Capítulo 5
La mansión de Barty Endicott se alzaba sobre la colina como un panteón de piedra, rodeada por una neblina que Azucena, las hermanas Gardener y los hombres de la colonia aprovecharon con la precisión de espectros para atravesar la muralla.
La casa estaba rodeada y habían notado los puntos mejor cuidados hace varios minutos, por lo que una vez que estuvieron dentro, Hortensia dio la señal para que los dardos que dejarían inconsciente a los guardias fueran lanzados.
Varios gruñidos masculinos se alzaron, pero pronto fueron cayendo uno a uno. Azucena se percató que un hombre huía por el lateral de la casa y fue por él, noqueándolo con bastante facilidad con ayuda del mango de su revólver.
—Ustedes cuiden los alrededores —ordenó Gardenia en voz baja y cinco de los hombres asintieron—. ¿Entramos?
—No sería mala idea —musitó, entretenida, e invadieron la propiedad del juez con tal astucia que los gritos no llegaron a alzarse por el lugar.
El primer guardia cayó a los pies de las escaleras, silenciado por la mano firme de Hortensia; el segundo ni siquiera llegó a adentrarse por el pasillo que estaba custodiando porque Gardenia, moviéndose con la agilidad de un felino, le obstruyó el paso para clavar un puñal en su tórax.
—Uno menos —susurró la pelinegra, limpiando la hoja de metal en su sobretodo negro.
—Hacen que esto sea algo aburrido —reconoció con cierto disgusto.
Aún no podía acostumbrarse a la agilidad y fuerza de Hortensia y Gardenia.
En el pasado, cuando trabajaba para Steve, era ella quien debía pelear las peores batallas porque siempre estuvo rodeada de inútiles.
Los hombres creían que la fuerza bruta era más que suficiente para ganar una pelea, pero las hermanas Gardener y ella eran la clara prueba de que las cosas no funcionaban así.
Las estrategias lo era todo dentro de una guerra anunciada.
—No bajen la guardia —espetó Hortensia a su espalda, haciéndola respingar en su lugar—. ¿Todo en orden? —Azucena la miró por encima de su hombro, sintiendo un atisbo de vergüenza.
Era un mal momento para divagar en sus pensamientos.
—Sí, lo siento —se vio obligada a decir.
Tal vez ahora tenía a gente que le cuidaba la espalda, pero no por eso debía confiarse y convertirse en una debilucha.
—Queremos la cabeza de Endicott, no una masacre innecesaria, Gardenia —añadió Hortensia, y Azucena tuvo que reconocer para sus adentros quien era la líder del grupo.
Incluso después de perder a su esposo, Hortensia aún podía mantener la cabeza fría.
«Tú debes hacer lo mismo, no puedes dudar de tus capacidades justo ahora que tu hijo te necesita» le dijo una vocecilla y asintió con determinación.
La batalla apenas y estaba empezando.
Hortensia encabezó el avance por el ala este de la casa.
Iban "limpiando" la casa, neutralizando a los lacayos uno a uno, dejándolos inconscientes o atados en los rincones oscuros de los pasillos.
El plan era perfecto: una invasión invisible que fue posible porque Azucena conocía muy bien esos dominios, dado que tuvo que frecuentar con varios de los socios de Steve aún en contra de su voluntad —si es que alguna vez la tuvo durante su matrimonio—.
Sin embargo, cuando Azucena pateó la puerta de la habitación principal, con el arma en alto y el corazón martilleando contra sus costillas, se encontró con un vacío absoluto.
La cama estaba intacta y la temperatura de la habitación dejaba claro que no había sido ocupada en todo el día.
—No está aquí —dijo Hortensia, entrando tras ella. Sus ojos recorrieron la estancia con desconfianza—. Esto no me gusta, Azucena —reconoció—. ¿Crees que acabamos de caer en una trampa?
No, Barty no se arriesgaría tanto. El hombre era un cobarde, por lo que quizá simplemente empezó a ocupar otra habitación.
—Vamos al despacho —sentenció, sintiendo la imperiosa necesidad de visitar esa estancia—. Si tiene los documentos de Steve, estarán allí.
***
Mientras tanto, en el despacho de Endicott, la oscuridad solo era rota por la tenue luz de la linterna sorda de Max, cuya persiana apenas dejaba escapar un hilo de claridad sobre el dial de la caja fuerte.
Él mantenía el rostro cerca del metal, escuchando los engranajes mientras el olor a aceite quemado llenaba sus fosas nasales.
