La Quinta Dirección INTERLUDIO DEL CÓDICE
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INTERLUDIO DEL CÓDICE

INTERLUDIO DEL CÓDICE

El Códice del Guardián — hoja tercera

Tú que lees: si en estas noches has visto, sin buscarla, una escalera de piedra que baja al agua donde no hay ninguna escalera, y unos pies que no son los tuyos bajando por ella, no te asustes todavía.

Soy yo. Soy sólo yo, recordando, y el recuerdo de un hombre que leyó lo que yo leí no se queda quieto en su propio tiempo: gotea hacia adelante, busca la única otra mano capaz de leerlo, y a veces la encuentra a mil años de distancia y le enseña, sin permiso, lo que vio.

Perdóname que te lo enseñe. Todavía no sé cómo no hacerlo.

Ninguno de los dos sabe, ya, dónde termina uno y empieza el otro.

Voy a contarte la noche. Debo. Es la razón de todo lo demás.

Fue en el tercer año de la sequía, en el cruce, cuando la banda del cielo se para derecha sobre el mundo y la sombra baja por la escalera del Castillo como una serpiente que entra en la tierra.

Los señores lo habían anunciado a la ciudad: esa noche los ah k’in abrirían la boca correcta y traerían la lluvia.

No fue en secreto. El miedo de un pueblo con hambre no cabe en un secreto; hay que darle un espectáculo, o se vuelve contra uno.

Y yo, que a los diecisiete años ya empezaba a mirar el mundo con el ojo torcido del que escribe —el ojo que no puede dejar de preguntarse cómo está hecha una cosa incluso mientras la cosa lo espanta—, vi las dos noches a la vez.

Vi la noche que el pueblo vio. Y vi, por debajo, la noche que los sacerdotes armaron.

Déjame contarte primero la que armaron, porque quiero que dudes conmigo. Quiero que llegues a lo otro habiendo dudado, como llegué yo, para que sepas que no fui un crédulo.

El Gran Sacerdote no dejaba nada al azar de los dioses.

Los braseros de copal estaban puestos de modo que el humo cayera hacia el pueblo y le velara los ojos.

La bebida que repartieron entre los que iban a bajar —balché, 1 y algo más amargo mezclado, algo que los h-men guardan y que abre en la cabeza puertas que de día están cerradas— no era para la sed.

Yo la probé, porque a los escribas nos daban de todo lo que tocábamos, y sé lo que hace: pone el corazón a galope y llena de rostros los rincones oscuros.

A los cuatro ancianos que fueron a poner las piedras en las cuatro bocas los mandó con antorchas de cierta resina que chisporrotea verde.

Y colocó a los tambores de modo que callaran todos juntos, de golpe, en el instante exacto, porque no hay nada que haga sentir a mil personas la presencia de un dios como un silencio que llega demasiado rápido.

¿Lo ves? Yo lo vi. Toda mi vida me aferré a haberlo visto.

El humo, la bebida, las antorchas trucadas, el silencio ensayado.

Un hombre listo asustando a un pueblo asustado para que no dejara de obedecer.

Eso fue lo que armó el Gran Sacerdote, y de eso no me cabe duda, y si la historia terminara ahí yo habría muerto viejo y tranquilo diciendo: los dioses son el teatro que los sacerdotes le hacen al hambre.

Pero yo estaba adentro del teatro, tú que lees. No entre el pueblo, del lado del humo. Estaba junto a la boca, con la tablilla y el pincel, porque alguien tenía que escribir lo que se dijera, y ese alguien era yo. Y desde adentro se ve la otra noche.

Pusieron las cuatro piedras en las cuatro bocas siguiendo el giro del sol: oriente primero, luego el norte, luego el poniente, al último el sur.

Cuando la cuarta piedra entró en su boca —lo supimos porque un corredor llegó sin aliento desde el cenote del sur a decir que ya—, el Gran Sacerdote me hizo una seña, y yo, que había memorizado los signos que ningún hombre debe decir en voz alta porque me los habían hecho aprender temblando, los leí.

No voy a decirte cómo se sienten en la boca. Ya lo sabes, si leíste demasiado. Pesan más que su aire.

Y entonces el agua del pozo bajo el Castillo —que yo veía, desde donde estaba, negra y ondulada por el reflejo de las antorchas— se quedó quieta.

No como se queda quieta el agua cuando cesa el viento.

El viento no había cesado; yo sentía el aire moverme el pelo de la nuca.

El agua se quedó quieta como se queda quieta una cosa a la que le ordenaron quedarse quieta.

