La redención de un miserable (Las hijas de Lucifer 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Tres semanas después

Azucena apenas y podía creer que estuviera de regreso en Boston, la ciudad donde empezó su calvario y en la cual causó mucho daño para mantener a salvo a sus hijos.

Se sentía liberador no tener a Steve a su lado, dándole órdenes a diestra y siniestra, esperando que cumpliera cada consigna al pie de la letra.

No obstante, debía reconocer que no conocer el paradero de Percival era simplemente angustiante.

En el pasado se atrevió a pensar que su hijo estaba muerto. Conocía a su esposo y sabía lo cruel que podía llegar a ser, ¿acaso no fue ella quien tuvo que hacer la entrega de muchos bebés que él nunca quiso reconocer?

Le parecía casi un milagro que Steve nunca haya lastimado a su hijo y que, contra todo pronóstico, lo amase con tanta intensidad. Aunque… no sabía si eso era algo que pudiera considerarse bueno.

—¿Sucedió algo? —inquirió sin girar el rostro y Hortensia terminó de subir al tejado de la casa que Azucena eligió para observar el paisaje.

—Ya hablé con Ismael y Clover. —Los hombres que estaban a cargo de la colonia y la reconocieron con bastante facilidad—. Aceptaron trabajar contigo, entienden que esto es por el bien de todos.

Esbozó una débil sonrisa, era angustiante saber que nunca podría borrar todo el mal que causó.

Cuando llegaron a Boston hace dos días, Azucena sólo necesitó ver a las niñas que intentó raptar hace más de tres meses para sentir vergüenza de sí misma.

No podía juzgar a la gente de la colonia por odiarla, ella los atacó e incluso se coló en la casa de las hermanas Gardener para secuestrarlas cuando aún no estaba al tanto de que eran las temidas hijas de Lucifer.

—Gracias.

¿Qué más podía decirle?

Ella y su gente ya estaban haciendo mucho al aceptarla y brindarle un techo seguro, al igual que su ayuda incondicional para encontrar a su esposo.

—Él no llegó, nadie lo vio en el muelle —comentó de pronto, captando su atención.

—Steve es un cobarde —suspiró y conectó su mirada ambarina con la de Hortensia—, pero es inteligente. No dará la cara por el momento, seguramente llegó a otro puerto para recuperarse de la explosión.

—No llegamos a herirlo, tal vez sólo se está escondiendo —siseó la castaña, mirando a la nada—. Cómo sea, nos está dando el tiempo perfecto para sacar a todas las personas de la colonia, ¿no crees?

—Nunca le dije que ustedes vivían aquí —admitió en voz alta, observando las oscuras calles—. Pero debemos idear un plan, si él descubre que la colonia nos importa, arrasará con todo sin piedad alguna.

En situaciones así, el optimismo estaba de más.

—¿Hay alguien que pueda brindarnos la información que necesitamos? —Hortensia se sentó junto a ella—. Trabajaste junto a él por años.

—Hay un banquero, un juez, un político y cuatro hombres con mucho poder adquisitivo que reciben esclavos para sus fábricas a cambio de unos cuantos favores económicos.

—¿Tienes sus nombres?

—Forbes, Endicott, Quincy, Lowell, Cabot, Appleton y Saltonstall; todos tan despreciables como te puedes imaginar.

—Bien, es un buen inicio.

—No me alegraría mucho —decidió ser sincera y Hortensia frunció el ceño—. Steve es muy bueno guardando secretos, no me sorprendería que tuviera más negocios a espaldas de sus socios. Yo sabía de la existencia de su harem, pero nunca pude dar con él.

—Estás siendo muy negativa —la reprendió de pronto, tomándola por sorpresa—. Nadie dijo que esto sería sencillo, pero ¿qué prefieres? ¿esperar al primer ataque del enemigo o ir derribando sus fortalezas?

Azucena boqueó, incapaz de emitir palabra alguna, y finalmente Hortensia apartó el rostro, avergonzada.

—Lo siento, es sólo que…

—Tienes razón. —Odiaba admitirlo, pero ella estaba siendo más racional de lo esperado—.

Creo que descubrir que mi hijo está con vida y verlo después de tantos años me ha aturdido un poco.

—Se incorporó con lentitud, adoptando una nueva posición—.

