La Quinta Dirección CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

CAPÍTULO DOCE

Salieron cuando el cielo aún no era azul sino de ese gris de concha que precede al oriente, por una brecha de terracería que se metía en el monte y que don Fabián conocía como se conoce una cicatriz propia: sin mirarla.

El viejo manejaba una camioneta prestada, despacio, con las luces apagadas los últimos kilómetros, y no habló casi.

Itzel iba con la mochila entre los pies —la piedra gris, el diccionario, las doce hojas—, y con una libreta nueva en el regazo, en blanco, porque lo que iba a leer esa mañana no estaba en ningún papel del mundo y ella tendría que traérselo en la cabeza y en la mano.

El cenote no tenía letrero. No tenía escalera de concreto, ni barandal, ni palapa caída.

No tenía nombre en los mapas. Estaba en un potrero al que se llegaba por una vereda que la gente del rumbo, dijo don Fabián, no pisaba: no por prohibición, sino por respeto, esa forma yucateca del miedo que no se confiesa.

Una boca en la tierra, redonda, de bordes de piedra viva cubiertos de raíces de álamo y de higo cimarrón que caían al agua como cuerdas verdes.

Abajo, a unos ocho metros, el agua estaba negra y perfectamente inmóvil, tapizada de hojas, esperando la luz.

Don Fabián se detuvo en el borde y sacó de su morral tres cosas: una jícara con saká, un poco de copal en un tiesto, y cerillos.

Prendió el copal, dejó que el humo dulce subiera, y roció el saká hacia el agua murmurando en maya, rápido, unas palabras que Itzel no alcanzó a seguir del todo pero cuyo tono conocía desde la infancia: el permiso.

No se entra a la casa del dueño sin avisar.

—El oriente es el primero porque es por donde nace el sol y por donde nació todo —dijo el viejo, apagando los cerillos—.

Y porque lo que está tallado aquí sólo se puede leer una vez al día, unos minutos, cuando el primer rayo entra derecho por la boca y pega en la pared del poniente del pozo.

El que talló esto quiso que se leyera con la luz naciendo, no con lámpara.

Una lámpara la trae cualquiera. El amanecer, no: el amanecer llega a su hora y a nadie le hace caso.

—La miró—. Tenemos, cuando salga el sol, unos ocho minutos.

Baja conmigo. Pisa donde yo pise. Y recuerda lo que le pedí.

Bajaron por las raíces y los salientes de piedra, don Fabián con una agilidad de cabra vieja que a Itzel la avergonzó, hasta una cornisa natural apenas por encima del agua, resbalosa, del ancho de un cuerpo.

Desde ahí, la boca del cenote era un círculo de cielo gris allá arriba, y el mundo entero se reducía al olor a raíz y a piedra mojada, al goteo lento de una filtración, y a la superficie negra del agua a un palmo de sus pies, tan quieta que devolvía las estrellas que aún quedaban.

Bajar a un cenote sin escalera es un oficio de manos y de fe: tres puntos de apoyo siempre, le había enseñado Sol años atrás, dos que sostienen mientras el tercero busca, y nunca confiar el peso a una raíz sin probarla, porque la raíz que aguanta y la que se desprende se ven igual en la penumbra.

La caliza sudaba, blanda de sascab en unos tramos, filosa en otros, y el aire se enfriaba un grado con cada cuerpo que descendían, hasta volverse esa humedad de cripta que huele a piedra viva y a guano de murciélago.

A media bajada, en una repisa a la altura de los ojos, la lámpara de Itzel tropezó con un pequeño hallazgo que le detuvo la mano en la roca: un tiesto de incensario, ennegrecido de copal, del tamaño de una taza rota, encajado en una grieta natural.

No caído. Puesto. Entendió, con el pulso en la garganta, que no era la primera en bajar por esta piedra —los que tallaron la hoja habían bajado por aquí, y habían dejado esto al irse—, pero sí, quizá, la primera en mil años en venir a leer lo que dejaron.

