La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Max siempre pensó que perseguir a una mujer con tanto esmero, incluso cuando esta se resistía a hablar con uno, era algo patético. Sin embargo, ahora mismo lo menos que le importaba era ser el hombre más patético del mundo.

Cometió un terrible error al creer que la olvidó, quizá incluso se refugió en su nueva personalidad —agresiva y sangrienta— para autoconvencerse a sí mismo de que no sentía nada por ella, pero se equivocó.

Sólo necesitó besarla para perder el control, para perderse a sí mismo y reclamarla una vez más. Juntó los ojos con frustración, pateando las ramas de igual manera, puesto que se suponía que nunca más dejaría que tocaran a Azucena en contra de su voluntad y él hizo justamente eso.

—Esto es una mierda —farfulló, ofuscado, y giró sobre su eje buscando a la rubia.

—Ve a dormir, Max, yo haré guardia —la voz femenina llegó desde arriba y él levantó el rostro con rapidez. Azucena estaba sobre una rama, observando el paisaje—. Mañana será un día largo, yo que tú aprovecharía para descansar.

«Como si eso fuera posible» quiso decirle, pero luego lo pensó mejor y estudió el árbol. Subir no sería complicado, pero…

—La rama no soportará el peso de ambos —dijo, como si pudiera leerle la mente, y dio dos pasos hacia atrás al ver como descendía con bastante habilidad—. ¿Qué quieres? —se incorporó, mirándolo con fijeza—. ¿Ya no quieres ir a Gloucester?

—Sabes que no estoy aquí para hablar del plan —arrastró sus palabras, odiando que la garganta se le cerrara—. Lo que pasó esta tarde…

—Me acosté contigo porque dijiste que, si no lo hacíamos, no podrías concentrarte —admitió como si estuvieran hablando del clima y Max se puso tan rígido como una vara.

La miró con enojo.

—Mientes, tú…

—Yo me he acostado con muchos hombres para conseguir lo que quiero —se cruzó de brazos, altanera—. Hacerlo contigo fue más fácil de lo que te imaginas.

—Te acostaste con muchos hombres porque te obligaron —farfulló, furioso, y ahogó un juramento cuando ella evitó su agarre—. Azucena…

—Algunos fueron más difíciles que otros —reconoció, entretenida—, pero no todo fue tan malo. —Empezó a caminar a su alrededor, estudiándolo con petulancia—. ¿Por qué no te vas? —inquirió a su espalda—. Hace más de una década, casi te quitas los ojos al verme con otro hombre.

—¿A qué estás jugando? —se volvió hacia ella, furioso, y Azucena paró en seco.

—Es una excelente pregunta, Max —sacó su cuchilla—. ¿A qué estás jugando? ¿Qué diablos quieres de mí?

«Todo, lo quiero todo, maldita sea» rugió en su interior, y la odió con creces por no poder ver todo lo que él estaba sintiendo.

—Quiero hablar de nosotros.

Para su sorpresa, ella se rio por lo alto.

—¿Existe un nosotros?

—Sabes que sí —respondió con sencillez y al darse cuenta que bajó la guardia, se abalanzó sobre ella, le quitó su cuchilla y la posicionó de espalda a él para después aprisionarla entre sus brazos y cuerpo—.

Dejemos las armas de lado, dijiste que trabajarías conmigo —siseó en su oído, agradeciendo en silencio que no iniciara una pelea.

—Bien —gruñó, pero no la soltó.

—Antes que nada, quiero saber si te arrepientes de haber disparado la vez que yo recibí la bala por Thomas.

Su primera pelea fue en el muelle y Max aún podía recordar con claridad como Azucena se acercó a Thomas con toda la intención de matarlo y tiró del gatillo sin duda alguna. Si él no hubiera cubierto a su hermano con su cuerpo, la historia sería totalmente diferente.

—Tenía una misión, todos me estaban observando y mis hijas siempre serán más importantes.

—¿Te arrepientes? —presionó su agarre y ella asintió, cabizbaja.

—Sí, no fue agradable atacar a Thomas, ni mucho menos dispararte.

—¿Eso quiere decir que no me odias?

Azucena lo miró por encima de su hombro.

—Culparte por mis desgracias no tendría sentido, yo misma me metí en estos problemas.

Max se tensó, pero se armó de valor para continuar.

—¿Crees que todo habría sido diferente si te hubiera escuchado la mañana que te encontré junto a Ronald?

A veces, lo único que quería era retroceder en el tiempo para hacer las cosas mejor.

—No lo sé, y no deseo pensar en eso —fue sincera.

Muy lentamente aflojó su agarre y Azucena se apartó de su cuerpo con rapidez, buscando un lugar seguro lejos de sus brazos. Era evidente que hace unos minutos sólo intentó fastidiarlo con sus afirmaciones, ella jamás estaría orgullosa de haber sido la moneda de intercambio de Richman.

—Pero ¿qué importa? Ya viste el tipo de mujer que soy y…

—Escuché tu conversación con Hortensia —soltó de sopetón, dejando claro que no se dejaría engañar, y pudo percibir como la tensión se apoderó de las extremidades femeninas—. Te casaste por amor y él te mintió, sé que tuviste que acostarte con sus socios y…

—Basta —su voz sonó dura y lejana.

