CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO QUINCE
Bajaron de noche, porque de día el cenote era de la Fundación. Ése era el plan, al menos.
Sol lo había resuelto con la naturalidad de quien resuelve el agua desde hace veinte años: los contratistas trabajaban con luz, de ocho a cinco, y a las seis el sitio quedaba solo, sin más vigilancia que una cinta y un candado que a Sol le tomaría menos abrir que contarlo.
Llegaron a pie por el monte, a las once, sin luces, cargando el equipo los últimos cien metros entre el zumbido de las chicharras.
Y desde la última loma, Sol se detuvo en seco y le puso a Itzel una mano en el pecho.
Abajo, el sitio no estaba solo.
Había una camioneta que de día no había estado, un generador ronroneando bajo, una carpa con luz.
Y peor: el ojo del cenote, que a esa hora debía ser un espejo negro, latía.
Un resplandor frío subía y bajaba desde el fondo del agua, barriendo las paredes del pozo como un pulso.
Focos de buceo. Alguien estaba abajo, en el agua, en ese momento.
La Fundación, con el cruce a cuatro días, había dejado de dormir: había puesto turno de noche.
—Nos vamos —susurró Sol, ya agachándose a recoger—. Esto no se hace, Itzel. Un buzo se encuentra a otro buzo en la oscuridad y alguien no sube. Punto. No vale ninguna piedra.
—No puedo volver. —Itzel oyó en su propia voz la terquedad que iba a matarla algún día—.
Faltan cuatro días. Si me espero, para mañana le habrán sacado a esa pared lo que vine a leer, y me quedo sin el norte para siempre.
Es esta noche o no es nunca. —Miró el resplandor latir en el agua negra—.
Dime la verdad, tú que sabes: ¿se puede bajar sin que nos vean?
Sol la miró un segundo largo, con esa mezcla de amor y de ganas de estrangularla que sólo Itzel le sacaba, y algo en su cara cedió: la buza le ganó a la prudente.
—Se puede bajar sin luz —dijo, muy bajo, ya calculando contra su propio juicio—.
Se entra por la boca chica, del otro lado, en negro absoluto.
No prendemos ni un foco. Vemos con la luz de ellos.
Nos pegamos a la pared, a las columnas, nos movemos sólo cuando el buzo mire para otro lado, y si nos barre con el foco, nos quedamos piedra, porque en el fondo, en el negro, un cuerpo quieto es una roca más.
—Le agarró la cara con las dos manos, feroz—.
Pero óyeme bien. Si te toco la cabeza, subimos, aunque estés a media palabra.
Y si esto se pone feo de verdad, sueltas todo —la piedra, el libro, lo que sea— y me sigues sin preguntar. ¿Me lo juras?
—Te lo juro —dijo Itzel, y por primera vez en toda esta historia no le mentía a Sol en nada.
Se vistieron el equipo a oscuras, a la luz roja de un foco de mano que Sol tapaba con el cuerpo, y en el último momento, antes de entrar, Sol le puso a Itzel la mano en la nuca — respira, yo te tengo — y fue, otra vez, el infierno particular de esa noche: que cada gesto de Sol era exactamente lo que hace quien te ama y exactamente lo que haría quien te va a entregar, y no había forma de distinguirlos.
Cuenta las manos, le diría Sak Balam mil años después en una hoja que ella todavía no ataba con esta noche.
Itzel entró al agua contando. Dos manos.
Las de Sol. Las que la sostenían. Las que a lo mejor la vendían. Las mismas.
Entraron por la boca chica sin un fotón de luz, y el mundo se volvió el negro más completo que Itzel había conocido: no el negro rojo de las lámparas de siempre, sino la nada, la ceguera entera, sólo el frío, el sonido de su propia respiración y la mano de Sol cerrada sobre su arnés, guiándola a tientas por un tubo de piedra que sólo ella, con veinte años de agua en el cuerpo, sabía leer sin ojos.
Bajaron así, a ciegas, igualando los oídos por costumbre, respirando por tercios como un rezo, hasta que el tubo se abrió y, adelante, muy lejos, apareció la luz que no era de ellas.
El foco del buzo de la Fundación barría la cámara desde el otro extremo: un cono blanco y frío que trepaba por la pared tallada, se detenía, se movía, trepaba otra vez.
Metódico, sin prisa. El hombre estaba fotografiando la hoja de piedra del norte centímetro a centímetro, robándole a la pared cada trazo, exactamente como don Fabián lo había dicho —llenando un cuarto en Boston con fotos que no sabían leer—.
Y la pared que él saqueaba con luz era la misma que Itzel había cruzado el monte a leer a oscuras.
