La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Tres semanas después

El viaje de Maximiliano duró más días de los que él hubiera querido. El océano se convirtió en su celda por los agresivos vientos, y no fue hasta cuarenta y dos días más tarde que lograron vislumbrar el faro de Boston. Sin embargo, ese hecho no trajo alivio a su pecho, sino algo más denso y pesado.

No quería creer que llegaba tarde, pero era imposible pensar lo contrario.

«Sólo espero que ellas se encuentren bien» reconoció para sí mismo, odiando sentir ese horrible nudo en la boca del estómago.

Era la primera vez que tomaba un camino distinto al de su hermano —y Sheldon— y mentiría si dijera que la sensación no era simplemente horrible. Desde que el conde de Worcester los acogió, ellos siempre fueron un equipo y una familia, y ahora todo se había desintegrado.

O al menos así lo sentía él.

Lo primero que hizo al desembarcar fue dirigirse a la colonia donde vivían los empleados de la naviera, las personas que las hermanas Gardener siempre protegerían a pesar de cualquier adversidad.

Lastimosamente, Boston no estaba dentro de sus dominios y se sentía más desorientado que nunca, tanto su mente como corazón se sentían dispersos y confundidos.

¿Qué se suponía que haría con Eleonor a partir de ahora? ¿Cuál sería su dinámica?

Cuando Hortensia y Gardenia regresaron a la vida de Sheldon y Thomas, las peleas y las amenazas fueron constantes, ¿sucedería lo mismo con ellos?

Si era sincero, estaba harto de vivir en guerra con las mujeres.

Él… ya no tenía razón alguna para odiarlas, dado que todo este tiempo estuvo equivocado: nunca fue burlado por una, la traición que tanto lo hirió en el pasado nunca existió.

Cuando el carruaje de alquiler se detuvo en su destino, Max apenas y pudo creer lo que tenía ante sus ojos.

El silencio lo golpeó como un mazo y donde antes se alzaban hileras de casas modestas pero dignas, solo quedaban esqueletos carbonizados.

El hollín cubría el suelo como una nieve negra.

No había gritos, ni llanto, ni el bullicio de los niños que solían correr por los senderos adoquinados.

Steve Richman no solo había atacado la colonia; sino que la había borrado del mapa.

—¡¿Hay alguien aquí?! —rugió, el pánico lo estaba carcomiendo por dentro. Su voz se perdió en el viento frío que soplaba desde el puerto y tragó con fuerza—. ¡¿Alguien?!

Solo el crujir de una viga de madera al ceder fue su respuesta. La impotencia lo estaba asfixiando, ¿qué tan tarde había llegado?

La idea de que ese imbécil se hubiera hecho nuevamente de Eleonor le heló las venas y subió nuevamente al carruaje para pedir que lo llevaran al puerto. No tenía la menor idea de qué había sucedido, pero no descansaría hasta encontrar las respuestas que necesitaba.

—Ellas no se dejarían vencer tan fácilmente —susurró, abrumado, y alborotó su cabellera con inquietud—. Seguramente existe otra explicación.

Max no podía negar que su cuñada, Hortensia y Maggie lo preocupaban, pero… ¿sería prudente ignorar esa angustia que sentía en el pecho ante la idea de que una vez más Eleonor saliera de su vida?

Negó rápidamente con la cabeza y con el corazón en la garganta recorrió el puerto en busca de alguien conocido. Los barcos de la naviera no estaban, su puesto estaba vacío, y no fue hasta que un hombre se acercó a él que Max pudo regularizar su respiración.

—Veo que al final, la señorita Maggie tenía razón —musitó el anciano, captando su atención—. Ella estaba segura de que ustedes les darían alcance.

¿Maggie?

—¿Dónde están? —preguntó aceleradamente, y el hombre le sonrió—. ¿Dónde diablos se metieron? ¿Qué sucedió con la colonia?

—Ellas decidieron que lo mejor para todos era quemar la colonia. —Esa noticia le generó un gran alivio, eso quería decir que Richman aún no se había enfrentado a ellas—. Vaciaron los almacenes y enviaron los barcos a altamar para protegerlos hasta tener un nuevo puerto al cual llegar.

Tenía sentido, las hermanas Gardener jamás dejarían a los suyos atrás, pero…

—¿Sabe dónde se encuentran? Debo reunirme con ellas.

—Me temo que no. —Miró el puerto, pensativo—. Después de despachar todos los barcos, ellas desaparecieron.

Porque trabajar desde las sombras era lo más sensato para todos. Sin embargo...

—¿Cómo diablos haré para encontrarlas? —alborotó su cabellera, inquieto, y ladeó el rostro con frustración.

Se sentía como un niño berrinchudo en medio de una rabieta.

No saber adónde ir, ni con quién hablar era desesperante. Cometió un terrible error al no tratar de acercarse a las hermanas Gardener en el pasado, de haber sido más amable, como Thomas y Sheldon, la ignorancia no lo estaría carcomiendo por dentro.

«No ganarás nada quejándote de tus errores» le reprendió una voz y Max emprendió camino hacia la residencia Gardener. Necesitaba armas y un lugar donde pensar con mayor calma. Sin embargo, al llegar a la verja de hierro, se detuvo en seco.

