La Quinta Dirección CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

CAPÍTULO VEINTITRÉS

La víspera del cruce, don Fabián le enseñó a Itzel cómo no romperse.

Cenaron temprano, los cuatro —el viejo, Itzel, Nadia, y Sol, que se había quedado a dormir en la casa de Valladolid “para salir de madrugada juntas”—, y fue una cena rara, callada, de gente que sabe que come antes de algo.

Petrona había mandado desde Xocén, con un sobrino, una olla de relleno negro y tortillas hechas a mano, y Itzel, sirviéndolo, pensó sin querer en Ah Tok pidiendo su maíz tostado con miel, en Sak Balam tostándoselo con sus manos, en todas las últimas cenas que este asunto llevaba mil años cobrando, y se le cerró la garganta.

Sol, frente a ella, comía con ganas y contaba una historia de un buceo en Cozumel, y se reía, y era, otra vez, tan de verdad, que Itzel tuvo que salir al patio con el pretexto de tomar aire.

Don Fabián la siguió.

—Mañana, cuando llegue al pozo del centro —dijo el viejo, bajo la ceiba, sin preámbulo, porque ya no quedaba tiempo para preámbulos—, va a tener que hacer lo que ningún Canul ha logrado hacer entero: leer al revés.

Desdecir. Y necesito que entienda, esta noche, por qué eso mata, y cómo no dejar que la mate.

Itzel se apoyó en el tronco de la ceiba, frío bajo su mano.

—Sak Balam leyó al revés y quedó temblando toda la vida —dijo—. Y sólo lo hizo a medias, para cerrar. Yo tengo que hacerlo entero, para desatar. ¿Cuánto peor es entero?

—No lo sé —dijo don Fabián, y su honestidad la asustó más que cualquier mentira—.

Nadie lo sabe, porque nadie lo ha hecho.

Su abuela no lo hizo. —La miró—. Y ahora le voy a decir una cosa de Rosa que no le dije antes, porque no estaba lista para oírla y esta noche sí.

Su abuela no escondió una llave porque fuera lo más que pudo.

Rosa era capaz de reunir las cuatro; sabía dónde estaban las otras tres, en Boston, y en cuarenta años una mujer decidida encuentra el modo de cruzar un mar y robar tres piedras feas.

No las juntó, hija, porque supo el precio de desatar entero, y no lo quiso pagar.

Escondió una llave —una solución a medias, imperfecta, que sólo aplazaba— para no tener que pagar el precio de la solución entera.

—Bajó la voz—. Rosa no fue cobarde. Fue una madre.

Y lo que la tercera manera cobra, entera, es algo que una madre no le puede dar a una puerta, porque no le pertenece a ella sola darlo.

—¿Qué cobra? —Itzel oyó su propia voz temblar—. Dígame de una vez, don Fabián. Mañana bajo. Tengo derecho a saber qué cobra.

—No lo sé del todo, y lo poco que sospecho no se lo voy a decir esta noche, porque Sak Balam tuvo razón en no tallarlo: si se lo digo, no baja, y hace falta que baje, aunque sólo sea para decidir allá abajo, con el precio a la vista, si lo paga o no.

—Le puso las dos manos en los hombros, el gesto que le había hecho Aurelio la última noche—.

Lo que sí le puedo enseñar es a no romperse mientras lee.

Y es una sola cosa, hija, y es la más difícil de todas, porque no depende de usted.

—La miró a los ojos—. Sak Balam se rompió porque leyó al revés solo.

Nadie lo sostenía de este lado. Cuando uno desdice un nombre sagrado, se va con él; la boca lo jala hacia adentro, sílaba por sílaba, y si no hay una mano de este lado que lo sostenga, que lo llame por su nombre verdadero, que le recuerde a qué lado pertenece, uno se queda del otro lado con lo que desató.

Ah Tok fue el ancla de Sak Balam, y por eso Sak Balam volvió a medias y roto, pero volvió: porque su hermano, desde abajo, lo sostuvo.

—Le apretó los hombros—. Usted va a leer al revés a quince metros bajo el agua, en la oscuridad, atada por una línea a otra persona.

Esa persona va a ser su ancla. Mientras lea, mientras se desdiga, mientras la boca la jale, lo único que la va a traer de vuelta a este lado es la mano que sostenga su línea y que se niegue a soltarla.

—Se quedó callado un momento—. Y esa mano, hija, mañana, va a ser la de Sol.

Itzel cerró los ojos.

Ahí estaba, entera, la forma final de la trampa, tan perfecta que casi era hermosa.

Para desatar la puerta —para hacer lo que su abuela no se atrevió, para cerrar esto de verdad y para siempre— tenía que leer al revés bajo el agua, y para no perderse del otro lado mientras leía, tenía que confiar su vida, su regreso, su alma entera, a la línea que sostuviera Sol.

La mujer que a lo mejor la vendía era la única que podía traerla de vuelta.

Si Sol la quería de verdad, la sostendría y la salvaría.