Sol la pegó contra una columna de calcita, en la sombra que el cono del enemigo dejaba de su lado, y esperó.
Cuando la luz se apartó hacia el fondo, avanzaron dos metros y se congelaron.
Se apartó otra vez, avanzaron. Así, a saltos, de sombra en sombra, dos mujeres deslizándose por el suelo de un cenote hacia un hombre armado de una cámara que no sabía que no estaba solo, con el aire contándose solo en unos manómetros que no podían encender para mirar.
A tres metros del buzo —tan cerca que Itzel veía las burbujas de él subir y quebrarse contra el techo de roca— Sol la ancló detrás de un pliegue de la pared, le orientó la cara hacia los glifos, y en el instante en que el foco del hombre subió y bañó de lleno la hoja, Itzel leyó.
Con los ojos, con la luz robada del enemigo, unos segundos cada vez que el cono pasaba, armando la frase a pedazos como se arma una vasija rota:
Tú que lees el norte. Ya sabes callar el nombre.
Ahora aprende a bajar. No desciendas a exigir; desciende a deber.
El que baja creyéndose amo, se queda. El que baja sabiéndose huésped que un día devolverá lo que toma, ése vuelve a subir.
Lo que hallarás abajo no es tuyo. No fue nunca de nadie de este lado.
Sólo lo guardamos. Y el precio de mirarlo lo pagarás en la mano, como lo pagó el que talla, como lo pagará…
—y el foco se apartó, y el final de la frase se fue con él a lo oscuro, el mismo final que el limo y la erosión le robaban en cada boca: …
la que venga. Lo completó ella sola, en el negro, con el corazón golpeándole las costillas, y entendió con el cuerpo la lección justo mientras la vivía.
Baja como huésped, no como amo. El amo se queda.
Ella estaba ahí abajo, en casa ajena, sin luz, sin dar su nombre, sin exigir nada, robándole al robador su propio secreto en silencio; y a tres metros, un hombre de la Fundación hacía exactamente lo contrario: alumbraba, se apropiaba, se lo llevaba.
La humildad del norte no se la enseñó la piedra.
Se la enseñó tener que practicarla, esa noche, para no morir.
Y entonces —un instante, el peor posible— el agua se puso más quieta de lo que el agua puede estar.
La quietud de Xocén, la del oriente; la que no es reposo sino atención.
Itzel la sintió en los dientes: algo, muy abajo, por debajo del suelo del cenote, volteaba.
Se le cortó el aire. Y el buzo de la Fundación —Itzel lo vio con un horror nuevo— se quedó quieto también, de golpe, con el foco temblándole en el puño, como si él, el hombre que de seguro no creía en nada, lo hubiera sentido igual.
Levantó la lámpara. Barrió la cámara con ella, nervioso.
Y el cono de luz vino directo hacia el pliegue de roca donde estaban las dos.
Sol reaccionó antes de que Itzel entendiera el peligro.
La empujó hacia abajo y hacia atrás, a un hueco negro bajo un saliente, y se echó encima de ella, tapándola con su propio cuerpo, las dos vueltas una sola sombra inmóvil mientras el foco pasaba por encima —una vez, dos—, encendiendo la calcita a un palmo de la máscara de Itzel, tan cerca que alcanzó a ver, en la luz prestada, una repisa de huesos largos y un cascabel de cobre verde de mil años: la ofrenda de otro que había bajado aquí sin regulador y no había vuelto.
No respiraron. O respiraron lo mínimo, soltando el aire de lado, despacio, para que ni una burbuja gorda las delatara.
El cono dudó sobre ellas un segundo eterno.
Y después —porque el hombre no creía en nada, y la nada, cuando uno no cree, siempre termina por tranquilizarlo— se retiró, volvió a la pared, volvió a su saqueo, y les dio la espalda.
Sol no esperó a que cambiara de opinión.
Una mano en el arnés de Itzel, la otra leyendo la roca a ciegas, la sacó de ahí de espaldas, sin encender un solo foco, deshaciendo el camino a tientas hacia la boca chica: dos mujeres retrocediendo en la oscuridad absoluta, con el aire contado y un enemigo armado de luz a la espalda, hasta que el tubo de piedra se las tragó y el resplandor se perdió detrás de una curva.
Hicieron la parada de seguridad 1 a tres metros de la superficie, temblando, colgadas del reloj y no de una pared, los ojos clavados en la boca por la que podía asomar, en cualquier momento, la cabeza del buzo enemigo.
Fue ahí, casi fuera, donde Sol hizo la cosa que Itzel pasaría noches sin dormir tratando de entender.
