La Quinta Dirección CAPÍTULO TRECE
48%

CAPÍTULO TRECE

CAPÍTULO TRECE

Esa noche, en su departamento cerrado con doble llave, Itzel puso la mano izquierda sobre la mesa, bajo la luz, y la observó como se observa a un animal que ha entrado a la casa y no se sabe si muerde.

Temblaba. Menos que en la mañana, pero temblaba: un latido fino, constante, que no era suyo y estaba en ella, como una gotera en un cuarto por lo demás seco.

Probó cosas. La apretó contra la mesa hasta que los nudillos se pusieron blancos; en cuanto aflojaba, volvía.

Escribió su nombre con ella —lo escribía con la izquierda desde niña, la única zurda de la familia, cosa que su abuela siempre celebró como un signo, la que hace las cosas del lado del corazón — y la letra le salió con una vibración menuda, la firma de otra persona metida en la suya.

Se sirvió agua y el vaso tintineó apenas contra sus dientes.

Guardó la mano en el regazo, debajo de la mesa, donde no pudiera verla, y descubrió que verla no era el problema; el problema era que existía.

No tenía a quién contárselo. Ésa fue la parte que la sentó de golpe en la silla, más que el temblor.

En circunstancias normales —la vida de hacía una semana, esa vida ajena— habría llamado a Sol.

Le habría dicho oye, güey, me está pasando una cosa rara, y Sol habría dicho una barbaridad cariñosa y habría llegado en la moto con una torta y no se habría ido hasta que Itzel se riera.

Sol era a quien uno le contaba las cosas raras.

Y Sol era, ahora, exactamente la persona a quien no podía contarle nada.

Se permitió, por un minuto, extrañarla con todas sus fuerzas, como se extraña a un muerto.

Porque de un modo u otro Sol ya estaba muerta para ella: si era inocente, Itzel la había matado con la sospecha; si era culpable, había muerto la Sol que Itzel creía tener, que quizá nunca existió.

En las dos versiones el resultado era el mismo hueco.

Buscó en el teléfono, sin querer buscarlo, una foto de las dos en la boca de una cueva en Homún, hacía cinco años, empapadas, muertas de risa, con los cascos torcidos. La miró mucho tiempo.

Esa foto era de Homún, del día en que Sol le salvó la vida por primera vez bajo el agua.

Cinco años antes, en un sistema sin nombre turístico al que se llegaba por un camino de tierra roja y una escalera de troncos amarrados con lazo: uno de esos cenotes que los dueños de la tierra abrían a los buzos de confianza y a nadie más.

Habían bajado con la disciplina de siempre: la línea guía primero, el aire por tercios, las lámparas probadas dos veces.

A los veinte metros cruzaron la haloclina —esa frontera temblorosa donde el agua dulce se acuesta sobre la salada y el mundo se vuelve, un instante, un vidrio derretido, todo borroso como si uno mirara a través de las lágrimas de otro—, y del otro lado la cueva se abría en una sala de columnas que la lámpara no terminaba de medir.

Itzel, que amaba la piedra por encima de su propio miedo, se apartó un metro de la línea para leer una formación que le pareció, absurdamente, tallada.

Un metro. Fue todo lo que hizo falta. El aleteo levantó el sedimento del piso —el limo fino que en una cueva se comporta como humo— y en tres segundos el agua transparente se volvió leche parda e Itzel dejó de ver su propia mano frente a la máscara.

No había arriba ni abajo. No había línea.

Sólo el rugido de su respiración de pronto demasiado rápida y esa certeza animal, la peor de todas, de que se había perdido a dos metros de la salida, y de que en dos metros de cueva se muere igual que en doscientos.

Y entonces una mano le tomó la muñeca. No la jaló.

Eso era lo que Itzel recordaría siempre: que Sol no la arrancó de ningún lado, que no la trató como a un objeto a rescatar.

La mano de Sol encontró su muñeca en la oscuridad total, la apretó una vez — aquí estoy —, le puso los dedos sobre la línea que había soltado, y esperó.

Esperó a que Itzel respirara. Esperó a que el galope del pecho bajara a trote.

Y sólo entonces, con Itzel agarrada de la línea y Sol agarrada de Itzel, empezaron a salir, mano sobre mano, siguiendo la cuerda a ciegas hasta que el limo aclaró y volvió la luz verde del ojo del cenote, y las dos rompieron la superficie, y Sol se escupió el regulador y gritó, furiosa y riéndose a la vez:

—¡Un metro, Itzel! ¡Un pinche metro te apartaste! ¡Por una piedra! —Y luego, sin gritar, con la frente pegada a la de ella en el agua—: No me vuelvas a soltar la línea. Óyeme. En la cueva, la línea es la vida. Todo lo demás es piedra bonita.

