CAPÍTULO VEINTINUEVE #2
Rafael Duarte fue procesado en México por perforación en zona de monumentos, daño a patrimonio y homicidio culposo, y su caso se volvió, durante un tiempo, tan famoso como la cámara misma.
Pero Itzel, que había aprendido a leer a los hombres además de a los muertos, no se hizo ilusiones.
La Fundación Vandeleur soltó a Duarte como se suelta un lastre: un comunicado lamentando “las acciones no autorizadas de un director que actuó por su cuenta”, un equipo de abogados que en un año lo tenía en arresto domiciliario en Boston, y —esto fue lo que le enseñó a Itzel que la pelea no se había acabado, sólo cambiado de cara— una nueva directora, joven, brillante, que dio una entrevista impecable sobre “el compromiso renovado de la Fundación con la investigación ética y la colaboración internacional”, y que en la misma entrevista, con una sonrisa de custodia, se negó, cortésmente, a devolver el niño de la caja tres.
La máquina, entendió Itzel, era más grande que el hombre.
Siempre lo había sido. Duarte no era el saqueo; era sólo su cara de esta generación, como Balam Ek’ fue la de la suya y el viejo Duarte de la draga la de otra.
La cara cambia. El hambre no. Y en algún cajón climatizado de Massachusetts, un niño de mil años seguía esperando el agua de su casa, y la pelea de Nadia Salazar, que Itzel juró seguir a su lado, apenas empezaba de nuevo.
Itzel nunca supo de esta escena, pero ocurrió, y de ella dependería lo que viniera después.
Un martes de invierno, en una casa de ladrillo con vista al Charles helado, Rafael Duarte —tobillera electrónica bajo el pantalón de lino, la barba crecida de un hombre que ya no tiene reuniones— recibió la única visita que le quedaba por recibir.
No un abogado. No un periodista. La nueva directora de la Fundación Vandeleur, que había ido en persona, sin séquito, con la cortesía exacta de quien va a un velorio del que es, en parte, responsable.
Se llamaba Renata Poot, y era la carta más astuta que la Fundación había jugado en un siglo.
No otro heredero Duarte con acento de Boston, sino una doctora mexicana de apellido yucateco, formada en Yale y en El Colegio de México, que hablaba de “restitución” y “colaboración” en un inglés sin costuras y en un español de raíces hondas: la cara exacta con la que una institución de saqueadores del norte podía, por fin, lavarse la culpa a plena luz.
Joven, brillante, con la sonrisa preparada para las cámaras y los ojos que no sonreían nunca.
Se sentó frente a Duarte sin quitarse el abrigo.
—Vine a darte las gracias, Rafael —dijo—.
De verdad. Nos ahorraste veinte años. Antes de ti, la Fundación pensaba que esas piedras eran folclor y que la doctora Canul era una nota al pie.
Gracias a tu… entusiasmo, ahora sabemos tres cosas que valen más que todo el oro del sótano.
—Levantó un dedo—. Sabemos que la puerta era real.
—Otro—. Sabemos que se puede llegar a ella.
—Un tercero—. Y sabemos que no era la única.
Duarte, que había pasado un año diciéndose que había perdido, sintió que el estómago se le caía por una razón nueva.
—¿No era la única?
—Tus geofísicos, Rafael. Los mismos que perforaste ilegalmente el techo del mundo para complacer.
—Renata abrió una carpeta delgada sobre la mesa—.
Cuando reanalizaron los datos del acuífero buscando por qué se te cayó el proyecto, encontraron la firma.
Cuatro cenotes cardinales alrededor de un pozo central sellado, la misma geometría exacta que en Chichén.
No en un sitio. En tres que llevamos ubicados.
Uno en Petén. Uno bajo un cerro en Campeche que nadie ha excavado.
La península está llena de puertas, y hasta hace un año nadie sabía leer que lo eran.
—Cerró la carpeta—. La doctora Canul cerró una.
Nos enseñó, sin querer, a encontrar las otras.
—Ella desarmó la prueba —dijo Duarte, y oyó en su propia voz algo que no reconoció: alivio, quizá, o miedo—. La borró. En el agua. No queda nada que probar.
—Ah. —Y aquí Renata Poot sonrió por primera vez de verdad, y fue peor que cualquier cosa que Duarte hubiera hecho en su vida—.
Eso es lo tercero que te agradezco. Tu cámara del pozo perforado, la que apuntaba al agua desde arriba, estuvo grabando mientras ella hacía…
lo que sea que hizo abajo. Cuarenta segundos.
Cuarenta segundos antes de que los rostros se borraran de la piedra.
