CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO DIEZ
Sol llegó a las diez con café, como había prometido, y con pan dulce en una bolsa de papel, porque Sol siempre llegaba con algo de más: era su manera de decir te quiero sin gastar la palabra.
Se vieron en el patio del departamento de Itzel, bajo la sombra del ramón, en las dos sillas de plástico donde habían resuelto, a lo largo de trece años, la mitad de los problemas de sus vidas.
Sol traía el pelo recogido con una liga descolorida, ojeras, la piel curtida de sol y de sal, y en cuanto vio a Itzel dejó los cafés en el piso y la abrazó otra vez, largo, fuerte, y otra vez el abrazo fue real.
Itzel lo registró con una parte fría y horrible de sí misma: el abrazo es real. Anótalo. El abrazo siempre es real.
—Te ves de la fregada —dijo Sol, apartándose para mirarla, con esa franqueza de hermana que no ofende porque viene sin doblez—. ¿Dormiste algo en ese hotel?
Ese hotel. Ahí estaba, en la primera frase, la palabra que Itzel había plantado la mañana anterior desde Xocén, servida de vuelta con toda naturalidad.
El hotel de Valladolid. Podía significar que la mentira había quedado guardada en la cabeza de Sol como se guarda cualquier dato de una amiga preocupada.
Podía significar otra cosa. Itzel se obligó a sostener la taza con las dos manos y a no leer demasiado en cuatro palabras.
—Poco —dijo—. Pesadillas.
—Normal. —Sol se dejó caer en la silla, destapó su café, y por un segundo las dos se quedaron mirando el patio, el ramón, la buganvilia, el gato del vecino en la barda, todo lo que había sido siempre—.
Oye. Aurelio. —La voz se le quebró de verdad; a Itzel no le quedó duda de que era de verdad—.
Todavía no me cabe. Ayer marqué su celular como una idiota, se me olvidó que…
—Se talló los ojos con el dorso de la mano—.
Perdón. Tú eres la que perdió a su maestro y yo aquí chillando.
—Los dos lo queríamos.
—Sí. —Sol respiró hondo, se rehizo, y entonces hizo la pregunta, la primera, con el tono más tierno del mundo—: ¿Y qué vas a hacer, Itzel? O sea… la policía dice accidente. ¿Tú qué crees? ¿Vas a dejar que se quede así?
Y ahí empezó el duelo, aunque sólo una de las dos supiera que había duelo.
Porque cada pregunta de Sol, esa mañana, tenía dos filos, y Itzel no podía saber cuál era el que cortaba.
¿Vas a dejar que se quede así? Podía ser una amiga indignada.
Podía ser alguien averiguando si Itzel iba a seguir jalando el hilo.
¿Y qué encontraste en su casa? —vino un poco después, entre mordidas de concha— podía ser curiosidad de luto.
Podía ser un inventario. ¿Tienes algo de él, papeles, lo que sea, algo que la policía no vio?
Podía ser el ofrecimiento de una cómplice para pelear.
Podía ser una mano tendida hacia lo único que a Itzel la mantenía viva.
Itzel las contestó todas de la misma manera: con una verdad pequeña envuelta alrededor de una mentira grande.
Sí, estaba destrozada. Sí, creía que no había sido un accidente, pero no tenía nada, ¿qué iba a tener?
, una corazonada y un montón de rabia. No, no se había llevado nada de la casa; cuando llegó ya estaba vacía.
Se oyó mentirle a Sol con una fluidez que la asqueó, y se dijo, para soportarlo, que si Sol era inocente esas mentiras no le harían ningún daño, y que si no lo era, esas mentiras eran lo único que la protegía.
Las dos cosas eran ciertas. Ninguna la hacía sentir menos sucia.
—¿Y no fuiste a ver a nadie de tu familia, ya que andabas para allá? —dijo Sol, ligera, partiendo otra concha, sin levantar los ojos del pan—. Digo, Valladolid está a un brinco del pueblo de tu abuela. Te habría hecho bien. La familia, en estas.
El patio se quedó muy quieto.
Itzel bebió café para taparse la cara. El pueblo de tu abuela.
No había dicho Xocén. No había dicho Petrona.
No había dicho nada que una amiga de trece años no supiera de sobra: que Itzel era de por allá, que su abuela era de un pueblo cerca de Valladolid.
Era la cosa más natural del mundo que Sol lo mencionara.
Era, palabra por palabra, negable. Y sin embargo cayó en el oído de Itzel con el peso exacto de una piedra, porque a Sol le había dicho que estaba en un hotel del centro descansando, no que anduviera “para allá”, no que rondara pueblos, y era Sol, no ella, la que había puesto en la mesa la idea de la familia y del pueblo, como quien tira un anzuelo al agua para ver si algo lo jala.
