La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

Hortensia no podía negar que, a diferencia de Max, Azucena le caía muy bien.

Era muy consciente de que ella hizo todo lo que hizo debido a las circunstancias, por lo que era incapaz de culparla por nada; no obstante, resultaba muy evidente que la presencia del pelinegro no estaba resultando de mucha ayuda para su rendimiento, y viceversa.

Cuando estaban juntos, ambos eran un desastre.

Algo curioso desde su punto de vista, dado que cuando ella aceptó trabajar con la Tríada infernal, pese a haberlos golpeado la mayor parte del tiempo, en combate siempre les iba bien. En cambio, ahora que Azucena trataba de llevar la fiesta en paz con el padre de su hijo, ninguno parecía ser útil.

—La encontré —musitó, sacando la nota de la que Endicott les habló—. ¿Dónde crees que se fueron? —inquirió con desinterés, abriendo el sobre.

—No lo sé, es obvio que los enviaste lejos para que no te perjudiquen. —Miró a su hermana de reojo—. Tienes que ser paciente, no todos harán las cosas a tu ritmo, Hortensia.

—Max lo estropeará, ¿viste lo celoso que se puso cuando ella habló de Hugh? —bufó—. Creí que el peor sería Sheldon, pero tu cuñado tenía muy bien guardadito su mal temperamento.

Gardenia hizo una mueca, y barrió el lugar con la mirada.

—¿Qué sugieres?

—Endicott multiplicó el dinero de nuestras arcas —le indicó la caja fuerte que vaciaron la noche anterior—. ¿Por qué no movemos a la gente de la colonia? —decidió ignorar la nota por un momento—. Seamos sincero, Maggie y Nancy merecen estar en un lugar más cómodo, hoy hizo mucho frío y…

—Lo sé —suspiró su hermana—, será una noche difícil.

La tierra húmeda no los dejaría dormir muy cómodos.

—¿Tienes algo en mente? —Hortensia iba a responder, pero Max y Azucena ingresaron al despacho.

—No encontramos nada en su dormitorio —informó la rubia, indiferente, y se hizo del sobre para sacar la nota—. “Lote recibido sin ningún percance. Ninguna de las recién llegadas está encinta. ¿Hay noticias de Richman? S.V.” —leyó en voz alta y Hortensia frunció el ceño.

—¿Por qué sería importante que las mujeres estén embarazadas?

—No lo sé —musitó Azucena, y Hortensia se incorporó con lentitud—. Pero definitivamente Silas Vane nunca murió en un accidente de carruaje.

—Tal vez mintieron para borrar sus nombres del mapa —sugirió Gardenia, pensativa.

—Si Silas Vane está vivo, el hermano de Kensington también —dijo Max de pronto, y Azucena se enderezó con rapidez.

—Steve los adoraba, eran como sus hermanos; no sería extraño que tuvieran negocios juntos.

—Lo que quiere decir que los socios de Richman son Vane y Kensington. —Hortensia se cruzó de brazos—. ¿Deberíamos ir a Salem? Creo que ya no tenemos nada que hacer en Boston.

Azucena analizó la situación con más calma de la que en realidad tenía. Se sentía una estúpida por no haber considerado esa opción en el pasado, pero… en aquel entonces aún era muy inocente como para plantearse que su esposo sería capaz de inventar una mentira tan grande.

—No podemos irnos —la voz de Gardenia la instó a abandonar su letargo—. ¿Qué haremos si Thomas viene a buscarnos? ¿Cómo nos encontrará?

Era una excelente pregunta.

—Creo que nos sentiremos más cómodos hablando en otro lugar —siseó Hortensia y les hizo una seña para que la siguieran. Azucena quiso salir detrás de las hermanas, pero ahogó un juramento cuando Max la sujetó del brazo.

—Aún no me dijiste nada.

—Ya te dije que no hay nada de qué hablar —farfulló.

Maldición, se acostó con él para que dejara de pensar tanto, para que se diera cuenta que las cosas no eran como antes, pero en vez de relajarse, el hombre parecía haber empeorado.

«No debí ser tan impulsiva» pensó con congoja, se suponía que Max se alejaría al ver lo fácil que era tenerla, pero no… ahora parecía querer convertirse en su sombra.

—¿Dónde vamos? —se puso a la par de Hortensia.

—Iremos con Regina, creo que es hora de que esa tonta se involucre en el tema.

—¿Por qué? —frunció el ceño.

—Ella es como nosotras, no puede huir de sus responsabilidades.

Otra hija de Lucifer… interesante.

Jamás se imaginó que Randolph elegiría entrenar mujeres para el combate, por un momento… paró en seco, odiando que el miedo se extendiera por todas sus extremidades.

—¿Qué sucede? —Max y Gardenia se pusieron a la par suya y Hortensia se volvió hacia ella—. Estás muy pálida.

—Es un criadero de personas —musitó con un hilo de voz, horrorizada—. Hace que las mujeres tengan hijos y utiliza a los niños para entrenarlas, ¡les hace lo mismo que me hizo a mí!

—¿Qué? —Max se tensó.

—Tiene lógica —Hortensia hizo una mueca—. Una madre haría lo que fuera por su hijo, pero… ¿puede tenerlos a todos en el mismo lugar?

Claro que podía, Steve no pensaba en su comodidad, sino en la suya.

—Luego los niños se convierten en sus herramientas. Mira lo que le hizo a Percival, lo entrenó para la guerra —soltó con impotencia—. Claro, él no contrató a nadie para que cavaran el túnel que el difunto duque pidió, ¡utilizó a esas personas para hacer el trabajo pesado!

