Capítulo 11
Llegaron a Gloucester en menos de cuatro horas.
Azucena podía decir que el viaje fue tranquilo, pero en ningún momento pasó por alto la fatiga de Maggie, quien claramente necesitaba una cama y unos largos días de reposo.
La mujer estaba embarazada y si sus cálculos no fallaban, llevaba casi tres meses de embarazo, lo que quería decir que su cuerpo empezaría a cambiar, como también sus rutinas y dietas.
Durante sus embarazos, Steve solía apiadarse de ella, él comprendía que para una mujer encinta era muy fácil perder a su hijo. Le parecía casi un milagro que nunca hubiera agredido a sus hijas, dado que ninguna de ellas le generó el más mínimo afecto.
¿Lucifer podría llegar a ser tan cruel como Steve?
Algo le decía que, si él viera a Maggie en ese estado, lo menos que sentiría sería enojo o decepción.
—Trataremos de llegar lo antes posible a Gloucester, por lo que te pido que no descuides a Maggie y ante cualquier señal de alerta nos escribas o den media vuelta —espetó Hortensia, levemente abrumada ante la idea de separarse de su hermana menor, y Azucena asintió.
—¿Crees que te sentirás cómoda con este plan? —preguntó con cautela—. Aún podemos cambiar de lugar y puedes ir con ella.
—No, Max no se concentrará si se separa de ti.
Así que ella había notado que el pelinegro estaba algo distraído.
—La cuidaré con mi vida, Hortensia —prometió, ambas sabían que, al estar embarazada, Maggie podría llamar la atención de sus enemigos.
—Es impresión mía o este lugar no tiene buen aspecto —comentó Nancy, observando el pueblo que parecía aferrarse a los acantilados por puro instinto, y tanto Azucena como Max se centraron en sus ventanillas.
—Las calles están desiertas —susurró ella, nerviosa.
—Y ya son las diez y media, lo normal sería que la gente esté fuera de su casa —añadió él con seriedad.
—Saben… —gimió Maggie, enderezando la espalda con esfuerzo, y Azucena se inclinó en su dirección.
—¿Te sientes mal? Estás muy pálida.
—Sí, me duele mucho el cuerpo —la visión se le cristalizó—. Yo… necesito caminar, no aguanto más.
Max golpeó el techo del carruaje y este se detuvo a medio camino. En un principio, no fue fácil que Maggie se mantuviera de pie, pero después de unos minutos, la rubia suspiró más tranquila y empezó a caminar. Los hombres de la colonia la escoltaron sin duda alguna.
—¿Qué opinas? —preguntó Max, y ella lo observó de reojo.
—Parece un pueblo abandonado, tengo la sensación de que muchas de estas casas están vacías.
—El puerto parece estar en funcionamiento —le señaló la costa, y pudo ver a varias personas moviéndose por el lugar.
—Maggie no subirá al carruaje y no podemos dejarla sola. —Se centró en la rubia, quien ahora tenía a Nancy a su lado—. Tendremos que ir caminando, que los carruajes nos sigan.
Caminaron por al menos cuarenta minutos, respetando el paso de Maggie, y a medida que fueron llegando al centro del pueblo, Azucena pudo percatarse de como varios hombres salían a sus balcones o se acercaban a las ventanas de su casa para estudiar a los forasteros.
Se veían agresivos, pero no había señal alguna de que quisieran atacarlos.
—Esto no me gusta —siseó Max, y ella asintió.
—Sólo mantén la calma, parecen algo recelosos.
Cuando vislumbraron el muelle, Max aceleró el paso al ver como un hombre adulto y fornido se acercaba a ellos con paso amenazante. Por su porte y seguridad, dedujo que era la cabecilla del pueblo, puesto que todos los hombres que estaban en el muelle se quedaron atrás, observando la escena.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen en Gloucester? —preguntó con tosquedad, pero Max esbozó una sonrisa amable.
—Buenos días, señor. Espero no importunarlo, pero quisiera saber con quién debo hablar para alquilar una propiedad.
—El hombre de cabellos castaños enarcó una ceja—.
Perdón, he sido grosero, mi nombre es Arnold Answorth —empleó el nombre de su tutor, utilizar sus nombres reales podría generar un sinfín de problemas—, acabamos de llegar de Londres y este lugar me parece perfecto para tener un prolongado descanso.
