CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO ONCE
Pasó la tarde y la noche discutiendo consigo misma sobre Sol, que es la peor persona con quien discutir, porque conoce todos los argumentos de uno y no cede en ninguno.
Necesitaba una buza. El libro llevaba al agua, y al agua negra de una cueva inundada no se baja con buena voluntad y un video de internet; se baja con alguien que haya estado ahí y haya vuelto.
Sol era esa persona. Sol había sido esa persona durante trece años.
Y meter a Sol era, quizá, entregarle a la Fundación en bandeja el mapa vivo de cada paso que Itzel diera bajo tierra.
Hacia la madrugada llegó a la única conclusión que podía sostener de pie: no todavía.
No hasta saber. Iba a dar los primeros pasos sin ella, aunque le costaran más, aunque fueran más torpes, porque un paso torpe que el enemigo no ve vale más que un paso perfecto que el enemigo cuenta.
Y si en algún punto el camino la obligaba a bajar de verdad, hondo, donde sólo Sol podía llevarla —rezó por que ese punto no llegara— ya decidiría entonces, con lo que supiera entonces.
Le escribió a don Fabián al número del patio, a las cinco de la mañana, un solo renglón: Ya leí la hora. Es el cruce. Faltan siete días. Necesito ver la primera boca.
La respuesta llegó al amanecer, tan escueta como él: No para abrir. Para leer. Hay diferencia, y de ella depende tu vida. Valladolid, mercado, mediodía. Sola.
Se vieron entre las mesas de frutas del mercado de Valladolid, entre pilas de naranja agria y pitahaya y montañas de chile habanero que perfumaban el aire de un picor dulce.
Don Fabián compraba, o fingía comprar, con una red de mandado en la mano, y no la saludó; sólo empezó a caminar despacio entre los puestos y ella se emparejó a su lado, como el otro día, abuelo y nieta.
—Descifró la hora —dijo él—. Y el orden.
—Oriente, norte, poniente, sur. La vuelta del sol.
—Itzel bajó la voz—. Y sé que hacen falta las cuatro piedras, y sé que la Fundación tiene tres y yo tengo la cuarta.
—Lo miró de reojo, midiendo—. Lo que no entiendo, don Fabián, es para qué quiere nadie que yo camine las cuatro bocas si ya tengo el libro entero. Si ya lo leí. ¿Qué me falta?
El viejo se detuvo ante un puesto de semillas, tomó un puño de pepita, lo dejó caer.
—Le falta casi todo —dijo—, porque el libro que tiene no está entero.
Nunca lo estuvo. ¿Cree que nuestros abuelos, que cerraron una puerta que casi los mata, iban a escribir en un solo códice la manera de volver a abrirla?
Un libro se roba, se moja, se vende a una fundación del norte.
—Negó con la cabeza, con un orgullo antiguo—.
Partieron el saber en cinco pedazos. El libro es sólo uno: el cuándo, el orden y la hora.
El menos peligroso, y aun así por él mataron a Aurelio.
El cómo —cómo pararse frente al agua, qué se dice y qué se calla, y la tercera manera, la que ni abre ni cierra— no está en ningún papel.
Está tallado, un pedazo en cada boca, en piedra que no se puede cargar, donde sólo llega el que ya sabe el orden.
—Reanudó el paso—. Las cuatro bocas son las otras cuatro hojas del libro, hija.
Hojas de piedra. Se leen en el sitio, en orden, o no dicen nada.
Itzel sintió el suelo del mercado moverse un poco bajo sus pies.
La escala de la cosa se le abrió de golpe: no un códice, sino un libro del tamaño de una ciudad, escrito mitad en papel y mitad en los cenotes, diseñado hace mil años para que sólo pudiera leerlo alguien que caminara la tierra entera con la clave en la cabeza.
—Entonces la Fundación tampoco puede abrir —dijo, despacio—. Aunque tengan tres piedras y mis fotos del libro. Les falta lo tallado en las bocas. Les falta el cómo.
—Les falta el cómo —confirmó don Fabián—.
Por ahora. Y por eso, hija, la quieren a usted tanto como a la cuarta piedra.
Porque usted lee papel y lee piedra, y camina siendo Canul por donde a ellos sus guías no los dejan pasar.
Usted es la única que puede juntarles las cinco partes.
—Se detuvo, y por primera vez la miró con miedo abierto—.
Usted es, en este mundo, la única llave que de verdad importa.
Las de piedra sólo abren la cerradura. Usted abre el libro.
Caminaron un trecho en silencio, entre el bullicio, el pregón de una marchanta, el olor a lima y a cilantro.
—¿Por qué me ayuda, entonces? —preguntó Itzel—. Su oficio es impedir. Lo más seguro para su puerta sería que yo me muriera hoy sin leer una boca más.
