Capítulo 7
«Steve no sólo me utilizó para secuestrar, dañar y matar gente. Él solía utilizarme para generar alianzas y he estado con más hombres de los que me gustaría reconocer».
Las palabras de Eleonor, esas que nunca debió haber escuchado, aún retumbaban en su cabeza y martilleaban sus sienes sin tregua alguna.
Y no porque sintiera asco o desprecio hacia ella, sino porque ahora tenía una nueva razón para odiarse a sí mismo, dado que no sólo le robaron a sus hijos, sino que la obligaron a prostituirse.
Escucharla llorar derrumbó los muros que trató de levantar con tanto ahínco. ¿En qué momento olvidó que Ele… Azucena —debía recordar— era una mujer de carne y hueso que podía sentir?
Ella no era fuerte por elección, sino porque nunca le dieron otra opción.
Max se frotó los ojos con cansancio y observó sin vergüenza alguna a la mujer que dormía contra su brazo, esa que sólo se animó a cerrar los ojos cuando la noche dio paso al amanecer.
¿Qué tanto daño le habían hecho que necesitaba luz para poder dormir?
La cubrió correctamente con su abrigo, odiando que no estuviera durmiendo dentro de una tienda, arropada en un saco de dormir, dado que en ese instante su imagen no hacía más que transmitir vulnerabilidad.
Una vulnerabilidad que él se había olvidado que existía.
—¡¿Qué diablos crees que estás haciendo?! —rugió, sulfúrico, y Eleonor dio un paso hacia atrás con nerviosismo—. Thomas es mi hermano, maldita sea, ¿por qué dejaste que se te acercara?
—Justamente porque es tu hermano —respondió con impotencia—. Además, él sólo es amable conmigo, yo…
—¡Tú le gustas! —la sujetó de los brazos, loco de los celos, y tuvo que aflojar su agarre cuando la escuchó jadear—. ¿Te gusta?
No sería algo sorpresivo. Su hermano era más guapo, amable y divertido. A diferencia suya, Thomas tenía un carisma innato, capaz de nublar el juicio de cualquier mujer.
—Suéltame… —pidió con temor y él apretó la mandíbula.
—Responde.
—¡Claro que no! —La sorpresa lo golpeó con fuerza cuando lo empujó por el pecho—.
Pero puedes creer lo que quieras —soltó con impotencia—.
Pienso volver a la posada y… —Eleonor intentó sujetar su maleta, pero Max rodeó su cintura y sin emplear un gran esfuerzo la levantó en vilo para tumbarla sobre el mullido colchón—.
¡Suéltame! —Ahora era ella quien estaba molesta.
—Tú y yo tenemos un acuerdo, no dejaré que me dejes —gruñó, angustiado, y se cernió sobre ella para inmovilizarla con su cuerpo—. Por favor… no hagas esto —se escuchó a sí mismo suplicando y se preguntó qué estaba mal con él.
¡Nunca le rogaba nada a nadie!
Pero ahí estaba él, pidiéndole a la mujer de cabellos rubios y ojos ambarinos que siguiera a su lado.
—Tus celos…
—No volverá a pasar —respondió aceleradamente, él mismo se encargaría de poner en su lugar a su hermano—. Yo… realmente te adoro, Ele. —Presionó su abrazo, decidido a aferrarse a ella tanto como fuera posible.
Desde que la conoció supo que acercarse a ella sería peligroso. Nunca antes había sentido algo igual por ninguna mujer, e incluso así decidió tomar el riesgo y hacerle una oferta peligrosa.
El sollozó femenino hizo que aflojara su agarre y en contra de su voluntad se alejó de ella para arrodillarse en la cama.
—Lo siento, no quise asustarte. —Debía recordar que sólo era una niña sin experiencia—. Es sólo que Thomas es mil veces mejor que yo y no quiero que me cambies por él.
Eleonor se sentó sobre su lugar y contra todo pronóstico, lo abrazó por el cuello.
—Yo te quiero a ti, Max. —Su corazón empezó a bombear sin control alguno—. Para mí, nadie es mejor que tú, ¿entiendes?
—¿Tú… realmente me quieres? —la abrazó con fuerza, sonriendo como un tonto enamorado, y sin esperar una respuesta buscó sus labios con hambre voraz—.
Perdóname, mi amor, yo… puedo ser más inseguro de lo que parezco.
—Apartó las lágrimas de sus mejillas con inquietud y ella asintió, dejando claro que ya habían hablado mucho del tema.
Jamás entendería por qué lo eligió por encima de Thomas y a veces no podía dejar de preguntarse si su hermano habría sido mejor que él a la hora de enfrentar lo sucedido con Ronald.
¿Acaso no fue él quien le pidió que buscara a Eleonor para aclarar las cosas?
Apartó el brazo con sumo cuidado y rodeando su pequeña cintura, la atrajo hacia su cuerpo para que ahora fuera su pecho el que le brindara mayor comodidad. Ella se acurrucó, dejando claro que tenía frío, y Max lo arriesgó todo y la subió sobre su regazo para brindarle mayor comodidad.