—Es normal que no quieras hablar del tema, pero necesito decirte que no me importa.

—¡Es suficiente! —Sin previo aviso, Azucena estampó un firme puño en su rostro, enviándolo hacia atrás—. ¿De verdad crees que tu aceptación me consuela de alguna manera? —escupió, roja de la cólera—. Tú no eres tan importante, Max, tu opinión no significa nada para mí.

Se acarició la mejilla adolorida, tal vez merecía ese golpe.

—Lo sé. —Ella dio un paso hacia atrás, ofuscada por su actitud, pero luego negó lentamente con la cabeza—. Quiero hacer lo correcto.

—¡No! —chilló, horrorizada—. No necesito que hagas lo correcto, lo único que quiero es que me dejes tranquila —la impotencia se imprimió en su voz.

—Tenemos un hijo, eso no será tan sencillo —avanzó en su dirección y Azucena se sentó sobre su trasero, abrumada—. Quiero ser parte de su vida, yo… quiero amarlo y obtener su cariño. —Se sentó junto a ella.

—Percival ama a Steve, lo considera su padre.

—Lo sé, para él soy un completo extraño.

—Sonrió con amargura—. El día que se suscitó la explosión, él me dijo “señor” —la voz le tembló y ella lo buscó con la mirada—.

Me pidió que te salvara, me dijo que no quería perderte de nuevo, por lo que sé que está esperando por ti.

—Sujetó su mano con cautela y ella le dio un suave apretón de consuelo.

—Percival es un niño inofensivo que no tiene otra opción más que amar al hombre que lo tiene bajo cautiverio —soltó con frustración—. Te aseguro que, si él tuviera más opciones, la situación sería otra.

Max asintió, pero su afirmación no lo hizo sentir mejor. A decir verdad, ni siquiera sabía por qué le contó esa parte de la historia.

—Perdóname, Max —la voz femenina tembló—. Yo… pensé que él no te importaría lo suficiente y por esa razón me mudé a Boston, tenías tantos planes y sueños por cumplir que no quise perjudicarte.

Sonrió con amargura.

—No puedo juzgarte, siempre fui ruin y egoísta. —No recibió una respuesta—. ¿Cómo se conocieron?

—Llegué a Boston gracias a Sutherland —se sinceró—. Una parte de mí estaba celosa porque tú pudiste ir en busca de tus sueños, así que pensé que quizá yo podría hacer lo mismo.

Sabía que estaba camuflando su verdad. En el fondo ella esperó que él quisiera hacerla parte de su aventura, pero lastimosamente eso nunca ocurrió ni pasó por su mente.

—Trabajaba para una conocida del marqués, era su dama de compañía, y en un evento en el teatro nuestros caminos se cruzaron.

—¿Te atrajo desde un principio? —La miró con fijeza y algo en su interior se encogió cuando ella asintió—. Me olvidaste bastante rápido —observó, molesto.

—Quise ser tan eficiente como tú —sus ojos se encontraron y Max gruñó por lo bajo—.

Él empezó a visitarme, me enviaba flores y presentes, y cuando le dije que estaba embarazada no se molestó, sino todo lo contrario.

Me pidió matrimonio a los pocos días, diciendo que nuestro hijo merecía nacer dentro de una familia —la voz femenina se quebró—.

Por supuesto, en ese momento ni siquiera me imaginé lo que él tenía pensado hacer con mi hijo y conmigo, sólo podía pensar en que la vida fue buena conmigo y me envió un padre para Percival.

—¿Nunca consideraste la opción de buscarme? —la impotencia se imprimió en su voz y por esa razón ella se incorporó con rapidez, desafiándolo con la mirada.

—¿Para qué, Max? —Él se incorporó con lentitud—. Tú nunca me tomaste en serio, para ti sólo fui una querida, alguien que tenía un precio y nada más.

—Yo te amaba y lo sabes, merecía estar al tanto de la situación.

—¿Te habrías casado conmigo? —silencio—. Sé sincero.

Odiándose a sí mismo, respondió acorde a lo que habría hecho el Maximiliano de aquel entonces.

—No, habría esperado que el niño naciera para saber si era o no mi hijo.

Azucena se rio con amargura.

—Ahí está tu respuesta, por esa razón nunca me atreví a buscarte. Contigo todo era muy incierto y no quería eso para mi hijo.

—Pero quizá habría cambiado de parecer si me decías la verdad, yo…

—¿Por qué quieres seguir en el pasado? —preguntó, tajante—. ¿No crees que ya ha pasado mucho tiempo para seguir hablando de esto?

—Porque tú no tienes idea de lo mucho que me cambió nuestra ruptura, yo… empecé a odiar a todas las mujeres por tu culpa.

—Fuiste tú el que se marchó sin pedir una explicación.

