La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

La casa que Teodoro les cedió era una construcción de dos pisos, con cinco habitaciones, un estudio, su comedor y cocina.

El interior era austero: chimeneas de piedra, muebles pesados de roble y el constante crujido de la madera bajo el asedio del viento.

Era imposible que Max se sintiera tranquilo con toda la información que recibió esa mañana y quizá por esa razón seguía cerciorándose que el fuego de las chimeneas de los cuartos estuviera bien alimentado, de alguna manera debía hacer vigilia por el lugar.

—¿Te sientes mejor? —inquirió con fingida calma, con el atizador en mano.

—Sí, lamento mucho haberlos perjudicado —susurró Maggie, presionando sus sienes.

Él hizo una mueca.

—En realidad nos ayudaste a conseguir un techo, ¿por qué te disculpas?

La rubia se ruborizó y Nancy acunó su delicada mano con suavidad.

—Está muy sensible, es debido a su embarazo.

¿Azucena habría sido así de sensible y susceptible durante sus embarazos?

Nunca lo sabría, y tenía la leve sospecha de que ella nunca se lo contaría.

—¿La cena fue de su agrado o les subo un poco más? —se hizo de la bandeja que tenía los platos vacíos y ambas mujeres negaron con la cabeza.

—Es suficiente por hoy —respondió Nancy, con una sonrisa amable, y Max asintió.

Cuando volvieron a encontrarse con las hermanas Gardener, apenas y había podido reparar en Nancy y lo importante que era ella en la vida de las tres mujeres. No recordaba a su madre, pero suponía que así se veía una en los momentos de crisis.

Entró a la cocina para limpiar todo el desastre que hicieron al momento de preparar la cena y no supo qué pensar al ver que Azucena se le había adelantado, y ahora afilaba sus cuchillas a la luz de una vela.

—Deberías descansar, yo me encargaré de vigilar el lugar junto a los hombres de la colonia.

—Empezó a lavar los platos, pero no recibió una respuesta.

Una vez que terminó su labor, se volvió hacia ella—.

Mañana iré a hablar con el herrero y encontraré una manera para que Teodoro nos dé más días para quedarnos.

Azucena no detuvo el movimiento rítmico de la piedra contra el metal.

—¿Me estás escuchando?

—Sí, pero no sé qué decirte —fue sincera—. Sabes que no puedo dormir por las noches —conectó sus miradas—. Además, estoy calentando agua —le hizo un gesto hacia el caldero que reposaba sobre el fuego—. Quiero tomar un baño.

—Ya veo… —Se dejó caer sobre la silla que estaba frente a ella—. ¿Enviaste la carta?

—Sí.

—Hay algo que me gustaría comentarte —no apartó la vista del crepitar de las llamas—. Cuando llegamos a Boston, yo no me uní a la búsqueda de Maggie porque durante nuestro viaje soñé contigo. —Silencio—. Fui a buscarte a Essex.

—¿Los viste? —pudo percibir el temblor y dolor en su voz.

—Sí, ellos creen que estás muerta. —La buscó con la mirada y vio cómo apartaba las lágrimas de su rostro—. Tu padre vino a Boston para buscarte, trató de contactar con Richman para saber dónde estabas enterrada porque le dijeron que moriste en el parto.

—Lo sé, yo quemé todas sus cartas para que Steve nunca diera con ellos y mi hermano —admitió, abatida, y Max abandonó su lugar para sentarse junto a ella.

—Ellos se pondrán muy felices cuando descubran la verdad.

—O decepcionados —musitó—, hice mucho daño y mis manos están manchadas de sangre.

—Si tú no lo deseas, ellos no tienen por qué saberlo.

Azucena empezó a restregar sus ojos, tratando de controlar sus emociones, y Max sujetó su muñeca, pidiéndole en silencio que parara.

—Te harás daño.

—Nunca debí dejarlos, fui una tonta al odiar a mi madre por extrañar a su hija.

Él entrelazó sus manos, brindándole todo su apoyo, y para su sorpresa ella decidió abrirle su corazón.

—Llegué a Sussex porque estaba harta de que mi madre sólo pudiera pensar en su primera hija. Estaba llena de rencor hacia Ashley, quien fue adoptada por un noble y claramente tenía una vida gloriosa, pero incluso así mi madre no podía sacarla de su cabeza.

—Sentir celos es bastante normal.

—Actué como una estúpida al dejarlos. Mi padre me adoraba, Max, y mi madre también.

Ellos me abrieron las puertas de su casa y sus brazos sin juzgarme.

Ni siquiera se enojaron cuando se enteraron de mi embarazo —sollozó—.

Me amaban y no pude valorar su cariño, ¿por qué vine a Boston si con ellos lo tenía todo?

—Ellos te siguen amando y aún te lloran —se vio obligado a decirle y Azucena se apoyó en su pecho, pidiéndole sin necesidad de palabras un abrazo.

La rodeó en sus brazos.

—Juzgué a mi madre por años y ahora hice lo mismo que ella —susurró—. Dejé a mis hijas en Londres para venir en busca de mi primer hijo.

—Pero eso no quiere decir que no ames a todos por igual. —Ella negó con la cabeza—. Bueno… al menos ya sabes que el amor de madre no tiene límites.