Esa noche, en la hamaca, Itzel le dijo que le había pasado una cosa rara allá abajo, antes del limo: que el agua de esa sala estaba demasiado quieta, más quieta de lo que el agua sabe estar.

Sol se rió y le dijo que era la narcosis, o el hambre, o que las arqueólogas veían fantasmas en todos lados porque se pasaban la vida hablando con muertos, y le tiró una toalla a la cara.

Itzel se rió también, y lo dejó ir, y no volvió a pensar en la quietud de esa agua hasta cinco años después, la mañana en que un ventilador se detuvo solo en su departamento de Mérida.

Cinco años. Y ahora la mano que la había sacado de aquella oscuridad era la misma de la que Itzel ya no podía fiarse; y ésa —entendió, con el teléfono ardiéndole en la palma— era una oscuridad de la que ninguna línea la iba a sacar.

Luego cerró el teléfono, porque llorar por Sol era un lujo y ella andaba corta de todo.

Fue Aurelio, en cambio, el que la desarmó, y llegó por la puerta de siempre de los muertos: sin avisar, por un detalle.

Buscando la foto de Homún había pasado, sin querer, por un mensaje de voz guardado.

De él. De hacía tres meses, una tontería, la había guardado sin pensarlo porque a veces guardaba su voz como quien guarda una canción.

Le dio play antes de poder decidir no hacerlo, y el departamento se llenó de Aurelio vivo, impaciente, feliz: “Itzel, ¿dónde andas?, te tengo una discusión buenísima sobre el sufijo ese que te encanta, el que nadie sabe qué hace, cómprate un café y márcame, que te voy a demostrar que estás equivocada, cosa que, como sabes, es mi único placer a mi edad. Ándale. Beso.” Y una risa. Y el clic.

Itzel se dobló sobre la mesa y lloró por él por fin, de verdad, el llanto entero que la mañana del balneario y toda la carrera de después no le habían dejado llorar.

Lloró por el viejo que le tenía miedo a la oscuridad y que había muerto solo en metro y medio de agua, por la discusión sobre el sufijo que ya nunca iban a tener, por todas las veces que él tuvo razón y no se lo dijo y por las pocas en que la tuvo ella y él se rió y se lo concedió como un rey concede tierras.

Lloró hasta que se le acabó, que es como se acaba el llanto verdadero: no porque uno se consuele, sino porque se vacía.

Después, en la calma rara que deja el llanto, con la mano todavía temblando en el regazo, marcó a Xocén.

Petrona contestó al cuarto tono, con el ruido del pueblo detrás, un perro, una olla.

—Ya me preguntaba yo cuándo ibas a hablar —dijo la vieja, sin sorpresa—. ¿Ya leíste una boca?

—El oriente. Esta mañana. —Itzel se miró la mano—. Petrona, me… me quedó un temblor. En la izquierda. No se me quita.

Del otro lado hubo un silencio, pero no un silencio de susto. Un silencio de reconocimiento, casi tierno, el de quien oye por fin el nombre de una cosa que llevaba esperando.

—Ah —dijo Petrona, muy suave—. Con que también a ti.

—¿También? —A Itzel se le cerró la garganta—. ¿También a quién?

—A tu abuela, criatura. —La vieja suspiró, y en el suspiro cabían cuarenta años—.

La mano izquierda de Rosa tembló desde la noche que bajó al pozo grande hasta la mañana que se murió.

Cuarenta y tres años. Yo se la sostuve muchas veces, como a lo mejor alguien te sostiene la tuya un día.

La gente del pueblo creía que era un mal de viejos, un temblor cualquiera.

Yo sabía. Ella sabía. —Una pausa—. ¿Sabes qué me decía cuando yo me la quedaba mirando?

Me decía: no es una maldición, comadre. Es un recibo.

Así, con esa palabra de tienda. Un recibo.

La prueba de que pagó por lo que se llevó.

Decía que el que lee frente al agua y se lleva algo —una llave, un saber, una hoja de piedra— sale debiendo, y que la mano temblando es la nota que le queda a uno en la bolsa para no olvidar nunca que la deuda existe.

—El perro ladró lejos—. Rosa cargó su recibo cuarenta años y nunca se quejó.

Decía que era barato por lo que había comprado: una puerta que nadie iba a poder abrir.

