Capítulo 6
Azucena no lograba entender cómo hizo Maximiliano para dar con Endicott con tanta facilidad.
El giro de los acontecimientos le resultaba abrumador, se suponía que ellas no volverían a saber más de la Triada infernal, que tanto Thomas como Max seguirían su camino por separado, pero ahí estaba él…
ayudando a los hombres de la colonia a atar a Endicott e impedir que el hombre les diera cualquier tipo de sorpresa.
—¿Esperabas su llegada? —inquirió Hortensia, posicionándose a la par suya, y Azucena negó con la cabeza—. Yo sí, después de todo, Percival es su hijo.
—Se fue sin decir nada, yo creí que dejaría todo atrás.
—Suena como algo que él haría sin dudarlo —reconoció, entretenida, y Azucena la buscó con la mirada—.
Algo que él haría hace unos cuantos años —añadió con seriedad, generando una horrible tensión en su cuerpo—.
Las circunstancias ahora son muy diferentes, Richman nos ha dado golpes tan fuertes que ya no podemos ser los mismos de antes.
—Dímelo a mí —soltó con amargura—. Yo nunca quise ser una asesina, ni mucho menos secuestrar y vender gente, pero él…
—Él recibirá su castigo, tenlo por seguro —sentenció—. ¿Te molesta la idea de trabajar con el padre de tu hijo?
—Me da igual.
Había trabajado junto a Steve, un hombre que detestaba, por lo que trabajar con Max no representaba un gran reto.
—Siempre pensé que éramos parecidas, pero veo que tú eres más lista.
—Esas palabras captaron su atención y dejó que Hortensia la guiara hacia su tienda—.
Cuando Sheldon y los hermanos Frensby regresaron a Boston, yo sólo quería matarlos.
—Hortensia se sentó sobre su bolsa de dormir y Azucena se acomodó cerca de la puerta.
—No me sorprende, eres muy emocional. —La castaña se rio por lo bajo—. Si no controlas tus emociones, nunca podrás ser lo suficientemente fuerte.
Hortensia la estudió con la mirada por largos segundos y luego suspiró.
—¿Qué sentiste cuando volviste a verlos?
—Sabía que tendría que lidiar con ellos cuando explotamos el barco de la naviera —admitió, distraída.
—Eran los dueños. —Azucena asintió—. Pero…
—Pero incluso así fue impactante —suspiró—. Cuando ataqué la colonia para hacerme de las niñas y conocí a Gardenia, una oponente digna que por primera vez me hizo cuestionar mi fuerza y habilidades, no fue nada fácil encontrarme con Thomas.
—Mi hermana daría la vida por la gente de la colonia.
—Lo sé —esbozó una débil sonrisa—. Tal vez no estés al tanto, pero ese día pude haberla matado de no haber sido por Thomas.
Hortensia no se interesó en el ataque que le hizo a su hermana, sino en las emociones que Thomas generó en ella cuando volvieron a verse.
—¿Qué hiciste?
—En ese momento, sólo quise huir —admitió, cabizbaja—. Acababa de encontrarme con el hermano del primer hombre que amé: el padre del hijo que ansiaba ver de nuevo y… alguien que nunca me vio más que como una simple amante.
Hortensia no dijo nada al respecto, pero sus ojos castaños brillaron con interés, y por alguna extraña razón, Azucena decidió abrirle su corazón.
—Hui de mi casa cuando tenía diecisiete años.
—¿Sufrías abusos? —la visión se le cristalizó—. No tienes que contarme nada si no quieres.
—No es eso —musitó con frustración y se frotó los ojos, angustiada—.
Es sólo que mi vida era perfecta y no supe valorarla —la voz se le quebró—.
Tenía un padre que me amaba, que era capaz de dar la vida por mí y una madre que amaba a todos sus hijos por igual, pero odiaba no haber podido cuidar de su primogénita.
Ahora lo entendía.
Su madre nunca amó más a Ashley, sólo lamentó no haberla podido mantener a su lado. Tuvo que vivir lo mismo que Grace para darse cuenta de la situación.
No abandonó a sus hijas en Londres porque no las amara, sino porque quería salvar a ese hijo que Steve nunca le dejó criar, y ella mejor que nadie sabía que todos sus hijos eran su razón de ser y nadie era más importante que el otro.
¿Algún día podría disculparse con su madre por juzgarla tan duramente?
—¿A qué te refieres con eso de que tu madre no pudo cuidar a su primogénita? —Hortensia frunció el ceño y Azucena inhaló con pesadez.
—Ella se involucró con un noble con mucho poder y cuando su primera hija nació, se le fue arrebatada. La corona decidió que un conde cuidaría de la niña y ella abandonó Londres con las manos vacías.
—¿Luego conoció a tu padre?
—Sí —susurró—, pero nunca pudo superar a su primera hija y por esa razón decidí huir, porque llegué a pensar que mi madre no me quería y lo mejor para todos era que yo encontrara mi propio camino lejos de esa casa.
—¿Y cuál era tu plan?
—Como mujer, conocía mis limitaciones.
