CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO SIETE
Lo leyó de pie frente a la ventana del tercer piso, con el Charles abajo, gris y obediente.
Punto uno: la muerte del profesor Ferrán había sido clasificada como accidente por la Fiscalía del estado de Yucatán; el expediente estaba cerrado.
Duarte no sintió nada al leerlo, lo cual, si se hubiera detenido a examinarlo, quizá lo habría inquietado; pero no se detuvo.
Los hombres eficientes no examinan lo que ya no es un problema.
Punto dos lo hizo dejar la taza.
Perdió el contacto visual. Duarte volvió a leer la línea dos veces. Su gente no perdía a una arqueóloga de treinta y cuatro años a pie en una colonia residencial. La perdía sólo si alguien que conocía cada callejón de esa colonia la había sacado por la mano.
—El viejo —dijo en voz alta, aunque estaba solo.
De modo que era cierto. Su bisabuelo había dejado, entre los papeles que nadie en la familia leía porque olían a excéntrico, notas sobre “una hermandad de indios” que en 1907 le había hecho la vida imposible en Chichén: sabotajes en las dragas, un capataz que apareció ahogado, cartas anónimas en un maya que el viejo nunca pudo traducir, advirtiéndole que dejara el pozo en paz.
La familia lo había tomado siempre por color local, por el delirio romántico de un cónsul aburrido.
Duarte, que no creía en maldiciones pero sí en organizaciones, había apostado en privado a que la hermandad era real, y burocrática, y todavía existía.
Acababa de ganar la apuesta, y ganarla no le gustó tanto como había supuesto.
Marcó una extensión interna.
—Karl. El viejo del atrio es de la orden. La real, la de las notas del bisabuelo. —Escuchó—. No, no lo tocamos. Un mártir de ochenta años es un desastre de relaciones públicas y además no sabemos a cuántos arrastra su cuerda. Lo que quiero es más simple. —Miró el río—. ¿Qué dice nuestra fuente?
La respuesta lo hizo asentir despacio.
La fuente —Duarte prefería fuente; la palabra informante tenía un tufo que a él no le gustaba respirar— había reportado hacía una hora.
La Canul iba a salir de Mérida. Iba a un pueblo llamado Xocén, cerca de Valladolid, al pueblo de su abuela, a buscar “algo que la vieja dejó”.
La fuente no sabía qué. La fuente, señaló Karl con su neutralidad de contable, había pedido —otra vez— garantías de que a la Canul no le pasaría nada.
Duarte cerró los ojos un segundo. Sentía por la fuente una mezcla que no se molestaba en desenredar: desprecio por su debilidad, gratitud por su utilidad, y una punzada muy tenue, muy manejable, de algo que en otro hombre habría sido lástima.
La buzo quería el dinero y quería a su amiga intacta y creía, porque la gente cree lo que necesita, que podía tener las dos cosas.
Duarte llevaba treinta años en el negocio de venderle a la gente exactamente esa creencia.
—Dígale a la fuente lo de siempre —indicó—. Que mientras la doctora Canul coopere sin saber que coopera, nadie tiene por qué tocarla. Es verdad, además. —Hizo una pausa—. Y es verdad sólo mientras siga leyendo. No agregue esa parte.
Se acercó al escritorio y despertó la pantalla grande de la pared.
Un mapa. Chichén Itzá desde el aire: la plaza, el juego de pelota, y en el centro, cuadrada y perfecta, la pirámide de Kukulcán, El Castillo.
Sobre ella, en verde corporativo, el logotipo de la Fundación y una línea de texto: Proyecto Kukulcán — Estudio No Invasivo de Estructuras Internas. Fase II.
Ésta era la parte de la que Duarte sí se sentía orgulloso, la parte legal, la que iría en el informe anual con fotos bonitas.
La Fundación Vandeleur financiaba —“en generosa colaboración con las autoridades”, decía el comunicado— un estudio de muografía de El Castillo: detectores de rayos cósmicos alrededor y debajo de la pirámide para “mapear cámaras internas sin mover una sola piedra”.
Ciencia impecable. Prensa entusiasta. Y, de paso, la única forma legal de meter equipo, gente y sensores hasta el corazón de la pirámide y hasta el borde mismo del cenote que los geofísicos mexicanos habían detectado ahí abajo en 2015 y que nadie, en once años, había logrado tocar.
La ciencia era de verdad. Ésa era la elegancia. No fingían el estudio: lo hacían, bien, y publicarían. Sólo que el estudio les daría, gratis y con aplausos, exactamente el mapa físico que necesitarían el día en que tuvieran las cuatro llaves, el lector y la hora.
Dos de esas tres cosas ya estaban resueltas. La tercera caminaba en ese momento hacia una parada de autobuses en Mérida con una mochila apretada contra el pecho.
—Falta la cuarta piedra —dijo Karl, leyéndole el mapa por encima del teléfono, porque llevaban quince años trabajando juntos y a veces pensaban en voz alta el uno para el otro.
—Falta la cuarta piedra —concedió Duarte—.
Y la única que puede encontrárnosla es la misma que puede leernos el libro.
Por eso la dejamos correr, Karl. No la seguimos para atraparla.
La seguimos para aprender de ella. Cada lugar al que vaya, cada cosa que su abuela le haya dejado, es una pieza que nosotros no teníamos.
Está trabajando para mí y le pago con la ilusión de que se me escapa.
—Apagó la pantalla—. Es el mejor empleado que he tenido.
Colgó. Se quedó un momento con la vista en el río, permitiéndose, ahora que estaba solo, la única forma de vanidad que se consentía: el recuerdo de su bisabuelo.
El viejo Augusto Duarte había comprado una ciudad muerta por setenta y cinco dólares y el mundo lo había llamado ladrón durante un siglo.
Rafael iba a terminar lo que Augusto empezó, y esta vez el mundo lo llamaría descubridor, porque esta vez habría permisos, comunicados, coautorías con universidades mexicanas, y una verdad tan enorme bajo esa pirámide que nadie, nunca, volvería a perder el tiempo discutiendo de dónde había salido el oro.
Iba a abrir la puerta que la hermandad llevaba mil años cerrando.
Y no por avaricia —eso era lo que aquellos viejos, con su folclor, nunca entenderían—.
Por la razón más antigua y más limpia que existe: porque estaba ahí, y porque él podía, y porque un secreto sin dueño le pertenece al que tiene el valor de mirarlo.
Fue entonces cuando volvió a leer, al pie del informe, un dato menor que la analista había marcado como “sin relevancia operativa” y que Duarte, hombre sin supersticiones, releyó tres veces sin saber por qué.
Registro del Proyecto Kukulcán, Fase I: los cuatro sensores de la cara norte, los más cercanos al cenote subterráneo, se despegaron simultáneamente a las 03:14, hora local, la madrugada del deceso del profesor Ferrán. Reiniciados sin incidencia. Causa probable: humedad.
Humedad, pensó Duarte. Por supuesto. Humedad.
Dejó la tableta en el escritorio, con más cuidado del necesario, y por un instante brevísimo —tan breve que después no lo recordaría, o decidiría no recordarlo— el río gris al otro lado del vidrio le pareció, absurdamente, demasiado quieto.
Descolgó otra vez.
—Karl. Prepara el avión. Voy a Mérida la semana del equinoccio. —Miró el calendario en la pantalla: los días que faltaban, en rojo, tan pocos—. Quiero estar parado detrás de ella cuando lo abra.