Nunca me ha gustado esperar, ni mucho menos quedarme de brazos cruzados.

—Hortensia siguió sus movimientos—. ¿Quieren empezar esta noche o esperamos a mañana? —sonrió con arrogancia.

—Así te sientes más como una hija de Lucifer —comentó Hortensia, divertida, y ambas clavaron la vista hacia el cielo estrellado—. Saquemos a la gente de la colonia y empecemos mañana, ¿te parece?

—Sí. Son personas con mucho poder, si nos descubren darán su golpe de regreso sin duda alguna.

Y, por ende, la gente de la colonia corría peligro.

—¿Dónde está Gardenia? —inquirió de pronto, mirando hacia atrás.

Le parecía un milagro que la pelinegra no estuviera junto a Hortensia.

—Con Maggie —el ánimo de la castaña disminuyó a escalas alarmantes—. Ella… aún está sensible por el abandono de Lucifer.

Azucena asintió, ella mejor que nadie sabía lo triste que era sentirse tan sola durante un embarazo.

—¿Crees que hicimos bien al traerla con nosotras? —inquirió con cautela.

—No quise dejarla porque no confío en Lucifer —arrastró sus palabras—. Él no quiere que el bebé nazca y me rehúso a permitir que mi hermana pierda a su hijo.

—¿Qué dice Maggie al respecto?

—Quiere tenerlo, nunca antes la he visto tan convencida de algo.

Lo que quería decir que tenían menos de siete meses para acabar con Steve si no querían que él posara los ojos en el hijo de su mayor enemigo. De más estaba decir que el hombre adoraba apoderase de los puntos débiles —hijos, para ser más exactos— de las personas para extorsionarlas a su antojo.

—Él aparecerá tarde o temprano —musitó, esperando que sus palabras sean ciertas—. Maggie es su mujer y él se atrevió a ir en contra de los deseos de su amado hermano por ella, dudo que pueda lidiar con la distancia por mucho tiempo.

—Espero que tengas razón —suspiró la castaña, cansada—. Creo que, en esta ocasión, no seremos suficientes para ir en contra de Richman.

Azucena asintió, ella también pensaba lo mismo.

—Tal vez debamos armar un campamento y empezar a entrenar a la gente de la colonia. —Hortensia hizo una mueca, no le gustaba la idea de exponer a su gente—. Si los haces fuertes, no tendrás que preocuparte por ellos en un futuro.

—Pero…

—Era un inglesa tonta e ingenua cuando llegué, y gracias a Steve ahora soy una hija de Lucifer. —Hortensia la miró con sorpresa—. La más fuerte de todas —se jactó y ella bufó.

—Te vencí, ¿lo olvidas?

—¿Ah sí? —enarcó una ceja, entretenida—. Juraría que recibiste ayuda de… —su voz fue muriendo al ver la tristeza en sus ojos—. Yo… lo siento, Hortensia, es sólo que…

—Está bien, no te preocupes. —La muerte de Sheldon no sería algo fácil de superar—. A todo esto, ¿crees que debemos buscar al comité de vigilancia de Boston? —desvió el tema con habilidad y Azucena se lo agradeció.

—No, meter a la justicia podría complicarlo todo y aún no sabemos si Steve tiene a alguien de su confianza dentro del comité.

—Entiendo.

—¿A dónde vas? —preguntó al ver como bajaba del techo sin duda alguna.

—Iré a buscar el lugar perfecto para mudar a la colonia.

—¿Sola? —se preocupó y Hortensia no le dio una respuesta, era evidente que ahora mismo quería estar sola y Azucena no pensaba arruinar sus planes.

Además… alguien debía hacer vigilia durante la noche y nadie mejor que ella para esa tarea. Después de todo, llevaba más de cuatro años sin poder descansar correctamente.

A la mañana siguiente, Azucena se reunió con Gardenia, Maggie y Nancy, la nana de las hermanas, en el comedor de su acogedora casa.

—¿Viste a mi hermana, Azucena? —el nerviosismo de Gardenia era palpable.

—Dijo que buscaría el lugar perfecto para mudar a la colonia.

—¿Mudar a la colonia? —Maggie apartó la vista de su taza de té, sorprendida.

—Sí, empezaremos a ir por los socios de Steve y quedarnos aquí podría generar problemas.

