Capítulo 4 #2
A lo largo de la cena, Eleonor se percató de que no estaba rodeada de hombres simples, dado que las mujeres de la posada revoloteaban a su alrededor muy ansiosas de ser notadas.
—Parecen populares —comentó cuando les llevaron su postre y Sheldon asintió.
—Lo somos, como puede ver, nuestra belleza destaca con bastante facilidad.
Se rio, ellos eran… interesantes.
—¿Qué edad tienes? —inquirió Thomas y cuando iba a responderle, las palabras murieron en su garganta al ver como un hombre joven, de mirada oscura y semblante maligno, caminaba hacia ella.
—¿De dónde la sacaron? —preguntó ni bien se acercó a la mesa y las sonrisas de Thomas y Sheldon desaparecieron.
—No es tu problema, Ronald —siseó Thomas y el castaño la estudió con la mirada.
—¿No me la presentarán?
Eleonor se encogió en su lugar, tal vez ese hombre era atractivo, pero no parecía una buena persona.
—Lárgate o las cosas terminarán mal —habló Max por primera vez en toda la noche y todo su cuerpo se estremeció en respuesta.
¿Por qué? No tenía la menor idea.
—Lo averiguaré por mí mismo —decretó con malicia y se alejó de su mesa en silencio.
Eleonor observó al castaño con temor, un tanto inquieta por su última afirmación.
—Sólo mantente lejos de él —espetó Sheldon con voz relajada, pero tenso—. No es de fiar.
—Entiendo —susurró.
Debió suponer que algo así podría suceder, después de todo, en el mundo no todas las personas serían tan buenas como los hermanos Frensby y Bass.
Ella llegó a Sussex hace más de catorce años para convertirse en cortesana, siempre tuvo presente esa opción, nunca romantizó su huida ni quiso más de lo que merecía, pero Max se encargó de cambiarlo todo.
No se sintió sorprendida, pero sí le inquietó de sobremanera que el tal Ronald llamara a la puerta de su habitación esa noche.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —se mantuvo serena, mostrarse temerosa sería un pésimo error.
—¿Eres cortesana? —se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta, y ella lo observó con fijeza.
—¿Por qué piensa eso?
—Las mujeres jóvenes y hermosas, que no son cortesanas —aclaró—, no viajan solas ni sin protección.
Era verdad y todo parecía indicar que estaba a punto de enfrentar su más grande prueba.
—Pienso serlo —admitió con voz débil y la sonrisa del hombre se ensanchó.
—Bien, quiero ser tu primer cliente, bonita, así que dame tu precio.
Ella realmente necesitaba dinero, pero… no quería que ese hombre fuera el primero.
—Cinco libras —dio una suma estrafalaria, para no llegar a ningún acuerdo, y la sonrisa del castaño se perdió. Eso le brindó algo de tranquilidad—. Y no pienso negociarlo.
—Eso es una fortuna, nadie de este pueblo te pagará ese monto a no ser que te metas con el conde de Worcester o el nuevo dueño de Cherby Park.
—Considero que por el momento ofrezco bastante —fue tajante—. Quizá con el tiempo mi tarifa reduzca —odió que la voz le temblara—, ahora si me disculpa… —intentó cerrar la puerta, pero con un movimiento resuelto el castaño impidió que cumpliera su cometido.
—Negociemos.
La garganta se le cerró.
¿Eso era ser cortesana? ¿No poder elegir, ni rechazar a ningún hombre?
Las piernas empezaron a temblarle sin control alguno y lamentó con creces haber abierto esa puerta. Debió sopesar el riesgo, ser más precavida y no tan confiada.
—Yo…
—¿Tanto te cuesta aceptar un «no» por respuesta? —Esa voz… El pulso se le disparó, al tiempo que el aire regresaba a sus pulmones, y buscó con la mirada al pelinegro que caminaba hacia ellos con paso resuelto.
¿Por qué Maximiliano regresó a la posada?
Ella había visto como se iba con sus amigos, por un momento pensó que no volvería a verlo hasta dentro de varios días.
—No te metas en esto, Maximiliano, nosotros estamos haciendo negocios —soltó Ronald con recelo y ella bajó el rostro, apenada.
¿Por qué le afectaba que ese hombre supiera que estaba dispuesta a venderse por dinero?
—Lárgate, yo pagaré por ella esta noche. —Maximiliano empujó a Ronald sin el más mínimo de los problemas para alejarlo de la puerta y el hombre palideció, al igual que ella, no muy seguro de cómo reaccionar.
—¿Qué? —El castaño titubeó—. No puedes, ella y yo…
—¿Tienes cinco libras para pagarle? —Max la cubrió con su cuerpo, sin apartar la vista de Ronald, y Eleonor retrocedió con sorpresa, observando la ancha espalda con… ¿fascinación?
—Sabes que no, maldición.
—Entonces ella jamás será tu amante. —Ingresó a su habitación y cerró la puerta en la cara del castaño, provocando un pulcro silencio en la estancia.
Eleonor fue incapaz de escuchar los pasos del hombre que se alejaba porque estaba muy ensimismada en calmar los latidos de su corazón.