—Sí. Lo pensé. No crea que no lo pensé. —La miró—.
Pero llevo tres noches haciendo la cuenta, y me sale siempre igual.
La Fundación va a forzar esa puerta el día del cruce, con usted o sin usted; tienen dinero, permisos y un siglo de rencor, y si hace falta la vuelan desde arriba.
Nosotros ya no alcanzamos para impedirlo: somos cuatro viejos y una piedra de ver.
—Tragó—. Sólo queda una esperanza, y es la de Rosa: que alguien aprenda la tercera manera antes que ellos, y en vez de abrir por la fuerza, desarme la cerradura desde adentro, para siempre.
Para eso hay que leer las cuatro bocas. Para eso la necesito viva y leyendo, igual que ellos.
—Se detuvo del todo, un viejo pequeño con una red de mandado y ochocientos años de derrota en la cara—.
La diferencia es lo que cada uno hará cuando usted termine: ellos quieren abrir; yo, cerrar para siempre.
Y usted todavía no sabe lo que quiere. Ésa es la única razón por la que sigo teniéndole miedo.
Itzel no contestó, porque era verdad, y porque su abuela le había escrito, en un cuaderno rayado, que no lo decidiera por miedo, ni por pena, ni por amor, y todavía no sabía qué le iba a quedar para decidir cuando le quitara esas tres cosas.
—La primera boca —dijo por fin—. Oriente. ¿Dónde?
—Cerca. Un cenote que los mapas no marcan bien, en un terreno que la gente del rumbo respeta y no visita.
—Don Fabián dejó la red en el brazo—. No hay que bucear.
Ésa es la misericordia de la primera: se lee casi a flor de agua, si uno sabe dónde mirar y baja con cuidado por la piedra.
Por eso es la primera; nuestros abuelos empezaban por la fácil, para que el que no aguantara la primera no llegara vivo a las hondas.
—La miró—. Mañana al amanecer. Yo la llevo.
Sin buzos. Sin nadie. Y, Itzel —le puso la mano seca en el brazo—, cuando esté frente al agua y quiera leer lo que está tallado, lo lee con los ojos.
Sólo con los ojos. No mueva los labios. Ni una sílaba en voz alta. ¿Me entiende lo que le pido?
—Que no la llame —dijo Itzel, y el picor del habanero en el aire se le volvió, de pronto, un frío.
—Que no la llame —dijo don Fabián.
Ciento sesenta kilómetros al oeste, en la terraza de un hotel de Mérida con vista a la catedral, Rafael Duarte tomaba un café que sí estaba caliente y leía el informe de la mañana en la tableta, recién bajado de un avión que había descendido sobre la península mientras dos mujeres se tomaban de la mano bajo un ramón.
Punto uno: la fuente confirmaba que la doctora Canul había vuelto a Mérida y se había reunido con ella —con la fuente— esa mañana. La doctora no había soltado gran cosa. Estaba, según la fuente, “rara, cansada, cariñosa pero cerrada”. La fuente pedía, de nuevo, garantías.
Duarte sonrió apenas. Cariñosa pero cerrada.
La doctora Canul sospechaba de su amiga; se le notaba en el reporte como se le nota el pulso a un pez bajo el hielo.
Bien. Que sospechara. Una Canul que no confiaba en nadie era una Canul que trabajaría sola, y una lectora trabajando sola es más lenta, más asustada y más fácil de seguir que una lectora con equipo.
Punto dos, marcado por la analista con una estrellita: la doctora había cruzado a Valladolid dos veces en tres días.
Duarte dejó la taza. Valladolid. El oriente de Chichén. La primera boca, según los papeles del bisabuelo, según todo lo que la Fundación había reconstruido en cien años. Ella no andaba huyendo a Valladolid. Andaba leyendo Valladolid.
—Karl —dijo al teléfono, sin dejar de mirar la catedral rosada bajo el sol—.
Ya empezó. Está caminando las bocas. —Escuchó—.
No. No la tocamos, no la seguimos de cerca, no la espantamos.
Le ponemos ojos lejos y la dejamos hacer su tarea.
Cada boca que ella lea es una boca que nosotros nos ahorramos descifrar.
—Bebió—. Que la fuente le siga preguntando con cariño hacia dónde va. Lo demás, a su tiempo. —Colgó.
Abajo, en la plaza, las campanas de la catedral dieron las doce, las mismas doce que en ese instante daban en el mercado de Valladolid donde una vieja mano soltaba el brazo de la última Canul, y por un segundo —humedad, pensó Duarte otra vez, sin razón, apartando la idea— el café tibio de su taza se quedó, le pareció, demasiado quieto.