Su cuerpo la reconoció, y su corazón empezó a martillear sin control alguno.
No pudo contenerse más y la abrazó con fuerza, ansiando volver en el tiempo para alejarla de todo ese peligro, pero como era de esperarse no pasó nada; ellos seguían ahí, en medio del bosque, escondiéndose de un cobarde que tenía a su hijo bajo su cautiverio.
«Max jamás se casaría con una mujer como yo».
—Tú no sabes nada —susurró con enojo, enterrando su amplia mano en su rubia cabellera—. Yo… —estudió su rostro, odiando que la boca se le hiciera agua, y se relamió los labios con ansiedad.
¿Cómo se sentiría besarla de nuevo?
¿Habría mariposas, juegos artificiales y temblores mentales?
La única razón por la que no se atrevió a rozar sus labios, fue porque alguien carraspeó a su espalda. Max se enderezó y miró por encima del hombro, Hortensia estaba contra la coraza de un árbol, mirándolo con una ceja enarcada.
—No estamos en condiciones de tener más bajas, Max —se mofó, dejando claro que si besaba a Azucena sin su permiso posiblemente la rubia lo mataría.
—¿Qué quieres?
—Vine a buscarla porque tiene un sueño muy pesado. —Se tensó y la miró significativamente. Hortensia asintió—. Siempre se duerme en medio de la nada, ¿por qué no la cargas y la llevamos a su tienda?
Siguió su sugerencia y le sorprendió que Azucena simplemente se acurrucara contra su pecho, mientras él avanzaba por el sendero junto a la castaña.
—¿Piensas casarte con ella? —su pregunta lo tomó por sorpresa, ellos no eran muy cercanos.
—Sí, es mi deber. —Hortensia chasqueó la lengua, entretenida—. ¿Qué es tan divertido?
—Dudo que Azucena quiera un marido que se sienta en deuda con ella; creo que a estas alturas del juego ya habrás notado que ella no te necesita, por lo que debes darle un motivo más fuerte para aceptarte en su vida y en la de sus hijos.
Max se rehusaba a hablar de sus sentimientos, él… no era bueno en esa materia.
—Escuché su conversación —admitió en voz alta y Hortensia se tensó—. Quiero matar a Richman y Endicott tiene las horas contadas.
—Jamás pensé que tú, Maximiliano Frensby, estarías dispuesto a vengar a una mujer. Creí que nos odiabas —admitió, gratamente sorprendida—. Quién lo diría, la mujer que casi te mata hace más de tres meses ahora es tu protegida.
Max se tensó al recordar ese hecho y se preguntó si Azucena realmente deseó matar a su hermano. Descartó esos pensamientos con inmediatez y reprobó a Hortensia con la mirada.
—¿Es impresión mía o quieres generarme un mal concepto de ella? —la desafió y ella negó con la cabeza.
—Sólo quiero que tengas bien claro quién es y todo lo que hizo en el pasado, no me gustaría que luego le hagas reclamos injustos —se sinceró, helándole las venas—.
Fue cruel, lo sé; pero yo habría hecho lo mismo por mis hermanas, así que no quiero ni imaginarme lo que sería capaz de hacer por mis hijos.
Max se sintió tan incómodo que determinó que era momento de desviar el tema.
—¿Revisaron la documentación que trajimos?
—No —respondió con sencillez—. Llegamos muy cansadas y decidimos que esperaríamos a que Azucena despertara.
—¿Endicott despertó?
—Gardenia lo ha estado drogando, creo que ambas queremos una mañana tranquila.
—¿Crees que es prudente vivir así? —barrió el bosque con la mirada—. No es seguro y lo sabes.
—¿Y qué sugieres, Max? —lo miró con fijeza—. La colonia es nuestra familia, no podemos dejarlos atrás y…
—Busquemos un nuevo hogar para todos —respondió con sencillez, tomándola por sorpresa—. Eres una mujer rica, puedes crear un nuevo imperio.
Hortensia lo miró con recelo.
—Sé que todo estaba a nombre de Sheldon, pero… no puedo olvidar que ese dinero también es tuyo y de Thomas.
Le sorprendía que ella no tuviera deseo alguno de quedarse con su fortuna cuando ellos la traicionaron hace más de siete años.
—Te ayudaremos, de algo debe servir ser tan ricos.
Era momento de usar su dinero sabiamente.
Hortensia asintió, no muy segura de qué decirle, y cuando llegaron al campamento le indicó cuál era la tienda de Azucena.
—Despertará en tres horas, aún son las seis de la mañana así que…
—Estuve haciendo vigilia toda la noche junto a ella, me quedaré a su lado.
La castaña achicó los ojos, recelosa, pero Max ni siquiera la dejó hablar porque era el tipo de hombre que estaba acostumbrado a hacer lo que se le viniera en gana. Y ahora mismo, quería dormir junto a su futura esposa.
