La Quinta Dirección CAPÍTULO VEINTIDÓS
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CAPÍTULO VEINTIDÓS

CAPÍTULO VEINTIDÓS

Supieron que las tres piedras habían aterrizado porque la cuarta se lo dijo a Itzel antes que ningún teléfono.

Iban en la camioneta de don Fabián, de Mérida hacia el rumbo de Chichén, Itzel adelante con la bolsa en el regazo y Nadia atrás con una carpeta de permisos, cuando la piedra del poniente —quieta desde Boston, dormida en su calcetín— despertó.

Itzel la sintió calentarse contra su muslo, a través de la lona, y tirar, ya no hacia cualquier agua como en el cenote del poniente, sino hacia un punto fijo del horizonte, hacia el poniente exacto de donde estaban, con una insistencia nueva, mansa y desesperada a la vez, como un perro que huele a su camada.

—Ya llegaron sus hermanas —dijo don Fabián, sin apartar los ojos del camino, notando el modo en que Itzel se apretaba la bolsa—.

Cien años separadas por un mar, y la tierra ya las volvió a poner cerca.

Mírela cómo jala. —Su voz era ceniza—. Las cuatro llaves en la misma península por primera vez desde que su bisabuelo de ese hombre las repartió con una draga.

La cerradura quiere armarse, hija. La cosa entera quiere armarse.

Y sólo faltan dos días y una mano para armarla.

Nadia, atrás, que no creía en piedras que jalan y llevaba seis años creyendo sólo en papeles, se quedó callada mirando la bolsa de Itzel con una arruga nueva entre las cejas, la arruga de la persona racional que empieza, contra su voluntad, a sentir el borde de algo.

Se reunieron los tres esa noche en la casa sin número de Valladolid, la del solar de la ceiba, y fue una alianza rara: el guardián de ochocientos años de miedo heredado, la funcionaria de seis años de cartas ignoradas, y la lectora con una piedra tibia y una decisión sin tomar.

Don Fabián recibió a Nadia con desconfianza —“el gobierno nunca nos ayudó a cerrar nada; el gobierno firma permisos”— y Nadia lo recibió con la suya —“y ustedes nunca dejaron que nadie estudiara nada; entre su secreto y su saqueo, doctor, el niño de la caja tres se quedó en un cajón”—, y en el filo de esas dos desconfianzas, bajo la ceiba, encontraron lo único que los unía: los tres querían que Rafael Duarte no abriera esa puerta.

Uno para cerrarla. Otra para devolver lo que hubiera.

La tercera, todavía, sin saber para qué.

—Duarte controla el sitio por arriba —dijo Nadia, extendiendo un plano de la zona arqueológica sobre la mesa—.

Su proyecto tiene montado un campamento entero alrededor del Castillo, con el cuento de la muografía.

La noche del cruce va a estar ahí con toda su gente y sus permisos, y yo puedo meterle inspectores y ruido, quitarle la soledad, pero no lo puedo sacar.

Si Itzel entra por la puerta grande de Chichén, con su piedra, entra directa a la boca de él.

—Entonces no entra por arriba —dijo don Fabián.

Puso un dedo seco sobre el plano, no en el Castillo, sino lejos, a más de dos kilómetros, en un punto que no tenía nombre impreso.

—Hay una cueva —dijo—. Balamkú. 1 “Templo del jaguar.” La sellaron hace más de cincuenta años, un arqueólogo la tapó con piedras y la olvidó el mundo, y hace poco unos buzos del proyecto del acuífero la volvieron a abrir buscando el agua de abajo.

Lo que esos buzos no saben, porque no son de la sangre y no leen lo que hay que leer, es para qué se hizo esa cueva.

—Miró a Itzel—. Balamkú no es una cueva, hija.

Es la puerta de servicio. Los que sellaron el pozo bajo el Castillo hace mil años necesitaban un modo de llegar al agua sin pasar por la plaza, sin que la ciudad los viera; un pasillo de agua, por abajo, que uniera una boca escondida en el monte con el cenote del centro.

