INTERLUDIO DEL CÓDICE
INTERLUDIO DEL CÓDICE
El Códice del Guardián — hoja quinta
Cuando desperté de los tres días de lluvia, tú que lees, creí que lo peor había pasado. Creí que sólo faltaba cerrar. Qué joven era, aunque ya me temblara la mano de viejo. Cerrar fue lo fácil. Lo difícil fue convencer a los hombres de que había que cerrar.
Porque la puerta, entiéndelo, había funcionado.
Ésa es la trampa que ni mil años borran.
Pedimos lluvia y llovió. La ciudad, que se moría, vivió.
Las milpas reverdecieron sobre los muertos de las aldeas bajas, y la gente, que no vio a las aldeas bajas ahogarse, sólo vio el maíz volver, y cantó, y llamó santos a los señores y sabios a los sacerdotes.
¿Y tú vas a pedirle a un hombre que selle para siempre lo único que, en tres años de hambre, sirvió?
Dile a un sediento que tape el pozo porque el pozo, además de agua, da monstruos.
Te va a mirar como se mira a un loco, con el jarro en la mano.
Se formó, entonces, un bando. Anótalo, porque no ha muerto: mil años después, te lo juro por lo que me queda de mano, ese bando sigue vivo, con otras caras, con otras lenguas, quizá venido de muy lejos, del otro lado del mar, pero es el mismo bando, y quiere lo mismo.
Decían: no sellemos. Guardemos la puerta.
Cuidémosla, sí, con reglas, con secreto, pero conservémosla, porque un pueblo que puede llamar la lluvia es un pueblo que nunca más se arrodilla ante nadie.
Decían que sellar era desperdiciar. Decían —y esto, tú que lees, es lo que más miedo me dio, porque era lo más razonable— que el saber, una vez hallado, no se puede des-hallar, y que fingir que no existe es más peligroso que administrarlo.
Que mejor en manos sabias que enterrado, donde cualquier tonto con hambre podría volver a desenterrarlo peor.
Casi ganan. Tenían de su lado la razón fácil, que es la más fuerte de todas las razones.
Tenían de su lado a un sacerdote joven y brillante llamado Balam Ek’ 1 , Jaguar Estrella, que había visto lo mismo que yo la noche del cruce y que, donde yo vi horror, vio poder, y quedó enamorado.
Sí: enamorado. No hay otra palabra. Había mirado a la cosa que subió por el agua y la cosa lo miró de vuelta, y desde esa noche Balam Ek’ ya no fue del todo nuestro; fue un poco de ella.
Iba al pozo de noche, solo, a hablarle. Le llevaba ofrendas que nadie le había pedido.
Decía que del otro lado no había hambre, ni muerte como la nuestra, ni vejez; que lo que esperaba abajo no era un monstruo sino un maestro, y que sellar la puerta era condenar a nuestro pueblo a seguir siendo pequeño y mortal cuando podía ser otra cosa.
Aprende esto de Balam Ek’, hija, tú que un día bajarás con alguien al agua: la puerta no necesita un ejército para abrirse.
Nunca lo necesitó. Necesita una sola mano querida que la abra desde adentro, por amor a lo que hay del otro lado.
Los ejércitos derriban ciudades. A la puerta la abre el amor.
Siempre. Por eso mi maestro, el viejo Ah Kanul, cuando por fin ganamos la discusión —y la ganamos por poco, y la ganamos sucio, con la autoridad del Gran Sacerdote arrepentido más que con la razón— no descansó.
Porque sabía que sellar contra el bando de Balam Ek’ no bastaba.
Un sello lo rompe el que ama lo sellado. Había que hacer algo más.
Y aquí, tú que lees el norte y el poniente y el sur buscando el cómo, aquí está lo que fuimos haciendo, para que sepas que la piedra que lees no cayó del cielo: la pusimos nosotros, y nos costó lo que te voy a decir.
Hicimos cuatro llaves. Cuatro piedras sencillas, feas a propósito, porque lo hermoso se roba y lo feo se ignora.
Consagramos cada una a una boca: oriente, norte, poniente, sur, la vuelta del sol.
Y en cada boca, en la piedra que no se puede cargar, tallé yo —con esta mano que ya temblaba, tallé despacio, tardé lunas— un pedazo del cómo.
En el oriente, el silencio: no des tu nombre.
En el norte, la humildad del que baja. En el poniente, la palabra que no se dice.
Y en el sur, la más peligrosa, la que ni Balam Ek’ conocía: el principio de la tercera manera.
Porque, verás, el Gran Sacerdote sabía abrir.
Balam Ek’ quería abrir. Nosotros aprendimos a cerrar.
Pero cerrar y abrir son la misma llave girada al derecho o al revés, y quien tiene la llave puede hacer las dos cosas; por eso una puerta cerrada es sólo una puerta que espera.
