La Quinta Dirección CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SEIS

No caminaron hacia el coche de Itzel. Don Fabián la llevó del brazo en dirección contraria, hacia el corazón viejo de la colonia, con el paso corto y firme de un hombre que ha huido antes y aprendió que huir despacio engaña más que correr.

—Hay un pasaje entre la casa amarilla y la tienda de abarrotes —dijo, sin mover casi los labios, sonriendo como si le contara algo agradable—.

Da a la calle de atrás. El coche que nos mira no puede seguirnos por ahí sin bajarse, y el que se baja deja de ser un coche y se vuelve un hombre, y a un hombre se le ve la cara.

No quieren que les veamos la cara todavía. Cuente hasta veinte y ría otra vez.

Itzel rió. Le salió menos falsa que la primera vez, lo cual la asustó: se estaba acostumbrando.

El pasaje olía a orines y a jazmín, esa mezcla exacta de Mérida de noche.

Salieron a una calle sin faroles, cruzaron dos cuadras entre perros dormidos, y don Fabián se metió por un zaguán entreabierto a una casa que no tenía número, un solar largo y bajo con una sola bombilla encendida al fondo y, más allá, la sombra de un árbol enorme.

—No es mi casa —aclaró, cerrando el zaguán con una tranca de madera que parecía más vieja que él—. No tengo casa en Mérida. Es de gente que nos debe favores de hace mucho. Aquí podemos hablar una hora. Una. Después usted desaparece de esta ciudad unos días, y yo también.

El árbol del fondo era una ceiba. Un yaxche, 1 viejo, de raíces como muros, la clase de árbol que en los pueblos no se corta ni aunque estorbe, porque todo el mundo sabe, aunque nadie lo diga en voz alta frente al cura, que el yaxche sostiene los tres mundos y que debajo de sus raíces empieza el camino hacia abajo. Don Fabián lo señaló con la barbilla.

—Su abuela le habrá contado del yaxche.

—Me contaba que no jugáramos bajo el grande del pueblo después del rezo. —Itzel lo miró—. Que a esa hora el árbol “estaba ocupado”.

Algo se movió en la cara del viejo, un dolor viejo y tierno.

—Sí —dijo—. Así hablaba ella. —Se sentó en una banca de piedra bajo la bombilla y le indicó el otro extremo—. Siéntese. Le voy a decir contra qué está, porque un soldado al que no le dicen contra qué pelea no es un soldado, es una víctima, y usted ya tuvo bastante de eso esta mañana.

Itzel se sentó. La mochila, en el regazo, seguía quemándole.

—Hay dos manos que quieren su libro —empezó don Fabián—, y las dos la van a matar, cada una a su modo.

La primera es la que ya conoce sin conocerla: la fundación del norte.

Se llaman a sí mismos con un nombre bonito, custodios, pero son los nietos del que saqueó el Cenote Sagrado hace cien años.

El bisabuelo de Rafael Duarte. ¿Sabe de quién le hablo?

—Le doy clase a mis alumnos sobre él —dijo Itzel, con la boca seca—.

Un cónsul del norte, arqueólogo aficionado, que compró las mismísimas ruinas de Chichén por una miseria.

Dragó el pozo seis años con una cuchara de hierro que llamaban «de cáscara de naranja», bajó él mismo en escafandra con dos buzos griegos y se quedó medio sordo del oído, y sacó del país oro, jade, huesos —lo mandó todo a Harvard en valija diplomática, escondido en su cargo—.

Cuando México por fin lo demandó, en el cuarenta y cuatro una corte falló que no había roto ninguna ley.

Los Duarte llevan tres generaciones viviendo de eso y durmiendo tranquilos.

—Sacó una cosa más. —Don Fabián la miró fijo—.

Y de ésa no se habla en sus clases, porque ni sus maestros lo supieron.

En el lodo del Cenote Sagrado, entre el oro y los huesos, había cuatro piedras.

Sencillas. Feas, diría usted si las viera; ni jade fino ni nada que un ladrón codicie.

Los ah kanul las echamos ahí hace mil años a propósito, una por cada boca cardinal, porque el pozo sagrado es el más vigilado de todos y nos pareció el mejor escondite: repartir las llaves donde nadie pensaría en buscar una llave.