Click. Click. Click.
—Vamos, maldita sea… —susurró.
No tenía ni la menor idea de qué estaba buscando, pero algo le decía que dentro de esa caja fuerte encontraría algo que sería de mucha ayuda para encontrar a su hijo.
No podía esperar de brazos cruzados, por esa razón terminó colándose a la casa cuando no vio rastro alguno de Eleonor, Hortensia y Gardenia.
Burlar la seguridad de Endicott no había sido tan difícil.
Quería creer que, si empezaba a buscar, en algún punto de esa travesía sus caminos se juntarían. Estuvo a punto de abrir la caja fuerte, cuando el aire en la habitación cambió y el frío metal de un cañón se apoyó con brutalidad justo en la base de su nuca.
Acababa de ser descubierto.
—Es de mala educación entrar a casas ajenas —la voz del juez era una mezcla de regocijo y veneno—. Tienes agallas al creer que puedes irrumpir en la casa de una autoridad como yo.
—¿Una corrupta? —se atrevió a decir y el hombre gruñó en respuesta.
—Levanta las manos si no quieres que te vuele los sesos. —Max decidió ser prudente y lo obedeció. Después de todo, no podía ser eliminado de ese juego con tanta prontitud, eso sería demasiado vergonzoso.
—¿Me dará el disgusto de conocerlo, señor Endicott? —preguntó con socarronería—. Debo reconocer que tiene una caja fuerte caprichosa.
—Y tú tienes una cabeza muy frágil, no sé si seguir con este juego sea prudente para ti. —No podía verlo, pero casi y podía sentir el temblor de su cuerpo.
Max se relamió los labios con inquietud, ¿cómo haría para salir de ese embrollo?
—Quiero que retrocedas —ordenó Endicott—. Sin sorpresas, ya hiciste mucho derribando a mis hombres.
¿Derribando a sus hombres?
Él esquivó a sus hombres, nunca… ¿podría ser que ellas estuvieran en la casa?
—Daré dos pasos hacia atrás —informó, no quería tomarlo por sorpresa.
Sin embargo, antes de que pudiera moverse, Endicott decidió golpearlo en la nuca con el mango de su arma. Max gruñó, cayendo sobre sus rodillas, y antes de que el hombre pretendiera tirar del gatillo, la puerta del despacho se abrió de par en par, alertándolos a ambos.
—Maldición —siseó, llevándose una mano a la nuca, y pudo sentir la sangre contra su palma.
Tal vez cometió un terrible error al confiarse tanto e ir solo a esa propiedad.
—Al fin aparecen —estaba perdido—, ¿dónde está tu esposo, Azucena? Me urge hablar con él, ¿están al tanto de lo que estuvo sucediendo en las últimas semanas?
Max miró por encima de su hombro, odiando que sus piernas no pudieran responderle, y su corazón empezó a bombear sin control alguno al ver a Eleonor ahí, bajo el umbral de la puerta, más tensa que una vara.
Endicott prendió varias lámparas y Eleonor le hizo una seña con la mano para que se quedara inmóvil y no llamara la atención del juez. Todo indicaba que Richman aún no se había puesto en contacto con su gente, dado que ellos seguían creyendo que la rubia estaba de su lado.
—Creo que acabo de atrapar a uno de los vándalos que estuvo generando todo ese caos. —Max logró girar sobre su eje y desafió al hombre con la mirada—. Eres un insolente, espero que tengas ese gesto cuando haga que te cuelguen.
—Tenemos problemas, Endicott —dijo Azucena de pronto, captando la atención del juez—. Fuimos atacados en el puerto de Bristol. Steve y yo nos separamos, aún no he tenido noticias de él, pero pude traer a la mayoría de las mujeres de su harem.
—Un ataque… —musitó el viejo, pensativo—. Eso tiene sentido, lo último que me dijo es… —Su gesto les advirtió que sabía algo y no estaba seguro de querer compartirlo con Azucena.
—No sé qué hacer con las rehenes —insistió ella—. Tú eres su hombre de confianza, conozco a mi marido y debió informarte lo que tenía en mente antes del viaje que planeó desde Inglaterra.
Endicott se acercó a Max y le brindó una fuerte patada para quitarlo de su camino, y abrir su caja fuerte.
—Steve es un hombre que ama los secretos. —Dejó la documentación sobre su escritorio y Max agradeció que su cuerpo empezara a reaccionar—. Pero también es muy precavido, por lo que hace un par de años me dejó este sobre con la consigna de que lo abra “solo si es realmente necesario”.
