CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO OCHO
No fue por la carretera de siempre.
Itzel dejó su coche —demasiado conocido, con placas que cualquiera podía haber fotografiado bajo el laurel de Itzimná— en la casa de una prima en las afueras de Mérida, y tomó camiones.
Un autobús de segunda hasta Valladolid, apretada entre una señora con dos guajolotes vivos en una jaula y un albañil que dormía con la cabeza contra el vidrio; después un colectivo hasta el crucero; después una combi que iba dando tumbos por la terracería roja, deteniéndose en cada capilla y cada tienda de esquina, hasta que el asfalto se acabó y empezó el monte de verdad, verde y espeso y zumbando de chicharras.
Odió cada minuto y agradeció cada minuto.
Nadie sigue a una arqueóloga a través de tres transbordos y una jaula de guajolotes sin volverse, él también, visible.
Iba mareada, con el vestido pegado a la espalda y la mochila —el códice, el diccionario, la USB— entre los pies, donde podía sentirla.
Por la ventanilla vio pasar su propio país al ras del suelo, el que enseñaba desde arriba en diapositivas y por el que ahora rodaba con miedo: las albarradas de piedra seca, las milpas, las cruces de madera al pie de los árboles grandes, los niños descalzos que corrían junto a la combi saludando.
Llevaba diez años sin volver a Xocén. Se lo confesó a sí misma con vergüenza en el último tramo, cuando el letrero apareció entre el monte, despintado, orgulloso, imposible:
XOCÉN — EL CENTRO DEL MUNDO.
Y lo decía en serio. El pueblo de su abuela se sabía, desde antes de la memoria, u chuumuk lu’um, 1 el ombligo de la tierra, el punto donde el cielo se amarra al suelo.
En su iglesia de piedra vivía una cruz que no era exactamente la cruz de los curas, una cruz de origen, la Santísima Cruz Tun, a la que los abuelos le llevaban velas y saká 2 y le hablaban en maya de las cosas que le pasan a un pueblo.
Itzel había crecido a caballo entre esa iglesia y las aulas donde le explicaban que todo eso era sincretismo, superstición, un residuo bonito.
Se había ido a las aulas. Había elegido explicar el mundo en lugar de pertenecer a él.
Y ahora la combi la devolvía, con la cola entre las patas, al centro del mundo que ella había decidido que era una metáfora.
La combi la dejó en la plaza. El sol de las cuatro caía a plomo. Un perro la miró sin ladrar.
En el atrio de la iglesia de piedra, del otro lado de la plaza, un cura viejo barría las hojas del laurel con una escoba de varas, sin prisa.
Levantó la cabeza cuando la combi se fue, y miró a Itzel cruzar la plaza —a ella, la forastera de ciudad con la mochila abrazada al pecho— con una atención que no era la curiosidad de pueblo, sino otra cosa, más honda, la de quien reconoce una cara que llevaba años temiendo ver.
Era el padre Anastasio Cauich. Llevaba cuarenta años diciendo misa en esa iglesia y otros tantos fingiendo que no oía, a dos cuadras, los rezos en maya que el pueblo le hacía a la Santísima Cruz Tun, esa cruz de piedra que no era del todo de Roma y a la que él mismo, de niño, su madre había llevado a pedir por su salud cuando la fiebre.
Un maya con collar romano, partido por la mitad desde antes de ordenarse.
No se acercó; volvió a su escoba. Pero Itzel sintió sus ojos en la espalda todo el trayecto, y no supo entonces que ese viejo iba a ser, muy pronto, uno de los primeros hombres del mundo a quienes su hallazgo les rompería la vida por dentro.
No tuvo que buscar. En los pueblos, uno no busca: uno es encontrado. No había llevado ni diez pasos cuando una voz de mujer, desde la sombra de un portal, dijo su nombre —no Itzel, sino el otro, el que sólo su familia usaba:
— Xunáan. Niña. Nieta de Rosa.
Era una anciana diminuta, sentada en un banquito, deshojando pepita para el papadzul 3 de la cena, con las manos verdes de tanto pelar. Tenía la cara de un mapa doblado mil veces y los ojos, cuando los levantó, terriblemente despiertos.
—Te pareces a ella —dijo—. En la frente.
Rosa tenía esa misma frente de terca. —Dejó la pepita a un lado, en una jícara, y se limpió las manos en el mandil sin dejar de mirarla—.
Doce años esperando que tocaras esta plaza.
Doce años y a veces pensaba: se murió el hilo, la niña ya no va a venir, se quedó del lado de los libros.
