes de la ciudad.

Al entrar en la cocina, la encontró sentada junto a la mesa de madera, con una taza humeante entre las manos.

—¿Es que no piensas vestirte? —farfulló.

¡¿Por qué diablos seguía en su bata de dormir?!

—Me alegra que no hayas intentado ahogarte en la bañera —comentó sin levantar la vista, señalando una silla vacía frente a ella—. Siéntate.

Él obedeció, sintiendo que el silencio de la casa, interrumpido solo por el rugido del viento en el exterior, los envolvía en una burbuja peligrosa.

—Dijiste que teníamos que hablar —le recordó con firmeza—. ¿Se trata de lo que haremos a partir de mañana?

—Se trata de la verdad —Azucena dejó la taza y lo miró a los ojos, y esta vez no había burla, solo una honestidad brutal—.

Me pediste matrimonio. Dijiste que lo harías por "deber".

Pero aquí, en esta casa, fingiendo ser otras personas.

.. me he dado cuenta de que no puedes ni siquiera mirarme a la cara sin que las manos te tiemblen.

Ella era muy buena reparando en los detalles.

—No me tiemblan las manos por miedo o desprecio —gruñó él, inclinándose hacia adelante—. Me tiemblan porque cada vez que te veo, recuerdo la mañana que decidí dejarte. Y me odio por ello.

—Odiarte no servirá de nada cuando estemos frente a Steve y su gente —sentenció, estirando la mano sobre la mesa, pero sin llegar a tocarlo—. Lo que pasó en Sussex... el Maximiliano que me quería "enseñar" a ser suya... ese hombre murió. Y la Eleonor que te miraba como si fueras un dios, también.

Max apretó la mandíbula. El recuerdo de su arrogancia juvenil le dolió más que cualquier herida física que hubiera tenido jamás.

—Dices que ya no eres de nadie —musitó, arrastrando sus palabras—. Y lo respeto. Pero si vamos a hacer esto, si vamos a infiltrarnos en Salem y recuperar a nuestro hijo, necesito saber una cosa.

Ella asintió.

—¿Hay algo de esa Eleonor que aún viva en ti? ¿O solo queda la mujer que Steve Richman moldeó?

Azucena guardó silencio. El tic-tac de un viejo reloj en la pared parecía marcar los latidos de su corazón. Lentamente, ella se puso de pie, rodeó la mesa y se acercó a él. Max se tensó, esperando un golpe o una puñalada, pero ella solo apoyó una mano en su mejilla.

Sus dedos estaban fríos, pero su tacto quemaba.

—Eleonor murió la primera vez que Steve me obligó a entrar en una habitación con un extraño —susurró, y Max no pudo contenerse y posó una mano sobre la suya con rapidez—. Pero Azucena... Azucena recuerda cómo solías mirarme cuando creías que nadie te veía.

Armándose de valor, rodeó su cintura con lentitud y tiró de ella en su dirección para acomodarla entre sus piernas.

—De verdad lo siento… —apoyó la frente en su vientre.

—Esa parte de mí no quiere casarse contigo por deber, Maximiliano —continuó—. Esa parte prefiere que nos maten antes que ser tu transacción de honor.

¿Por qué simplemente no le hablaba de sus sentimientos?

¿Por qué le costaba tanto decirle que tal vez nunca dejó de amarla?

¿A qué le tenía miedo?

—Ven… —lo instó a levantarse y no supo qué pensar cuando entrelazó sus manos y lo guio hacia el segundo piso.

—Azucena… —la voz le tembló cuando lo metió a su habitación, la cual tenía una temperatura agradable.

—Necesito que dejes de temblar en mi compañía —se sinceró y se volvió en su dirección—. No te odio, no te juzgo ni te condeno de ninguna manera, Max —acunó su rostro y lo besó con ternura—. Si necesitas tomarme para concentrarte en la misión, sólo hazlo.

Sus palabras hicieron que apartara el rostro con rapidez.

—¿Haces todo esto por la misión? —gruñó.

¿Era posible que algo así lo hiriera tan profundamente?

—Necesito al Maximiliano Frensby que el conde de Worcester entrenó para la vida —se sinceró y muy lentamente se quitó la bata para quedar totalmente desnuda ante él.

La visión lo hizo retroceder.

¿Qué tipo de tortura era esta?

—Deja de utilizar tu cuerpo para conseguir lo que quieres —escupió, rojo de la impotencia, y giró sobre su eje con toda la intención de abandonar la habitación.

—Yo sólo quiero que esta misión sea más fácil para los dos. —Paró en seco, con la mano sobre el pomo de la puerta, y muy lentamente se volvió hacia ella—. Si te acostumbras a mi presencia, dejaré de incomodarte.

No era su presencia lo que le incomodaba, ¡sino todo lo que sentía por ella!

Un hombre sensato, habría abandonado la habitación para dejarle claro que no pensaba ponerle ni una sola mano encima en esas condiciones; pero él no era un hombre sensato, sino un miserable.

Un miserable que rodeó su cuerpo, se hizo de sus labios y la tomó con fiereza por largas horas, tratando de lidiar con todo ese amor que sentía por ella y al parecer nunca podría ser correspondido.