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INTERLUDIO DEL CÓDICE

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El Códice del Guardián — hoja cuarta

Voy a detenerme aquí, tú que lees, porque te oigo.

A mil años de distancia te oigo juzgarnos.

Oigo tu horror por lo que hicimos la noche del cruce —abrir una boca, dar cuerpos al agua, enterrar a un hombre vivo bajo una escalera— y tienes razón en horrorizarte; yo también me horrorizo, y estuve ahí.

Pero te horrorizas desde tu orilla, y para que me entiendas de verdad tengo que cruzarte a la mía un momento.

Tengo que contarte en qué mundo creímos.

Porque nadie perdona lo que no entiende, y yo no escribo para que me perdones. Escribo para que sepas.

Ustedes, me parece —lo sueño, más que saberlo, del modo en que un viejo sueña el futuro—, tienen a los dioses de un lado y al mundo del otro, y cruzan de uno a otro como quien cruza una calle, y muchos, allá en tu tiempo, dudan de que el otro lado exista siquiera.

Nosotros no teníamos esa calle. Para nosotros no había dos lados.

El día tenía nombre, y el nombre tenía cara, y la cara tenía humor: había días buenos para sembrar y días que mordían, días para casarse y días para no salir de casa, y eso no era superstición, hija; era el tiempo, como para ti la lluvia y la seca.

La cuenta de los días giraba y giraba, y cada uno traía a su dios de la mano, y uno vivía dentro de esa cuenta como el pez vive dentro del agua sin preguntarse por el agua.

Todo estaba habitado. El maíz era un dios que se dejaba comer y volvía; el sol, un señor que bajaba cada tarde a pelear a la oscuridad y a veces —eso creíamos— podía perder; la ceiba grande del centro amarraba los tres pisos del mundo, y sus raíces bajaban hasta el agua de los muertos, y por eso no se cortaba ni aunque estorbara.

Los cenotes eran bocas: no imágenes de bocas, no “como” bocas.

Bocas. Por ellas se hablaba con lo de abajo.

Uno se asomaba al ojo verde del pozo y sabía, con el cuerpo antes que con la cabeza, que del otro lado del reflejo había Alguien, y que ese Alguien, algún día, con la seca o con el hambre, iba a pedir de comer.

No creíamos en los dioses, hija, como tú crees o no crees en algo.

Creer es una palabra de tu mundo, no del mío; creer supone que se puede no creer, y para nosotros no se podía, igual que no se puede no creer en el sol.

Los dioses eran el suelo bajo los pies. Preguntar si eran reales habría sido de loco, o de enfermo.

Yo fui, quizá, el primero en toda la tierra al que se le ocurrió esa pregunta, años después, cuando la mano ya me temblaba.

Y ya viste lo que me costó. La duda es una enfermedad que ustedes cargan de nacimiento y a la que le han perdido el miedo; nosotros no la conocíamos, y el primero de nosotros que la agarró —yo— se pasó el resto de la vida temblando.

Le pagábamos al mundo lo que el mundo nos daba.

Ésa es la parte que más te va a costar, y es la que más quiero que entiendas.

Los señores se sangraban la lengua y las orejas con espinas de mantarraya, y no por crueldad ni por locura: por pago.

El copal subía por pago. El maíz molido, el pavo, la sangre: pago.

Porque en nuestro mundo todo se debía a todo.

El maíz nos comía a nosotros tanto como nosotros a él; el agua nos prestaba la vida y la cobraba; y el que recibía sin devolver era, para nosotros, el peor de los ladrones, peor que el que roba una cosa, porque robaba el trato mismo del mundo.

—Y aquí, hija, adelanto una cosa que tú vas a ver con tus ojos: cuando dentro de mil años venga un hombre del norte a sacar de estas aguas el oro y el jade y los huesos de nuestros muertos, y no devuelva nada, entiende que para nosotros ese hombre no roba objetos.

Rompe el trato. Se lleva sin pagar. Y lo que no se paga, el mundo lo cobra tarde o temprano, con intereses de mil años.

Ya que hablo, déjame hablar también de los míos, que para eso es mi libro y un viejo escribe lo que le da la gana.