Y lo más probable era que ella ansiara regresar a Londres para reunirse con Evan y Grace McLeod. Estaba claro que extrañaba a su familia y todo el cariño y calidez que ellos podían brindarle.

—La mujer que odié por años se quedó con mis hijas y está preocupada por mí, ¿puedes creerlo?

—Ashley jamás te juzgaría por nada, aunque tal vez sí llegó a envidiarte un poco porque tú siempre tuviste el amor de tu madre.

Azucena rompió el abrazo y lo buscó con la mirada.

—¿A qué te refieres?

—Cuando ella encontró a tu madre, Grace la rechazó y le pidió que se fuera. Nunca le permitió ser parte de su vida.

—Lo hizo para protegerla del escándalo.

—Pero incluso así, Ashley se quedó sin su madre.

—No lo había pensado —admitió, contrariada.

—Deja de pensar en el pasado, es algo que nunca podremos cambiar.

—Lo sé —suspiró y se incorporó con lentitud—. Ya que estás aquí, ¿podrías ayudarme a llenar la bañera que está en el cuarto al final del pasillo? —apagó el fuego—. Sólo me falta eso.

—Está bien.

—Iré por ropa limpia.

La vio marcharse en silencio y se mordió la lengua para no decirle que los vestidos le quedaban mejor que los pantalones. Le resultaba extraño, cuando la vio esa mañana, sólo pudo recordar a la mujer que conoció en Sussex, una joven inofensiva y hermosa.

«Una mujer que ya no existe» le recordó una voz y abandonó su lugar con rapidez para hacer lo que le pidió. Sin embargo, a los pocos minutos se encontró a sí mismo observando la bañera con disgusto porque estaba casi llena.

¿Es que esa mujer no sabía pedir ayuda?

Vertió el contenido de la caldera, cerciorándose de que el agua agarrara una temperatura agradable y determinó que él también tomaría un baño esa noche, estaba tan tenso que sólo eso lo ayudaría a dormir correctamente.

Los pasos de Azucena acercándose hicieron que se incorporara con rapidez y por el rabillo del ojo la vio ingresar a la habitación.

Tenía el pelo suelto y parecía ansiosa por sumergirse en la bañera.

El tiempo la había cambiado, ahora no era una joven inocente y tímida, sino una mujer que conocía demasiado de la vida.

Sin embargo, incluso después de tantos años, seguía viéndose tan hermosa como antes.

—¿Terminaste? —su pregunta lo hizo abandonar su letargo.

—¿Qué?

—¿Ya llenaste la bañera? —lo miró confundida y él asintió.

—Sí, sí, lo mejor será que me marche.

Salió del cuarto como alma que lleva el diablo y a la distancia, gracias al sepulcral silencio de la casa —ya que todos estaban dormidos—, pudo escuchar como el cuerpo femenino se sumergía en el agua.

Cerró los ojos con fuerza, odiando que su corazón latiera con tanto desenfreno.

No lo entendía, ¿qué tipo de poder tenía Azucena sobre su persona que sólo necesitó regresar a su vida para poner toda su determinación patas arriba?

Max aún podía recordar la primera vez que la vio, cuando determinó que ni Sheldon, ni su hermano, ni Ronald le pondrían una sola mano encima.

Era una mujer preciosa. Max lo supo desde el momento que la vio junto a la ventana, antes de entrar a la posada, y ahora no podía quitarle los ojos de encima.

¿Era normal desear tanto a una completa desconocida?

—¿Qué tanto miras? —inquirió Thomas y siguió la dirección de su mirada.

Esto era malo, no quería que el mujeriego de su hermano notara a esa mujer.

¡La quería para él!

—Vaya, vaya —silbó Thomas, sonriente—, esto sí que es un regalo del cielo. —Intentó avanzar, pero lo sujetó del brazo con firmeza.

—¿Qué haces? —farfulló.

—Se ve muy sola, comamos con ella —se liberó de su agarre y le hizo una seña a Sheldon para que lo siguiera hacia la mesa de la joven que se había robado su atención.

Max no tuvo más remedio que unirse a ellos. Tal vez no era tan sociable ni carismático como su hermano, pero era un hombre que sabía lo que quería y efectivamente esa fémina sería solamente suya.

—Disculpe… —Evitó rodar los ojos con aburrimiento, Thomas jugaría al papel de galán perfecto—. ¿Espera a alguien? —señaló los tres lugares vacíos y la mujer meditó su respuesta.

—No.

—Hemos sido groseros, permítame presentarnos. —Maldición, Sheldon acababa de interesarse en la recién llegada—. Ellos son Thomas y Maximiliano Frensby, y yo soy Sheldon Bass, es un placer conocerla, señorita…

—Eleonor McLeod.

Eleonor… era un nombre precioso, al igual que ella.

—No es normal que lleguen jóvenes tan bellas a Sussex. —Thomas se sentó junto a ella y Max ocupó el asiento que estaba a su izquierda, decidido a estudiar el panorama, y no le pasó por alto la inquietud que brilló en los ojos ambarinos cuando reparó en su persona.

—Es la primera vez que emprendo un viaje sola y creo que me quedaré una larga temporada.

La sonrisa del rubio creció y Max apretó la mandíbula.

—¿Sola? —Ella asintió y él chasqueó la lengua, entretenido—. ¿No cree que es peligroso? Se ve joven y hermosa, podría ser una presa fácil para cualquier sinvergüenza.