—Pero…

—Y fuiste tú quien alimentó a tus demonios. Ni siquiera yo, que fui abusada y terminé embarazada, fui capaz de odiar a todos los hombres. —Max le advirtió con la mirada, lo mejor sería desviar el tema—. A pesar de mis malas experiencias, me enamoré de nuevo e intenté formar una familia.

—¡Con mi hijo y otro hombre! —explotó y ella le dio la espalda.

—Lárgate o te golpearé —soltó con pesar—. He sido muy paciente contigo y estás abusando de mi generosidad.

—Quiero que al terminar todo esto, te cases conmigo.

Esas palabras fueron más que suficientes para que Azucena girara en su dirección y lo mirara con incredulidad. Sin embargo, Max no se cohibió y se acercó a ella para sujetarla del brazo con firmeza.

—Suéltame… —ordenó, pero él tiró de ella en su dirección.

—Nos casaremos, pero no será por amor. —La sintió relajarse, y eso no le gustó en lo más mínimo—. Lo haremos porque es lo correcto, porque quiero que mi hijo tenga un padre y porque siento que te debo mucho.

—¡No me debes nada! —se zafó de su agarre y lo empujó por el pecho—. Estás demente si crees que volveré a entregarme a otro hombre por voluntad propia. No volveré a ser de nadie, a partir de ahora soy sólo mía.

Max se tensó al ver como se abrazaba a sí misma e incluso comprendiendo el peligro que corría, se cernió sobre ella y la rodeó en sus brazos.

—Yo puedo cuidar de los seis, Azucena —musitó con suavidad—. Te daré la familia que siempre quisiste, yo…

—¿Por qué te harías cargo de hijos ajenos? —no lo abrazó, pero tampoco lo empujó.

Era una excelente pregunta, pero en esta ocasión ni siquiera él tenía la respuesta.

—Piensa en tu familia, en tus padres y lo mucho que les gustará saber que estás bajo el cuidado de un buen hombre.

—¿Un buen hombre? —lo empujó suavemente por el pecho—. ¿Un miserable que estafó a un gran número de mujeres en los últimos años?

—Ya devolvimos todo el dinero, yo…

—No quiero ser tu esposa —se sinceró, helándole las venas—. Ya he pasado por mucho —apretó la mandíbula— y te aseguro que lo último que quiero es que otro hombre vuelva a tocarme en contra de mi voluntad o se crea mi dueño.

—Te juro que lo mataré —escupió con rencor, odiando que sus palabras lo hubieran afectado tanto.

¡¿En qué estuvo pensando al dejarla sola?!

¡Él era el único responsable de que todos esos hombres hubieran abusado de ella!

—Descuida, Maximiliano —empleó todo su nombre para dirigirse a él—. A estas alturas eres muy consciente de que puedo hacerlo yo misma.

Intentó pasarlo de largo, pero se interpuso en su camino.

—¿Podrías hacerte un lado?

—Lamento mucho si esta tarde te forcé, yo… no sé qué me pasó, perdí el control.

—No me forzaste, pude haberme librado de ti con bastante facilidad. —De alguna manera, su afirmación lo alivió—. Sé cuidarme sola.

—Sé que puedes cuidarte sola, pero incluso así te llevaré al altar. —A pesar de la oscuridad de la noche, pudo percatarse de su palidez—. Ya viví más de catorce años lejos de mi hijo, no permitiré que el tiempo siga extendiéndose.

Aunque, si era sincero, esto ya no se trataba sólo de Percival.

Él quería que Eleonor, su Azucena, empezara a tener la vida que siempre quiso. Una donde tenía un hogar, una familia y la violencia ni siquiera figuraba en sus planes.

Azucena lo observó en silencio, con el pecho subiendo y bajando por la agitación de la disputa. La propuesta de matrimonio de Max no sonaba a romance, sino a una reparación de daños, a una transacción de honor que ella ya no sentía que poseía.

—No necesito un altar para tener un hogar, Max —susurró ella, y por un segundo, la máscara de frialdad se agrietó, dejando ver a la muchacha que dejó en Sussex—.

Pero si de verdad quieres ser ese buen hombre, empieza por sobrevivir a lo que viene.

Porque si morimos en Gloucester o en Salem, tus promesas solo servirán para alimentar a los gusanos.

Max no retrocedió. Dio un paso más, acortando la distancia hasta que el calor de sus cuerpos fue lo único que los separaba del frío aire nocturno.

—Te aseguro que al único que se comerán los gusanos será a Steve Richman. Te daré tu libertad, Azucena, y no me importa si para conseguirla debo morir en el intento.

Ella se apartó, como si la cercanía de pronto quemara, y presionó los labios en una fina línea, analizando sus siguientes palabras.

—No puedes morir, tu regreso le dio la promesa de un padre a Percival —dichas esas palabras lo pasó de largo y Max sintió como algo se calentaba en su pecho.

¿Sería verdad? ¿Podría ser que no todo estuviera perdido con su hijo?

La siguió de regreso al campamento e, ignorando cada una de sus quejas —como también esquivando sus golpes—, se metió a la misma tienda que ella para descansar a su lado.

Por alguna extraña razón, se rehusaba a dejarla sola.