—Se inclinó—. Su libro, hija, dice el orden de las cuatro bocas y la hora del cruce.

Pero para abrir no basta el orden y la hora.

Hacen falta las cuatro piedras. Es una cerradura de cuatro llaves.

Itzel empezó a entender la forma del abismo.

—Y el bisabuelo…

—Dragó tres. Sin saber qué eran. Las tres que estaban del lado hondo del pozo.

La cuarta se le quedó en el lodo y ahí sigue, o eso rezamos.

—Don Fabián juntó las manos—. Durante cien años eso nos bastó para dormir.

La cerradura estaba rota: tres llaves en un cajón de Massachusetts, catalogadas como “objeto ritual, procedencia desconocida”, y una perdida en el fango.

Sin las cuatro juntas, sin alguien que supiera el orden, la puerta era sólo una leyenda.

Nosotros cuidábamos la leyenda; ellos, sin saberlo, cuidaban las llaves.

Un equilibrio. Feo, injusto, pero un equilibrio.

—Hasta que apareció el libro —dijo Itzel.

—Hasta que apareció el libro. —El viejo cerró los ojos—.

Alguien, allá en el norte, catalogando por fin el fondo de esos cajones cien años después, juntó dos cosas que nunca debieron juntarse: las tres piedras y el códice que las nombra.

Y entendió lo que tenía. Ahora la fundación posee tres de las cuatro llaves y el mapa para usarlas.

Sólo les falta dos cosas: la cuarta piedra…

y alguien que sepa leer el mapa del todo.

—Abrió los ojos y la miró, y no hizo falta que terminara.

—Aurelio no quiso leérselos —dijo Itzel, muy despacio, armándolo—. Por eso lo mataron. No porque supiera demasiado. Porque se negó a ser el que leyera.

—Y ahora buscan a otro lector. —Don Fabián asintió—.

Y resulta que el otro lector no sólo apareció; apareció con la única copia del libro que a ellos se les escapó, y con la sangre de Xocén en las venas.

Usted es, en este momento, la mujer más valiosa y más muerta de la península.

La quieren viva mientras lea y muerta en cuanto termine. Ésa es la primera mano.

El yaxche crujió arriba, sin viento. Itzel se dijo que era la madera enfriándose. Se lo dijo con firmeza.

—¿Y la segunda mano?

Don Fabián no contestó enseguida. Metió la mano en la bolsa de la guayabera y sacó algo envuelto en un trapo de manta, y lo desenvolvió sobre la palma abierta, bajo la bombilla.

Era una piedra. Un guijarro de cuarzo lechoso, translúcido, del tamaño de un huevo de codorniz, pulido por generaciones de manos hasta darle un brillo húmedo. Un sastun. 2 El adivinatorio de los h-men, la piedra en la que los que saben ver dicen que se ve.

—Ésta no es una de las llaves —dijo—. Ésta es de mi oficio, no del de ellos.

Con ésta veo lo que puedo, que es poco y de reojo, como todos.

Pero le voy a decir lo que veo cuando pregunto por su libro, hija, y usted va a decidir si le cree a un viejo o si cree que estoy loco, y las dos cosas son razonables.

—Sostuvo el sastun entre el pulgar y el índice, y la luz de la bombilla lo atravesó y le puso adentro una chispa que se movía—.

Veo agua quieta. Más quieta de lo que el agua puede estar.

Y algo que, del otro lado del agua, tiene mil años sin dormir, esperando que alguien vuelva a decir su nombre completo.

La segunda mano no tiene cara ni fundación ni oficinas en el norte.

La segunda mano es lo que hay abajo. Y a ésa no se le escapa nadie que lea demasiado, porque a ésa uno no la busca: uno la llama, sin querer, con cada sílaba que pronuncia.

—Volvió a envolver la piedra—. Aurelio la llamó tres veces sin saberlo.

Usted, esta mañana, en su departamento, la llamó una.

A Itzel se le fue el color. No le había dicho a nadie que había pronunciado la palabra en voz alta. A nadie.

—Eso no se lo dije —susurró.

