CAPÍTULO VEINTINUEVE
CAPÍTULO VEINTINUEVE
Subió al mundo por el mismo agujero por el que Duarte había bajado a robarlo, cargando en los brazos, con ayuda de dos federales que ya no sabían a quién obedecer, el cuerpo de Marisol Chan envuelto en una manta de campamento.
Salió a la plataforma norte de El Castillo al anochecer, y arriba, en la gran plaza de Chichén Itzá, los últimos de los diez mil seguían ahí, dispersándose despacio bajo un cielo morado, con sus teléfonos y sus sombreros y su asombro anual ya satisfecho: acababan de ver bajar a Kukulcán por la escalera, como cada equinoccio, sin saber que esta vez el dios había bajado de verdad, y que una mujer con la mano izquierda temblando lo había vuelto a devolver, para siempre, a una piedra que ya no diría nada.
Nadie los miró salir. Nadie sabía. La cosa más grande de la historia acababa de pasar cincuenta metros bajo sus pies y la gente recogía sus cosas y buscaba dónde cenar.
Itzel se sentó en el escalón más bajo de la pirámide, con Sol en el regazo, y dejó que Nadia Salazar hiciera lo que Nadia sabía hacer: llenar el mundo de actas.
Lo que vino después lo viviría Itzel como se vive una crecida: desde adentro, sin poder detenerla.
La cámara bajo El Castillo fue, en los meses que siguieron, la noticia que el planeta no supo cómo cargar.
El INAH, con Nadia al frente y con el respaldo de una arqueóloga maya que hablaba la lengua y leía los signos, tomó el sitio, lo cerró, lo documentó centímetro a centímetro.
Publicaron todo. Ésa fue la decisión de Itzel, y la sostuvo contra los que querían dosificarlo y contra los que querían enterrarlo: todo, abierto, del mundo.
Las fotografías de la cámara. El guardián mineralizado.
Las paredes cubiertas de una escritura que rompía cuanto se sabía de la epigrafía maya y que sólo Itzel Canul, de Xocén, empezaba a poder leer.
La historia entera de una sequía, una puerta y un sello, contada por dentro de la boca de la tierra.
Y el mundo se partió en dos, exactamente por la mitad, exactamente donde Itzel había sabido que se partiría.
Los creyentes vieron la prueba. Vieron un pueblo que enterró vivo a un hombre para sellar algo real, y dijeron: nadie hace eso por una metáfora; aquí hubo un dios, aquí bajó algo, la cámara lo grita.
Llegaron peregrinos. Se escribieron libros.
Hubo quien lloró frente a las vitrinas. Los ancianos de los pueblos, los h-menes, los que nunca habían necesitado prueba, asintieron sin sorpresa: ya lo sabíamos, dijeron, siempre lo supimos, gracias por devolvérnoslo.
Los escépticos vieron la misma prueba. Vieron un guardián sacrificado, un rito de sellamiento, una escritura desconocida pero humana, y dijeron: extraordinario, único, la mayor ventana jamás abierta a la mente religiosa mesoamericana, y ni un solo dios en ninguna parte; sólo el testimonio conmovedor de lo que la gente es capaz de creer y de hacer por su fe.
Publicaron papers. Ganaron premios. Explicaron los “rostros” que los primeros reportes mencionaban —y que ya no estaban en ninguna pared cuando llegaron los equipos— como sugestión, mala luz, la histeria comprensible de un descubrimiento bajo estrés y sin oxígeno.
Y estaba la Iglesia, que fue, de todos, la que peor la pasó.
Roma calló tres semanas, que en el Vaticano es un grito.
Después llegó un comunicado prudente hasta la agonía: la Santa Sede seguía “con interés y serenidad” los hallazgos de Chichén Itzá, recordaba que la fe verdadera no le teme a la ciencia, y no decía ni una palabra sobre lo único que a todos les quemaba la boca: si un pueblo enterró vivo a un hombre para sellar algo que dejó su rostro en la piedra, ¿qué era ese algo?
La conferencia de obispos mexicanos pidió calma.
Un obispo de la península, en cambio, pidió un exorcismo, y habló en la televisión de “puertas que no se deben abrir”, sin sospechar cuánta razón tenía.
Contra él, un teólogo joven publicó un ensayo que le dio la vuelta al mundo: que un Dios capaz de dejar su huella en la piedra para un pueblo que la Iglesia había tratado de borrar no era una amenaza a la fe, sino un reproche a los que borran; y que acaso —escribió, y por escribirlo le abrieron proceso— el error de dos mil años había sido creer que Dios sólo hablaba una lengua, y que esa lengua era la nuestra.
Pero el pleito de arriba, el de los comunicados y los obispos, era el ruido.
La grieta de verdad corría callada y honda por abajo, en los pueblos, donde la mitad de los curas de Yucatán eran, como sus abuelas, gente de la Cruz Tun y del copal antes que de Roma, y esa mitad, de un día para otro, no supo ya de qué lado del altar estaba parada.