Si Sol la había vendido —si en el instante exacto en que Itzel se desdijera hacia el otro lado, una mano pagada decidía soltar la línea, o peor, si Duarte le había pedido a su fuente exactamente eso, cuando lea, suéltala — entonces Itzel se quedaría del lado del agua para siempre, con lo que desató, haciéndole compañía a Ah Tok mil años más.

—Cuente las manos —dijo don Fabián, soltándole los hombros, con una tristeza sin fondo—.

Ya se lo dije al principio y se lo digo la última noche.

Pero mañana, hija, no le va a alcanzar con contarlas.

Mañana va a tener que elegir una. Va a tener que poner su vida entera en una sola mano sin saber si la quiere o si la vendió.

Ésa es la tercera manera. Ése es el precio que sí le puedo nombrar: no la sangre, no el temblor.

La confianza. Desatar la puerta cuesta confiar, ciega, en la única mano de la que no puede fiarse.

Su abuela no pudo pagar ese precio con la mano de alguien que amaba. Veremos si puede usted.

Itzel lo detuvo antes de que se fuera. Llevaba días recibiendo de este viejo advertencias, mapas, miedos, y no le había preguntado nunca lo único que de verdad se le pregunta a una persona: quién era.

—Don Fabián. Mañana a lo mejor me muero allá abajo, y usted a lo mejor se muere aquí arriba esperándome. —Se le acercó bajo la ceiba—. Antes de eso quiero saber una cosa. ¿Usted alguna vez la leyó? Una boca. ¿Alguna vez quiso abrirla?

El viejo se quedó callado tanto tiempo que Itzel creyó que no iba a contestar. Cuando lo hizo, su voz había perdido la firmeza del guía y se había vuelto la de un hombre solo hablando en la oscuridad.

—Nunca —dijo—. Ni una. Ése es el oficio, hija: nosotros no leemos.

Impedimos. Un kanul que lee ya no es kanul; es de los otros, de los que quieren ver.

A mí me escogieron de niño —no me pregunte cómo se escoge; no se escoge, a uno lo escogen las cosas—, porque tenía el oído y la memoria, y porque mi abuelo lo había sido, y el abuelo de mi abuelo.

Mi padre quería que fuera maestro de escuela en Valladolid; se murió creyendo que lo era.

Nunca supo a qué dediqué la vida, porque un guardián no se lo puede decir ni a su padre.

—Miró el árbol, las estrellas entre las ramas—.

Éramos muchos, antes. Ahora somos cuatro, y dos ya no se acuerdan ni de su nombre.

Tuve dos aprendices en sesenta años. Uno se fue a Cancún a vender tiempos compartidos, que Dios me lo cuide.

El otro… el otro leyó demasiado, como su Aurelio, y una mañana lo sacaron de un cenote.

Así que quedé yo, con un secreto del tamaño del mundo y nadie a quien pasárselo, hasta que apareció una Canul con la mano temblando.

Se rió, sin ganas, y en la risa había ochenta años.

—¿Y sabe qué es lo peor, hija? Que en toda una vida de cuidar esa puerta, nunca la vi abrirse.

Ni una vez. La cuidé con la vida, le enseñé a los míos a temerla, enterré a un aprendiz por ella…

y nunca vi con mis propios ojos que fuera real.

Hay noches —Dios me perdone— en que he rezado por que no lo sea.

Por que todo esto sea el cuento más largo y más cruel que se ha contado nunca, y mi vida, un chiste.

Porque un chiste se soporta. Lo que no se soporta es haber tenido razón.

—La miró—. Mañana usted va a ver con sus ojos lo que yo cuidé a ciegas toda mi vida. La envidio y no la envidio.

Y entonces, en voz más baja, dijo la cosa que llevaba cuarenta años sin decirle a nadie.

—A tu abuela la quise. No me preguntes de qué manera; a los veinte años uno no distingue las maneras de querer, y a los ochenta ya da lo mismo.

Éramos jóvenes en la orden los dos. Ella tenía el don que tienes tú, el de leer, y no debía tenerlo, porque el que lee tarde o temprano quiere ver.

Cuando robó la piedra y rompió con nosotros, a mí me mandaron a traértela de vuelta.

Fui. La encontré en Xocén, con tu madre todavía niña jugando en el patio.

Y no pude. No pude, hija, porque me miró y me explicó por qué lo había hecho, y tenía razón, y lo supe en el estómago antes que en la cabeza.

Volví con los viejos y les dije que no la había encontrado.

Les mentí a los guardianes por primera y única vez en mi vida, por Rosa.

Y seguí cumpliendo el oficio otros cuarenta años sin creer del todo en él, que es la forma más triste que hay de cumplir con algo.

—Se le quebró la voz, y esta vez no lo escondió—.

Así que ya ve. No la ayudo sólo por aritmética, como le dije el primer día.

La ayudo porque su abuela tuvo razón hace cuarenta años y yo fui demasiado cobarde para dársela en voz alta. Déjeme, esta vez, no ser cobarde.

Itzel no supo qué contestar, así que hizo lo único que se le ocurrió: le tomó la mano seca entre las suyas —la de él no temblaba; nunca había leído, nunca había pagado ese recibo— y se la sostuvo un momento, bajo la ceiba, dos guardianes de sangres distintas de la misma puerta, la que había leído y la que sólo había cuidado, despidiéndose sin decirlo.

