INTERLUDIO DEL CÓDICE
INTERLUDIO DEL CÓDICE
El Códice del Guardián — hoja segunda
Naciste, tú que lees, sabiendo leer. Yo no. Déjame contarte cómo un niño que juntaba caracoles a la orilla del gran cenote llegó a ser la mano que el dios consintió, para que entiendas que nadie escoge estas cosas: las cosas lo escogen a uno, y llaman elección a lo que en verdad es una trampa.
Fue el año en que la lluvia nos olvidó.
Tú que lees quizá no sepas lo que es eso, si el cielo ha sido bueno contigo.
Voy a decírtelo. Primero se retrasan las aguas, y los viejos dicen “ya vendrán”, porque los viejos siempre han visto venir la lluvia.
Después no vienen, y la milpa que sembramos con la fe de siempre se para en la tierra a la altura de la rodilla y se queda ahí, sin crecer, mirándonos.
Después el maíz tierno se vuelve amarillo, y luego blanco, blanco como el hueso, blanco como el sascab de mi padre, hileras y hileras de muertos parados bajo un sol que no perdona.
Y el pueblo, que había cantado a Chaac 3 con tambores en la primavera, deja de cantar.
El silencio de un pueblo con hambre es la cosa más fuerte que he oído; es más fuerte que cualquier tambor.
Los señores no pasan hambre —ellos guardan maíz de muchos años—, pero los señores pasan miedo, que a veces es peor, porque el hambre sólo mata el cuerpo.
Un pueblo que ve blanca su milpa empieza a preguntarse en voz baja para qué sirven los señores, y para qué los sacerdotes, y para qué las piedras enormes que le hemos pedido que cargue, si el cielo no responde.
Y esa pregunta, susurrada de patio en patio, derriba ciudades que ningún ejército pudo tomar.
Así que los señores mandaron llamar a los ah k’in, 4 los sacerdotes del sol, y les dijeron lo que los poderosos dicen siempre a los que hablan con lo alto: “traigan la lluvia, o no nos sirven”.
Y los ah k’in, que eran hombres, y por lo tanto tenían miedo de dejar de servir, prometieron lo que los asustados prometen: que la traerían.
Que abrirían la boca correcta. Que darían al cielo lo que el cielo pidiera.
Yo tenía catorce años y cargaba agua para el templo del Gran Sacerdote a cambio de las sobras, y por eso estaba en el patio, invisible como son invisibles los que cargan, la tarde en que el más viejo de los ah k’in —un hombre al que llamaban Ah Kanul, 5 el Guardián, y cuyo verdadero nombre no supe hasta que fui su hijo en el oficio— me vio recitar, sin querer, para mí mismo, la cuenta de los días que acababa de oírle cantar a los señores. La canté completa. No fallé una vara.
Se quedó mirándome mucho tiempo, como me mirarás tú si alguna vez tienes ante los ojos a la persona que va a arruinarte la vida y todavía no lo sabes.
—¿De quién es este niño? —preguntó.
—De un partidor de piedra —le dijeron.
—Ya no —dijo él.
Y así, sin que mi padre pudiera oponerse a un ah k’in más de lo que la milpa puede oponerse al sol, dejé de partir piedra y empecé a aprender a hacerla hablar.
Aprender los signos no es lo que tú crees.
Tú, que lees, recibes el signo ya hecho y sacas de él su sonido como se saca agua de un pozo.
Yo tuve que aprenderlos por dentro: por qué la mano roja es la lluvia y el oriente; por qué el negro es la muerte y el poniente; cómo un mismo dios se pone y se quita rostros como el actor se pone máscaras, y ay de ti si tallas el rostro equivocado.
Aprendí que escribir no es contar lo que pasó.
Escribir es hacer. El señor no manda tallar su victoria porque ocurrió; la manda tallar para que ocurra, para que siga ocurriendo cada vez que alguien lee la piedra.
Los signos no guardan el mundo. Lo sostienen.
Ah Kanul fue duro conmigo, y fue lo más cercano a un segundo padre que tuve. Me enseñó todo menos una cosa, y esa cosa me la enseñó no enseñándomela, que es como se enseñan las cosas verdaderamente peligrosas.