Mis días de escriba eran de una disciplina que tú, que aprietas signos en cajas de luz, no imaginas: moler el rojo del achiote y el cinabrio, aparejar el papel de corteza con cal, aprender de memoria la cuenta larga hasta poder cantarla dormido, y sobre todo callar, porque el que escribe guarda.

De todo eso me acuerdo con cariño. Pero de quien más me acuerdo, ahora que escribo la última noche, no es de un señor ni de un dios. Es de mi hermano.

Ah Tok no era santo, ni héroe, ni sabio.

Era un hombre que partía piedra, que se reía demasiado fuerte, que sudaba y comía con las manos y decía groserías que a nuestra madre la escandalizaban.

Tenía una mujer, Ix Kanan, que lo regañaba de la mañana a la noche y lo quería de la noche a la mañana, y una hija, Sáasil, luz, una niña que se le montaba en la espalda mientras él cargaba sillar y que le jalaba las orejas para que corriera.

Había construido su casa con sus propias manos, piedra sobre piedra, y estaba orgulloso de ella como sólo se enorgullece el que hizo algo con el cuerpo.

Era feliz, hija. Ordinariamente, completamente feliz, con la felicidad chata y perfecta de los que no piden más de lo que tienen.

Te lo cuento para esto: cuando bajes al pozo, y lo veas allá abajo, vuelto piedra, con la cara para arriba y la boca abierta mil años, no veas a un mártir de leyenda.

No te consueles con eso. Ve a un hombre que tenía una hija que le jalaba las orejas, y que la dejó dormida una madrugada para bajar por un pasillo de agua a hacerse puerta, para que un pueblo comiera y para que tú y yo, mil años después, pudiéramos discutir si valió la pena.

Cuando le enseñé el último maíz tostado con miel, me preguntó por Sáasil.

Si iba a estar bien. Le mentí. Le dije que sí.

Es la segunda mentira de mi vida y la única que no me arrepiento de haber dicho.

Y no creas que todo era miedo. Ésta es la parte que ustedes perdieron y que yo, viejo y tembloroso, todavía extraño.

Vivir así era terrible, sí, porque exigía pagos terribles; pero era un consuelo que tú ya no tienes: a nosotros no nos pasaba nada por nada.

La seca era un reclamo, no un azar. La muerte de un niño era un viaje, no un accidente; ese niño se iba a alimentar a un dios y volvía, en la lluvia, sobre la milpa, y su madre lo lloraba y a la vez lo veía caer del cielo cada temporada.

Un mundo donde todo significa es un mundo cruel, porque el significado se paga caro.

Pero es un mundo caliente. El tuyo, por lo poco que alcanzo a soñarlo, es más justo y más limpio y más libre, y lo envidio; pero es frío, hija, y en las noches de la última vejez uno no quiere justicia.

Quiere calor. Quiere que la seca sea el enojo de alguien y no la nada.

Así que aquí tienes lo que quería darte antes de seguir.

En aquel mundo caliente nadie preguntaba si los dioses eran reales, y por eso —óyeme bien, que es lo más importante que sé— por eso nadie los vio nunca de verdad.

No se mira lo que no se duda. Yo dudé, me lo enseñara quien me lo enseñara, el hambre o la vejez o el diablo, y por dudar miré, y por mirar vi, y desde entonces cargo lo que vi.

Ustedes, del otro lado del tiempo, dudan de todo, de nacimiento, sin esfuerzo.

Y por eso quizá les toque, más que a nosotros, la desgracia de mirar y ver.

Cuida tu duda, hija. No la sueltes, pero cuídala. Es la mejor herramienta que tienes y es, también, la puerta por la que se entra a lo que los que no dudan tienen la suerte de no encontrar jamás.

Ya. Descansa los ojos. En tu mañana sigo contándote cómo se cierra una boca que nunca debió abrirse.

Sólo quería que, antes de juzgarnos, supieras que los que la abrimos no éramos monstruos.

Éramos gente que creía, como cree el agua que tiene que correr cuesta abajo.

La única diferencia verdadera entre tú y yo, al final de todo, es el siglo en que a cada uno le tocó tener miedo.