Capítulo 1
Maximiliano Frensby nunca se imaginó que su regreso a Inglaterra generaría cambios tan grandes en su vida, ni mucho menos que haría descubrimientos que terminarían desmoronándolo por completo.
Tenía un hijo.
Un hijo de trece años del cual nunca supo su existencia porque cometió el terrible error de embarazar y abandonar a Eleonor —ahora Azucena Richman—, para ir en busca de sus sueños.
Unos sueños que lo convirtieron en un miserable.
—Es una locura —soltó con pesar, revolviendo su cabellera oscura con desespero, y juntó los ojos con fuerza al recordar los acontecimientos de la última semana.
El barco que atacaron explotó, Max no pudo salvar a su hijo de Richman y su mejor amigo terminó recibiendo un impacto de bala, para después perderse en medio de las olas.
La misión fue un completo fracaso, perdieron una de las batallas más importante, y empezaba a sospechar que el esfuerzo de Thomas, su hermano, por buscar a Sheldon era inútil.
Era imposible que su amigo estuviera vivo, Richman fue bastante certero a la hora de dispararle y dudaba mucho que Sheldon hubiera recibido la atención necesaria a tiempo.
La triada infernal había llegado a su fin.
Quizá por esa razón Max tomó su caballo sin duda alguna y cabalgó hasta allí como alma que lleva el diablo. Una parte de él sabía que tenía poco tiempo, que debía volver a Bristol lo antes posible para partir a Boston en busca de su hijo junto a Eleonor, pero la otra ansiaba tomar su venganza.
Sussex era el lugar donde inició todo. Donde Eleonor y él se enamoraron, y donde decidió convertirse en el imbécil más grande.
«¡Nunca te engañé! A mí me violaron».
Las palabras de Eleonor retumbaron en su cabeza y una vez más su estómago se encogió.
Le parecía un insulto a su inteligencia que nunca antes hubiera considerado esa opción, puesto que cuando ellos se conocieron e iniciaron su amorío, ella le confió su virtud y amor, dejando claro que sin importar el título que le diera, ella siempre se quedaría a su lado.
¿En qué momento determinó que era una cualquiera? ¿Por qué nunca consideró darle el beneficio de la duda?
Él… nunca intentó escucharla.
«Porque tu orgullo es tan grande que nunca quieres escuchar» le espetó una voz, recordándole la vez que Sheldon y Hortensia fueron encontrados juntos, y cómo sólo se hizo al desentendido y fingió ignorancia, como si nunca le hubiera propuesto matrimonio a la castaña.
Se frotó el rostro, abatido.
Jamás pensó que su orgullo lo condenaría de esa manera.
Max no llevaba ni un minuto en esa habitación, pero sentía que ya había visto más que suficiente.
—Max, espera… —rogó ella al ver que pretendía irse, y él paró en seco y clavó sus ojos color cielo en la mujer que amaba y acababa de romperle el corazón.
Esto era tan frustrante.
—¡Ni se te ocurra seguirme! —rugió, furioso.
Eleonor aferró las sábanas contra su cuerpo desnudo, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas—.
Eres una zorra —Ella negó rápidamente con la cabeza, ansiosa por limpiar su imagen—.
No quiero que vuelvas a buscarme, tú y yo no tenemos nada de qué hablar.
—Tienes que escucharme, él…
—Ronald es tu nuevo cliente, porque a mí ya me perdiste —escupió y salió de la habitación que alquiló para ella, sintiendo un profundo rencor en el pecho, y agradeció en silencio que esa misma tarde Eleonor dejara el pueblo.
No quería volver a saber de esa mujer en su vida.
¡Maldita la hora que se enamoró de esa ramera!
Su amorío de meses tuvo consecuencias y cuando ellos se volvieron a encontrar —antes de que Max se fuera a América—, Eleonor prefirió guardar ese hecho en secreto porque en vez de hablar de su ruptura, él sólo la tomó y la trató como si fuera una cualquiera de turno.
Cerró las manos en dos puños, furioso por el giro de los acontecimientos, e inhaló con pesadez al darse cuenta que, una vez más, llegó demasiado tarde.
Estaba en Sussex con toda la intención de mancharse las manos con la sangre del hombre que le había arrebatado el amor de la rubia hace más de catorce años, pero el destino decidió burlarse de él y acababa de dejarle claro que siempre sería el villano de su propia historia.
—Llega usted cinco años tarde, señor —le había dicho el viejo tabernero unas horas antes, mientras limpiaba un vaso con un trapo mugriento—.