El hombre miró por encima de su hombro.
—Eleonor, cariño —le hizo una ceña a Maggie para que se acercara, y esta dudó—. Lo siento, mi esposa es algo tímida y su embarazo la tiene sensible.
El sujeto respingó al oír sus palabras y lo miró con desdén.
—Lárguense, no hay ninguna casa disponible —farfulló y cuando se dispuso a darle la espalda, Azucena intervino.
—Vi varías casas vacías al entrar al pueblo. —El castaño paró en seco y se volvió hacia ellos, su rostro se veía demacrado y cansado.
—Teodoro, no les des importancia —espetó otro hombre desde el muelle.
—Por favor, mi ama necesita descansar —insistió ella con amabilidad, y el hombre se tensó.
—Lo hago por su bien, lo mejor que pueden hacer es largarse y olvidarse de Gloucester.
Ese comentario hizo que ambos intercambiaran una rápida mirada.
—¿Por qué? —fingió demencia—. Se ve un pueblo tranquilo y encantador.
Teodoro lanzó una carcajada llena de amargura.
—¿Tranquilo y encantador? —escupió con desprecio—. Vivir en Gloucester es igual que vivir en el infierno, este lugar siempre llama la atención de aquellos demonios que viven en el sur y adoran tomar lo que no es suyo.
Azucena se tensó.
—¿Demonios? ¿Se refiere a piratas? —inquirió ella, ceñuda.
—Es algo mucho peor —el hombre se pasó una mano por el cabello con cansancio—. Los piratas roban el cargamento y el ron. Los que vienen aquí, generalmente al amparo de la niebla o en noches cerradas, no buscan oro. Buscan carne fresca.
Max sintió como un escalofrío recorrió su espina dorsal.
—¿A qué se refiere? —su voz bajó una octava.
—Si yo fuera usted, señor, tomaría a mi esposa y la llevaría lejos.
Intercambió una rápida mirada con Azucena, pronto recibirían información de suma importancia.
—¿Podría ser más específico? —inquirió ella con voz suave, y el hombre suspiró.
—Ellos se llevan a las mujeres; sin importar la edad —respondió, mirando con fijeza a Azucena—.
Llegan en carruajes negros o botes pequeños desde la zona de Salem.
No rompen puertas, no queman casas. Simplemente se llevan a las que tienen la mala suerte de ponerse en su camino sin protección alguna.
Hace un mes se llevaron a la hija del herrero y el hombre ha perdido la cabeza desde entonces.
—¿Nunca intentaron pelear con ellos? —preguntó, ofuscado.
¡¿Por qué no peleaban por su gente?!
—Siempre actúan en silencio, desde las sombras, y cuando nos damos cuenta de la situación ya es demasiado tarde. Además, tienen armas letales, jamás seremos rivales para ellos.
Salem, carruajes negros y secuestros sistemáticos. El rompecabezas estaba cobrando una forma mucho más siniestra en este rincón olvidado.
—Escuche mi consejo, señor —añadió el hombre que respondía al nombre de Teodoro, señalando a Maggie—. Si aprecia a su mujer e hijo, no alquile ninguna casa en este lugar y váyase lo antes posible.
—Pero…
—¡No dejaré que se queden! —bramó con impotencia—. Yo también perdí a mi esposa hace más de tres años, ¿cree que quiero seguir viendo como se llevan a más inocentes?
Era un hombre noble y ahora entendía su dolor, él también había perdido a un ser querido.
Lo más sensato sería darle la espalda e irse, pero ¿por qué no podía moverse?
«Porque no quieres dejarlos» le dijo una voz y él tragó con fuerza, buscando a Azucena con la mirada. Ella pensaba igual, no podían dejar a esas personas sin protección alguna.
—¡Señora! —el grito de uno de los hombres de la colonia hizo que ambos se pusieran alertas y Max corrió hacia Maggie al ver que se había desmayado.
—Maldición.
¡¿Por qué no les dijo que se sentía tan débil?!
—Por favor, señor —se sorprendió al oír la súplica de Azucena—. Déjenos quedarnos en Gloucester esta noche, mi señora realmente necesita atención médica y un descanso.
Pudo ver la duda en los ojos de Teodoro, pero finalmente llamó a dos de los hombres para que los escoltaran a una de las casas de la colina. La consigna era simple: dejaría que se quedaran en esa casa por una noche, y luego se largarían del pueblo.