En el acordonamiento de Chichén se juntaban peregrinos de las dos clases, y rezaban unos con el rosario y otros con saká, a veces la misma persona con las dos cosas, arrodillados frente al mismo pozo, pidiéndole lo mismo.
La prueba, que no había convencido a nadie de nada, había hecho una sola cosa clara: le había quitado a mucha gente el lujo de seguir fingiendo que sus dos mitades no vivían en el mismo cuerpo.
Los dos tenían toda la prueba. Ninguno de los dos pudo convencer al otro.
Y ésa —lo entendió Itzel, viéndolo desde la orilla, sin meterse— ésa era la única verdad que la cámara había dado nunca, la que Sak Balam había tallado y Ah Tok había custodiado con su cuerpo y su abuela había cargado cuarenta años: que frente a lo más grande, la prueba no decide.
Que uno cree o no cree. Que se puede poner el hecho entero, entero, sobre una mesa iluminada, y aun así cada quien va a ver lo que ya traía en el corazón, y que por eso, precisamente por eso, esa clase de cosas no se debe poseer, porque el que cree que la posee cree que sabe, y el que cree que sabe, mata.
Ella había devuelto al mundo el hecho y le había quitado, con su propia voz, en el fondo del agua, la parte que habría obligado a creer.
No una prueba de dioses. Una prueba de que hubo quien creyó.
Y había dejado que el mundo hiciera con eso lo que los mundos hacen: discutir para siempre, sin resolverlo, que es la forma que tiene lo sagrado de seguir vivo.
A Sol la enterraron en Xocén.
No en la ciudad, no donde su familia tenía panteón, sino en el pueblo de la abuela de Itzel, en el centro del mundo, porque Itzel lo pidió y Petrona lo arregló y la mamá de Sol —que vivía, que se dializaba, que nunca supo del todo con qué se había pagado su vida— dijo que sí, que dónde mejor.
La bajaron un mediodía, con música, con saká 1 para el dueño de la tierra y flores de muerto aunque no fuera noviembre.
El que rezó fue el padre Cauich, el cura viejo que la había mirado cruzar la plaza el día que llegó, y lo hizo de un modo que en el pueblo no se había visto nunca en cuarenta años de misas suyas: rezó el responso en latín, entero, y después, sin bajar la voz, sin fingir que no lo hacía, sin mirar por encima del hombro a ver quién lo oía, rezó en maya, y roció el saká sobre la caja con su propia mano, y le pidió permiso al dueño de la tierra para recibir a la muerta, todo a la vista de Dios y de la gente y del monte.
Itzel no dio discurso. Se paró al borde de la fosa con la mano izquierda temblándole, la puso sobre la caja, y le dijo a Sol, en voz muy baja, en el maya que las dos habían mamado en pueblos como éste, las dos únicas palabras que le quedaban y que no se cancelaban entre sí:
—Gracias. Perdón.
Las dos. Juntas. Sin soltar ninguna. Como Sol le había enseñado a sostener la línea.
Después, Petrona la abrazó, chiquita y fuerte, y le dijo al oído lo que las viejas dicen cuando ya no hay nada que decir: que comiera algo, que la vida sigue, y —bajando la voz— que Rosa estaría orgullosa, y que el temblor de la mano, ahora que Itzel lo cargaría el resto de su vida como lo cargó Rosa, no era un castigo.
Era un recibo. La prueba de que había pagado por lo que se llevó, y de lo que se llevó, esta vez, había sido una puerta cerrada para siempre y una amiga devuelta al agua de su tierra.
Barato, dijo Petrona, con los ojos llenos. Rosa habría dicho que salió barato.
Cuando la gente se fue dispersando entre las cruces, el padre Cauich buscó a Itzel y se paró a su lado, frente a la tierra removida, con las manos cruzadas sobre la estola. Tardó en hablar.
—Cuarenta años —dijo al fin, sin mirarla, mirando la fosa— creí que tenía que escoger.
Que el collar y la sangre no cabían en el mismo hombre.
De día Roma, y de noche, cuando nadie, un pedazo de mí escapándose a la Cruz Tun como un ladrón en su propia casa.
—Se le quebró algo en la voz, seco, de viejo—.
Su abuela lo sabía. Su abuela cargó las dos cosas cuarenta años sin partirse, y yo la enterré a ella también, ¿sabe?
, y le recé nada más en latín, porque no me atrevía.
—Volteó a verla, y tenía los ojos rojos—.
Hizo falta que usted rompiera el techo del mundo para que un cura viejo se atreviera, encima de una fosa, a juntarse las dos mitades.
No sé todavía si lo que sacó del agua me devolvió a Dios o me lo quitó.
Ya estoy muy viejo para saberlo. Pero por primera vez recé completo.
Gracias por eso, doctora, sea lo que sea que haya hecho.
Se persignó —a la romana—, y luego se agachó, despacio, y tocó la tierra de la fosa con la palma abierta —a la de su madre —, y se fue caminando entre las cruces, encorvado, entero por primera vez o roto de una manera nueva, sin que ni él ni Itzel pudieran decir cuál de las dos cosas era, ni les hiciera ya ninguna falta.