Una noche —yo ya era un joven, la sequía llevaba tres años comiéndonos— lo encontré en el cuarto de los libros, a la luz de una lámpara de barro, con un códice abierto que yo no había visto nunca.
No estaba con los demás. Vivía, entendí después, en un hueco detrás de una piedra que sólo él sabía mover.
Me acerqué, como se acerca el joven a todo, con las manos por delante y ningún miedo, y alcancé a ver una columna de signos antes de que su mano cayera sobre la hoja y la tapara.
—Esto no —dijo. Sólo eso. No me regañó. Fue peor: me habló como a un igual, y lo que le dice un viejo a un joven de igual a igual siempre da más miedo que un regaño—.
Hay signos que se leen para sostener el mundo, hijo.
Y hay signos que se guardan para que el mundo no se caiga dentro de ellos.
Este libro es de los segundos. Un día vas a saber lo suficiente para leerlo.
Ese día, si eres sabio, cerrarás los ojos.
Le pregunté qué era. Claro que le pregunté qué era. Yo era joven, y ser joven es no poder no preguntar.
Y él me contestó con una calma que me heló, porque era la calma de quien ya perdió esa discusión consigo mismo hace mucho:
—Es la puerta —dijo—. Y lo que hay del otro lado.
Nuestros abuelos la abrieron una vez, hijo, hace mucho, en un año blanco como éste, porque tuvieron hambre y miedo, las dos cosas que abren todas las puertas que no se deben abrir.
Y lo que salió tardó tres generaciones en volver a caber adentro.
Desde entonces la cuidamos. No la estudiamos: la cuidamos.
Somos los ah kanul, los guardianes, y nuestro oficio no es saber. Es impedir.
Debí escucharlo. Anótalo, tú que lees, en la parte de ti que todavía cree que a ti no te va a pasar: yo tenía delante, dicha en voz alta, con lámpara y todo, la advertencia entera, y no la escuché.
Porque afuera de ese cuarto la milpa seguía blanca, y el pueblo seguía en silencio, y los señores seguían apretando a los ah k’in, y los ah k’in, mi maestro entre ellos, empezaban a decir en voz cada vez más baja una cosa que hasta entonces no se decían ni a sí mismos: que quizá.
Que quizá había que abrir la boca correcta una vez más.
Sólo una. Con cuidado. Sólo para pedir la lluvia y volver a cerrar.
Los hombres siempre creen que van a poder volver a cerrar.
Esa fue la última vez que vi dudar a Ah Kanul.
Tres lunas después, cuando el tercer año sin agua torció el espinazo de la ciudad y un señor niño se murió de sed en su propio palacio de piedra fresca y el pueblo por fin dejó de susurrar y empezó a gritar, los ah k’in se reunieron una noche a puerta cerrada, y a la mañana siguiente mi maestro me mandó llamar, y tenía la cara de un hombre que ha perdido una discusión de treinta años en una sola noche, y me dijo que me preparara, que iba yo a escribir algo, que fuera aprendiendo a sostener firme la mano.
Yo, que era joven, sentí —Dios me perdone— alegría. Alegría, tú que lees. Por fin iba a ver.
Igual que, mil años después de que yo escriba esto, sé que habrá alguien que lea estas hojas y sienta, contra toda advertencia, esa misma alegría terrible de por fin ir a ver.
Si eres tú: todavía puedes cerrar los ojos. Yo no pude. Sigue leyendo sólo si de verdad no puedes tampoco.
sascab — tierra caliza blanca y blanda que los mayas usaban como material de construcción y para los caminos ( sacbé ). ↩︎
vara — aquí, unidad de la cuenta del tiempo maya (el k’in , “día”). El niño recita el calendario sin errar un solo día. ↩︎
Chaac — dios maya de la lluvia y el rayo, a quien se ofrendaba en los cenotes para pedir agua. ↩︎
ah k’in — “el del sol”; sacerdote maya encargado del calendario, los rituales y la comunicación con los dioses. ↩︎
ah kanul — “el guardián/protector”; en la novela, el linaje de sacerdotes que custodia la puerta sellada. (De aquí desciende don Fabián, mil años después.) ↩︎