Ah Tok bajó por ahí. Yo bajé por ahí, de joven, hasta donde el miedo me dejó.

Balamkú se conecta, cueva tras cueva inundada, con el pozo de abajo del Castillo.

Por abajo del campamento de Duarte. Por abajo de sus permisos y sus focos y sus doscientas personas.

—Golpeó el plano con el dedo—. Se puede llegar al pozo sin que él lo sepa.

Buceando. En la oscuridad. Kilómetros de cueva inundada que sólo conoce la sangre que la cuidó.

Itzel miró el punto sin nombre en el plano, y luego la línea invisible que lo unía, por debajo de la tierra, con el corazón del sitio, y sintió cerrarse la forma completa del plan, tan hermosa y tan atroz como todo en este asunto: entraría a la puerta más vigilada del mundo por su puerta de servicio de mil años, nadando por la tripa de la tierra, con las cuatro llaves y una tercera manera enterrada en el pecho, mientras Duarte la esperaba arriba, en la plaza, seguro de tenerla, sin saber que ella iba a brotar del agua a sus pies desde el único camino que su dinero no podía comprar porque no aparecía en ningún plano que se pudiera comprar.

Y para nadar kilómetros de cueva inundada en la oscuridad, entendió, con el estómago revuelto, necesitaba, más que nunca, a la mejor buza de cuevas que conocía.

Necesitaba a Sol.

—El pasillo de Balamkú es largo y es negro y mata a los que no lo respetan —dijo don Fabián, leyéndole la cara otra vez—.

No lo va a hacer con un buzo comprado en una tarde.

Lo va a hacer con la buza que la quiere, o no lo va a hacer.

—Se sentó, viejo, derrotado por la misma aritmética de siempre—.

Métala, hija. Ya lo hablamos. Pero acuérdese de lo del sur: llévela al agua sin darle nunca la última hoja.

Que baje con usted por el pasillo. Que no sepa nunca qué va a hacer usted al final del pasillo.

Le mandó a Sol el borrador esa misma noche, palabra por palabra como lo había escrito en el avión, la mentira con nombre de amiga: cambié de opinión.

voy a colaborar con ellos. es la única forma de sacar esto a la luz sin que nos maten.

te necesito para la última inmersión. la noche del equinoccio.

Y le pidió que se vieran al día siguiente para preparar el equipo.

Sol llegó a la mañana siguiente a la casa de Valladolid con la troca cargada de tanques, y en cuanto Itzel la vio bajar del vehículo, algo frío le recorrió la espalda antes de que su cabeza supiera por qué.

La troca era nueva. No nueva de agencia, pero nueva para Sol: la misma vieja Hilux de siempre, sí, pero con llantas nuevas, y en la batea, reluciente, un compresor.

El compresor. O uno igual. Sol —que hacía tres semanas, bajo el ramón, le había contado con vergüenza que tenía el compresor empeñado, que el banco le hablaba, que su mamá con la diálisis, que andaba ahogada— bajaba ahora de una troca con llantas nuevas y un compresor en la batea, y traía, Itzel lo vio de un golpe con el ojo entrenado para los detalles que otros no ven, dos computadoras de buceo nuevas todavía con el plástico de la correa, y una sonrisa aliviada, distinta, la sonrisa de alguien a quien se le quitó un peso de encima.

—¡Arqueóloga! —Sol la abrazó, fuerte, real, siempre real—. Ya te extrañaba. Oye, y traje equipo nuevo, del bueno, para la que sea que vayamos a hacer, porque si es tan importante como dices no quiero que bajemos con chácharas.

—Qué bueno —se oyó decir Itzel, con la voz plana de aula, la que usaba para las cosas demasiado grandes—. ¿Y eso? Se te compuso la cosa.

—¡No sabes! —Sol soltó una carcajada, encantada, sin sombra, sin cálculo visible—.

