La Quinta Dirección EPÍLOGO
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EPÍLOGO

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Un año después, en el mismo departamento de Mérida, bajo el mismo ventilador, Itzel Canul se sentó a escribir la primera línea de este libro.

Había dejado la universidad. Daba, en cambio, unas clases en un centro cultural de Valladolid, a niños del rumbo, no de epigrafía sino de la lengua, de la de verdad, la que se habla, la de las abuelas; y los fines de semana iba a Xocén, a la tumba de Sol y a la casa de Petrona, y aprendía de la vieja las cosas que no están en ningún corpus, porque alguien tenía que aprenderlas y ya no quedaba casi nadie a quien enseñárselas.

Escribía de noche. Le había costado un año entender que tenía que escribir esto —que era su oficio nuevo, el que don Fabián le había nombrado bajo la ceiba: guardar la duda, y para guardar una cosa a veces hay que ponerla en signos, aunque uno sepa, como supo Sak Balam, que ponerla en signos es un peligro—.

Así que escribía. La sequía no; la sequía no la vivió.

Pero a veces, cuando la mano izquierda se le calentaba sobre el papel y empezaba a moverse casi sola, escribía cosas que ella no sabía: el olor del copal en un patio de hace mil años, el peso de una tablilla de escriba, el sabor del maíz tostado con miel que un hombre pidió de última cena.

No se asustaba ya. Le hacía compañía. En mis sueños hay recuerdos de otro hombre, había escrito alguien, alguna vez, en una hoja que ella había leído la peor noche de su vida; y ahora entendía que no era una queja.

Era una descripción. Y era, a su modo terrible, una forma de no estar sola.

Esa noche escribió hasta tarde. Y cuando terminó la primera línea —la que abre este libro, la del glifo que estaba mal, la del ventilador que se detuvo— dejó el lápiz, y estiró la mano izquierda, cansada, y fue a apagar la lámpara.

El ventilador se detuvo.

Itzel se quedó muy quieta. Afuera, un camión no bajó ninguna marcha. El aire acondicionado del vecino no arrancó. La noche de Mérida estaba en silencio, un silencio total, y las aspas del ventilador giraban por inercia, frenando, hasta que se pararon del todo, sin viento, sobre su cabeza.

Y en el papel, bajo la lámpara todavía encendida, junto a la primera línea que acababa de escribir con su letra temblorosa de zurda, había un signo más.

Uno que ella no había escrito. Lo habría jurado —y se lo juraría a sí misma con la misma firmeza con que, hacía una vida, se había llamado chi’ich cuando el ventilador se detuvo por primera vez—: no lo había escrito ella.

Era el octavo glifo. La palabra que no existe.

Los que bajaron. Trazado despacio, con cuidado, con una elegancia que su mano rota ya no tenía, en la esquina de la hoja, como quien firma.

Como quien dice, desde el otro lado de un agua que ella misma había devuelto al silencio: gracias por leerme. No estás sola. Sigue.

Itzel lo miró mucho tiempo.

Después —porque a veces uno tiene que decidir qué van a haber significado las cosas, y ella ya lo había decidido hacía un año, en el fondo de un pozo, cuando eligió creer no por prueba sino por costo— sonrió, apenas, con una tristeza y una compañía que no se cancelaban entre sí.

Tomó el lápiz otra vez con la mano que temblaba.

Y en lugar de borrar el signo que no había escrito, escribió, debajo, con el suyo, la segunda línea.

El ventilador, sobre su cabeza, volvió a girar.

Afuera empezaba, sin que nadie lo notara, a llover.

Y si has leído hasta aquí —tú, que sostienes este libro—, entonces también tú has leído demasiado, y ya es, me temo, un poco tarde. No te asustes todavía. Es sólo el agua, recordando. Sigue.

FIN