Pisó donde el otro había pisado. No tocó nada. Siguió bajando.

Esperaron. Itzel sintió el frío del agua subirle por los tobillos aunque no la tocaba.

Sintió, también —y se dijo que era la postura, el desvelo, la adrenalina— que la mochila le pesaba raro en la espalda, que la piedra gris de adentro tiraba, apenas, como tira un imán débil hacia un metal que todavía no toca.

Hacia el agua. Hacia la boca. No la juntes por miedo, ni por pena, pensó, sin venir a cuento, y apretó la correa contra el pecho.

Entonces salió el sol.

No lo vieron salir; lo vieron llegar. Un rayo entró por el labio oriental de la boca, bajó por el aire lleno de humo de copal convertido de pronto en una columna de oro, y fue a dar, exacto, milimétrico, mil años exacto, contra la pared de piedra frente a ellos, al otro lado del agua.

Y la pared, que un instante antes había sido roca ciega, se cubrió de sombras: relieves.

Glifos. Una hoja de piedra que la erosión y el musgo casi habían borrado, pero que la luz rasante del amanecer levantaba del olvido, cada trazo con su filo de sombra, legible, viva, como si el sol la escribiera de nuevo cada mañana desde hacía mil años para una lectora que nunca había llegado.

Hasta hoy.

A Itzel se le olvidó el miedo. Se le olvidó la Fundación, y Aurelio, y Sol, y hasta don Fabián a su lado. Quedó ella y la piedra escrita, como siempre, como desde niña, el mundo estrechándose hasta el tamaño de un glifo. Empezó a leer.

Con los ojos. Sólo con los ojos. Se mordió por dentro la costumbre de sonar cada signo, la costumbre de veinte años, y la sujetó como se sujeta a un perro que quiere lanzarse a la calle.

Y la hoja de piedra le habló, callada.

No era una fórmula. Era una instrucción y era una advertencia y era, entendió con un escalofrío, la voz de un maestro para un discípulo que llegaría muy tarde.

Tú que lees el oriente, decía, y el corazón le dio un vuelco porque era el mismo tú que lees del códice, la misma mano detrás de dos mil kilómetros de años—: has entendido el cuándo.

Ahora aprende lo primero del cómo. No bajes como bajó el señor, con antorchas y tambores, a exigirle a la puerta.

El que llega como amo, la puerta lo traga.

Baja como huésped a casa ajena. Descálzate el nombre.

Cuando estés frente al agua grande, la del centro, no digas quién eres, porque decir tu nombre es tocar la puerta, y lo que hay detrás abre a quien toca.

La primera llave del cómo es ésta: el silencio.

Guárdalo. Las otras tres bocas te darán las otras tres.

Sólo con las cuatro sabrás la manera que no abre ni cierra, la que tu sangre… —

Y ahí, exactamente ahí, donde la hoja de piedra iba a decir algo sobre tu sangre —¿la sangre de quién?

, ¿la de ella?, ¿la de los kanul?—, el musgo de mil años y una grieta se comían tres, cuatro glifos, y el sentido se rompía, y para reconstruirlo Itzel hizo lo que su cuerpo llevaba veinte años haciendo sin permiso frente a un signo dañado: susurró.

Bajísimo. Casi nada. Sonó las sílabas del glifo roto para completarlo por el oído, como había hecho diez mil veces sobre diez mil vasijas —

—dos sílabas, apenas aire—

y el agua a sus pies dejó de reflejar las estrellas.

Se alisó de golpe, de orilla a orilla, exactamente como en la visión del pozol, exactamente como en la hoja tercera del códice que ella aún no sabía que había escrito Sak Balam, y por un instante no reflejó el cielo que aclaraba arriba sino una oscuridad de abajo, honda, con el principio de una escalera, y del fondo de esa oscuridad Itzel sintió —no vio: sintió, en el esternón, en los dientes— que algo, lejísimos, volteaba.

La mano de don Fabián le tapó la boca antes de que ella supiera que iba a hablar otra vez.

