La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

«¿Cuánto tiempo más planeas ocultarte, Steve?» inquirió Azucena, observando el cielo nocturno, y suspiró con frustración al darse cuenta que ese cobarde no daría la cara por un buen tiempo.

Su esposo era experto a la hora de esconderse de sus enemigos y la clara prueba de ello era que ninguno de los hombres que atacaron en las últimas semanas conocía su paradero.

Era como si la tierra se lo hubiera tragado.

Por un momento quiso engañarse y pensar que estaba muerto, pero la gente como Steve no moría tan fácilmente. Lo que quería decir que él simplemente estaba preparando el terreno para un nuevo ataque.

¿Percival estaría de acuerdo con dichas acciones?

—No —dijo sin pensarlo.

Su hijo sólo era una víctima más, alguien que debía seguir las órdenes para seguir con vida. Lo peor que podría hacer ahora era desconfiar del buen corazón de Percival, ella mejor que nadie sabía que si todo hubiera salido bien en Bristol, su hijo la habría elegido a ella por encima de todo.

«Al menos salvamos a varias personas» se motivó en silencio, recordando a todos los hombres y mujeres que lograron liberar de las manos de los socios de Steve. Algunos decidieron volver a sus hogares, otros encontrar suerte en la ciudad y los demás… Miró por encima de su hombro.

Estaba a pocos minutos del campamento que instalaron junto a la colonia y cada vez eran más personas las que se unían a ellas: todas ansiosas por vengarse de Steve Richman. No obstante, Azucena no podía dejar de preguntarse si vivir de esa manera era lo correcto.

Las mujeres, los niños y Maggie necesitaban un lugar más cómodo y seguro. Su campamento no era sólido, estaba hecho de carpas y fogatas, si llegaban a encontrarlos no demorarían nada en arrasar con todo. Pero… ¿qué lugar sería lo suficiente seguro como para asentarse?

Odiaba admitirlo, pero en situaciones como estas, Lucifer habría sido de mucha ayuda.

Sin darse cuenta, pronto se vio a sí misma esbozando una débil sonrisa.

Hace unos meses, se había sentido más sola y angustiada que nunca, preguntándose si algún día todo ese suplicio terminaría y lograría encontrar a sus hijos. En su mente, ella siempre estuvo sola y quizá fue así… hasta que ellas llegaron.

Apenas y podía creer que fueran las hermanas Gardener quienes le estuvieran brindando todo su apoyo durante las últimas semanas, dado que nunca fue precisamente generosa con ellas y sus situaciones no eran mejor que la suya.

Thomas dejó a Gardenia y de cierta manera la acusó por la muerte de Sheldon, Maggie fue abandonada por su esposo debido a su embarazo y Hortensia… cerró los ojos con fuerza.

La muerte de Sheldon fue un golpe muy duro para todos.

Maldición, tiempo atrás fue su amigo y si bien la vida lo había guiado por un mal camino, él intentó reivindicarse por amor, algo que sólo lo llevó a una muerte inminente.

¿Qué habría pasado con la búsqueda de su cuerpo? ¿Al final Thomas logró encontrarlo o terminó dándose por vencido?

Ya habían pasado siete semanas desde la explosión, el tiempo suficiente para aceptar una muerte y darse por vencido.

Thomas se había quedado junto al conde y su gente para buscar a su amigo y estaba segura de que Max no demoró mucho en unirse a ellos. Los tres hombres fueron criados como hermanos, por lo que no le sorprendía que la partida del pelirrojo hubiera disuelto el grupo con tanta facilidad.

Al final de todo, Max dejó claro que Percival no era tan importante para él, pero ¿por qué lo sería?

Lo suyo nunca fue más que una aventura.

Eleonor McLeod ingresó a la habitación de la posada de Sussex con recelo y tragó con fuerza al darse cuenta que sólo era una jovenzuela de diecisiete años sin cerebro, ¿en qué estuvo pensando al huir de sus padres?

Evan y Grace eran excelentes personas, pero…

«Mi madre sólo piensa en su adorada Ashley» determinó con amargura y dejó su pequeña maleta en el diván.

Ella nunca sería una hija deseada ni amada, Evan adoraba su posada y su madre sólo lloraba la pérdida de su primera hija, quien casualmente fue adoptada por un noble y tenía la vida de ensueño —a veces no entendía por qué su madre sufría tanto, ¡su adorada hija tenía la vida perfecta!

—, por lo que no tenía caso que regresara con ellos.

Debía abrirse camino, encontrar un trabajo y forjar su propio destino, pero como mujer… sus opciones eran casi nulas.

—Un esposo o un amante —susurró, bastante segura de que la primera alternativa estaba fuera de su alcance.

Quizá era hermosa, pero carecía de riqueza y nadie la vería como a una mujer respetable ahora que vivía sola, por lo que lo único que le quedaba era buscar un protector, alguien que la tratara bien y, de ser posible, fuera de su agrado.

Las mujeres de su clase, pocas veces podían aspirar a un gran matrimonio, por lo que, armándose de valor, se arregló lo mejor que pudo —sin mostrarse exagerada y desesperada— y bajó al comedor para la cena de esa noche.

Comprendía que, al estar sola, el peligro que corría era alarmante, pero maldición, estaba harta de su vida y si no se arriesgaba, nunca ganaría nada.