¡Esto era una locura!
¿Max quería ser su cliente?
Por un momento pensó que sería Thomas el que regresaría, pero… ¿él?
Tragó con fuerza, estaba claro de que esa noche no le cayó tan mal como había imaginado.
—Señor Frensby… —la voz murió en su garganta cuando él se volvió hacia ella.
—¿Qué diantres estabas haciendo? —escupió, furibundo—. Sheldon y Thomas te dijeron que te alejaras de él.
¿Por qué le hablaba de esa manera?
¡Él no era su padre!
—No tengo adónde ir —respondió con valentía— y tampoco cuento con suficientes recursos como para darme el lujo de elegir a mis clientes, por lo que le pediré que a partir de ahora no se meta en mis asuntos.
El pelinegro apretó la mandíbula, invitándola a dar un paso hacia atrás, y no supo qué pensar al ver como sacaba un saco de monedas del bolsillo de su abrigo.
—¿Qué hace?
—¿Cuánto pides? —su corazón se encogió—. Te ofrezco esto y más si aceptas mi oferta. —Dejó el saco sobre la pequeña mesa, obligándola a inhalar con pesadez—. Son más de diez libras.
—¿Qué oferta?
—Te llevaré a un lugar seguro, yo cuidaré de ti a partir de ahora, pero debes ser única y eternamente mía.
¿Qué tipo de oferta le estaba haciendo?, ¿él no quería solo una noche?
—No lo entiendo…
—Descuida, con el tiempo lo harás —susurró y la rodeó en sus brazos, tomándola por sorpresa, y tiró de ella en su dirección para unir sus labios con suavidad.
El primer impacto le generó un cúmulo de emociones en el vientre bajo, pero no se apartó.
Él le gustaba, le gustó desde el primer momento que lo vio y por esa razón lo abrazó por el cuello con timidez, dejando que guiara cada uno de sus movimientos para que el encuentro de sus lenguas fuera cómodo y placentero.
—¿Aceptas? —inquirió él, entre besos, y Eleonor gimió cuando empezó a abrir los lazos de su corsé—. No soy un hombre de muchas palabras, ni alguien demasiado romántico, pero te trataré con el respeto que mereces.
Tal vez no era romántico, pero claramente era alguien apasionado porque todo su cuerpo se estremeció cuando bajó el escote de su vestido de un tirón.
—Señor Frensby… —titubeó, viendo como rodeaba su pecho con una mano, y él lanzó una ronca carcajada.
—Puedes decirme Max, Ele —susurró y volvió a besarla, pero esta vez con mayor intensidad—. Yo cuidaré de ti —dijo con desespero, tirando de sus prendas hacia abajo—, soy un buen hombre y tengo el dinero suficiente para hacerte feliz.
En lo último que Eleonor estaba pensando era el dinero. Lo único que quería era que Max la siguiera besando, tocando y…
—Mmm… —gimió cuando su mano se deslizó por su pelvis, indagando más de lo que ella podía imaginarse, y no opuso resistencia cuando la tomó en brazos para recostarla en la cama—. Sé suave, por favor —suplicó, separando las piernas para que pudiera acomodarse mejor, y la besó con ternura.
—Supe que serías mía desde que te vi —confesó, abriéndose los pantalones, y ella lo buscó con la mirada—. Y espero que sea así siempre, Eleonor McLeod.
—Sí, sí quiero ser sólo tuya, Max —suspiró y se dejó llevar, confió ciegamente en su amante y esa noche le entregó su primera vez, su corazón y todo lo que él estuviera dispuesto a tomar.
«Siempre se lo dejé todo muy fácil» pensó con amargura, recordando la noche que empezó su aventura con Max, el padre de Percival, y negó lentamente con la cabeza.
Su error fue creer que como la cortesana de Max la gente del pueblo la respetaría, puesto que Ronald sólo esperó la oportunidad perfecta para atacarla y arruinar su relación con el pelinegro.
«No debiste rechazarme, habría sido más bueno contigo si me hubieras aceptado desde un principio».
Empuñó las manos con impotencia, recordando las palabras del malnacido, y el sonido de una rama crujiéndose hizo que volviera en sí y abandonara su relajada posición en las piedras para girar sobre su eje.
—¡¿Quién anda ahí?! —sacó su revólver, quizá cometió un error al alejarse del campamento a horas tan altas de la noche.
—Guarda el arma, Azucena.
Su cuerpo se relajó y observó en silencio como Hortensia salía de las sombras.
—¿Qué sucede? —se frotó el rostro, nerviosa, y la castaña de rizos rebeldes puso sus manos en jarras.
—Es hora, estamos listos para ir por Endicott.
—Perfecto —susurró. Tenía la leve sospecha de que después de esa noche, su búsqueda tomaría otro camino.
No tenía la menor idea del por qué recordó la noche que conoció a la Triada infernal, ni mucho menos del por qué recordó su primera vez con Max y al imbécil de Ronald; a uno lo enterró en lo más profundo de su corazón y al otro lo mandó muchos metros bajo tierra.
Esos hombres eran parte de su pasado y ahí debían quedarse.