Y mira. Aquí estás, con cara de no haber dormido y una mochila que abrazas como Rosa abrazaba la suya.
—Se persignó, despacio, hacia la iglesia—.
Entonces ya pasó lo que ella dijo que iba a pasar. Alguien abrió la boca del libro.
Itzel se sentó en el escalón del portal, sin fuerzas de golpe, y el corazón le latía en la garganta.
—¿Usted quién es?
—Soy Petrona. Fui comadre de tu abuela cincuenta años.
Fui su testigo y su guardadora. —La vieja alcanzó un jarro y le sirvió, sin preguntar, un poco de agua fresca de chaya que Itzel bebió como si llevara días sin beber—.
Ella me dejó algo para ti. Con condiciones.
Me hizo jurar sobre la Cruz Tun que no te lo daría a menos que vinieras tú sola, por tu propio pie, buscándolo sin que yo te llamara, y con el miedo ya encima.
—La miró de arriba abajo—. Vienes sola. Nadie te llamó.
Y el miedo lo traes puesto como un rebozo.
Se cumplieron las tres. —Se levantó con un crujido de huesos—.
Ven. Adentro. Esto no se saca a la plaza.
La casa de Petrona era una sola pieza de paredes encaladas y techo de guano, fresca y en penumbra, con una hamaca, un altar de santos y veladoras, y el olor dulce del maíz cociéndose.
La vieja apartó una cortina de flores de plástico, movió un cántaro, y de un hueco en el muro de mampostería —de esos que las casas viejas tienen y las nuevas ya no— sacó un bulto envuelto en un paño bordado, del tamaño de dos puños, atado con un cordel encerado.
Lo puso en las manos de Itzel con una solemnidad de sacramento.
—Rosa lo trajo del norte hace cuarenta y tres años —dijo Petrona—. De Chichén. Llegó una noche a mi casa temblando, con esto abrazado, y no volvió a dormir tranquila el resto de su vida. Ábrelo. Es tuyo desde antes de que nacieras.
Itzel desató el cordel con dedos torpes. El paño cedió capa por capa, y en la última, sobre la manta bordada, apareció una piedra.
Fea. Fue lo primero que pensó, y con el pensamiento se le heló la sangre, porque era exactamente la palabra de don Fabián: feas, diría usted si las viera.
Un canto rodado de caliza gris, del tamaño de un huevo grande, sin brillo, sin joya, con una sola cosa que lo apartaba de cualquier piedra del camino: en una cara, tallado con una finura imposible para su fealdad, un solo glifo.
El signo del poniente. La boca del sur poniente. Una de las cuatro.
—No —susurró Itzel—. No, esto tiene que estar en el lodo del Cenote Sagrado. La cuarta llave se quedó en el fondo. Ellos rezan que siga en el fondo…
—¿Quiénes rezan? —Petrona ladeó la cabeza, filosa—.
¿Los kanulo’ob? ¿Los guardianes? —Escupió la palabra con un rencor viejo—.
Claro que rezan. Rezan porque no saben. Tu abuela los dejó rezando a propósito.
—Se sentó frente a Itzel, en la orilla de la hamaca—.
Lee su carta, niña. Está debajo de la piedra.
Y luego decides si tu abuela estaba loca o si fue la única cuerda entre todos ellos.
Bajo la piedra, doblado en cuatro, protegido por el mismo paño, había un papel de cuaderno rayado, amarillo de tiempo, cubierto de la letra apretada que Itzel conocía mejor que su propia letra: la del diccionario.
Le temblaron las manos. La leyó en voz baja, y la voz de su abuela muerta le habló desde el papel en un español de campo, sin acentos, directo como un machete.
Itzel —porque vas a ser tú, no sé cómo lo sé pero lo sé, va a ser la que lee—:
Si tienes esto en la mano ya se murió alguien y ya te asustaste y ya un viejo de Mérida te habló de las cuatro llaves. Todo lo que te dijo es verdad menos una cosa. Te dijo que la cuarta se perdió en el pozo. No se perdió. La saqué yo.
Los guardianes creen que su trabajo es cuidar la puerta.
Yo fui guardiana, hija, de las últimas mujeres del oficio, y me pasé la vida cuidando, y una noche entendí una cosa que a ellos les da demasiado miedo entender: una puerta que se puede abrir, tarde o temprano alguien la abre.