Azucena se acercó al escritorio con cautela.
—¿Sabes que dice?
—¿Crees que seguiría vivo si fuera así? —enarcó una ceja, ofendido—. Claro que no, pero supongo que tiene un nombre.
—¿Eso será suficiente para encargarnos de los rehenes?
—No lo sé, maldita sea —farfulló Endicott, frustrado—. No me interesa lo que planeas hacer con esas mujeres, sólo quiero que te encargues de los vándalos que están matando a todos los socios de tu esposo.
—Entrégame el sobre y me encargaré de ellos. —Eleonor extendió el brazo, manteniendo una calma que claramente no tenía, y lo siguiente que Max escuchó hizo que se olvidara de la herida que tenía en la nuca y su malestar.
—Sólo si subes a mi alcoba —regocijó el hombre, con malicia—. Sabes que me encanta pasar tiempo a solas contigo.
Max se incorporó con una velocidad que no sólo sorprendió a Endicott, sino a Eleonor.
Sacó su arma del cinto de su pantalón y sin contemplación alguna, le dio el tipo de golpe en la nuca que noquearía, correctamente, a cualquier rival por un par de horas.
Si era sincero, le habría encantado matarlo, pero… lo más sensato era interrogarlo.
El hombre terminó tendido en el piso, totalmente inconsciente, y Max se hizo de su arma para evitar sorpresas.
El silencio que se formó en la estancia le resultó asfixiante y todo porque no debía ser un genio para descifrar las palabras del juez: Richman no sólo hizo que Eleonor peleara con él, sino…
—Bien, no me creía capaz de seguir esperando —la voz de Hortensia lo obligó a salir de su letargo y por la incomodidad con la que las hermanas Gardener ingresaron al despacho y recogieron todo, dedujo que ellas habían llegado a la misma conclusión que él.
Eleonor, quien decidió refugiarse en el silencio, corrió hacia la caja fuerte y sacó los documentos restantes, al igual que el dinero. Era una cantidad estrafalaria, pero suponía que era necesaria para mantener a la gente de la colonia.
—Estás herido —espetó ella de pronto, y sus miradas se encontraron—. Tu camisa está manchada de sangre.
—No es nada —gruñó.
¿Por qué se sentía tan furioso?
Él… él… ni siquiera podía respirar con regularidad.
—No pensé que vendrías —admitió—. ¿Estás solo?
—Thomas sigue buscando a Sheldon.
—Iré por los hombres de la colonia, necesitaremos ayuda para llevar a Endicott —espetó Gardenia, saliendo del despacho con una gran cantidad de documentos en manos.
—Y demoré porque el barco quedó atrapado en altamar, el clima no estuvo a nuestro favor —respondió Max, tratando de recuperar el aliento—. ¿En qué estuviste pensando al venir sin mí? —farfulló, molesto.
Hortensia, quien claramente quería escuchar la conversación, fue lo suficientemente sensata como para salir detrás de su hermana cuando Max le envió una fría mirada.
—Te fuiste sin avisar, Maximiliano —espetó con frialdad—. Simplemente creí que no era de tu interés salvar a Percival.
—¡Es mi hijo! ¡Claro que quiero salvarlo! —vociferó.
Para su sorpresa, ella simplemente asintió.
—Qué bueno. A decir verdad, ahora él sabe de tu existencia y no sería agradable que se sintiera rechazado.
Cerró las manos en dos puños, furioso, y se plantó frente a ella.
—Nunca habría sido rechazado si me hubieras dicho la verdad desde un principio.
—¿Y cómo pretendías que te dijera la verdad si nunca querías escucharme?
—Un escalofrío recorrió su espina dorsal ante sus duras palabras—.
Ya no pienses en el pasado y concéntrate en nuestra misión —ordenó con frialdad—.
Yo también haré lo mismo, olvidaré que te odio porque necesito tu ayuda para recuperar a nuestro hijo.
Por alguna extraña razón, su pecho se oprimió ante sus duras palabras. ¿Por qué le dolía tanto saber que ella lo odiaba? ¿Acaso no debía sentir lo mismo por la rubia?
—Bien —siseó y ambos se apartaron cuando tres hombres de la colonia ingresaron al despacho para hacerse de Endicott.
Su discusión acababa de llegar a su fin.
«Al menos por el momento» pensó para sí mismo, observando como Eleonor lo dejaba atrás para reunirse con las hermanas Gardener.