O como una amiga que quiere a otra y sabe que a los que están de duelo les hace bien la tierra de uno.
Itzel no pudo saberlo. Ésa era la tortura entera, condensada en una concha a medio comer: no pudo saberlo.
Miró la cara de Sol —los ojos hinchados, la liga descolorida, las manos llenas de pequeñas cicatrices de arrecife y de roca— buscando el glifo, el trazo fuera de sitio, la sílaba que no cerraba, y no lo encontró, porque el rostro de la gente que nos quiere y el rostro de la gente que nos traiciona, cuando la que traiciona también nos quiere, es exactamente el mismo rostro.
No hay signo. Ésa es la crueldad. La traición perfecta no deja glifo.
—No —dijo por fin, y sonrió, y la sonrisa le salió tan falsa por dentro y tan verdadera por fuera como todas las que llevaba dando desde el balneario—. No tuve cabeza. Nomás quería volver a mi cama.
—Pues deberías ir un día de éstos —dijo Sol, y ya estaba en otra cosa, o lo fingía tan bien como Itzel—.
Cuando pase todo esto te llevo yo. Nos echamos un fin, buceamos un cenote de los tranquilos, comemos relleno negro hasta reventar.
¿Te acuerdas del de Tizimín? —Se rió, y la risa sí era suya, la de siempre—. Órale. Como en los viejos tiempos.
Y ahí, sin querer, Sol le abrió a Itzel la puerta a la única pregunta que de verdad importaba, la pregunta que llevaba toda la mañana rondándole y que la avergonzaba más que las mentiras: ¿te llevo yo?
Porque el libro llevaba a los cenotes. A cuatro cenotes, en orden, a la hora del cruce.
Y a los cenotes uno no baja solo; baja con alguien que conozca el agua negra, las cuerdas, el aire, la manera en que una cueva inundada mata a los que la subestiman.
Y en toda la Tierra no había una sola persona a la que Itzel le confiara su cuerpo bajo treinta metros de piedra…
salvo la que estaba sentada frente a ella partiendo pan dulce, la que a lo mejor —a lo mejor— la estaba entregando.
Necesitaba a Sol. Ésa era la trampa perfecta, y Itzel entendió, con un escalofrío, que si alguien la había diseñado, la había diseñado sabiendo esto: que tarde o temprano el camino la obligaría a meter al agua a la única persona que no podía llevar.
La necesitaba viva, cerca, bajando con ella.
Igual que la Fundación la necesitaba a ella leyendo.
Todos, en este juego, necesitaban vivo justo a quien más les convenía traicionar.
—Sí —dijo Itzel, y no supo si mentía o rezaba—. Como en los viejos tiempos.
Los viejos tiempos. La frase la empujó, sin permiso, lejos del patio y del ramón y del miedo, hacia el único día en que había visto a Sol asustada de verdad por ella: no bajo tierra, sino en la superficie del mar abierto, frente a Holbox, el verano en que fueron a nadar con los tiburones ballena.
Habían cruzado en el ferry desde Chiquilá a la isla sin coches, de calles de arena y carritos de golf, y a las seis de la mañana siguiente ya iban en una lancha rumbo a “la afuera”, ese punto sin tierra a la vista, más allá de Cabo Catoche, donde la corriente del Golfo choca con la del Caribe y sube a la superficie una sopa de plancton y de hueva de pescado tan espesa que el agua se pone verde de vida.
Ahí llegan cada verano, de mayo a septiembre, los tiburones ballena — dominó, les dicen los pescadores, por las manchas blancas del lomo—, el pez más grande del mundo, a comer con la boca abierta esa niebla, ajenos por completo a las lanchas y a los turistas mareados que se echan al agua a mirarlos.
Porque no se bucea con ellos. Ésa era la parte que a Sol, buza de tanque hasta los huesos, la sacaba de quicio y la enternecía a la vez: por ley sólo se puede nadar, en esnórquel, dos personas y un guía por tiburón, con chaleco y sin tocar.
“Todo mi entrenamiento —refunfuñaba Sol en la borda— para chapotear como turista.” Pero lo decía sonriendo, porque el mar abierto era su otra casa, la de la luz, tan suya como las cuevas negras.
Itzel, criatura de tierra y de piedra, se mareó antes de llegar.
Vomitó por la borda tres veces con una dignidad que Sol le celebró como un logro deportivo, sosteniéndole el pelo, diciéndole barbaridades cariñosas: que una mujer capaz de bajar a quince metros de cueva no podía ser vencida por unas olitas.
Y cuando el guía gritó ¡dominó a las diez!
y señaló una sombra enorme bajo la superficie picada, Sol la agarró de la mano —la misma mano, siempre la misma mano— y la echó al agua con ella antes de que a Itzel le diera tiempo de tener miedo.