—¿Te convertiste en cortesana? —Nadie mejor que Hortensia para comprender su situación.
—Llegué a Sussex con miedo, pero mi determinación era inquebrantable, y ahí los conocí…
—su voz fue muriendo—. Thomas y Sheldon fueron muy buenos conmigo durante nuestra primera cena, Max ni siquiera me dirigió una palabra.
Llegué a pensar que me odiaba y repudiaba, pero esa misma noche él regresó y me hizo una propuesta.
—Tú dijiste que fuiste… —Hortensia no pudo terminar la oración y Azucena asintió.
—Durante esa primera cena conocí a Ronald, un hombre que al igual que Max me hizo una visita esa misma noche para hacerme una oferta.
—Oh, ya veo… les gustaste a ambos.
—Yo… ni siquiera sé por qué elegí a Max —admitió, pensativa—. Thomas se me declaró, no le importó que su hermano hubiera sido el primero, él me ofreció más que una simple aventura e incluso así me quedé con su hermano.
—En el corazón no se manda —musitó Hortensia, y Azucena asintió.
—Me enamoré perdida y locamente de él, en mi mente era lo único que necesitaba para ser feliz y todo era perfecto a su lado. Hasta que…
—Ronald te atacó. —Asintió—. Debió ser muy duro para ti.
—Fue horrible y el rechazo de Max me dejó claro que nadie iba a creerme si decía que fui una víctima —se frotó las sienes, inquieta—. En ese momento ansié volver a casa y refugiarme en el abrazo de mis padres. Creo que ahí me di cuenta que aún era una niña y que estaba más sola que nunca.
—Lamento que las cosas se hayan dado de esa manera —Azucena se rio—. ¿Qué es tan divertido?
—El abandono de Max no me destruyó, no fue él quien me convirtió en esto —se vio obligada a decir—. Fue Steve, Hortensia, él… contra todo pronóstico, sí llegó a enamorarme y no sabes lo mucho que me dolió descubrir el tipo de monstruo que era.
—¿Aún lo quieres? —el horror de Hortensia fue palpable.
—Claro que no —soltó con impotencia—. Pero me tomó mucho tiempo aceptar la dura verdad.
Un tenso silencio se cernió sobre ellas y después de varios minutos, Hortensia planteó una nueva pregunta.
—¿Qué harás una vez que recuperes a Percival y matemos a Richman?
—Quiero volver a Londres, ir por mis hijas y visitar a mis padres —la voz le tembló y odió que una lágrima rebelde se deslizara por su mejilla—. Ellos creen que estoy muerta, asumo que les alegrará mucho saber que eso no es cierto.
—¿Y qué harás con Max?
—Si él quiere ser parte de la vida de Percival no puedo hacer nada al respecto.
—Los londinenses tienen un sentido de honor muy enfermizo —espetó Hortensia con cautela y ella se tensó.
—Es la crianza que nos dieron —se vio obligada a recordarle que ella también era inglesa.
—¿Qué harás si él quiere casarse contigo?
—Max jamás se casaría con una mujer como yo.
—¿Una mujer como tú? —repitió, confundida.
Azucena se dio unos segundos para analizar sus siguientes palabras y finalmente espetó:
—Steve no sólo me utilizó para secuestrar, dañar y matar gente —conectó sus miradas—.
Él solía utilizarme para generar alianzas y he estado con más hombres de los que me gustaría reconocer —su voz bajó una octava, era imposible no sentir asco de sí misma—.
El único que nunca se aprovechó de mí fue Lucifer.
Hortensia no mostró expresión alguna en el rostro —ella ya había deducido ese hecho hace unas horas— y Azucena ladeó el rostro, consternada.
—¿No vas a juzgarme?
—Yo también tuve que acostarme con muchos hombres para sobrevivir.
—Es duro, ¿verdad?
—Pero incluso así, Sheldon me aceptó. Fuiste una víctima, Azucena, la culpa nunca será tuya.
—Puede que tengas razón —admitió finalmente, sintiéndose más tranquila que nunca—, pero te aseguro que Sheldon, Thomas y Maximiliano son personas muy diferentes entre sí.
Max era frío, directo y sincero. Por esa razón Azucena pudo percibir su molestia cuando Endicott le pidió que fueran a su habitación. Él lo sabía, ahora estaba al tanto de otro de sus secretos y por alguna extraña razón eso la incomodaba.
—Yo sé que Thomas vendrá por Gardenia —gruñó Hortensia—, me rehúso a creer que él olvidará el amor que siente por mi hermana.
—¿No lo odias por haberse quedado en Bristol?
—No —bajó la mirada, apenada—. Él está buscando a Sheldon, algo que me habría encantado hacer, por lo que ahora yo cuidaré de Gardenia para devolverle el favor.
—¿Por qué viniste si en el fondo querías buscarlo? —la miró con pesar.
—Porque él habría querido recuperar a Percival, estoy segura de eso.
—Tú lograste traerlo de regreso —añadió finalmente, haciéndola respingar en su lugar—. Recuperaste al Sheldon Bass sensato, bueno y valiente.
