La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Si les digo eso... —susurró con voz rota—, Steve me buscará en el mismo infierno. Hay cosas que son peores que la muerte, y el propósito de ese lugar es una de ellas. Prefiero que me mates tú, Azucena. Hazlo. ¡Mátame ahora!

—¿Dices que no dirás más?

—¡Prefiero morir! —respondió apasionadamente y antes de que pudiera decirle un: «cómo quieras», para generarle una gran inquietud e invitarlo a decir un poco más, un disparo retumbó por el lugar, perforando la sien de Barty.

—¡Max! —exclamó, dejando el cadáver atrás con disgusto—. Podría haber dicho más, ¿por qué actúas sin pensar?

—Dijo lo suficiente —respondió con frialdad—. Iremos a su casa por la dichosa nota y luego analizaremos qué tan conveniente es ir a Salem.

¿Desde cuándo era él quien daba las órdenes?

—Haré que lo entierren —susurró Hortensia, decidida a darles un espacio para que pudieran discutir, y Gardenia les informó que prepararía a su gente para que esa noche pudieran ir por la nota.

—¿Qué es lo que te sucede? —exigió saber una vez que estuvieron solos y Max no le respondió, sino que le dio la espalda y se alejó del campamento, dejando claro que no pensaba abordar esa discusión ahí.

Estuvo tentada a dejar las cosas así, pero en el fondo lo conocía tan bien que sabía que no ganaría nada haciéndose la desentendida. Necesitaba que Max entrara en razón y se concentrara en la misión.

***

Bristol, Londres

Steve escuchó como su empleado ingresaba a su despacho, pero no apartó la vista de la ventana. No poder salir era asfixiante, la guardia real no había cesado su búsqueda y por esa razón le estaba resultando un dolor de cabeza comunicarse con su gente.

¿Cómo diablos haría para regresar a Boston si esa gente lo tenía rodeado?

Un plan… necesitaba un plan, pero ¿era normal sentirse tan confundido?

Por primera vez en años, no sabía por dónde diablos comenzar.

—¿Qué sucedió? —inquirió con aspereza, y el hombre bajó el rostro.

—Podemos escapar hacia Escocia, señor. Un camino ha sido despejado, pero debemos actuar rápido y durante la noche. Sólo así llegaremos a un lugar menos custodiado y podrá comunicarse con su gente.

Steve asintió.

¿Se habría equivocado al enviar su carga totalmente sola?

¿Siquiera sus rehenes habrían llegado a Salem?

Esperaba que sí, porque de ser diferente, tendría más razones para asesinar a las hijas de Lucifer y su gente.

—¿Saben algo del duque de Marlborough?

—No, señor, me temo que para nosotros es imposible acceder a esa información.

Maldita la hora que Lucifer se convirtió en un duque y las hermanas Gardener encontraron apoyo en más nobles. Azucena estaba muy equivocada si creía que tenía la guerra ganada, quizá encontró al padre de Percy, pero ese imbécil no era rival para él y tarde y temprano terminaría recuperándola.

Porque sí, ella era su mujer y antes de verla con otro hombre, prefería enviarla al infierno.

***

Max era muy consciente de que sus celos quedaban totalmente fuera de lugar, pero… ¡maldición!

¿Ella quiso irse con ese tal Hugh? ¿Eso quería decir que no sólo se enamoró de Richman, sino también de ese imbécil?

Alborotó su cabellera, desesperado, y caminó sobre su lugar como animal enjaulado.

Esta actitud no lo llevaría a ningún lugar, era lo menos que su gente necesitaba para buscar más pistas, pero…

era un ser de carne y hueso, muy capaz de sentir y mentiría si dijera que no se sentía como la mismísima mierda.

—¿Me dirás qué te sucede? —paró en seco y se volvió hacia ella, quien tenía las manos en jarras y lo observaba con total aburrimiento.

¿Tan poco le importaba? ¿En qué momento se convirtió en alguien tan insignificante?

—¿Cuándo pensabas decirme que el hombre que se llevó a nuestro hijo fue tu amante? —farfulló, rojo de la cólera, y ella ni siquiera se inmutó—. ¿Hay algo más que deba saber de ti? —avanzó peligrosamente en su dirección y se plantó a pocos centímetros de distancia—. Habla, maldita sea.