A ese malnacido lo encontraron con el corazón atravesado en su casa.
Dicen que fue un forastero. Una sombra vestida de negro que desapareció en la niebla antes de que el cuerpo se enfriara.
Max apretó los puños hasta que los nudillos le dolieron.
Ella no lo había necesitado. Mientras él se dedicaba a engañar a mujeres con fortuna y disfrutar del dolor ajeno, Eleonor se había convertido en su propia justiciera.
Ella había hecho el trabajo sucio que a él le correspondía, transformándose en algo oscuro y letal para sobrevivir al horror que él mismo la había lanzado al dejarla sola.
Todo habría sido muy diferente si se hubiera enterado de su embarazo.
Quizá en un principio se habría sentido molesto, traicionado e incluso burlado, porque habría dudado si el hijo era suyo o no, pero estaba seguro de que al final de todo él le habría perdonado, puesto que después de catorce años, podía dar por sentado que nunca más volvió a amar con la misma intensidad que amó a Eleonor McLeod.
Sin embargo, no podía decir que ahora mismo se sintiera enamorado. A decir verdad, su nueva versión —violenta, aguerrida y rencorosa— no le agradaba en lo absoluto, pero… era muy consciente de que ella tampoco era feliz con el resultado.
Eleonor mató y lastimó porque no tenía opciones, porque era eso o que sus hijas sufrieran las consecuencias. Juntó los ojos con frustración, recordando a las cuatro niñas que Steve Richman tuvo encerradas por años y a las cuales ella abrazó como si de eso dependiera su vida.
«Fui un estúpido» pensó, sintiendo el peso del revólver en el cinto de su pantalón. «La abandoné cuando más me necesitaba porque preferí creer que era una traidora antes que aceptar que le hicieron daño en mis propias narices».
El recuerdo de la pelea en el barco regresó a su mente como una bofetada. Veía una y otra vez la cara de Percival —su hijo, un joven que era su propio reflejo— entregándose a Richman para salvar la vida de su madre.
«Por favor, señor, llévese a mi madre, no puedo perderla de nuevo» las palabras de su hijo retumbaron en su cabeza y la impotencia lo carcomió por dentro .
Señor… él era un completo extraño para Percival.
—Pero eso cambiará —musitó con aspereza, jurándose a sí mismo que salvaría a su hijo y mataría a Richman de una vez por todas—. Haré lo correcto.
Tal vez no se quedaría al lado de Eleonor por amor, pero se encargaría de recompensar todo el daño que su abandono causó en su vida. Ella lo necesitaría y él se encargaría de ser un buen padre para todos sus hijos.
Aunque… observó una vez más la tumba del hombre que arruinó su vida y siseó un juramento por lo bajo.
—¿Cómo diablos haré para mirarla a los ojos? —susurró al viento frío de Sussex—. Ahora te entiendo, Sheldon, realmente esto es una mierda.
Ahora entendía la impotencia de su amigo, lo difícil que era para él alejarse de Hortensia, a pesar del peligro que ella representaba, y lo encaprichado que estuvo todo este tiempo ante la idea de hacerla su esposa y cuidarla.
Max ni siquiera estaba seguro de si Eleonor querría trabajar con él. No pudo salvar a Percival, no tenía su perdón y Richman se dirigía a algún lugar mientras él perdía el tiempo buscando fantasmas del pasado.
—Es hora de volver.
Cometió un terrible error al no decirles adónde iba. En ese momento sólo quería saldar cuentas del pasado, pero pecó de iluso al creer que ella no habría hecho nada respecto al tema.
Se montó en su caballo, ya no había nada que hacer en Sussex. El hombre que debía morir ya estaba bajo tierra, ejecutado por la mano de la mujer que lastimó hace más de una década.
—Si no puedo darte la venganza que ya te cobraste, Eleonor —espoleó al animal—, te daré la cabeza de tu esposo. Aunque sea lo último que haga como el miserable que soy.
La mujer que tiempo atrás fue dulce y dócil ya no existía. Steve Richman la mató, y él se encargaría de cobrar su venganza.
Sin embargo, para su sorpresa, cuando llegó a Bristol no encontró señal alguna de Azucena ni las hermanas Gardener. Ni siquiera su hermano estaba en la casa que se les fue cedida, por lo que el pánico empezó a acrecentarse en su pecho.
¡¿Adónde diablos fueron sin él?!