Como era temprano, pudo elegir la mesa de su agrado, una que estaba cerca de la ventana que daba a la calle, y esperó pacientemente a que una de las meseras viniera a atenderla, algo que no pasó con prontitud porque en ese lugar todas las criadas parecían odiarla.

Eleonor estaba acostumbrada a ese trato, su madre siempre le advirtió que su belleza le traería problemas y grandes enemistades, por lo que se mantuvo serena en su lugar, contenta de haber llenado su estómago correctamente esa tarde.

De todas formas, no tenía prisa, el comedor seguía vacío.

Su estadía en el comedor fue bastante pasiva, hasta que un escalofrío recorrió su espina dorsal y la invitó a girar el rostro hacia la ventana.

Agudizó la mirada, no había nada, pero… Unas risas masculinas la arrancaron de su letargo y Eleonor sólo necesitó girar el rostro para saber qué mirada le había hecho sentir tan inquieta.

Eran tres hombres, todos jóvenes y apuestos, pero sólo uno ingresó al comedor con los ojos fijos en ella, dos grandes zafiros que la instaron a tiritar en su lugar. Apartó la mirada con rapidez, decidida a esconder lo mucho que el pelinegro la había afectado con su presencia, y tragó con fuerza.

«Así no lograrás relacionarte con nadie» le reprendió una vocecilla. «Debes confraternizar con todos».

No obstante, si era objetiva, por mucho que esos jóvenes fueran de buen ver, ella debía preguntarse si alguno de ellos tendría la capacidad económica de hacerla su amante.

Hizo una mueca.

Lo más probable era que no.

El pánico la carcomió por dentro al percibir como esos hombres avanzaban en dirección de su mesa, cuando todas las demás estaban vacías, y se preparó mentalmente para la prueba más difícil del día.

Socializar con extraños.

¡Ella era una mujer muy introvertida!

—Disculpe… —Una voz ronca y generosa la obligó a levantar la mirada.

No se equivocó al determinar que los tres hombres eran apuestos, pero curiosamente sus bellezas eran muy diferentes entre ellas—.

¿Espera a alguien? —El rubio de ojos verdes señaló los tres lugares vacíos, y ella meditó su respuesta.

Si quería que la gente del pueblo reparara en ella, debía mezclarse con gente que llamara la atención.

—No.

El pelirrojo de ojos azules, el más alto del grupo, no se sentó y dio un paso hacia adelante.

—Hemos sido groseros, permítame presentarnos.

—Esos hombres hablaban y se movían con bastante elegancia, y eso le permitió reparar en sus aspectos: sus ropas no eran prendas simples y de mala calidad—.

Ellos son Thomas y Maximiliano Frensby —indicó al rubio y al pelinegro respectivamente— y yo soy Sheldon Bass, es un placer conocerla, señorita…

—Eleonor McLeod —se regañó a sí misma por no inventar otro nombre, se suponía que debía crear otra identidad.

Los nervios acababan de traicionarla.

El pelirrojo sonrió con amabilidad y el rubio esbozó una sonrisa lobuna, sentándose junto a ella, antes de que sus amigos le arrebataran el asiento más cercano.

—No es normal que lleguen jóvenes tan bellas a Sussex —dijo Thomas en tono galante y ella miró de reojo como Maximiliano, quien no le había dirigido ni una sola palabra ni sonrisa, se sentaba junto a ella. Sheldon ocupó el asiento que tenía en frente.

—Es la primera vez que emprendo un viaje sola y creo que me quedaré una larga temporada.

La sonrisa del rubio creció.

—¿Sola? —Ella asintió y él chasqueó la lengua, entretenido—. ¿No cree que es peligroso? Se ve joven y hermosa, podría ser una presa fácil para cualquier sinvergüenza.

Eleonor le dio un sorbo a su vaso de agua y agradeció que milagrosamente la camarera se acercara a su mesa con una sonrisa de oreja a oreja, al parecer ellos eran populares por esos lares.

El pelirrojo se encargó de pedir los mejores platos del lugar y le dejó claro que ellos invitarían esa noche. Lejos de sentirse halagada, sus alarmas se prendieron, sólo esperaba que no fueran los tipos de hombres que amaban acostarse con una mujer al mismo tiempo.

—Espero no ser vista de esa manera —reconoció con voz débil y la piel se le erizó al sentir nuevamente una penetrante mirada sobre ella.

Giró el rostro hacia el pelinegro, quien la miraba con fijeza y tenía los brazos cruzados. Estaba demasiado serio, ¿sería normal en él o simplemente ella no era de su agrado?

—Relájate, Max, asustarás a nuestra nueva amiga —siseó el rubio, captando su atención.

—¿Amiga? —Eleonor lo miró con el ceño fruncido—, ¿por qué me habla con tanta confianza?, ¿qué tal si soy una estafadora? —bromeó.

—Si ese fuera el caso, dejaré que tomes todo de mí, primor —espetó el rubio con bastante seguridad y Eleonor lo miró con fijeza, era un coqueto por naturaleza y a pesar de su radiante belleza, no se sintió intimidada ni elogiada.

Era su hermano quien le generaba una horrible inquietud en el pecho.