Se alisó de golpe, de orilla a orilla, hasta ponerse como una lámina de obsidiana pulida, y en ella dejaron de reflejarse las antorchas y dejó de reflejarse el cielo, y por un instante —cuéntalo, tú que dudas, cuéntame qué humo, qué bebida, qué resina verde hace esto— por un instante el agua no reflejó nada de lo que estaba arriba, y en cambio mostró algo que estaba abajo.

Una escalera. Bajando. Más honda que el pozo, más honda que la tierra, escalones de piedra que se perdían en una oscuridad que no era la oscuridad de la noche sino otra, más vieja.

Y sobre la escalera, subiendo hacia nosotros, despacio, con la paciencia de lo que tiene todo el tiempo, algo se movía.

El Gran Sacerdote, que había armado el teatro, cayó de rodillas.

Anota eso. El hombre que puso el humo y ensayó el silencio se orinó encima y cayó de rodillas, porque ni él, que lo había preparado todo, esperaba que respondiera.

El teatro era para el pueblo. Ninguno de los sacerdotes creía de verdad que hubiera algo del otro lado.

Lo hacían por la autoridad, por el maíz, por el miedo a dejar de servir.

Y lo que subía por la escalera del agua les enseñó, a todos, en un instante, que llevaban generaciones haciéndole teatro a algo que era real, que siempre había sido real, y que ahora los estaba mirando de vuelta.

Mi maestro, el viejo Ah Kanul, no cayó de rodillas. Se acercó a mí, me arrancó la tablilla de las manos, y con una voz que no le había oído nunca —una voz de después, de duelo, como si ya llorara algo que aún no perdía— me gritó al oído:

—¡Al revés! ¡Léelo al revés, muchacho, ahora, antes de que termine de subir!

Y esto, tú que lees, es lo que quebró mi cuerpo y lo que te estoy contando para que no lo hagas: leí los signos al revés.

En orden inverso, sílaba por sílaba, que es una cosa para la que la boca del hombre no está hecha, porque decir un nombre sagrado hacia atrás es desdecirlo, y desdecir lo que ya se dijo desgarra por dentro al que lo desdice.

Sentí romperse algo en mi pecho como se rompe una jícara.

El agua tembló. La escalera se enturbió.

Lo que subía se detuvo, y —juro que esto vi, con el ojo torcido del escriba, en el instante antes de desmayarme— giró hacia mí, sin cara, y me miró, y supo mi nombre, porque yo acababa de decir el suyo dos veces, hacia adelante y hacia atrás, y así es como uno queda atado para siempre a lo que nombra.

Desperté tres días después. Llovía. Llovía como no había llovido en tres años, llovía sobre las milpas blancas y sobre los templos y sobre los cuerpos de las aldeas bajas que el agua se llevó, porque el cielo, cuando por fin contesta, no mide.

El pueblo lo llamó milagro. Cantó. Los señores respiraron.

La sequía se rompió y Chichén vivió otros cien años, y nadie supo nunca que la lluvia no la mandó la piedra ni el rezo, sino un trato que ninguno de nosotros había querido cerrar de verdad, y que se cerró de todos modos, y que cobró.

Ah Kanul murió ese invierno. Antes, me pasó el oficio, la piedra que mueve la piedra, el hueco detrás del muro, y la última orden de su vida, que ahora es mía y que un día, si sigues leyendo, será tuya: que la boca vuelva a cerrarse, que las cuatro piedras se separen y se escondan, y que nadie —nunca, por hambre, por miedo, por curiosidad ni por amor— vuelva a leer los signos frente al agua.

Yo obedecí a medias, tú que lees. Cerré la boca.

Escondí lo que pude. Pero no pude no escribir.

Esa es mi falla, la de siempre, la que me hizo escriba: no puedo dejar una cosa sin ponerla en signos, ni siquiera la cosa que sé que no debe existir en signos.

Por eso este libro. Por eso tú. Te maldigo con él y te ruego con él, las dos cosas, porque soy un hombre y los hombres queremos, al mismo tiempo, guardar el secreto y que alguien, algún día, lo sepa con nosotros para no cargarlo tan solos.

Ya viste la escalera en el agua quieta. Entonces ya me estás leyendo de verdad, y ya es, me temo, un poco tarde para los dos.

Sigue. Pero por lo que quieras, hija —porque eres una hija, lo sé como Ah Kanul supo mi nombre, como se saben las cosas cuando ya se dijeron dos veces—: cuando llegues frente al agua, no leas hacia adelante.

Y no leas hacia atrás. Aprende de mí la única sabiduría que me quedó: la boca no se abre ni se cierra con la voz.

Hay una tercera manera. La descubrí demasiado tarde para usarla.

Está en la última hoja. No corras a ella. No estás lista. Yo tampoco lo estaba.

balché — bebida ritual fermentada de la corteza del árbol balché con miel, usada por los mayas para inducir estados de trance en ceremonias. ↩︎