—Ya veo… —susurró Gardenia—. ¿Armaron algún plan?

—Aún no, pero podemos hacerlo juntas. ¿Tienes un mapa de la ciudad?

Gardenia se olvidó de su desayuno y ambas se retiraron hacia el recibidor. Una vez que el mapa estuvo sobre la mesa, Azucena empezó a marcar todas las propiedades de los socios de su esposo.

—Están en zonas muy privilegiadas, será un escándalo —musitó Gardenia, y ella asintió.

—Pero ¿no crees que es lo mejor? —sus ojos brillaron con satisfacción—. La gente se dará cuenta que no son tan buenos como ellos fingen ser.

—No podemos atacar como las hijas de Lucifer.

—Lo sé, lo mejor es vestirnos de hombres en cada uno de nuestros ataques.

—Perfecto, empecemos por aquí —señaló la casa de Lowell, uno de los fabricantes.

—Es probable que algunos no posean información relevante —se vio obligada a decir y Gardenia asintió.

—No importa, si son malas personas, merecen llevarse un susto.

Estaba claro que las hermanas Gardener no pensaban ser piadosas y Azucena mentiría si dijera que eso le generaba inquietud. Lo cierto era que nada le daría más gusto que mandar a esos malnacidos al infierno, pero suponía que eso se iría decidiendo en cada uno de sus ataques.

—Igual, por si les interesa, estas son las casas de Steve —marcó con una línea las propiedades de su esposo y Gardenia frunció el ceño.

—¿Tienes algo en mente?

—Me gustaría acabar con el imperio que tiene en Boston —admitió, y la pelinegra abrió los ojos con sorpresa—. Pero eso es algo que podemos dejar para más adelante, ¿no crees?

—Si llegamos a matarlo, todo esto sería tuyo, Azucena —musitó con cautela y ella negó con la cabeza.

—Es dinero sucio, no quiero nada de Steve.

Después de todo, una vez que todo terminara, ella tenía pensado volver a Essex con sus padres y hermano menor. Estaba harta de la vida citadina, le urgía tener un poco de paz, lejos del peligro y junto a sus cinco hijos.

—Entiendo…

—¿Ustedes ya decidieron qué harán con las casas que su padre les dejó?

Gardenia negó lentamente con la cabeza, y decidió dejar su sugerencia sobre la mesa.

—Deberían venderlas. Si a su regreso Steve ve que siguen siendo suyas, buscará destruirlas.

—Lo hablaré con Hortensia.

Había mucho que hacer y muy poco tiempo para organizarse.

No obstante, Azucena sabía que, mientras trabajaran en equipo, las cosas avanzarían bien.

Después de todo, hizo bien al no desconfiar de las hermanas Gardener, dado que, durante las últimas semanas, no habían hecho más que integrarla a su pequeña familia.

—¿Crees que ellos vendrán? —la pregunta de Gardenia la tomó por sorpresa—. Si vendemos las casas y abandonamos la colonia, ¿cómo darán con nosotras?

Ella se refería a Thomas y Maximiliano, y lo cierto era que no sabía qué responderle.

—¿No tienen a alguien de su confianza que pueda ser un punto de conexión?

Los ojos verdes brillaron con alivio.

—Regina será de ayuda.

—¿Regina… —miró por los alrededores y bajó la voz a un tono confidencial—, la antigua amante de Lucifer?

Gardenia frunció el ceño.

—Ella es como nosotras, sólo trabaja para él y… —Azucena negó con la cabeza.

—Tal vez, a diferencia de ustedes, ella terminó aceptando otro tipo de relación. —Estudió a Lucifer por meses, nunca fue de su total confianza, y sabía de primera mano lo mucho que solía disfrutar en la cama de la rubia.

Gardenia suspiró.

—Eso explicaría por qué nunca la entrenó junto a nosotras.

—Si crees que Regina es de confianza, puedes dejarle nuestra ubicación.

Ella asintió, pero algo en sus ojos le informó que no recibió la respuesta que quería. Sin embargo, ¿qué más podía decirle?

En el fondo dudaba mucho que Max fuera a buscarlas y sobre Thomas… bueno, él estaba buscando a Sheldon, ¿no?

Eso podía tomarle meses.