***
Tres horas más tarde, Maggie no podía dejar de observar la tienda donde se encontraban Max y Azucena. En el fondo, tenía miedo que en cualquier momento un disparo detonara por el lugar.
—¿Creen que es seguro?
—Cada quien muere como quiere —se mofó Gardenia, entregándole un pan y leche caliente, y su nana se rio por lo alto—. Creo que por fin avanzaremos un poco en nuestra búsqueda, esos documentos parecen tener información importante.
Maggie observó la pila de archivos de reojo.
—Me siento incómoda —confesó de pronto.
—¿Por qué, cariño? —Nancy acunó su mano, nerviosa.
—Yo… sentí algo raro en la noche.
Se despertó en más de dos ocasiones, sintiéndose más observada que nunca, pero por más que salió de su tienda y revisó los alrededores, no encontró nada fuera de lo normal.
—¿Raro en qué sentido? —Hortensia se unió a ellas y Maggie se tensó.
¿Sería prudente contarle sus inquietudes?
—¿Cuánto tiempo más viviremos así, en medio de la nada?
No estaba acostumbrada a esa vida, ella… quería un poco más de estabilidad para su bebé.
—Pronto encontraremos un mejor lugar —musitó Hortensia, sentándose junto a ella—. Te lo prometo, sé que han sido semanas difíciles.
—A veces no dejo de cuestionarme si debería interrumpir mi embarazo —reconoció en voz alta, provocando un tenso silencio entre sus hermanas y nana—. Si le hubiera hecho caso a Lucifer, él estaría a nuestro lado y…
—¿Tú quieres tener a tu hijo? —la pregunta de Gardenia la tomó por sorpresa y con la visión cristalizada, asintió—. ¿Entonces por qué piensas en perderlo? ¿Crees que eso te dará algo de paz en el futuro?
—Tengo miedo que me pase lo mismo que a Azucena —musitó con voz débil y agradeció que su nana la abrazara por los hombros—. Es el hijo de Lucifer, Richman amaría hacerse de él y…
—Eso no pasará —farfulló Hortensia, molesta—. Nosotros te protegeremos hasta el final y una vez que todo esto termine, tu hijo tendrá una vida llena de lujos y comodidades. Somos ricas, Maggie, no tienes que preocuparte por nada.
Las palabras de su hermana no la hicieron sentir mejor.
En el fondo, el abandono de Randolph aún le dolía.
¿Dónde habían quedado sus promesas de amor y todo lo que enfrentaron juntos para poder amarse libremente?
—Danos una semana —pidió Gardenia con voz suave, acuclillándose frente a ella—. Si para entonces no tenemos un techo seguro para ti, podrás considerarnos las peores hermanas del mundo —bromeó y ella negó con la cabeza, odiando que las lágrimas bajaran por sus mejillas.
No cometería ese error dos veces. Ella… era muy afortunada de tener a Hortensia y Gardenia a su lado como para culparlas del mal momento que estaban viviendo.
***
¿Era normal sentirse tan cómoda mientras dormía?
Por primera vez en semanas, Azucena no sentía frío ni una incomodidad insoportable en la espalda. Tiempo atrás, ese hecho no le habría preocupado, pero ahora mismo no podía dejar de cuestionarse si cometió un terrible error al bajar la guardia esa madrugada.
Separó los párpados con lentitud, encontrándose con el fornido pecho de Max, y todo su cuerpo se tensó al percatarse de cómo sus firmes brazos la rodeaban.
¿En qué momento la llevó a su tienda? O, peor aún, ¿por qué diantres se recostó junto a ella sin su permiso?
Se removió, tratando de obtener su libertad, y contuvo el aliento cuando él presionó su abrazo y terminó pegada a su cuerpo.
—Suéltame, Max, nunca dije que quisiera compartir mi tienda contigo —siseó, obligándolo a volver en sí, y él gruñó en respuesta—. Debemos interrogar a Endicott, ¿por qué no me despertaron?
—Te veías agotada —susurró finalmente, rompiendo el abrazo para frotarse los ojos, y Azucena se sentó sobre su saco de dormir con rapidez, quedando como piedra al ver como una manta los cubría a ambos.
Él se había tomado atribuciones que no le correspondían.
—Si quieres seguir durmiendo, hazlo —gruñó con molestia, y salió de la tienda con rapidez—. Yo tengo trabajo que hacer.
Quería gritarle y regañarlo por haberse recostado junto a ella, pero ¿qué ganaría haciendo un berrinche de ese tipo?
Conocía a Max y sus quejas no lograrían nada, puesto que era un hombre que siempre hacía lo que se le viniera en gana y pocas veces pedía permiso o perdón. Lo único que podía hacer era mantener su distancia y dejar muy en claro que su compañía no era grata para ella.
Aunque… el haber dormido profundamente entre sus brazos podría dejar esa afirmación sobre una tela de juicio.
¡¿Por qué diablos no la dejaba tranquila?!