Capítulo 8
«Mientras mejor nos llevemos, más fácil será para ti aceptar que no pienso salir de tu vida de nuevo».
Azucena aceptó la taza de leche que Hortensia le tendió y siguió ojeando los documentos que trajeron consigo —dado que el dichoso sobre que el juez le enseñó estaba vacío—, tratando de apartar esas palabras de su cabeza.
Gardenia estaba haciendo lo mismo junto a Maggie, y hasta el momento, sólo lograron encontrar pruebas que delataban los fraudes del juez y cómo se encargó de que Steve metiera y sacara esclavos del país sin el más mínimo de los inconvenientes.
—Con esto, Steve tendrá problemas ante la justicia —comentó Maggie, pensativa.
—Pero no servirá de nada, seguirá trabajando desde las sombras hasta encontrar nuevos socios. —Hortensia iba a sentarse junto a ella, pero abordó su idea cuando Max llegó más antes y juntó sus caderas.
—¿Alguna novedad? —sujetó otro folder y Hortensia bufó.
—¿Disculpa…? —se cruzó de brazos, y el pelinegro la miró de reojo.
—¿Qué sucede?
—Iba a sentarme ahí —farfulló Hortensia y Azucena le dio un sorbo a su taza de leche.
La castaña estaba perdiendo el tiempo, Max tenía complejos aristocráticos, por lo que no cedería al disgusto de la mujer y simplemente la irritaría hasta que decidiera ceder y tomara otro sitio.
Todo eso sucedió dos minutos después y fue porque Nancy les pidió que se concentraran en la misión, dado que habían acordado encontrar algo de información útil antes de empezar el interrogatorio de Endicott.
—¿Ustedes creen que Richmand trabaje solo? —inquirió de pronto Maggie, confundida—. Es decir… ¿acaso no tiene una mano derecha en cada uno de sus negocios?
Azucena le entregó sus archivos a Max, quien respingó en su lugar, y analizó la situación con toda la calma que se le fue posible.
—La venta de esclavos la hacía junto a Wallace Goldman —recordó al hombre que tuvo que matar por deseos de Steve—. En Bristol, minutos antes de que la tragedia suceda, pude ver que Hugh Kensington estaba con él.
—¿Quién es él? —inquirió Max, con voz tensa.
—Bueno… —se frotó el mentón, pensativa—. Cuando conocí a Steve, él siempre caminaba junto a tres de sus amigos: Silas Vane, Hugh y Sean Kensington. Eran inseparables, aunque muy diferentes entre sí.
—¿A qué te refieres con eso? —inquirió Gardenia.
Azucena inhaló profundamente y se vio obligada a narrar aquello que odiaba recordar.
—Tienes que alejarte de Steve, Eleonor. Lo conozco lo suficientemente bien como para recomendarte esto.
—No entiendo por qué podría importarle tanto mi relación con Steve, señor Kensington —siseó, totalmente ofendida, y el rubio alborotó su cabellera con inquietud—. ¿Acaso no son amigos? Usted debería ser el primero en hablarme bien de él, ¿no le parece?
—Por Dios santo, ¿eres tonta o qué? —bramó Hugh, ofuscado—. Él no es lo que parece, puede que le gustes y realmente quiera casarse contigo, pero tarde o temprano su verdadera cara saldrá a la luz y te quitará todo.
—Usted miente —siseó, incapaz de ver las cosas con claridad.
Si hubiera seguido el consejo de su amigo, su vida y la de su hijo habrían sido muy diferentes.
—Estaba muy enamorada de Steve, me resultaba imposible creerlo un mal hombre y terminé casándome con él. —Sonrió con amargura—. La magia duró un par de años, cuando Percival cumplió cinco años lo llevó lejos de mi lado y empezaron sus amenazas.
Un tenso silencio se cernió sobre ellos.
—¿Y qué pasó con sus amigos? —inquirió Gardenia, con cautela.
—Silas y Sean murieron en un accidente de carruaje, y Hugh estuvo junto a nosotros durante mucho tiempo, pero…
—Él se llevó a tu hijo —dedujo Hortensia, tajante.
Azucena asintió, cabizbaja.
—Steve se dio cuenta que Hugh empezó a sentir demasiadas cosas por mí y decidió enviarlo lejos. De alguna manera, él amaba demasiado a sus amigos y se rehusó a causarle un gran daño.
—¿Y cómo se dio cuenta? —la voz de Max le envió un escalofrío por toda su espina dorsal y lo miró con fijeza.
—Hugh me pidió huir juntos, él adoraba a Percival y estaba dispuesto a criarlo —sonrió con autentica ternura, y clavó la vista en la pila de archivos—. Iba a aceptar, pero creo que Steve lo descubrió todo.
—Es un milagro que no lo haya matado —añadió Maggie, sorprendida.
—Lo es…
—Creo que Hugh estuvo protegiendo a tu hijo todo este tiempo —comentó Hortensia de pronto, tomándola por sorpresa—. Cuando me secuestraron, él no se separaba de Percival. Siempre cuidaba sus espaldas, parecía más su criado que su jefe.
—Me sorprendí mucho cuando lo vi en el barco —hizo una mueca—, pero al final se llevó a mi hijo.
—Porque si quiere protegerlo, debe ceder —soltó Hortensia, sonriente—. Quizá no es tan malo como parece, por lo que me cuentas no le es tan fiel a Richman. Además, recuerda que durante mucho tiempo él los engañó y les dijo que Azucena asesinó a Eleonor.
Asintió, no muy segura de qué creer respecto al tema, y abandonó su lugar de un salto, al igual que todos los que estaban alrededor de la mesa, cuando una risa malvada retumbó por el lugar.