Se alineó todo de repente. Me salió un trabajo de buceo técnico, unos gringos de un proyecto, pagan carísimo y en dólares.

Pude sacar el compresor, ponerme al corriente con el banco, hasta le adelanté tres meses a mi mamá de la diálisis.

—Se persignó, agradecida, hacia ninguna parte—.

Andaba yo tan ahogada, Itzel, y de la nada, mano caída del cielo. A veces la vida te tira un hueso, ¿no?

Y ahí estaba. El breadcrumb. La miga.

En la superficie, era la mejor noticia del mundo, la que una amiga celebra con lágrimas: Sol ya no se ahogaba, a Sol le había caído un trabajo, la mamá de Sol tenía su diálisis pagada.

Cualquier persona que quisiera a Sol se alegraría hasta el hueso.

E Itzel, que la quería hasta el hueso, sintió, por debajo de las ganas de alegrarse, cerrarse el hielo: unos gringos de un proyecto.

Pagan carísimo, en dólares. De la nada. Justo ahora.

La misma semana en que Itzel más la necesitaba, justo cuando Duarte, en Boston, había ordenado —Itzel no lo había oído, pero podía imaginarlo con una nitidez que la enfermaba— recuérdele, con cariño, lo de la madre, lo del banco, lo del compresor.

Podía ser verdad. Los proyectos de buceo técnico existían, pagaban en dólares, aparecían.

La península estaba llena de gringos con dinero buscando buzos buenos, y Sol era la mejor.

Era perfectamente posible que a Sol, buza excelente y endeudada, le hubiera caído un trabajo legítimo en la peor semana de su vida por pura coincidencia del universo.

Y era perfectamente posible que el trabajo se llamara Rafael Duarte, y que el precio de la diálisis de una madre fuera la ubicación de una hija ajena, y que las llantas nuevas y el compresor reluciente fueran, exactamente, las treinta monedas, pagadas no con maldad sino con amor —amor de hija por su madre enferma—, que es la única forma en que la gente buena se vende de verdad.

Itzel no pudo saber cuál. Abrazó a Sol otra vez, para que Sol no le viera la cara, y por encima del hombro de su mejor amiga miró la troca nueva, el compresor, las computadoras con el plástico todavía puesto, y contó, en silencio, por dentro, como le habían enseñado a contar mil años de agua: dos manos, cargando ahora tanques nuevos, para bajar con ella al pasillo más negro de la tierra.

—Sí —le dijo a Sol, apartándose, sonriendo con toda la falsedad verdadera que había aprendido—. A veces la vida te tira un hueso. Ven, te enseño dónde vamos a bajar. Es lejos, en el monte. Se llama Balamkú.

Y le enseñó la cueva —el dónde, no el qué; siempre el dónde y nunca el qué—, y le dio de comer a la posible traición, con sus propias manos, exactamente la información que quería que viajara, si es que viajaba, hasta un hombre que esperaba en la plaza; y las dos mujeres pasaron la tarde revisando reguladores y armando tanques bajo la ceiba, riéndose de cosas viejas como en trece años de tardes iguales, queriéndose de verdad y desconfiando en secreto, cada una un poco, aunque sólo una de ellas —Itzel nunca lo sabría con certeza— supiera del todo por qué.

Afuera, sobre Valladolid, el cielo empezaba a cargarse de un calor pesado, quieto, de esos que en Yucatán anuncian que algo grande viene por el poniente.

Faltaba un día para el cruce. Y en la bolsa de Itzel, contra su cuerpo, la piedra tibia jalaba, sin descanso, hacia sus tres hermanas dormidas bajo una pirámide, a dos kilómetros y mil años de distancia.

Balamkú — “Templo del Jaguar” en maya. Cueva real cercana a Chichén Itzá, sellada durante décadas y reabierta en 2018 por el Proyecto Gran Acuífero Maya durante la búsqueda de la conexión hídrica bajo El Castillo. ↩︎