—Hugh no fue mi amante —siseó con enojo—. Y no, no necesitas saber nada de mí porque una vez que recupere a Percival, saldré de tu vida y…

—¡Claro que no! —la sujetó de los brazos sin previo aviso y tiró de ella en su dirección—. Tú y Percival se quedarán a mi lado.

—Eso no pasará —empezaron a forcejear—. Tengo cuatro hijas, yo…

—¡Yo cuidaré de todos! —la zarandeó, obligándola a conectar sus miradas—. Yo… yo…

—Suéltame, Max —ordenó con frialdad, y él negó con la cabeza.

—Al diablo con todo y con todos, tú vas a ser mía. —La besó sin previo aviso, tomándola por sorpresa, y como dedujo que ella querría luchar, la abrazó con fuerza y juntó sus cuerpos con descaro, inmovilizándola.

No funcionó del todo, y la empotró contra la coraza de un árbol, robándole un suave gemido que lo ayudó a entrar en su cavidad. Su lengua la saboreó con necesidad, explorando cada confín, y todo su cuerpo se sacudió cuando la respuesta llegó con inmediatez.

Se meció contra ella, permitiéndole sentir su excitación, y cuando el cuerpo femenino empezó a relajarse, redujo la fuerza de su beso y le brindó su libertad. Ambos jadearon, pero no se apartó. Con la respiración alterada y los labios hinchados, Azucena lo buscó con la mirada.

—¿Qué es lo que quieres?

Las primeras gotas de agua empezaron a caer, el diluvio se desató antes de que él pudiera brindarle una respuesta. La besó con suavidad, penetrándola sin piedad alguna, y la sujetó de las piernas para que lo abrazara por la cintura.

—Te quiero a ti, te necesito —se sinceró entre besos—. Yo… si no te hago mía no podré concentrarme —se arrodilló, aún con ella en brazos, y la tendió sobre la tierra para buscar mayor proximidad.

—Ah… —se arqueó ella cuando arremetió contra su centro y antes de que pudiera hacer algo, Azucena lo instó a girar sobre su lugar y terminó a horcajadas sobre él.

Estaban empapados, hacia frío, pero incluso así ella abrió sus pantalones con prisa antes de incorporarse un poco y hacer lo mismo con los suyos.

Max se sentó y la ayudó a quitarse las prendas, para después sentarla sobre su erección y besarla con mayor profundidad. No necesitó hacer mucho, fue ella quien introdujo la mano entre sus interiores y sacó su miembro viril para guiarlo a su entrada.

—¡Ah! —gimió por lo alto, al tiempo que él gruñía con aspereza, y rodeó sus glúteos mientras ella empezaba a cabalgarlo con necesidad.

—Sí, así —balbuceó, totalmente fuera de sí, y se tiró al piso para sujetar sus caderas y arremeter contra ella.

El encuentro fue rápido y salvaje, pero incluso así lo hizo sentir en la gloria.

La buscó con la mirada, ella estaba sobre él, con los ojos nublados por el placer y la camisa empapada ajustada a sus curvas. Sus labios rojos e hinchados pedían ser tratados, y el placer era algo que no podía esconderse.

—Max, un poco más —suplicó y él invirtió los papeles para unir sus labios con hambre voraz y bombear en su interior con desenfreno. Se tragó sus gritos, la hizo suya con fiereza, y ambos se sacudieron en su lugar cuando sus cuerpos encontraron la liberación.

Se dejó caer junto a ella, preguntándose qué sucedería entre ellos a partir de ahora, pero un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando Azucena se levantó y empezó a vestirse.

—¿Qué haces?

—Ya no tienes excusa para no concentrarte en la misión —lo miró con frialdad—. Te di lo que querías, ahora deja de estorbarnos y empieza a ser de utilidad.

Se marchó, dejándolo atrás, y él se dejó caer sobre su espalda totalmente ofuscado.

¿Se acostó con él sólo para tranquilizarlo?

¡Maldición!

¡Él no quería ese tipo de relación!

¡Quería que ella viniera a él por amor, no por obligación!

«Entonces no vuelvas a forzarla» le dijo una vocecilla y acomodó su ropa con inquietud.

¿Es que nunca podría tener un autocontrol cuando de Azucena se tratara?