Un cartel de "Vendido" colgaba de los barrotes.

La casa estaba cerrada.

—¡Imposible! —masculló.

¿Qué tanto pudieron hacer en las seis semanas que su barco demoró en llegar?

Hortensia se casó con Sheldon antes de que este muriera, por lo que automáticamente se había convertido en la dueña de todas las propiedades y negocios de su amigo.

No debería sorprenderle que hubiera vendido la casa, Richman empezaría a buscarlos por los lugares más obvios y alejarse de ellos era lo más sensato.

«Y no debería estar llamando la atención» Por fin, la sensatez hizo acto de presencia.

Richman no era un enemigo que pudiera tomarse a la ligera y él estaba solo, atacarlo sería bastante sencillo, por lo que debía sentar cabeza y empezar a hacer las cosas desde un perfil más bajo.

Exhaló con pesadez, por un momento pensó que correría con más suerte para encontrar a Eleonor y las hermanas Gardener.

Terminó hospedado en una casa de huéspedes de mala muerte en el distrito comercial, un lugar donde los caballeros con su porte no solían entrar.

El posadero, un hombre gordo que limpiaba un vaso con la misma desidia que el tabernero de Sussex, lo observó con curiosidad mientras Max pagaba por una habitación y una botella de whisky barato.

—Ha habido mucho movimiento últimamente, ¿verdad? —preguntó Max, dejando una moneda de plata extra sobre el mostrador, quizá ese hombre podría decirle algo de su interés.

El posadero soltó una carcajada seca.

—Si por movimiento se refiere a que la alta sociedad de Boston se está orinando en sus sábanas de seda, entonces sí.

—¿A qué se refiere? —frunció el ceño.

—Seis mansiones en Beacon Hill —el hombre bajó la voz, acercándose a Max— fueron robadas y quemadas en las últimas semanas a mitad de la noche.

—¿Se conoce las razones? —inquirió con interés, ¿por qué sentía que las hijas de Lucifer estaban detrás de tal desastre?

El hombre barrió el lugar desierto con la mirada, como si de pronto temiera ser escuchado y juzgado injustamente.

—Cuatro de esas propiedades pertenecían a comerciantes de renombre, se dice que las fábricas terminaron cerrando hasta nuevo aviso y una gran cantidad de esclavos lograron escapar.

—¿Qué se sabe de esos hombres?

El hombre observó el reloj de pared que se encontraba sobre la chimenea.

—A estas alturas, supongo que ya han recorrido gran parte del infierno.

«Son ellas» determinó, tanto Hortensia como Eleonor eran demasiado sanguinarias como para perdonarle la vida a esos sinvergüenzas.

—¿Y qué pasó con las otras dos casas? —añadió una nueva moneda a las ganancias extras del hombre.

—Eran las propiedades de un político y un banquero; uno daba discursos en la plaza en contra de la esclavitud, pero se filtraron documentos donde él se encargaba de que el control policial nunca llegara a inspeccionar los barcos que traían a los rehenes.

—¿Y el banquero?

—De él no se sabe mucho, sólo fue encontrado muerto en su despacho.

Max asumía que simplemente era un ser despreciable que abusaba de los más débiles y tenía una relación muy cercana con Richman.

—¿Esto generó mucha conmoción en la ciudad?

—Eran déspotas que usaban su dinero para aplastar a los pobres. Nadie de nuestra clase social lamenta sus partidas, se lo aseguro. Pero todos nos preguntamos quién tiene las agallas para tocar a la gente que se supone debe ser intocable —lo observó con fascinación.

—¿Cree que se trata de las hijas de Lucifer? —inquirió y el posadero ladeó el rostro, frustrado.

—Se dicen que son hombres enmascarados, todos vestidos de negro para camuflarse en la noche. En un principio, todos pensamos que podía tratarse de las hijas de Lucifer, pero lastimosamente, ellas desaparecieron hace muchos meses.

Max lo dudaba mucho.

—¿Hay alguien que podría considerarse su siguiente víctima? —inquirió, apretando el vaso de whisky con ansiedad—. Alguien con ese… perfil. Un hombre de gran poder, quizás con miedo ahora.

El posadero asintió lentamente, señalando con el mentón hacia la parte más alta de la ciudad.

—Solo queda uno que encaja perfectamente —susurró—.

El señor Endicott, un juez de renombre cuyos veredictos nunca favorecen a los más vulnerables.

Dicen que ha convertido su casa en una fortaleza.

Ha contratado a una docena de mercenarios, hombres armados hasta los dientes.

Casi no sale, y cuando lo hace, siempre está rodeado de guardias.

Max apuró el trago, sintiendo el ardor del alcohol en la garganta.

Endicott… No era un apellido con el que estuviera familiarizado, pero definitivamente se acercaría a su propiedad para ver qué estaba pasando por esos lares. Si sus sospechas eran ciertas, sólo era cuestión de tiempo para reunirse con Eleonor y las hermanas Gardener.

Salió de la casa de huéspedes bajo la lluvia gélida de Boston y observó el camino que debía tomar para llegar a la mansión del juez.

—Voy por ti, Eleonor —susurró, aunque sabía que lo menos que ella deseaba era verlo—. Y espero que puedas perdonarme por llegar tan tarde a esta guerra.