—¿Y si estamos dispuestos a correr el riesgo? —preguntó él, con aspereza, y el hombre lo miró sin emoción alguna en el rostro.
—Sólo espero que los rumores no lleguen a ellos, Answorth —comentó, preocupado—. Porque si se enteran que tendremos a una embarazada por esta noche, nos visitarán muy pronto.
¿Qué? ¿Había un soplón entre ellos?
Tragó con fuerza y miró a Maggie con inquietud.
¿Qué debía hacer?
Regresar a Boston no parecía algo prudente, Maggie estaba muy pálida y necesitaba una cama, pero… ¿Azucena y él estarían listos para protegerla en caso de que alguien quisiera atacarlos esa noche?
«Claro que sí, tenemos armamento de sobra» se dijo a sí mismo, rezando en silencio para que incendiar las casas de Steve Richman no les tome mucho tiempo a Hortensia y Gardenia.
El hombre debió notar su incertidumbre porque se acercó a él y le dio una palmada en el hombro.
—Los cuidaremos, escoltaremos la casa. Aquí… tratamos de defendernos los unos a los otros.
—Muchas gracias. —Se incorporó con Maggie en brazos, y les hizo una seña a Nancy y Azucena para que lo siguieran.
Necesitaba hablar con ellas, saber qué opinaban respecto a la situación, pero no podía hacerlo con la gente de Teodoro ahí. Lo mejor sería hablar con ellas una vez que la casa se les fuera entregada.
***
Azucena observó en silencio como Nancy atendía a Maggie y sonrió con ternura al darse cuenta que las hermanas Gardener no estaban tan solas; tenían a una excelente madre junto a ellas.
—¿Podemos hablar? —susurró Max y se dirigieron al primer piso para tener un poco de privacidad—. ¿Qué opinas? Parece un lugar peligroso.
—Yo diría desprotegido. —Se cruzó de brazos, pensativa—. Le escribiré a Regina, es necesario que Hortensia y Gardenia se enteren de esto.
—¿Crees que hicimos lo correcto al traer a Maggie hasta aquí? —Se pasó una mano por el cabello con inquietud—. No son ataques aleatorios, todo es premeditado.
—Gloucester es su coto de caza privado porque nadie viene a investigar a un pueblo de pescadores pobres —farfulló—. Ellos no les interesan y es injusto.
La gente con poder sólo se cuida entre ellos, olvidando a aquellos que alimentan sus arcas con su trabajo.
—Muy pronto les informarán que hay caras nuevas y vendrán a investigar, ¿qué hacemos? ¿Regresamos a Boston?
Azucena quería asegurar el bienestar de Maggie, pero… tener un encuentro con esa gente podría ser de bastante ayuda para entender sus movimientos.
—Debemos quedarnos y esperar que Hortensia y Gardenia no demoren mucho en llegar. —Esa gente los necesitaba y tenía la leve sospecha de que ellos también los necesitaban.
—¿Qué tienes en mente?
—Nada —susurró.
—No mientas, Azucena, te conozco muy bien y estás tramando algo.
—Steve y su gente tienen su fortaleza en Salem —musitó de pronto, conectando sus miradas—. ¿Qué tal si nosotros creamos la nuestra en Gloucester?
Después de todo, los lugareños estaban hartos de que esos hombres vinieran por las mujeres del pueblo y parecían dispuestos a luchar con tal de proteger a su gente. En ese lugar había espacio de sobra para la gente de la colonia, Gloucester era el lugar perfecto para tener un nuevo inicio.
—Es una idea maravillosa, pero… ¿cómo haremos para convencerlos de formar un equipo? Llegamos con mentiras.
—Pero también con buenas intenciones. —Se acercó a la ventana de su nuevo hogar y frunció el ceño al ver el jardín de su nuevo vecino—.
Teodoro dijo que el herrero perdió la cabeza después de que se llevaran a su hija, pero yo creo que ese hombre se está preparando para la guerra.
—Sonrió con satisfacción, observando todo el armamento que ese hombre tenía acumulado en su jardín.
—Es evidente que un padre haría lo que fuera por sus hijos.
Azucena asintió.
La estrategia de Steve —la cual consistía en aprovecharse del amor fraternal para que sus víctimas hicieran lo que se le viniera en gana— muy pronto se voltearía en su contra.