Ah Kanul buscó, en los libros más viejos que los nuestros, una tercera cosa: no abrir, no cerrar, sino desatar la cerradura de su puerta, separar para siempre el poder de la piedra del cuerpo del pozo, de modo que aunque alguien juntara las cuatro llaves y dijera todas las palabras, no encontrara ya puerta que abrir, sino sólo agua, y piedra, y el silencio limpio de un lugar donde nunca más va a pasar nada.
La halló. A medias. Ésa es mi vergüenza y mi advertencia.
La tercera manera existe, y está en la última hoja de este libro, y yo la tallé en el sur y la copié aquí.
Pero no pudimos usarla, hija. Porque desatar la cerradura pedía un precio que ninguno de nosotros podía pagar esa noche, con el bando de Balam Ek’ respirándonos en la nuca y el cruce ya pasando.
La tercera manera pide una mano de cierta sangre —no cualquier lector, no cualquier valiente: una sangre precisa, la que ata y desata, y en mi tiempo esa sangre no había nacido todavía, o no la supimos hallar—.
Y pide algo más, que no te voy a escribir aquí porque quiero que llegues a la última hoja habiéndote ganado el derecho de leerlo, y no antes, cuando aún puedes usarlo mal.
Así que hicimos lo único que sí podíamos esa noche: cerramos. Y para que ni Balam Ek’ ni su bando pudieran volver a abrir, hicimos lo terrible, lo que me quita el sueño la última noche de mi vida mientras escribo esto: pusimos un guardián vivo del otro lado del sello.
Ah Tok. Mi hermano. El partidor de piedra que se quedó partiendo piedra cuando a mí me llevaron a los libros, y que nunca me lo reprochó, y que cuando los sacerdotes preguntaron quién bajaría con la última llave a quedarse, para que ningún vivo de este lado pudiera girarla sin que uno del otro lado se opusiera, levantó la mano antes que nadie, porque dijo —y lo dijo sin drama, comiendo, como se dicen las cosas verdaderas— que un hombre que sólo sabe partir piedra bien puede servir de piedra, y que prefería ser él y no que me tocara a mí, que sabía tantas cosas y hacía tanta falta arriba.
Le tosté su último maíz con miel, con estas manos.
Ya te lo conté en la primera hoja; te lo cuento otra vez porque es lo único de toda esta historia que quiero que recuerdes si olvidas lo demás.
No recuerdes a los dioses. No recuerdes a los reyes.
Recuerda que hubo un hombre que se dejó enterrar vivo para cerrar una puerta que otros habían tenido la soberbia de abrir, y que pidió, de última cena, maíz tostado con miel como el de su madre, y que se lo comió despacio, mirándome, sin rencor.
Los dioses no dejaron en la piedra su rostro, hija, digan lo que digan las hojas.
El que dejó su rostro en la piedra fue mi hermano.
La prueba que vas a hallar allá abajo tiene su cara.
Balam Ek’ no lo perdonó. La noche del sello nos maldijo a Ah Kanul y a mí, y juró —lo oí, con el agua ya cerrándose— que su bando esperaría lo que hiciera falta, cien años, mil, hasta que naciera alguien con hambre suficiente, o codicia, o amor, para volver a abrir; que el saber no se entierra, sólo se aplaza; que algún día vendrían de nuevo por la puerta, y que entonces no habría un Ah Tok que se dejara enterrar por gusto, y la abrirían, y él tendría razón al fin.
Después se fue de Chichén. Nadie supo a dónde.
Pero su bando no se fue con él. Se quedó, callado, esperando, del mismo modo que nosotros nos quedamos callados, cuidando.
Dos linajes, hija, nacidos la misma noche de la misma puerta: el que cuida para que no se abra y el que espera para abrirla. Mil años los dos. Sin descanso los dos.
Y ahora, en tu tiempo, los dos han vuelto a levantar la cabeza al mismo tiempo, porque tú apareciste, y tú eres, me temo, lo que los dos llevaban mil años esperando: la sangre que ata y desata, la mano que puede leer el libro entero.
El que cuida te va a rogar que cierres. El que espera te va a empujar a abrir.
Y tú vas a bajar al agua, lo sé, con alguien a tu lado, y ojalá —te lo ruega un viejo que talló su vergüenza en cuatro cenotes— ojalá esa mano que baja contigo no sea, sin que tú lo sepas todavía, la de un nuevo Balam Ek’: alguien que ya miró al otro lado, o a quien el otro lado, con dinero o con hambre, ya compró, y que va a estar contigo, querida y cercana, el día en que la puerta necesite una sola mano amada para abrirse.
Sigue leyendo. Ya casi llegas al sur. Pero cuando bajes, hija, cuenta las manos. Y no ames tanto que dejes de contarlas.
Ek’ — “estrella” y también “negro/oscuro” en maya yucateco; el nombre Balam Ek’ (Jaguar Estrella / Jaguar Oscuro) juega con las dos lecturas. ↩︎