Itzel se apretó los ojos con la mano buena.

—Tengo miedo de en qué me estoy convirtiendo, Petrona.

—Claro que tienes miedo —dijo la vieja, sin un gramo de lástima, que era su forma de la ternura—.

El que no tiene miedo frente a esas cosas es porque no entendió lo que tiene enfrente, y ése se muere primero.

El miedo tuyo está bien. Es de los inteligentes.

—Bajó la voz—. Pero óyeme una cosa, niña, que es lo único de abuela que te puedo dar por teléfono.

No te estás convirtiendo en otra. Te estás convirtiendo en lo que ya eras y no te habían dejado ser.

Rosa te crió lejos de esto a propósito, te mandó a los libros de los blancos para que fueras libre, para que no cargaras.

Y mírate: cargaste igual, por tu propio pie, buscándolo.

—Una risa breve, sin burla—. La sangre no se estudia, criatura.

Se hereda. Ya lo sabías, nada más que lo sabías en la cabeza, y ahora lo vas a saber en la mano.

Hablaron un rato más de cosas chiquitas —si comía, si dormía, si se cuidaba—, porque hasta las conversaciones que cambian una vida terminan con una vieja preguntando si una está comiendo. Cuando colgó, el departamento estaba en silencio y la ciudad afuera había bajado a su murmullo de madrugada.

Itzel hizo entonces algo que no hacía desde niña.

Buscó en la alacena y encontró una veladora de las de santo, medio usada, de una Navidad.

No tenía copal, pero tenía un manojo de canela y unas hojas de laurel, y decidió que el dueño de su casa, quienquiera que fuera, entendería la intención por encima del inventario.

Puso la veladora sobre la mesa, junto a la piedra gris envuelta en su manta y junto a la libreta en blanco.

Sirvió, en un vaso, agua limpia. Partió una tortilla en cuatro y puso los pedazos en un plato, hacia los cuatro rumbos, como le había visto hacer a su abuela mil veces mientras ella, la nieta lista, la que iba a ir a la universidad, ponía los ojos en blanco por dentro.

Encendió la veladora. Y no supo rezar —nunca había sabido, se había educado para no saber—, así que hizo lo único honesto que le quedaba: habló.

En voz baja, en el maya torpe y cariñoso que había mamado y despreciado y que ahora volvía a su boca como vuelve el agua a un pozo.

Le habló a Rosa. Le dijo que ya tenía la piedra.

Que le temblaba la mano igual que a ella.

Que no sabía todavía si iba a abrir, o a cerrar, o a hacer esa tercera cosa que ni la una ni la otra, y que tenía miedo de decidirlo por miedo, o por pena, o por querer a alguien del otro lado, justo las tres cosas que la abuela le había prohibido.

Le pidió, no un milagro, sino lo que se les pide a los muertos que uno quiso: que la acompañaran.

Que no la dejaran leer sola las tres bocas que faltaban.

La llama de la veladora ardió derecha, sin moverse, mucho rato.

El agua del vaso estuvo quieta, pero fue una quietud buena esta vez, una quietud de agua en reposo, no la otra, no la que ordena.

Y en algún momento —después no sabría decir cuándo, ni si de verdad ocurrió o si fue el cansancio y el llanto y la voz de Petrona todavía tibia en el oído— Itzel se dio cuenta de que la mano izquierda, apoyada junto a la veladora, en la penumbra dulce de la canela ardiendo, se había quedado quieta.

Del todo. Por primera vez en catorce horas.

Duró lo que dura un aliento contenido. Luego el temblor volvió, suave, terco, su recibo.

Pero Itzel había alcanzado a sentir la quietud, y decidió —porque a veces uno tiene que decidir qué van a haber significado las cosas— que no había sido casualidad.

Que alguien, del lado del corazón, le había sostenido la mano un segundo para decirle aquí estoy.

Se acostó en la hamaca vestida, con la veladora encendida velándola, y por primera vez desde la madrugada de Aurelio durmió sin pesadillas, un sueño hondo y sin escaleras, el sueño de alguien que ya no está del todo sola aunque esté completamente sola, que son dos cosas distintas y ella acababa de aprender la diferencia.

Faltaban seis días para el cruce, y tres bocas por leer, y una amiga por perder, y una decisión imposible por tomar.

Pero eso era mañana. Esa noche, en el centro de todo, una mujer durmió, y una veladora ardió derecha hasta el amanecer, y su mano izquierda tembló despacio sobre su pecho, subiendo y bajando con su respiración, como si también ella, la mano, por fin descansara.