Ahí, en el azul lechoso, Itzel vio venir hacia ella una boca del ancho de una puerta, y detrás un cuerpo moteado que no terminaba nunca, diez, doce metros de animal antiguo pasando a un costado sin prisa, filtrando su sopa de plancton con una calma de mundo que llevaba millones de años en el mar; y se le olvidó el mareo, se le olvidó el miedo, se le olvidó todo salvo la mano de Sol apretando la suya y la voz de Sol chillando de gozo a través del esnórquel, hasta que el animal las dejó atrás con un golpe lento de la cola.
Esa noche, en la playa de Holbox, a unos pasos del hotelito de madera donde se hospedaban —el Marea—, con los pies en una arena que de tan blanca parecía harina, vieron el mar prenderse de un fuego frío —el plancton bioluminiscente que dibujaba cada ola y cada pez con una línea de luz azul— y Sol, tirada de espaldas en la arena, le dijo una cosa que Itzel no entendería hasta mucho después: “¿Ves? El agua también sabe brillar, arqueóloga. No todo lo que hay ahí abajo te quiere comer.” Y se rió. “Aunque casi todo, sí.”
Itzel volvió al patio y al pan dulce con el sabor a sal todavía en la memoria, y miró a la mujer de la liga descolorida que tenía enfrente —la misma de aquel mar de luz— y no supo ya si la conocía.
Fue entonces cuando Sol, guardando el celular que le había vibrado dos veces en la bolsa sin mirarlo —¿por respeto a Itzel, por costumbre, o porque no quería que Itzel viera quién?
—, dejó caer, sin dramatismo, entre el relleno negro de Tizimín y el gato del vecino, la cosa que terminó de romperle el corazón a Itzel por partida doble:
—Oye, y aparte de todo esto… la neta la estoy pasando de la chingada, Itzel.
—Bajó la voz, avergonzada, mirando el café—.
El proyecto se quedó sin la mitad del financiamiento.
Nos deben tres meses. El banco ya me habla por lo del equipo, el compresor lo tengo empeñado, y mi mamá con lo de la diálisis…
—Se encogió de hombros, con esa dignidad terrible de la gente que pide sin pedir—.
No te lo cuento para cargarte, tú tienes lo tuyo.
Nomás… no sé. Contigo puedo decirlo. Ando ahogada.
—Se rió, sin ganas, de su propia palabra—. Mira nomás qué verbo fui a escoger.
Y a Itzel se le partió el alma en las dos direcciones a la vez, y las dos le dolieron.
Porque si Sol era inocente, acababa de confesarle, con vergüenza y con cariño, que estaba desesperada, y una buena amiga la abrazaría y buscaría cómo ayudarla.
Y si Sol no era inocente, acababa de decirle, sin querer, por qué: el proyecto quebrado, el banco, el compresor empeñado, la diálisis de la madre. El precio exacto. La forma más confiable de lealtad que existe, había dicho un hombre en Boston que Itzel no conocía. La buzo tiene deudas.
Deudas. Del otro lado del patio, bajo el ramón, su mejor amiga acababa de ponerle sobre la mesa, envuelto en pan dulce y en trece años de cariño, exactamente el motivo que Itzel había estado rezando por no encontrar.
—Ya se va a arreglar —oyó decirse a sí misma, tomándole a Sol la mano llena de cicatrices—. Ya verás que se arregla.
Se quedaron así un rato, tomadas de la mano bajo el árbol, dos mujeres que se querían de verdad, en el centro exacto de algo que ninguna de las dos —Itzel lo pensaría después, muchas veces— controlaba del todo.
Cuando Sol se fue, a mediodía, la abrazó en la puerta y le dijo al oído cualquier cosa me marcas, a la hora que sea, ¿me oíste?
, para lo que sea, y se subió a su moto vieja y arrancó, y Itzel se quedó en el zaguán viéndola doblar la esquina, y se descubrió haciendo, sin querer, lo que su oficio le había enseñado a hacer con todo lo que temía perder o temía tener que declarar algún día: memorizarla.
La liga descolorida. Las cicatrices. La forma exacta de la espalda de la única persona en el mundo a la que amaba sin reservas y de la que, desde esa mañana, ya no podía fiarse sin ellas.
Subió. Cerró con doble llave. Sacó la piedra gris de la manta, y el diccionario, y las doce hojas, y se sentó a trabajar contra el reloj, sola, porque acababa de comprobar que estaba más sola de lo que había estado en trece años: no porque Sol la hubiera dejado, sino porque ya no sabía si Sol seguía ahí.
Ocho días para el cruce.
Y en algún lugar de Mérida, esa tarde, un avión que venía del norte empezó su descenso.