CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO CATORCE
La segunda boca no perdonaba como la primera.
—El norte es el pozo del que se sale mojado o no se sale —dijo don Fabián en la camioneta, un día después, mientras la terracería los llevaba hacia el rumbo del Cenote Sagrado, aunque no era ése; era otro, más chico, más al oriente del grande, uno de los que la gente antigua contaba entre las cuatro bocas y que los mapas modernos ni nombraban—.
Lo que está tallado aquí no lo puso el sol a la vista.
Está abajo del agua, en la pared, a unos doce, quince metros.
Se lee buceando, con lámpara, aguantando el frío y la oscuridad y las ganas de hablar que dan allá abajo.
—La miró de reojo—. Yo ya no bajo doce metros, hija.
Hace veinte años que no. Aquí yo sólo puedo llevarla y rezar en el borde.
Itzel lo sabía desde que él se lo había dibujado en una servilleta la noche anterior.
Sabía que esta boca iba a plantear, sin piedad, la pregunta que llevaba días esquivando.
Había pasado la noche buceando por dentro esa pregunta y había llegado, otra vez, a todavía no.
Iría a ver. Mediría con sus ojos qué tan imposible era.
A lo mejor —se mentía— había un modo de bajar poco, de leer desde arriba, de robarle a la boca su hoja sin meter a nadie.
Llegaron a media mañana y supieron, desde la última loma, que la mentira no iba a alcanzarles.
Había gente en el cenote. Su gente no: gente con dinero.
Don Fabián frenó detrás de un macizo de guano y apagó el motor.
Desde ahí, entre las hojas, Itzel vio lo que la dejó fría: dos camionetas nuevas, un remolque con un compresor rugiendo, cilindros de buceo alineados como obuses, una carpa blanca, y en el costado de una de las camionetas, en verde y limpio, el logotipo que había aprendido a odiar sin conocer del todo: PROYECTO KUKULCÁN — Estudio No Invasivo.
Fundación Vandeleur. Cuatro o cinco personas se movían con la eficiencia callada del dinero.
Y en el agua del cenote, entre boyas naranjas, subían de vez en cuando las burbujas gordas y regulares de dos buzos trabajando abajo.
—Ya están aquí —susurró Itzel, y sintió el estómago caérsele—. Están buceando la boca.
—Están fotografiándola —murmuró don Fabián, con los ojos entrecerrados de viejo que ve lejos—.
Mírelos. Traen focos, cámaras. Le están sacando cada centímetro a la pared.
—Y entonces, para sorpresa de Itzel, el viejo casi sonrió, una sonrisa dura, sin alegría—.
Que le saquen. Pueden llenar un cuarto en Boston con fotos de esa pared y no les va a servir de nada.
—¿Por qué no?
—Porque una hoja de piedra no se lee en una foto, hija.
Ya se lo dije y ahora lo va a ver con sus ojos.
Se lee en el sitio, en orden, en su hora, por alguien que trae las otras hojas en la cabeza.
—La miró—. Ellos tienen la pared. Usted tiene el libro que dice qué significa la pared.
Una cámara no sabe leer maya. Por eso, aunque estén aquí primero, aunque estén abajo ahora mismo tocando la piedra que usted necesita, siguen sin poder abrir nada.
Siguen necesitándola. —Su voz se endureció—.
Lo cual, si lo piensa, es lo único que la mantiene con vida y también lo que la tiene metida en esto.
Se quedaron mirando. Uno de los buzos salió a superficie, se quitó el regulador, gritó algo a la carpa; un técnico anotó en una tableta.
Todo tranquilo, profesional, con permiso.
Ésa era la parte que a Itzel le revolvía las tripas: no eran ladrones encapuchados.
Eran una fundación con logotipo y comunicado de prensa saqueando a plena luz, con la bendición de un sello, exactamente como el bisabuelo del hombre que los mandaba había saqueado el pozo grande un siglo antes, en valija diplomática.
Extracción, pensó, sólo que ahora la clase la estaba viviendo.
—No puedo leerla —dijo, y decirlo en voz alta le supo a derrota—. No con ellos abajo. Y no puedo bajar doce metros yo sola aunque se fueran. No sé bucear técnico. Me ahogaría antes de leer la primera columna.
—No —dijo don Fabián, quedo—. No puede.
Y ahí quedó, entre los dos, en el calor y el ruido del compresor lejano, la cosa que ninguno quería nombrar.
Regresaron a Valladolid sin hablar casi.
Itzel iba con la frente contra el vidrio caliente, haciendo la cuenta que no le daba de ninguna manera.
Cinco días para el cruce. Tres bocas por leer, y dos de ellas —el norte, que acababa de ver, y con seguridad el sur— hondas, de bucear.
La Fundación ya en el agua, adelantándosele.
Y ella, la única llave que importaba, incapaz de llegar a las hojas que sólo ella podía leer, porque leerlas exigía meterse donde su cuerpo no sabía ir.
Había un solo modo. Lo supo con la claridad fría y odiada de siempre, la misma que había armado la trampa de Valladolid, la misma que coleccionaba detalles junto a los cadáveres.
Necesitaba una buza. Una buza técnica, de cuevas, que bajara con ella, que la llevara a la pared, que le sostuviera la lámpara y la vida mientras ella leía con los ojos y se mordía la lengua para no hablar.
En toda la Tierra había una sola persona que reunía las tres cosas —que sabía bucear cuevas, que la quería lo bastante para arriesgarse, y en quien Itzel confiaría su cuerpo bajo el agua negra— y esa persona era, exactamente, la persona en quien ya no podía confiar.
—No —dijo don Fabián, leyéndole la cara, como le leía todo—. Sé lo que está pensando. No.
—No hay otra, don Fabián.