Se acercó a la guardia real, quienes seguían patrullando la zona, y terminó acercándose a la propiedad de los marqueses de Sutherland.
Ashley, la marquesa, era la hija de Worcester y su mejor amiga, al igual que la media hermana de Eleonor, por lo que no le sorprendió enterarse que las cuatro hijas de la rubia estaban bajo su cuidado.
«Es lo mejor, nadie mejor que Sutherland para cuidar de ellas» pensó, aliviado, pero aguardó por su amiga en el salón verde, sintiendo una horrible presión en el pecho.
Si las niñas fueron dejadas aquí… ¿podría ser que Eleonor se hubiera ido sin él?
«¿Por qué diablos no me esperaron?»
—¿Dónde te metiste, Max? —exigió saber Ashley nada más ingresar al salón.
Se volvió hacia ella, ansioso. Estaba junto a su esposo.
—Tuve que ir a Sussex por una emergencia, pero no entiendo por qué no me encontré con nadie en la casa —espetó aceleradamente y Ashley intercambió una rápida mirada con su marido—. ¿Qué sucedió?
En esta ocasión fue el marqués de Sutherland quién tomó la palabra.
—Worcester y tu hermano siguen buscando a Sheldon, el cuerpo aún no ha aparecido.
Su corazón se encogió, ¿no era más fácil dejar que su amigo descansara tranquilo?
Aferrarse a una mentira tan cruel sólo causaría más daño. Era imposible que Sheldon hubiera salido con vida.
—¿Y dónde está tu hermana? —inquirió con cautela, mirando a Ashley.
—Ella zarpó hace más de cuatro días a Boston —musitó, helándole las venas.
—¿Qué? —su voz apenas y fue un susurro.
—Pero no fue sola —añadió rápidamente—. Las hermanas Gardener están con ella, dijeron que harían hasta lo imposible para recuperar a Percival.
Lo más probable era que Eleonor pensara que la había abandonado, que decidió hacerse al desentendido y alejarse del caos para seguir con su vida. Sólo eso podía explicar que ella no lo hubiera esperado para ir juntos por su hijo.
—¿Y Thomas? —preguntó Max después de un largo silencio—. ¿Está al tanto que su esposa se fue a Boston?
No lo entendía, él no habría dejado a Gardenia tan fácilmente.
—Necesito hablar con él, necesito decirle que...
—No conocemos su paradero —intervino el marqués de Sutherland con tono grave—.
Sigue junto a mi suegro. Han desplegado a todos los hombres disponibles en la costa de Bristol.
No han perdido la esperanza de que Sheldon haya sobrevivido a la explosión.
Dicen que no descansarán hasta encontrarlo, vivo o muerto, y por ende no están al tanto de la situación.
¿Qué diablos estaba pasando?
¿Por qué su hermano abandonó a su esposa y cuñadas?
¡Sheldon los habría matado de estar con vida!
Soltó una risa amarga, preguntándose si ahora él debía ser el sensato del grupo.
—Mi hermano busca un milagro, mientras el diablo se lleva lo que queda de nuestra familia a Boston —musitó finalmente—. Thomas ni siquiera sabe que su esposa se ha marchado, me pregunto cómo le caerá esa noticia.
—Dudo que se entere de ese hecho por un buen tiempo —admitió Ashley—. Todo sucedió muy rápido después de tu partida.
Y por ende su misión era ser más rápido si no quería lamentar, nuevamente, cada una de sus decisiones.
—¿Podrían prestarme un papel y una pluma?
Ashley no demoró mucho en entregarle lo que le pedía y con movimientos torpes, pero firmes, redactó unas líneas rápidas.
“ Thomas,
He regresado de Sussex solo para encontrar que el pasado no tiene perdón y el presente no nos espera.
Eleonor se ha marchado a Boston con las hermanas Gardener; ha decidido enfrentar a Steve bajo sus propios términos y no pienso dejar que libre esta batalla sola.
No después de haberle fallado durante catorce años.
Sé que buscas a Sheldon. Dios quiera que lo encuentres, porque necesitaremos toda la ayuda posible si queremos salir vivos de América. Saldré en el siguiente barco. Espero tener noticias tuyas pronto, hermano. No nos permitas perdernos a todos en este infierno.
M. Frensby”.
Selló la carta y se la entregó al marqués.
—Entréguensela cuando regrese —pidió, ajustándose el arma al cinto—. Dígale que, si no nos volvemos a ver, al menos intenté dejar de ser un miserable por una vez en mi vida.