Siempre se preguntó cómo hizo Steve para construir un túnel tan largo, sin requerir su ayuda ni la de su gente.

Ahora tenía la respuesta.

—Si tus sospechas son ciertas, Azucena, creo que lo mejor será apresurarnos —siseó Hortensia y en esta ocasión se dirigieron al club de Regina sin mirar atrás.

Ingresaron por la puerta trasera y en cuestión de segundos estuvieron en el despacho de la mujer, una estancia decorada de manera femenina y elegante, algo que encajaba perfectamente bien con la hermosa rubia de ojos azules que entró minutos más tarde.

—Muy bien, ¿tienen nuevas noticias? —preguntó con una radiante sonrisa en el rostro, como si ellas no estuvieran en medio de una guerra que amenazaba con quitarles todo.

—Sus víctimas están en Salem —espetó Hortensia—, partiremos mañana mismo y…

—¿Y casarte te secó el cerebro? —la sonrisa de Regina se esfumó, y Azucena enarcó una ceja—. Salem es un pueblo pequeño que fue dejado a la mano de Dios hace mucho tiempo. Si Steve tiene una guarida ahí, es porque el pueblo prácticamente es suyo.

Todos se tensaron, odiaban que Regina tuviera tanta razón.

—Pero debemos infiltrarnos para saber qué esconden —espetó Azucena, y la rubia asintió.

—No quiero frenar sus planes, pero creo que deben ser juiciosos —soltó con diversión—. Ustedes cuatro no son suficientes para cuidar de la colonia, la gente de Steve estará preparada para cualquier ataque.

—Tienes razón —musitó con impotencia, pero luego una idea cruzó su cabeza—. Podemos refugiarnos en Gloucester, es un pueblo de pescadores que queda a pocos kilómetros de Salem, un área prácticamente abandonada. Los lugareños no harán preguntas siempre y cuando seamos generosos con ellos.

—Es una excelente idea —espetó Gardenia, y se volvió hacia su amiga—. Es necesario que tu gente vigile el muelle por si Thomas o Lucifer regresan, alguien debe darles nuestro paradero.

—Entiendo. —Abrió su cajón y les entregó una llave—. Al final del pasadizo verán un cuarto, tomen todas las armas y súbanlo al carruaje que espera en la puerta trasera del club. Ellos los regresarán al campamento.

—¿Cómo sabías que necesitaríamos armamento? —Azucena achicó los ojos, no recordaba que Hortensia le hubiera hecho muchas visitas a su amiga en los últimos días.

—Estamos en medio de una batalla, un buen armamento siempre será útil. —Se encogió de hombros, y no quiso ahondar en el tema. Confiaba en Regina, pero a veces le inquietaba que la mujer conociera cada uno de sus pasos—. ¿Cuántos carruajes necesitaremos? —se dirigió a Gardenia.

—Antes de mudar a toda la colonia, primero veremos que el lugar sea seguro —siseó Hortensia—. Con tres será más que suficiente.

—Está bien.

—Regina…

—Hortensia…

Ambas se desafiaban con la mirada.

—Necesito casas, una zona que no sea tan peligrosa para trasladar a mi gente. El campamento no es seguro y lo sabes.

—Yo me encargo.

Azucena hizo una mueca. Ahora entendía por qué esa mujer pudo llevarse tan bien con Lucifer; eran sumamente parecidos. Ambos prácticos, pero directos.

Una vez que se hicieron del armamento, se dirigieron al campamento en un silencio total.

La decisión de mudarse a Gloucester se tomó en un momento repentino, sin previo estudio ni análisis de la situación.

Hortensia solicitó tres carruajes, pero le parecía una gran cantidad de vehículos y eso podría llamar la atención de los lugareños, algo que no debía suceder si querían estudiar previamente el panorama.

Cuando llegaron a su destino, Azucena dejó que los hombres de la colonia bajaran el armamento y salió tras las hermanas Gardener.

—Pueden decirme cuál es el plan —se metió en su camino, y Max apareció junto a ella.

—No estamos entendiendo nada; ¿para qué pediste tres carruajes si no planeas llevar a los de la colonia a Gloucester?

Bien, esa era justamente la pregunta que quería formular.

—Sugiero que ustedes vayan a Gloucester junto a Maggie y Nancy, escoltados por cuatro hombres de la colonia.

—¿Qué? —la miró con preocupación.

—Max y Maggie fingirán ser un matrimonio, Nancy será la madre de Maggie y tú su dama de compañía.

—¿Y qué harán ustedes? —quiso saber.

—No podemos dejar a la gente de la colonia y siento que aún podemos recaudar algo de información —se sinceró—, publicaremos todas las pruebas que acusan a Richman de ser un traficante de esclavos y eso acabará con su reputación en Boston.

—No estoy segura de querer dejar a Maggie y Nancy solas —musitó Gardenia, nerviosa.

—No estarán solas, Max y Azucena las cuidarán —espetó la castaña, mirando fijamente a su hermana—. Yo también te necesitaré en Boston.

Azucena odiaba la idea de tener que irse junto a Max, pero…

—Me iré sólo si queman las casas de Steve. —Todos la miraron con sorpresa—. ¿Tienes el mapa del otro día, Gardenia? —la pelinegra asintió—. Perfecto, es hora de acabar con todo el imperio de Steve Richman.

—Pero…