Endicott acababa de despertar y había escuchado parte de su conversación.
—Estás de muy buen humor —siseó, furiosa, y caminó en su dirección—, algo estúpido si consideramos que tu posición no es la mejor de todas —se mofó, y el hombre la fulminó con la mirada.
El juez estaba atado a un gran poste, con las manos maniatadas a su espalda y las piernas bien sujetas. Aunque lo intentase, y luchase por horas, él nunca podría huir de ese cautiverio.
—Eres una zorra, ¡traicionaste a tu esposo!
Azucena iba a reírse, pero la sorpresa la golpeó con fuerza cuando Max la pasó de largo y estampó un firme puño en el rostro de su rehén.
—¡Repítelo y te mato!
—¡Te vas a arrepentir! —rugió Endicott, y Azucena tiró del brazo del pelinegro para impedir que volviera a atacarlo.
—Espera, no conseguirás nada así —siseó, haciéndolo volver en sí, y él gruñó con disgusto—. Suficiente, te aseguro que puedo defenderme sola.
¿Por qué estaba actuando de esa manera?
Odiaba que fuera tan emocional e impulsivo.
—Estás demente si crees que les daré información.
Azucena se acercó lentamente y, por un instante, el terror absoluto eclipsó la arrogancia de su rehén. Él era muy consciente de lo peligrosa que podía llegar a ser cuando se lo proponía.
—¿Qué es lo que desconozco, Barty? —preguntó ella, con una voz tan suave que resultaba letal—. ¿Hay otra guarida, otro túnel —se acuclilló frente a él—, un segundo harem o existe otro punto donde contienen a todas sus víctimas?
—¿Encontraste su harem? —el pánico lo traicionó y ella sonrió con cinismo, al tiempo que Hortensia y Gardenia se posicionaban a la par suya.
—No fue difícil —mintió—. Y sabes que, así como encontré su harem, encontraré todo lo que Steve esconde, así que te sugiero que colabores conmigo.
—¿Crees que ustedes me asustan? —se mofó—. Son tres estúpidas jugando a ser mercenarias, yo…
—Las hijas de Lucifer no juegan a nada, vejestorio —farfulló Gardenia, cortando su monólogo, y el hombre palideció.
—¿Cómo…? —balbuceó—. ¿Por qué las hijas de Lucifer trabajarían con una mujer que robó mujeres y niños para Steve? —espetó aceleradamente, quería ponerlas en su contra—. Azucena no es la buena de la historia, ella…
—Es muy probable que Richman esté muerto —espetó Hortensia, cambiando la estrategia—. No tuvo tanta suerte en Bristol, ni tampoco en el muelle, cuando partió a Boston —sonrió con malicia—. Estoy segura de que recibiste algo de esa información.
—Sí, le robaron a todos sus esclavos —Endicott tragó con fuerza—, pero… es imposible que él esté muerto.
Azucena alzó las cejas.
—¿Imposible por qué?
—Porque llegó su cargamento, recibí una nota de Salem y… —Al darse cuenta de su error, él cerró los labios en una fina línea y negó con la cabeza—. No sé más, yo solo me encargo de que nadie inspeccione sus barcos, lo demás es cosa suya.
—¿Qué decía esa nota?
—Fue muy puntual. El cargamento estaba en su destino, pero no llegó completo y ellos tampoco tienen noticias de Steve y me escribieron para saber si yo estaba al tanto de algo.
—¿Ellos quiénes? —siseó, esto la estaba desesperando.
—¡No lo sé! —bramó Endicott—. La nota estaba firmada por S.V.
¿Silas Vane?
La garganta se le cerró, ¿podría ser que los amigos de Steve nunca hubieran muerto?
—¿Dónde está esa nota? —achicó los ojos y Barty tragó con fuerza.
—En mi escritorio, mi cajón tiene un compartimiento extra.
Irían por la nota, pero ¿la misma les serviría de algo?
El hombre estaba hablando, les estaba contando todo lo que sabía, aunque…
—¿Qué hay en Salem? —preguntó de pronto, recordando sus palabras.
—No lo sé —admitió, aceleradamente—. Sólo sé que cada vez que Steve traía un nuevo cargamento, había un gran número de rehenes que eran destinados a ese lugar.
Lo que quería decir que Steve no le entregaba al difunto duque toda su mercadería.
¿Por qué?
Su mente empezó a trabajar a mil por hora, necesitaba entender la situación o se volvería loca. ¿Qué podría haber en ese pueblo abandonado para que Steve lo tuviera tan escondido?
—¿De qué tipo de rehenes estábamos hablando?
—Mujeres jóvenes y niños.
—¿Niños? —la voz de Hortensia sonó tan chillona que Azucena la buscó con la mirada.
—¿Qué sabes?
—Cuando estuve en el harem de Richman, conocí a dos mujeres y una de ellas mencionó que las niñas eran vendidas, pero que nadie sabía qué hacía con los niños.
—¿Qué? —abrió los ojos, sorprendida.
—¿Crees que en Salem estén los hijos bastardos de Steve? —inquirió Max, estaba tan tenso como una vara.
—Es posible, pero… ¿para qué los llevaría a ese lugar?
—Un criadero… —musitó Max finalmente, helándole las venas.
¿Por qué sonaba a algo que Steve sí haría?
Gardenia y Hortensia se pusieron alertas, y Maggie se llevó una mano al vientre, totalmente horrorizada.
—¿Es eso cierto? —conectó su mirada con la de Barty y él cerró los ojos con fuerza.