—Deslizó sobre la mesa una fotografía impresa, boca abajo, y no la volteó—.
Un escéptico dirá que es refracción, ruido del sensor, agua sucia.
Un creyente dirá otra cosa. Y esa discusión, Rafael, esa discusión eterna que ni la doctora Canul pudo apagar porque no sabía que la estábamos filmando desde arriba…
esa discusión vale más que una prueba. Una prueba se acaba. Una duda se vende para siempre.
Duarte miró la fotografía boca abajo sobre la mesa y no la tocó. No hizo falta. Sabía lo que había del otro lado, porque él también lo había sentido, en el agua, un año antes, cuando el vaso de su vitrina se puso tibio.
—No lo hagas —dijo, por fin, y fue la última cosa útil que dijo en su vida—.
Escúchame por una vez, Renata, ahora que ya no tengo nada que ganar diciéndotelo.
Yo también creí que era inventario. Yo también creí que se podía administrar.
Bajé, la sentí, y todavía creí que podía ganarle.
Lo que hay del otro lado de esas puertas no se posee.
Se cierra, o te posee a ti. La doctora Canul lo entendió con la vida de su mejor amiga.
Yo lo entendí demasiado tarde. Tú lo vas a entender más tarde todavía.
Renata Poot se puso de pie y se abotonó el abrigo, y lo miró con la misma lástima cortés con que él, un año antes, había mirado a una arqueóloga en un umbral.
—Suenas igual que aquellos viejos indios de las cartas de tu bisabuelo —dijo—. Cuídate, Rafael.
Y algo —tan breve que Duarte, un año antes, lo habría catalogado y archivado sin darle importancia— cruzó la cara de Renata Poot al decir la palabra indios , una sombra bajo la piel perfecta, y se fue antes de terminar la frase.
Ni ella misma pareció notarla. Pero estuvo.
Como si en algún lugar muy hondo de su apellido yucateco hubiera una puerta que ella tampoco sabía que cargaba, y que, por un instante, alguien del otro lado hubiera tocado.
Y se fue a buscar la siguiente puerta, dejando sobre la mesa la fotografía boca abajo, que Duarte no volteó esa tarde, ni la siguiente, y que sin embargo, algunas noches, cuando el río se ponía demasiado quieto tras el vidrio, lo miraba a él.
Don Fabián la encontró la última noche, antes de que ella dejara Yucatán, bajo la misma ceiba del solar sin número.
—Se acabó nuestro oficio —dijo el viejo, y no había en su voz duelo, sino una liviandad rara, la de un hombre al que le quitaron de la espalda un peso de ochocientos años—.
Mil años cuidando que no se abriera, y usted la desarmó en una noche.
Ya no hay puerta que cuidar. Los kanul se pueden morir en paz.
Yo me puedo morir en paz. —La miró, y sonrió, con esa tristeza y esa esperanza que ella le había visto la primera vez, en el atrio—.
Salvo por una cosa, hija. Salvo por lo que le quedó a usted.
—El temblor —dijo Itzel.
—El temblor es lo de menos. —Don Fabián le tomó la mano izquierda entre las suyas, secas, cálidas, y no la soltó—.
Usted bajó completa, y leyó al revés, y desdijo un nombre, y volvió.
Nadie había vuelto entero de eso. Sak Balam volvió roto.
Usted volvió… con inquilino. —La miró a los ojos—.
¿Ya sueña cosas que no vivió? ¿Ya se le vienen palabras que no aprendió? ¿Ya, a veces, la mano escribe sola?
Itzel no contestó. No hizo falta. El viejo asintió, despacio, y le soltó la mano.
—Cuídelo bien —dijo—. Ya no es guardiana de una puerta, porque ya no hay puerta.
Es guardiana de lo único que quedó de todo esto: la duda.
La única prueba de verdad, la que borró en el agua, se la llevó adentro.
Usted es, ahora, lo más cerca de una respuesta que va a existir nunca.
Y la va a cargar sola, y sin poder probársela a nadie, hasta que le toque pasársela, como se la pasaron a usted, a la mano de su sangre que un día venga a leer.
—Se puso el sombrero—. Bienvenida a la estirpe, Itzel Canul.
Es un oficio de mierda. Es el más importante del mundo. Coma algo.
Y se fue, pequeño, por el zaguán, hacia la noche de Valladolid, el último guardián de una puerta que ya no existía, libre por primera vez en ochocientos años.
saká — bebida ritual de maíz que se ofrece a los dueños de la tierra; aquí, en el entierro, para pedir permiso y acompañar al muerto. ↩︎