Esa noche Itzel no durmió. Se sentó sola en el cuarto, con la veladora encendida, la piedra tibia junto a ella, las doce hojas del códice desplegadas —completas ahora, porque en Boston había memorizado el último tercio de las páginas que Duarte le enseñó—, y leyó, por primera vez entera, la hoja que Sak Balam había escrito para este momento, la hoja de su duda, como si el escriba hubiera sabido que la mujer que lo leería lo haría la noche antes de bajar, temblándole la misma mano.

Tú que lees la víspera —empezaba, y a Itzel se le erizó la piel, porque era la víspera—: esta noche te voy a confesar lo que no le confesé a nadie en mil años de guardarme, porque mañana bajas y tienes derecho a bajar sabiendo que ni yo estuve seguro.

¿Y si no era nada?

Escúchame. Yo vi el teatro del Gran Sacerdote con mis propios ojos: el humo, la bebida amarga, las antorchas trucadas, el silencio ensayado.

Lo vi armar un dios con tramoya para asustar a un pueblo.

Y toda mi vida, en las noches en que la mano me temblaba más, me consolé pensando que quizá eso fue todo.

Que el agua se aquietó porque un hombre listo tapó una salida y la cámara hizo eco.

Que la escalera que vi la puso la bebida en mis ojos.

Que la lluvia vino porque llueve, tarde o temprano, aunque uno no abra ninguna boca.

Que mi hermano no se enterró para sellar a un dios, sino que se dejó matar por una mentira hermosa que yo ayudé a tallar en piedra, y que todos estos siglos de guardianes hemos cuidado, con nuestras vidas, una puerta que no da a ninguna parte.

Me consolaba pensarlo. Y me aterraba pensarlo, que es distinto, y peor.

Porque, verás, hija: si es real, entonces cargamos algo terrible, pero cargamos algo.

Y si no es real, entonces mi hermano se pudrió mil años bajo una piedra por nada, y yo tallé mi vida entera al servicio de un miedo vacío, y tú, esta noche, tiemblas la víspera de bajar a jugarte la vida contra un cuento.

No sé cuál de las dos verdades es más difícil de cargar.

He tenido mil años para escoger y no he escogido.

Sólo te puedo decir lo que sé, y es poco: que el agua se aquietó de un modo que ninguna tramoya explica.

Que la cosa me miró y supo mi nombre. Que mi mano tiembla.

Que la tuya, si leíste hasta aquí, también.

Eso no lo puso el Gran Sacerdote. Eso no es teatro.

O es el teatro más largo y más cruel que se haya montado, uno que lleva mil años cobrando manos temblorosas de gente que nunca vio la función.

Yo elegí, al final, no por prueba, sino por costo, creer que es real.

Porque si me equivoco y no lo era, sólo habré perdido mi vida cuidando una nada, y una vida es poca cosa.

Pero si me equivoco al revés —si decido que es cuento, y abro para ver, y era real— entonces le abro la puerta a lo que ahogó las aldeas bajas, y ya no es mi vida la que pierdo, sino la de todos.

Ante esa cuenta, hija, el sabio cree en el peligro aunque dude de él.

No por fe. Por aritmética del que puede perder demasiado.

Baja mañana dudando, si hace falta. Yo dudé mil años.

Pero baja tratándolo como real, porque el que lo trata como cuento y se equivoca no vive para corregir el error.

Duda con la cabeza. Obedece con las manos.

Y cuando el agua te haga la pregunta —te la va a hacer—, acuérdate de que ni tú ni yo sabemos la respuesta, y que sólo una de las dos maneras de equivocarse se puede deshacer.

Itzel dejó la hoja. La veladora ardía derecha. Afuera, los grillos, el calor quieto, y en el cuarto de al lado la respiración honda de Sol dormida, la mano que mañana sostendría su vida o la soltaría.

No había resuelto nada. No sabía si los dioses eran reales o si mil años de gente valiente habían guardado un eco. No sabía si iba a abrir o a desatar. No sabía si la mano de Sol la iba a traer de vuelta o la iba a dejar ir. Sak Balam tenía razón: bajaría dudando de todo.

Pero algo, en la duda, se le había asentado firme, y era lo único que llevaría al agua con certeza: que iba a tratarlo como real.

La piedra tibia. La escalera en el pozol.

La cara de Ah Tok. El agua que sabía su nombre.

Podían ser narcosis, sugestión, teatro, mil años de eco.

Pero el que los trata como cuento y se equivoca, había escrito el escriba, no vive para corregir el error.

Apagó la veladora al amanecer. Y cuando la luz gris de concha entró por la ventana —la misma luz de concha con la que había bajado al oriente hacía una vida, seis días atrás—, Itzel Canul se levantó, envolvió la piedra tibia, despertó con una mano suave a la amiga que la quería y a lo mejor la vendía, y se preparó para bajar, la noche que venía, al centro exacto del mundo, a jugarse la vida y el alma contra algo de lo que dudaba con toda la cabeza y obedecía con todas las manos.

Era el día del cruce.