En el negro completo, un destello: blanco, brutal, un solo disparo de una cámara pequeña, apuntada a un último tramo de pared tallada que todavía se alcanzaba a ver desde ahí.
Uno. Nada más uno, rapidísimo, y la cámara de vuelta al bolsillo con cierre, y otra vez la ceguera.
Itzel, con el corazón en la garganta, no supo si el destello lo habían visto los de la Fundación, ni por qué Sol, con medio pozo de enemigos armados a unos metros, se había arriesgado a robar, con luz propia, una foto de la única pared que Itzel había venido a leer para que nadie más la leyera.
Salieron a la superficie por la boca chica a la una y media de la mañana, lejos de las luces de la carpa, y Sol la arrastró fuera del agua entre la maleza y se dejó caer a su lado, jadeando, temblando, riéndose de ese modo feo con que se ríe el que acaba de no morirse.
—Estás loca —le dijo sin voz, porque ni gritar podían—.
Estás bien loca, arqueóloga. Nos metimos con gente en el agua.
En veinte años nunca hice una pendejada así.
—Le agarró la cara con las dos manos mojadas, buscándole los ojos en lo oscuro con un miedo de hermana—.
Casi te barre el foco. ¿Entiendes lo cerca que estuvo?
Un segundo más y no salíamos las dos. No me vuelvas a hacer meterme a un agua con enemigos, ¿me oíste? Yo no puedo perderte a ti también.
Y a Itzel, temblando de frío y de la otra cosa, tirada en la maleza junto a la mujer que acababa de taparla con su cuerpo para que un enemigo no la viera, se le vinieron encima las dos verdades a la vez: que Sol acababa de salvarle la vida, con las mismas manos con que un segundo después había robado, con un destello, una foto de la pared que sólo Itzel sabía leer.
No pudo elegir cuál creer. Se quedó ahí, en el monte, bajo las estrellas, contando en silencio, por dentro, para no olvidar nunca que había que contarlas: dos manos.
Las que me salvan. Las que me venden. Las mismas.
—Gracias —dijo, contra el cuello de Sol, y era verdad, y era todo lo que podía darle sin darle de más—. Gracias por bajar a esto.
—Siempre —dijo Sol—. Para lo que sea. Ya lo sabes.
Y guardó la cámara, con su única foto adentro, en el bolsillo con cierre del chaleco, y ninguna de las dos volvió a mencionarla.
Ciento sesenta kilómetros al oeste, a las dos de la mañana, la tableta de Rafael Duarte se iluminó en la mesita de noche de su suite, y él, que dormía poco desde siempre, la leyó sin encender la luz.
Dos reportes, de dos de sus instrumentos, sobre la misma agua.
El jefe del turno de noche del cenote norte informaba de una posible presencia en el pozo —burbujas sin origen, una sombra que no volvió a aparecer, nada confirmado— y pedía instrucciones.
La fuente informaba, casi a la misma hora, que la doctora Canul había buceado esa noche el cenote norte, con ella, y habían salido sin novedad.
Duarte juntó los dos reportes en la cabeza, y algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara en la oscuridad: sus dos manos, la que documentaba con luz y la que espiaba con cariño, se habían rozado en el fondo del agua sin saber que servían al mismo dueño.
Escribió al jefe de turno una sola línea — no persiga sombras; siga con la pared — y dejó leer a la lectora.
Porque la fuente le daba el dónde. Siempre el dónde.
Qué cenotes, qué noches, con quién: un hilo que le dibujaba, boca por boca, el mapa exacto por el que caminaba Itzel Canul.
Pero el qué —lo que decían las paredes, lo que ella leía con esos ojos entrenados para leer a los muertos— eso la fuente no se lo daba.
No podía, o no quería, y a Duarte hacía días que le había dejado de importar cuál de las dos.
Una buza fotografiaba una pared llena de rayas que no significaban nada para ella, se guardaba la foto en un chaleco, y no la mandaba.
—Me da el dónde —le dijo Duarte a la oscuridad, casi con admiración, casi con rabia—, y no me da el qué. Todavía. —Sonrió apenas, sin ganas—. Todos, en este juego, guardan una hoja.
Afuera, la catedral estaba a oscuras. Faltaban cuatro días para el cruce.
Y en el vaso de agua de su mesita de noche, cuando Duarte estiró la mano para beber, el líquido —lo notó, y esta vez no dijo humedad, esta vez no dijo nada, sólo retiró la mano despacio— estaba perfectamente, imposiblemente quieto.
parada de seguridad / descompresión — pausa que un buzo hace cerca de la superficie al ascender, para que el nitrógeno disuelto salga sin dañarlo; saltársela tras un tiempo o una profundidad grandes puede ser mortal. ↩︎