—No —dijo don Fabián, guardando el sastun—. No me lo dijo.

Se quedaron callados bajo la ceiba. En algún patio, lejos, una radio tocaba una trova vieja, y el contraste —el bolero dulzón, la noche tibia, el abismo abriéndose bajo la banca de piedra— le pareció a Itzel la cosa más irreal de un día entero de cosas irreales.

Y entonces, en lugar del miedo que el viejo llevaba una hora tratando de sembrarle, sintió subir otra cosa. La reconoció. Era la misma que la había levantado esa tarde del escalón de la casa vaciada de Aurelio: fría, clara, terca. La cosa que la asustaba de sí misma.

—Deme el libro —dijo don Fabián, tendiendo la mano seca, jugándose su última carta—. Deme las hojas y déjeme protegerla. Es lo que él habría querido.

—No. —Itzel apretó la mochila—. No es lo que él habría querido.

Aurelio escondió un mensaje para mí en el único lugar donde sólo yo lo buscaría.

No escribió “quémalo”. No escribió “dáselo a un viejo en un atrio”.

Escribió no fue el agua. Me dejó un asesinato, don Fabián, no una herencia que enterrar.

—Se puso de pie—. Y usted acaba de decirme que soy la única persona viva que puede leer ese libro entero.

La fundación lo sabe. Por eso me quiere viva.

Pues bien: mientras yo sea la única que puede leerlo, estoy más segura leyéndolo que quemándolo, porque una lectora muerta no les sirve y una copia quemada me quita lo único que me hace intocable.

—Respiró—. Voy a descifrarlo. Todo. Cada hoja, cada sílaba, incluida la que no debo decir.

No para abrir nada. Para saber más que ellos.

El que sabe menos, obedece; el que sabe más, decide.

Y yo estoy harta, después de hoy, de que otros decidan qué significa la muerte de la gente que quiero.

Don Fabián la miró desde la banca, un viejo pequeño con un sastun en la bolsa y ochocientos años de miedo heredado en la cara, y por un largo momento Itzel no supo si iba a maldecirla o a llorar.

Hizo algo peor que las dos cosas. Sonrió. Con una tristeza infinita, y con ese principio terrible de esperanza que ya le había visto en el atrio.

—Rosa dijo casi esas mismas palabras —murmuró—.

La noche que dejó la casa. La noche que rompió con nosotros.

—Se levantó, despacio, apoyándose en la banca—.

Está bien, hija. No la voy a poder detener, igual que no pude detenerla a ella, igual que Ah Kanul no pudo detener a nadie nunca.

Ustedes las Canul están hechas de leer. —Se acomodó el sombrero—.

Pero no lo va a hacer sola, porque sola dura tres días. Va a ir a Xocén. Va a ir con su abuela.

—Mi abuela murió hace doce años.

—Sí. —Don Fabián ya caminaba hacia el zaguán, y su voz llegó por encima del hombro, ligera, terrible—.

Pero su abuela sabía que un día vendría una mano de su sangre a leer lo que ella no quiso leer.

Y las mujeres que saben eso, hija, no se van del mundo sin dejar dicho dónde buscar.

Rosa Canul le dejó algo en Xocén. Yo no sé qué.

Sé que existe, porque me lo dijo la última vez que la vi, hace veinte años, y me hizo jurar que si algún día aparecía una nieta suya leyendo estos signos, yo la mandaría a buscarlo.

—Levantó la tranca del zaguán—. Ya apareció. Ya la mandé. Cumplí.

Abrió el zaguán a la calle oscura y sin faroles, y se hizo a un lado para dejarla pasar primero.

—Vaya a Xocén, Itzel Canul. Pero vaya con cuidado, y no vaya por la carretera de siempre. Desde esta noche, todo el que sepa su apellido va a saber también hacia dónde corre la última que lo lleva.

yaxche — la ceiba, árbol sagrado de los mayas; se creía que conectaba el inframundo, la tierra y el cielo, con sus raíces abriendo el camino hacia abajo. ↩︎

sastun — piedra adivinatoria (cuarzo o cristal) que usa el h-men , el sacerdote-curandero maya, para “ver” y consultar lo oculto. ↩︎