—Hay otra. Buscamos un buzo. Alguien de fuera, que no sepa nada, que baje por dinero y no pregunte.
—¿En cinco días? ¿A un desconocido le confío mi vida a quince metros y le confío, de paso, la existencia del libro, del que depende todo?
—Itzel negó, con una risa amarga—. Un desconocido con dinero de por medio es exactamente lo que la Fundación compraría en una tarde.
Al menos a Sol la conozco. Al menos a Sol…
—Se le quebró la voz, y odió que se le quebrara—.
Al menos si Sol me traiciona, sabré por qué.
—Se está oyendo, ¿verdad? —Don Fabián detuvo la camioneta a la orilla del camino, entre el monte, y se volvió hacia ella, y por primera vez no había en su cara paciencia de abuelo, sino la severidad entera del guardián—.
“Al menos si Sol me traiciona.” Ya lo dijo.
Con esas palabras. Su propia boca sabe lo que su cabeza no se quiere confesar.
—Le señaló el pecho con un dedo seco—. Su abuela le dejó escrito, en un cuaderno, que no juntara las piedras por miedo, ni por pena, ni porque alguien que quiere se lo pida llorando.
Y hay una cuarta, hija, que Rosa no puso porque le pareció obvia y no lo es: no metas al agua a quien crees que te vende, sólo porque no soportas hacerlo sin ella.
La soledad también es una de las formas en que se pierde.
La peor, a veces. Porque se disfraza de sentido común.
Itzel miró por la ventanilla el monte verde, temblando, indiferente. La mano izquierda le latía en el regazo, su recibo, subiendo y bajando.
—Usted me dijo que la Fundación va a forzar la puerta el día del cruce, con o sin mí —dijo, muy despacio—.
Que ya no alcanza con impedir. Que la única esperanza es que alguien llegue al final del libro antes que ellos.
Al final. Las cuatro bocas. —Se volvió hacia él—.
No puedo leer el final sin bajar. No puedo bajar sin buza.
Y no tengo una buza limpia, tengo una posiblemente sucia y a cinco días del cruce.
Dígame usted, entonces, guardián, con toda su sabiduría de ochocientos años: ¿prefiere que no baje nadie, que no lea nadie, y que ellos abran a ciegas el día del cruce lo que quieran abrir?
Porque ésa es la otra opción. Ésa es la única otra opción.
Don Fabián no contestó. Se quedó mirando el volante, un viejo pequeño acorralado por la misma aritmética que lo había hecho, tres días antes, ayudarla en contra de todos sus mil años de miedo. Porque tenía razón ella, y él lo sabía, y saberlo no lo consolaba.
—Métala si tiene que meterla —dijo por fin, con una voz de ceniza—.
Pero métala sabiendo. No cierre los ojos, hija.
Si va a bajar al agua con quien tal vez la entrega, baje al menos con los ojos abiertos, contando lo que le dice, midiendo lo que le pregunta, sin darle nunca, nunca, la pieza que la haría a usted prescindible.
Guárdese siempre una hoja que sólo usted lea.
Mientras usted sea la única que puede leer el libro entero, ni ellos ni ella pueden dejarla morir.
El día que suelte la última hoja, es el día que sobra.
—Arrancó la camioneta—. No la suelte. Ni por amor. Sobre todo, no por amor.
Esa noche, en el departamento, Itzel puso el teléfono sobre la mesa junto a la veladora que volvía a encender cada noche, y lo miró durante una hora sin tocarlo, como se mira una boca de cenote antes de bajar.
Después marcó.
Sol contestó al segundo tono, con música de fondo y la voz de siempre, alegre de verla en la pantalla.
—¡Ey! ¡Milagro! ¿Ya estás mejor? Te oí rara el otro día, arqueóloga, me quedé con el pen—
—Sol. —Itzel cerró los ojos. La mano izquierda le temblaba sobre la mesa; la tapó con la derecha—. Necesito pedirte algo grande. Lo más grande que te he pedido nunca. Y necesito que no me preguntes mucho, todavía.
Del otro lado, la música bajó; Sol se había movido a otro cuarto, o le había bajado, poniéndose seria, poniéndose disponible, como siempre, como en trece años.
—Lo que sea —dijo Sol, sin un segundo de duda, con una calidez que a Itzel le dolió hasta el hueso—. Sabes que lo que sea. ¿Qué pasó?
—Necesito que bajes conmigo. A unos cenotes.
Buceo de cueva, hondo, y en silencio, sin registrarlo con nadie, sin decirle a nadie del proyecto.
—Itzel respiró—. Es peligroso, Sol. Y no te puedo explicar todo hoy.
Sólo te puedo decir que es por Aurelio. Que tengo razón sobre él, y que esto lo prueba, y que no puedo hacerlo sin ti.
Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que Itzel, con el corazón golpeándole, midió y pesó y descifró como descifraba un glifo dañado, buscando en él la sílaba que no cerraba, la duda de más, el cálculo, la señal.
No la encontró.
—Pues claro que bajo contigo —dijo Sol, bajito, y sonaba a punto de llorar, y sonaba, otra vez, de verdad—. Aurelio también era mío, Itzel. Dime dónde y cuándo. Llevo mi equipo. —Una pausa—. Y oye… gracias por confiar en mí. En estas. Significa un chorro.
Itzel colgó, y se quedó mirando la veladora arder derecha en la mesa, y no supo, no pudo saber, si acababa de conseguir la única aliada capaz de llevarla al final del libro, o si acababa de hacer, con sus propias manos, con su propia voz, exactamente lo que su enemigo llevaba semanas esperando que hiciera.
Afuera, en la noche de Mérida, faltaban cinco días para el cruce.
Y en algún teléfono, en algún lugar, un mensaje empezó a viajar.