—¿Y de qué me sirvió? Ahora él está muerto. —Hortensia se abrazó las rodillas, dejando claro que el tema aún la angustiaba, y Azucena se quedó a su lado en silencio—. Hace más de siete años yo decidí abortar a nuestro hijo, creo que es algo que nunca me lo perdonaré.
—¿Por qué lo hiciste? —inquirió, mirando a la nada.
—No tenía los recursos para mantenerlo, Sheldon se marchó y nos dejó en la calle, yo…
—Entonces lo salvaste de una vida desastrosa —la miró con ternura y Hortensia se tensó—. No sabes cómo me habría encantado poder hacer lo mismo con todos mis hijos —su voz se quebró.
—¿Qué? —la miró con horror y Azucena no pudo contener sus lágrimas.
—Mis hijas vivieron enjauladas por años, Hortensia, y Percival… bueno, él sufrió de otra manera y terminó amando a su verdugo.
—Pronto tendrás a todos a tu lado —acunó su mano y Azucena se apartó con brusquedad, no muy segura de cómo se sentía ante su contacto físico.
—Perdón —susurró, quizá fue algo brusca—. Yo… he olvidado como es recibir una muestra de afecto —se sinceró y la castaña asintió—. Necesito un poco de aire fresco, vigilaré los alrededores.
Abandonó la tienda de Hortensia y se adentró por la arboleda sin mirar atrás.
¿Por qué estaba tan inquieta? ¿Por qué le dolía tanto abrir su corazón y descubrir que sólo fue una víctima más?
Era más fácil cuando creía que tenía el poder y el control de su vida, pero… ese hecho estaba muy lejos de la realidad. Cayó sobre su trasero, sintiéndose más angustiada que nunca, y no le hizo nada de gracia sentir como una prenda caliente caía sobre sus hombros.
—Déjame en paz, hablaremos mañana —soltó con frustración y enterró el rostro entre sus rodillas.
¿Por qué no la dejaba tranquila?
El Max que ella conoció hace más de catorce años sentiría asco de su persona.
—En tres horas amanecerá —espetó él, sentándose junto a ella.
—¿Cómo diablos hiciste para encontrarnos? —exigió saber.
—Hice mis averiguaciones y no es que estén siendo muy discretas al atacar a todos los socios de Richman.
—¿Por qué volviste? Tú te marchaste y…
—Sólo me fui unos días —siseó con rabia, recordándole su mal genio, y ella utilizó todo su ingenio para mantener la calma—. ¿En qué diablos pensaste al salir de Londres sin mí? — se arrodilló frente a ella y la obligó a levantar el rostro en su dirección—. Es nuestro hijo al que debemos salvar, tú…
—Te fuiste sin decirme adónde, ¿por qué debía esperar por alguien que ya me abandonó en el pasado?
Se incorporó con rapidez, odiando que él siguiera sus movimientos.
—Tú lo mataste, ¿no es así? —La sangre se le congeló y lo miró con los ojos muy abiertos—. Fui a Sussex para matar a Ronald, pero los lugareños me dijeron que él fue asesinado a sangre fría por un forastero.
¿Él no la abandonó, sino que fue en busca del hombre que abusó de ella?
Se rio con cinismo.
—¿De verdad creíste que no vengaría su crimen? —soltó con amargura—. ¿Por qué diablos esperaría que alguien más hiciera eso por mí cuando soy bastante capaz de hacerlo por mí misma?
Lo mejor sería reforzar su coraza. Si había alguien en quien no debía confiar, ese era Maximiliano Frensby.
—Ele…
—Mi nombre es Azucena —espetó con rencor, conectando sus miradas—. No vuelvas a llamarme de esa manera porque esa mujer ya no existe, ¿me entiendes? —escupió.
Mientras más rápido él entendiera que Eleonor estaba muerta, más fácil sería llevarse mejor.
—Realmente quiero recuperar a mi hijo —soltó él con frustración, helándole las venas—. Debemos trabajar juntos en esto, no quiero que me veas como un enemigo.
—Está bien —arrastró sus palabras—. Trabajaré contigo porque yo también quiero recuperar a mi hijo.
Porque lo que realmente importaba era arrancar a Percival de las manos de Steve.
—Pero deja de mirarme con rencor —pidió él, y pudo ver un atisbo de desespero en sus ojos—. Si vamos a trabajar juntos, quiero que confíes en mí y mis buenas intenciones.
—¿Por qué? —frunció el ceño—. ¿En qué diablos influiría eso?
Él la miró con fijeza por largos segundos, y finalmente espetó:
—Mientras mejor nos llevemos, más fácil será para ti aceptar que no pienso salir de tu vida de nuevo.
—¿Cómo dices? —la garganta se le cerró y él le señaló el camino de regreso al campamento.
—Regresemos, debes descansar y…
—No puedo dormir durante las noches —fue sincera—, haré vigilia y…
—Entonces pongámonos cómodos, no te dejaré sola.
Esto era una locura.
¡Ella no quería ser su amiga!
Ella… no quería involucrarse con el primer hombre que le rompió el corazón.