Siempre. Los hombres son así. Cien años, mil años, el que sea: si la cerradura está completa y las llaves existen, un día llegan el hambre y el miedo, o llega la codicia, o llega sólo la maldita curiosidad, y se abre. Cuidarla no la salva. Sólo retrasa.
Así que hice lo que ninguno se atrevió. Bajé al pozo —yo sí sé nadar, hija, tu abuela buceaba cenotes antes de que existiera la palabra— y me robé la última llave.
Una sola. Porque una cerradura de cuatro llaves a la que le falta una no es una cerradura: es una piedra bonita.
Mientras esta piedra esté lejos de las otras tres, nadie abre nada, ni los ladrones del norte ni los santos guardianes ni los dioses que esperan.
Rompí con la orden por esto. Me dijeron traidora.
Que no me tocaba a mí decidir. Que una llave escondida es una llave que un día se encuentra.
Puede ser. Pero una llave escondida es más difícil de encontrar que una puerta que todos saben abrir.
Ahora es tuya. No te digo qué hacer con ella, porque si de verdad eres la que lee, vas a saber más que yo y vas a tener tus propias razones.
Sólo te pido una cosa, hija, la única: no la juntes con las otras tres por miedo, ni por pena, ni porque alguien que quieras te lo pida llorando.
Ésas son las tres formas en que se pierde.
El hambre, ya sabes. El miedo, ya sabes.
Y la tercera, la peor, la que a mí casi me tumba: querer a alguien que está del otro lado.
Guárdala. Y perdóname por heredarte esto en vez de una casa.
Tu abuela, Rosa Canul, del centro del mundo.
Itzel se quedó mucho rato con el papel en las manos, en la penumbra fresca de la casa de Petrona, el maíz burbujeando en el fogón, los santos mirándola con sus ojos de yeso. La piedra pesaba en su regazo mucho más de lo que pesa una piedra.
Cuatro décadas. Su abuela había cargado esto cuatro décadas, había muerto con esto, la había dejado hacerse arqueóloga sin decirle nunca que la respuesta a la pregunta más grande de su disciplina había estado siempre debajo de una hamaca en Xocén.
Y le había dejado, además de la piedra, la única brújula moral del libro entero, escrita a machetazos en un cuaderno rayado: no la juntes por miedo, ni por pena, ni porque alguien que quieras te lo pida llorando.
—Ya la leíste en la cara —dijo Petrona, suave—.
Ya te dio la vuelta el estómago. Bueno. —Se levantó y le puso a Itzel en la mano un tamalito caliente envuelto en hoja, colado 4 , porque en los pueblos ninguna noticia terrible se recibe con el estómago vacío—.
Come. Y después decides si te quedas a dormir o si te vas hoy mismo, porque las dos cosas son peligrosas y sólo tú sabes cuál lo es más.
Fue al morder el tamal, por costumbre, que Itzel sacó el teléfono para ver la hora, y vio que en el centro del mundo, por milagro, había una raya de señal.
Y con la raya, las notificaciones cayeron todas juntas, en cascada, retenidas durante horas de monte sin cobertura.
Nueve mensajes. Cuatro llamadas perdidas. Todos de Sol.
¿llegaste bien? itzel contéstame porfa me estás asustando, ¿dónde andas? oye una cosa — ¿estás en Valladolid? un cuate del proyecto dice que te vio en la central 😅 dime que estás bien porfa nomás mándame tu ubi y ya te dejo en paz, es que me preocupas
Itzel dejó de masticar.
Afuera, sobre Xocén, sobre el ombligo de la tierra, el sol empezaba a bajar hacia el poniente —hacia la boca cuya llave acababa de caer en sus manos—, y por primera vez en el día, en la penumbra fresca de la casa de una vieja que había querido a su abuela cincuenta años, Itzel entendió, con una claridad que le supo a ceniza, que la única persona en el mundo que le estaba pidiendo llorando su ubicación era exactamente contra la que su abuela, cuarenta y tres años antes, la acababa de prevenir.
u chuumuk lu’um — “el centro/ombligo de la tierra”. Xocén, pueblo real cerca de Valladolid, se reconoce a sí mismo como el centro del mundo y venera la Santísima Cruz Tun. ↩︎
saká — bebida ritual de maíz cocido sin cal, ofrecida a las cruces, a los dueños del monte y a Chaac. ↩︎
papadzul — platillo yucateco prehispánico: tacos de huevo bañados en salsa de pepita (semilla de calabaza). ↩︎
tamal colado — tamal yucateco de masa muy fina y tersa, “colada”, envuelto en hoja de plátano. ↩︎