— Ma’. 1 No —siseó el viejo, con la boca pegada a su oído, la voz temblando de un pánico que Itzel no le había visto ni en el atrio ni bajo la ceiba—.

Ya. Ya la tocó. No más. Ojos abajo. No la vea.

No le conteste. Respire y cuente conmigo, hija, cuente los que faltan para que el sol suba y esto se cierre. Uno. Dos.

Itzel contó. Con la mano seca y fuerte del viejo sobre su boca, el corazón golpeándole la garganta, contó, y no miró el agua, y sintió —lo juraría, y también juraría después que fue el terror y la falta de aire— sintió cómo esa atención lejana la recorría entera, sin prisa, como quien lee, y se detenía un instante en algo que llevaba en la mochila, y luego, decepcionada o paciente o las dos cosas, se retiraba escalón por escalón hacia su hondura.

El rayo de sol subió un dedo por la pared. Los glifos empezaron a apagarse, sombra por sombra, devueltos al musgo. El agua, poco a poco, volvió a rizarse con la brisa de la mañana, volvió a ser agua, volvió a reflejar, ahora, un cielo azul pálido y la cara demudada de una mujer asomada a ella.

—Ya —dijo don Fabián, quitándole la mano de la boca, y le temblaba a él también—. Ya pasó. Se cerró.

Itzel se dio cuenta de que estaba llorando sin ruido, y de que tenía la libreta apretada contra el pecho sin haber escrito una sola letra, porque no había hecho falta: lo primero del cómo se le había grabado en la memoria con el hierro con que se graban las cosas que uno lee el día que casi se muere.

El silencio. La primera llave es el silencio.

Qué ironía tan perfecta, pensó, con una risa histérica atorada en el pecho: la primera lección del libro era no leer en voz alta, y ella la había aprendido rompiéndola.

Subieron despacio. En el borde, bajo el sol ya franco, don Fabián recogió su jícara y su tiesto con manos que se serenaban, y Itzel se sentó en la piedra, mareada, a esperar que el mundo dejara de latir. Fue entonces cuando lo notó.

Su mano izquierda temblaba.

No de frío. No del susto, o no sólo. Un temblor fino, constante, propio, que salía de algún lugar por debajo de la piel y que no cedía cuando cerraba el puño ni cuando lo apretaba contra el muslo.

La miró como se mira una cosa ajena pegada al propio brazo.

Levantó la vista hacia don Fabián para decírselo, para preguntarle si era normal, si se pasaba —

y vio que el viejo ya la estaba mirando. Mirándole la mano. Con la cara gris.

—¿Qué? —dijo Itzel—. ¿Qué es? Se me pasa, ¿verdad?

Don Fabián no contestó enseguida. Cuando lo hizo, su voz había perdido toda la firmeza de guía y toda la dureza de guardián, y sólo quedó en ella una tristeza vieja, de las que no tienen fondo.

—Al que escribió el códice —dijo, muy despacio— también le temblaba la izquierda.

Toda su vida, después de leer frente al agua.

Lo dejó escrito. —Se agachó, le tomó a Itzel la mano que temblaba entre las dos suyas, secas y cálidas, como quien sostiene un pájaro herido—.

Es la marca, hija. La marca del que la boca ya oyó una vez.

—Tragó—. Aurelio no la traía. A Aurelio lo mataron antes de que pudiera ganársela.

Usted, en cambio… —No terminó. Le apretó la mano temblorosa—.

Usted ya no es del todo la que bajó esta mañana. Y nos quedan tres bocas.

El sol, arriba, terminó de despegarse del monte.

Un pájaro cantó. Y en la mano izquierda de Itzel Canul, la más fina, la que sostenía el pincel imaginario con que había leído los muertos toda su vida, siguió latiendo, suave y terca, la firma de algo que ahora sabía su forma de leer y, quizá, empezaba a saber su nombre.

ma’ — “no” en maya yucateco. ↩︎